El último alcalde republicano de Grau se llamaba Carlos Barredo. Militaba en Izquierda Republicana. Hombre de paz, con un punto ingenuo, en agosto de 1936 se dirigió a la línea del frente para tratar de parlamentar y hacer entrar en razón a los sublevados que penetraban en Asturias desde Galicia. El día 5, él y su hermano fueron fusilados en Villuir, cerca de Luarca. Pasarían cuarenta y tres años hasta que Grau volviera a tener un alcalde democrático, y el que tuvo entonces, José Sierra (Grau, 1945), piensa que lo fue aupado por la memoria histórica de un concejo que, lo mismo en la villa que en la zona rural, había sido muy de izquierdas. En el candidato del PCE vieron los moscones tal vez, en 1979, la reencarnación democrática de aquel regidor que acabó sus días en una cuneta, con tres tiros en la nuca. De Sierra, después, consideraron que seguía mereciéndose ser su alcalde durante veintitrés años, en tres períodos. Antes había sido sindicalista. Como primer munícipe, impulsaría una transformación de un concejo que las necesitaba tanto en la villa como en una zona rural cuyas condiciones de vida a su llegada describe como «infrahumanas». Esta entrevista se celebra en el piso más alto de la biblioteca municipal, alojada en el Palacio de Valdecarzana, entre libros de temática asturiana, y dura dos horas y media que se pasan rápido.
José: naces en Grau en 1945. ¿A qué se dedicaba tu familia? ¿Cómo fue tu infancia? ¿Cómo era aquel Grau?
Mi infancia fue aquí, en el centro de la villa; en la plaza la Blanca, como se la conocía, aunque oficialmente el nombre era Indalecio Corugedo. Una infancia de muchas horas en la calle, porque no había coches prácticamente, había un jardín en la misma plaza y al lado estaba la calle Cimadevilla, que era punto de encuentro de muchos niños como yo. También el frontón municipal, que está aquí, en el parque que ahora se llama Manuel Pedregal. Ahí se podía jugar al frontón y también a la pelota. Nos juntábamos un montón de chicos jóvenes de todas las edades y de todos los barrios de Grau, porque era el único espacio con un piso para poder jugar al futbito y demás. Y en los veranos, el divertimento fundamental era bajar al río Cubia, donde había varios pozos, tanto en Grau como en Llantrales, aguas arriba.
¿Era apto para bañarse? ¿No bajaba contaminado?
No. Hay que tener en cuenta que, en aquella época, en la zona rural en general y en la de Salcéu en particular, que es la zona sur y alta del concejo, apenas había servicios en las casas. Cada cual hacía sus necesidades donde podía, y eso no se vertía al río. Por otro lado, la ganadería no era intensiva: el ganado se pasaba gran parte de los meses del año en los pastos. Conclusión: el río bajaba muy limpio, y estaba lleno de truchas con las que luego acabaron, no la contaminación, sino la dinamita, la electricidad… En fin, ese era nuestro espacio cuando yo era niño. Pero lo que más recuerdo es la primera escuela a la que fui, donde estuve desde los cuatro años hasta los ocho o nueve y que no era oficial, sino un lugar en el que impartía clases una señora. Allí nos reuníamos bastantes niños. Con ocho o nueve años me fui ya a otro colegio, con Juan Tarrazo, que había sido el maestro de mi madre durante la República, fue represaliado después y nunca más pudo ejercer.
En la escuela pública, entiendo. Pero siguió siendo maestro de manera privada, ¿no es así?
Sí. Se unió a otro maestro; uno que, curiosamente, había sido alcalde en lo más duro del franquismo, y montaron ese colegio.
Tu padre había estado en el frente de Teruel y en un batallón de trabajadores, y tu madre fue criada de familias acomodadas de Oviedo. Pero no hablaban mucho de política, ¿no?
No. Del sacrificio de estar en esos sitios, sí, pero de política no. El otro día encontramos un documento de afiliación de mi padre al Socorro Rojo. Nunca nos lo comentó. Era un joven de veinte años o veintialgo cuando se unió. Al ver la firma de él, me emocioné, y mi hermana también. Era algo que jamás se había comentado. Sabíamos que había estado con los republicanos y en un campo de concentración, pero él no nos explicó más que estuvo trabajando en la construcción de una carretera no sé por dónde. No creo que fueran muchos años, de todas formas, porque en el año cuarenta y tres ya se casó con mi madre: la estancia en la cárcel no pudo ser muy larga.
¿A qué se dedicaba profesionalmente tu padre?
Era castrador. Sus abuelos habían venido de Galicia y se habían instalado en Cueiru, en Candamo: un pueblo que se ve perfectamente desde aquí, desde Grau, y donde nació mi padre. Y ya eran castradores. Mi bisabuelo le pasó el testigo a mi abuelo y él a mi padre. Eran varios hermanos, pero la función esa la cogió él, aunque tuvo que ir a examinarse a la Facultad de Veterinaria de León para poder ejercer, no sé si por su pasado republicano o qué. Era un viaje largo para una cosa que no tiene mucha complicación, y quizá fuera por eso. Él fue castrador toda la vida.
¿Tu madre de dónde era?
De Riviellas, un pueblo muy cerca de aquí, al sur de Grau.
Del que es y tomó el apodo Rivi, líder y concejal muchos años de Izquierda Unida en Oviedo, ¿no?
Del que es Rivi, exactamente. La madre de él y mi madre eran vecinas. Mi madre fue a la escuela de Llantrales, que está allí, muy cerca. Allí le dio clase Juan Tarrazo. La familia suya eran republicanos, pero yo eso lo desconocía. Mi hermana me lo comentó después; no hace mucho, además. También era una casa en la que no se hablaba de política y a mí me parecía que eran de derechas, porque la casa había sido bastante potente económicamente, pero no era así. Mi tío Fernando, al que evidentemente no conocí, estuvo con los republicanos y desapareció, pero nunca se hablaba de cómo fue la cosa: si en la guerra, si en la posguerra, si fue un paseado… Eso no se sabe. Mi madre, después de la guerra, se marchó para Bilbao, a casa de una hermana suya mayor que tenía varios hijos, y allí estuvo de criada ayudándola. Después se vino para Oviedo e hizo lo mismo, pero ya cocinando y demás, en una casa. Luego se casó y vino para Grau y aquí vivieron y murieron los dos, mi padre con cincuenta y nueve años y mi madre con ochenta y nueve.
Tu sitio preferido cuando eras adolescente era la biblioteca municipal.
Era lo que más disfrutaba, sí. Reunía bastantes libros, tenía revistas también, y era una especie de desahogo en unos momentos que yo, siendo un niño nada más, intuía muy grises, y lo eran.
¿Qué leías? ¿Qué libros, qué revistas recuerdas leer allí?
En cuanto a libros, había de todo, desde las famosas obras de Homero hasta lo que a mí más me gustaba, que era el humor inglés. Me gustaba mucho un tal Woodehouse. Los libros los podías leer allí y también llevarlos a casa, pero a mí me gustaba el ambiente allí, muy tranquilo. Y revistas, me acuerdo del Reader’s Digest y de otra similar de producción nacional. También estaba La Codorniz, pero a mí nunca me gustó mucho. Más adelante ya salió otra satírica que sí me gustaba, que fue Hermano Lobo, con un nivel que me parecía mucho mejor.

En 1959 entras en la escuela de aprendices de Ensidesa.
Con catorce años, sí. Ahí el mundo se me abre totalmente. Entrar en una empresa de esas características era como entrar en una película de ficción: aquellos gasómetros, los altos hornos, la laminación… Los aprendices teníamos la escuela delante de las baterías de cok. Aquello fue para mí un mundo nuevo, que me abrió muchas perspectivas en todos los sentidos. Nuestro grupo, los del cincuenta y nueve, éramos unos sesenta, y había gente de varios concejos: de Avilés, de los alrededores de Avilés, de Grau, de Pravia, incluso de Oviedo, de Gijón… Todos jóvenes: catorce, quince, dieciséis, diecisiete años, cada uno ya con su pequeña historia. Era una mezcla de sensibilidades que me abrió la perspectiva de todo, absolutamente de todo. Lógicamente, seguí manteniendo la vida de Grau en cuanto a dormir y casa de mis padres y demás, pero también empecé a vincularme a Avilés. Fueron tres años. Al cuarto ya empecé a trabajar en el laboratorio central de Ensidesa, donde estuve hasta que me jubilé, quitando los años que estuve liberado como alcalde.
«Entrar en Ensidesa era como entrar en una película de ficción: aquellos gasómetros, los altos hornos, la laminación…»
Te sacas la plaza de analista en el laboratorio central.
Ese fue mi destino, sí. Cuando yo escogí esa rama, tenía muchas ventajas. Eras empleado, tenías más sueldo y además más vacaciones, y estabas en un ambiente menos contaminado, con menos ruido y menos todo.
La conciencia política empiezas a adquirirla allí.
Había pocos analistas, y convivíamos con ingenieros, peritos, químicos, maestros… Y aquello era un reflejo de la fragmentación económica y social de la sociedad. Veías distintas capas, ¿no? En alguna era muy difícil entrar, caso de los químicos. Los ingenieros también, pero los químicos eran mucho más…, ¿cómo decirlo? ¿Exclusivistas?
¿Corporativos?
Sí. Más que los ingenieros, que tenían, bajo mi punto de vista, una mente más abierta. Luego también había peones, por el asunto de la recogida de muestras para analizar. Ves todo esto con diecisiete, dieciocho, diecinueve años, vas conociendo cosas, vas orientándote de otra manera. Yo no tengo una formación académica, pero trataba de informarme a través de los libros y las revistas, pero de libros y revistas para los que ya no me servía la biblioteca de Grau, que para mí ya era dormir, estar con la familia y poco más. Toda mi actividad estaba allí en Avilés, y en un momento dado, empecé a frecuentar el Club Delta.
Una de aquellas sociedades culturales que se montaban a instancias del PCE, como una pantalla legal del partido.
Eso es. Allí estaba la sede del partido comunista y también se hacían reuniones preparatorias del sindicato. Todos los líderes más conocidos de la actividad sindical de aquel momento en Ensidesa Avilés eran del partido comunista, y allí se planteaban las cosas; lo que se iba a tratar, la posición que se iba a mantener, lo que se iba a reivindicar… Allí conocí a Tini Areces y también a gente de Comisiones Obreras que había estado o estaba en el comité de fábrica de Ensidesa, dentro del Sindicato Vertical. Se vivía un poco a salto de mata. Recuerdo que había reuniones en las que la gente ni se sentaba, sino que se hacían derechos, para, si llegaba alguien, poder decir que no estábamos reunidos, sino que estábamos hablando de no sé qué. El Club Delta tenía un portal enorme oscuro y unas escaleras en las que trincaron a mucha gente de la que entraban, aunque a mí nunca me trincaron. Esas cosas iban haciendo mella; ibas siendo más consciente de que la libertad estaba totalmente constreñida. Aquella fue una época apasionante. Cuando murió Franco, en noviembre del setenta y cinco, fue como si todo rebrotara: las ansias por un sindicalismo libre, por la libertad de expresión, de reunión…
En 1975, con treinta años, el Sindicato Vertical convoca elecciones y la gente del PCE y de CCOO de Avilés te ofrecen que te presentes como técnico de laboratorio.
Las últimas del Sindicato Vertical, sí. Fue a comienzos del año setenta y cinco, creo, porque sé que Franco vivía todavía. Pensaron en mí para representar a los técnicos y dije que sí, sin un conocimiento profundo, ni mediano siquiera, del sindicalismo; un poco del histórico, pero nada más. Salgo elegido. Éramos los independientes, porque no podíamos ser Comisiones Obreras. Recuerdo que, antes de salir elegido, un día estaba yo en un café que existe todavía, en una mesa de juego, y llegaron tres señores a la barra. Uno de ellos era primo de mi padre y se me acercó: «Pepín, ¿podemos charlar contigo? Estos son amigos míos; somos del sindicato. Sabemos que te vas a presentar». «Sí, sí». «Pues piénsalo bien, porque te pueden poner un punto rojo en Madrid, y eso después ya no se quita». A mí la situación me pareció alucinante, empezando por los personajes, que venían caracterizados como si fueran malos de película (risas). Dije: «Mira, tengo ya casi treinta años, o sea que sé perfectamente el paso que voy a dar, y no voy a dar marcha atrás». No pasó nada, y después, cuando se forma el consejo sindical, me los volví a encontrar a todos, claro. Las reuniones se hacían en el anfiteatro este que tenían en Avilés, que era nuevo y estaba muy bien.
Fundado como proyecto estrella del paternalismo franquista, en Ensidesa tardó en haber la conflictividad de otros sectores, singularmente el minero, pero la conciencia de clase y la lucha fueron apareciendo.
Exactamente. Era más difícil. La gente había encontrado un modus vivendi en Avilés. Pero después vino Veriña, que se incorporó a Ensidesa en los años setenta, y eso ya fue un acicate mucho mayor: trajo la fuerza de gente que venía de la cuenca minera y que era muy potente, aunque en Avilés también la había.
En 1976 organizáis la mayor huelga de la historia de Avilés.
Aquel año primero fue la huelga de metro en Madrid, creo, y después la nuestra. Montamos una huelga de brazos caídos y paró la fábrica entera. No nos lo creíamos. A mí, los del comité de fábrica me nombraron para la cuestión del contacto con los periodistas, con la prensa, a la que yo facilitaba información. Eso me llevó a conocer a otras personas. Recuerdo una reunión que tuvimos dos o tres, para conocernos, en la celda de Manolo el Pole en el seminario.
De cuando el Polesu era cura, claro.
Sí, allí en su habitación. Él no estaba y allí nos reunimos para coordinar un poco.
«A la hora de reprimir, reprimían a todo el mundo: también al que pasaba por allí inocentemente. Eso creó una perspectiva nueva en la gente»
¿Qué consecuencias tuvo la huelga para vosotros?
Inmediatamente, nos hicieron un expediente; nos expulsaron a casi todos los que estábamos metidos en el asunto. La cosa se puso fea; trataron de reventar la huelga de cualquier manera. Vino una unidad especial de Valladolid. Nosotros nos manifestábamos por la calle, y en una ocasión, estando el local del sindicato en las Meanas cerrado, nos pusimos a dar una charla y en esto vino la policía y aquello fue una desbandada enorme. Pero les salió mal el asunto, porque, a la hora de reprimir, reprimían a todo el mundo: también al que pasaba por allí inocentemente y no sabía ni de qué iba la cosa. Eso creó un caldo de cultivo muy favorable y una perspectiva nueva en la gente, vamos a decir, apolítica; gente que no había visto nada más que el franquismo y le parecía que eso era lo que había en todo el mundo: me entiendes, ¿no? Exagerando un poco, vaya.
De pronto se daban cuenta de que no valía eso de «haga usted como yo y no se meta en política». Aunque no te metieras, te podían freír a porrazos igual.
Exactamente. Conclusión: la situación se fue poco a poco calmando y la empresa entró en razones. Nos cerró los expedientes y nos reintegramos de nuevo.
Pronto te nombran secretario general de Comisiones Obreras en Ensidesa Avilés.
A mí en Avilés y a [Alejandro Rodríguez] Mazuelas en Veriña, sí. En Avilés, solo en la factoría, teníamos dos mil quinientos afiliados. Trabajadores éramos dieciséis mil, y ojo, que UGT tenía todavía más afiliados que nosotros: tenía tres mil. Aquel año setenta y seis fue cuando legalizaron UGT; Comisiones fue casi un año más tarde, a principios del setenta y siete. Cuando nos planteamos hacer elecciones, UGT dijo que sí y después hubo discusión dentro de Comisiones, porque unos éramos más dados a los resultados proporcionales y otros a los mayoritarios. Había un sector que entendía que a UGT no la iba a votar nadie, porque no existía, y que, por lo tanto, ¿para qué optar por los resultados proporcionales?
Y al final os barrieron.
Sí. Unas pocas centenas o decenas de votos significaron que ellos cogieran, de veintiún delegados, dieciocho, y nosotros tres. Curiosamente, los tres en el colegio de técnicos. Estaba Emilio Huerta, Triqui; estaba Carmina Garrido y estaba yo. Nos tuvimos que pelear allí duramente, pero la experiencia que teníamos nosotros no la tenía ninguno de ellos. Nos enfrentábamos a una realidad que era el desmantelamiento de la empresa. En un momento dado, Comisiones Obreras a nivel estatal nos dijo que había que buscar una reunión en Madrid con el ministro de Industria, un hombre que ha sido hasta hace poco el presidente o el máximo jefe de Televisión Española, ¿cómo se llamaba…?
¿Alberto Oliart?
Eso es. Los nombres se me fueron casi todos. En aquel momento era el ministro de Industria de Suárez, y bueno: aquello fue una visita de protocolo, casi. Estábamos los representantes allí y trataron de convencernos de que no, de que la cosa no era así, de que no había ningún plan para desmantelar la empresa. Pero sucedió que yo, después de esa reunión con él, tenía otra con los líderes de Comisiones Obreras del ministerio, y ellos me pasaron una información que era terrible. Dijeron: «Mira, este es el tocho que…». Lo llamábamos así: el tocho. «Este es el tocho de todo lo que se va a hacer en los próximos veinte años, más o menos, pero como eso tienen que conocerlo los jefes de arriba, se hace otro más resumido, y aquí ya puedes ver lo que quieren hacer con vosotros». Nos dijeron que tuviéramos mucho cuidado de que no trascendiera la parte resumida, pero que dar cuenta de lo otro, sí. Había que darlo a conocer y yo lo puse en conocimiento de los demás de Comisiones y también del Partido. Se convocó una asamblea en Gijón, en el polideportivo de La Arena: aquello estaba abarrotado. Cuando terminé de hablar, hubo sus más y sus menos entre los que estaban de acuerdo y los que no estaban de acuerdo. Después recuerdo que pusieron interés bastantes directores de Ensidesa —no el director-director, pero directores de departamento y demás— y, a través de uno de ellos, les facilité información, y para ellos también fue un shock.
¿Los planes del Gobierno eran desmantelar Ensidesa?
Sí, sí, totalmente. Y así fue. Es que no cambió un ápice. Pudieron, en el tiempo, distorsionar un poco algunas cosas o posponerlas, pero fue así. En la empresa nos valió luego una posición muy favorable. Comisiones era la que había descubierto el asunto; UGT no se había movido e incluso negaba que esas cosas estuvieran en el tablero, pero estaban. Poco después ya fue cuando tuve que renunciar, porque salí elegido alcalde de Grau en las elecciones, algo que no estaba en mi guion personal.
¿Fue muy doloroso el sorpasso de la UGT; esa sensación de injusticia de que un sindicato que había estado prácticamente ausente de la lucha antifranquista se llevara el premio que os correspondía a los que sí os habíais movido?
Sí, pero bueno, también hubo el error de decir «vamos a barrer». Esas cosas no son así.
Te tocó negociar tres convenios.
Estuve hasta el año setenta y nueve, y sí: me tocó negociar tres convenios. El último fue el más impresionante, porque significó una subida del veinticuatro por ciento del sueldo: un salto cualitativo económicamente impresionante.

Entre 1970 y 1979, presides dos cooperativas locales ligadas a los sectores del transporte y la vivienda. Háblanos un poco de eso antes de cerrar este capítulo y pasar al de tu etapa como alcalde de Grau.
Presidí una cooperativa de cuarenta y ocho viviendas, sí, y también una asociación de vecinos, la primera que se hizo en Grau: la Asociación de Vecinos de El Casal. Lo de la cooperativa de transporte surgió porque nuestro desplazamiento diario de Grau a Avilés estaba supeditado a una empresa cuyo trato a las personas, digamos, no era el adecuado.
¿ALSA?
No: era una que se llamaba Autos Hernández. Era de aquí de Grau. Hacía el servicio Grau-Avilés-Gijón. No nos trataban bien, y se formó una cooperativa ya antes del setenta, en el sesenta y siete o sesenta y ocho, que es cuando yo vine de la mili. Me incorporé a ella y en el setenta había que cambiar la junta directiva, la gente pensó en mí y lo acepté. Éramos trabajadores de Grau, Candamo e Illas que iban a Avilés, a Ensidesa, y también a la Cristalería y otros sitios. Teníamos dos autobuses, con dos conductores y un suplente. El esfuerzo económico era grande, pero por lo menos viajábamos con dignidad, cosa que no ocurría en el otro sitio. Cuando yo llego, me encuentro un déficit, una cantidad desconocida para los socios, de doscientas cincuenta mil pesetas, que era mucho dinero en aquella época. Aquello supuso hacer las cuentas, un balance, unos estudios y decir «¿esto es rentable o no es rentable?». Todos queríamos seguir, no queríamos dejarlo, así que se hicieron unas derramas y se consiguió salvar. Y así estuve dos, tres, cuatro años más, no recuerdo bien.
Mencionabas tu mili. ¿Dónde la hiciste?
En Oviedo. Se daba la circunstancia de que los que éramos técnicos, cuando íbamos a la mili, con dos años que hubiésemos cobrado el sueldo nos pagaban la mitad; íbamos para la mili con la mitad del sueldo. Así que me dije: voy a intentar irme a la mili voluntario y quedarme en Oviedo, haciendo una vida normal aquí. Pasé una mili en casa, prácticamente. Y con el dinero en el bolsillo, no te privabas de nada.

En 1979, eres el candidato del PCE a la alcaldía de Grau. Te sorprende el ofrecimiento y lo aceptas sin esperar en modo alguno ganar las elecciones.
No. Yo me sentí siempre —tengo esa opinión de mí a través de los demás— un personaje bastante raro, que no iba a los bares, y a las sidrerías poco. No era una de esas personas. Y en la sede del Partido solo había estado una vez. Ni siquiera en la del Partido, sino en la de ANA, Amigos de la Naturaleza de Asturias, que presidió bastantes años Nebot, el fotógrafo, que vivió en Grau muchos años, antes de dar el salto a Oviedo. Me había invitado el partido comunista a dar una charla sobre pájaros, tema del que sabía muy poco, pero bueno: el caso era traer a alguien que hablara de alguna cosa que no fuera la política. Esa había sido la única vez que yo había estado allí. Así que cuando, un día a principios del año 1979, me paran en la misma calle dos destacados miembros de Comisiones y del Partido —dos personas a las que siempre tuve una gran admiración y que no eran de Grau, sino que habían venido a Grau a trabajar en las minas de caolín, y antes habían estado en las de carbón— y me lo proponen, me sorprende, la verdad. ¡Ir de candidato, además! Era una cosa que nunca se me había pasado por la cabeza. Lo comenté en casa, con los padres de mi mujer, que, bueno: eran todos de izquierdas. Y me hice la siguiente reflexión: «A fin de cuentas, ¿qué más te da estar en la oposición en la empresa, con el sindicato, que estar en la oposición en Grau? Porque, evidentemente, tú no vas a estar en el Gobierno». Era como que me venía bien estar en Grau, después de cinco o seis años muy convulsos en Avilés. A mí me robaba el tiempo todo aquello. Así que dije: «Bueno, va».
Concurres como independiente. Al PCE te afilias en 1982.
Me afilié más tarde, sí.
Y empieza la campaña.
Estábamos negociando el convenio en Ensidesa, ese del setenta y nueve que fue el más espectacular, como te dije. A las seis de la tarde o siete me vinieron a buscar y me vine pa Grau. Luego me estuvieron paseando; hice treinta y tantos mítines, casi todos de noche, y muchos en cuadras de ganado. Otros en los atrios de las iglesias, o en una escuela desvencijada. También recuerdo uno en la discoteca Maijeco, ante ochocientas personas, una cosa increíble. Todo así. Para mí fue como un reencuentro con un concejo que no había visitado. Lo había recorrido con mi padre, que cuando andaba por los pueblos me llevaba en la moto, pero la perspectiva de un niño de seis o siete años no es la misma que cuando tienes treinta y tres.
Conocías bien la villa, pero no el concejo, ¿no es así?
Exactamente. Y ¿sabes qué pasó? Que fuimos el único partido que se movió. ¿Quién de los otros iba a dar mítines, si eran personas que nunca habían estado metidas en política? Habían leído alguna revista y poco más. Ni siquiera en Alianza Popular encontraron o quisieron poner a personajes destacados del franquismo. Apostaron por gente nueva, joven.
«Tengo recuerdos inolvidables de la campaña de 1979: aquellos rostros, esas ganas de conocerte, de que alguien después de cuarenta años les hablara de sus problemas»
Pero a la que la gente no conocía.
En absoluto. Menos que a mí, todavía. A mí los mítines me resultaban fáciles, con cuatro o cinco asuntos. Se hizo un programa municipal muy bien hecho. Yo no participé en él, porque no tuve tiempo, pero la gente que sí lo hizo escribió un programa que lo lees ahora y es una maravilla. Los tengo guardados todos. Con el programa y cuatro cosas más de historia y de geografía lo tenías. Tengo recuerdos inolvidables de aquella campaña; de esos actos con poca luz, porque en las zonas de aldea la luz escaseaba como en ningún sitio; de ver aquellos rostros que tenían esas ganas de… [A Sierra se le quiebra la voz] Perdona, es que me emociono. Esas ganas de conocerte; de que alguien fuera allí después de cuarenta años y les hablase de sus problemas y de que había solución para ellos; de que se podían poner en marcha determinadas líneas de subvención y apoyarlas el Ayuntamiento. Todo eso, a ellos, les sonaba como música celestial.
Has descrito alguna vez las condiciones de vida en las aldeas de aquel Grau como «infrahumanas».
Lo eran. En la mayor parte de las casas no tenían baño. Apenas tenían luz; la que había no valía para nada; no valía para las catadoras, no valía para los frigoríficos, cosas que eran fundamentales para aquella gente, para poder mantener la matanza del cerdo o catar con máquina. No había un mercado de ganado. El agua no era pública; eran los pueblos los que tenían que hacer la obra y después mantenerla. En el concejo había dos partes muy diferenciadas; siguen estándolo todavía, en parte. Por un lado estaba la zona de Salcéu, que es la zona alta y más al sur, donde hay una serie de parroquias que vivían mucho peor que en la zona este, la que linda con Oviedo, que es la zona de Sama de Grau, Berció, Báscones, Santa María de Grau… Esos tenían una doble función: trabajaban en el campo, pero muchos de ellos también en la fábrica de armas de Trubia. Ahí ya había otra forma de vida. Pero en la otra parte, la parte alta, la situación estaba de verdad que muy deteriorada.
En cuanto a la villa de Grau, enumerabas en una ocasión que «la única instalación pública que había era el campo del Mosconia, no había ni biblioteca, ni casa de cultura, ni equipamientos deportivos (el Areces entrenaba en Oviedo), no había servicios para mayores, ni ayudas a los más desfavorecidos. No había aceras, ni calles, ni casi iluminación, ni agua en condiciones higiénicas». Estaba todo por hacer.
Era una situación muy deteriorada, sí, pero Grau no era una excepción: era toda España así, era todo gris. Yo, si tengo que escoger un color para esa época, escojo el gris, el gris oscuro, el de los nubarrones.
Y no esperabais ganar.
No. Conseguimos animar a la gente y yo estaba contento de lo que estaba haciendo, pero en ningún caso formaba parte de mis planes el ganar las elecciones. Esperaba un resultado decente y servir un poco de muleta al PSOE. Pero todo se conjugó a favor. Yo soy una persona que ha tenido mucha suerte a lo largo de su vida; es como si hubiese estado siempre en el sitio adecuado y en el momento justo.
Venías de la experiencia de UGT sobrepasando a Comisiones, y supongo que lo trasladabas a lo que iba a pasar aquí con el PSOE y el PCE, ¿no?
Claro, claro. Pero es que la gente que presentaron Alianza Popular, el PSOE y UCD eran personas que no dieron mítines, que no hicieron programa, más que cuatro cosas deslavazadas, y la gente se quedó con nuestro programa, con nuestro discurso. También pasó algo de lo que me di cuenta más tarde, en los últimos años de mi vida, que estuve dedicado a la memoria democrática: la gente de las aldeas, en la República, había votado mayoritariamente a los republicanos, no a los conservadores, y yo creo que nos vio como a los descendientes directos de la izquierda de la Segunda República.
La memoria funcionó.
La memoria funcionó, exactamente. Mira, hace poco tuve que decir unas palabras el día que se abrió la tumba de Carlos Barredo, el que fue alcalde.
Fusilado por los sublevados en 1936 y que da nombre a vuestra asociación. Hace unos meses se abrió el panteón familiar, donde se sospechaba que la familia pudo haber metido clandestinamente los restos en su momento, y se hallaron dos cráneos con tiros en la cabeza: el de Barredo y el de su hermano Óscar. ¿Lo he contado bien?
Sí, sí. Dirigió la investigación Francisco Etxeberría, el antropólogo. Pues estábamos en el panteón familiar de Barredo y yo di unas palabras ahí delante, y me vino a la cabeza decir que me consideraba el heredero legítimo de Carlos Barredo, porque lo de los años de la dictadura no eran alcaldes: eran personas elegidas por el poder, que no representaban al pueblo. Yo de eso me doy cuenta ahora, pero no me la daba cuando llegué a la alcaldía, y quienes sí se la daban eran los que me votaron. La gente de Grau es de izquierdas; lo demuestra siempre. Hay excepciones, claro, pero esa memoria existe y funciona.
¿Cómo recuerdas el día del recuento?
Lo tengo grabado. Era el día de la Flor. Me fui a visitar todas las mesas; como no tengo coche ni carné, me llevó un camarada. Aparcamos el coche aquí al lado. Eran las siete u ocho de la tarde, había caballitos funcionando, música, y ese ambiente de fiesta me dio una cosa como de «aquí algo va a pasar». Digo: «Vamos a la mesa de la Capilla de los Dolores». «Coño, ¿por qué?». «Porque ye la peor mesa. Vamos a ella. Vamos a ver qué pasa». Oye, chico, empieza el recuento y la candidatura nuestra a salir por delante de todas, por delante, por delante, por delante.
¿Era la mesa más de derechas de Grau?
Sí, la más conservadora. Bueno. No había móviles, claro. Vamos para el local y contamos: «Oye, que hemos ganado aquí». Y nos dicen: «No, no, pero es que en las mesas de los pueblos, ¡en todas!». ¡Madre mía del alma! Empezamos a echar cuentas y nada: siete concejales, cuatro UCD, tres el PSOE y también sacó uno la Alianza Popular. ¿Qué te voy a contar? Aquello era la hostia, la hostia, la hostia. Luego empezaron las revueltas, ¿no? El politiqueo. Nosotros, el partido comunista, no se dirigió al PSOE ni nada; se quedó tranquilo ahí, esperando. Pero cierta gente empezó a buscar una solución al triunfo del partido comunista sobre la base, por un lado, de que UCD era el partido mayoritario de los otros tres, y, por otro, de que el PSOE era el único que podía aglutinar una mayoría alternativa: si el PSOE no apoyaba, los otros no alcanzaban; tenían que ser los tres partidos. Pero al final no pasó nada. A la hora de la votación, el cabeza de lista del PSOE se abstuvo de apoyar al partido comunista, pero sacamos nueve votos, y los otros sacaron cuatro y tres, porque creo que no se llegaron a unir, aunque no lo recuerdo ahora.

Te conviertes en alcalde; lo serás durante 23 años, en dos períodos. ¿Cómo fue la primera legislatura?
Yo seguí trabajando, lo cual fue un error, pero no me atrevía a liberarme, ni me atreví tampoco en la segunda legislatura. Fueron ocho años de trabajar aquí y allí. Como me conocían en la empresa, tenía muy buena relación con el director y me había reunido varias veces con el presidente de Ensidesa en Madrid, decir la palabra apreciar quizá no sea lo correcto, pero bueno: sabían que era una persona a la que se le podía dar la oportunidad, y conseguí que me pusieran en un turno por la tarde en lugar de la jornada normal. Pero aquello fue para mí un esfuerzo grande. Era salir de casa a las ocho de la mañana y no volver hasta las doce de la noche, y todos los días igual. En el plano personal fue un error, pero bueno: a veces las cosas tienen un sacrificio y tienes que arriesgar. Yo fui una persona de arriesgar siempre; las cosas seguras-seguras no existen, es muy difícil. No te las pone fáciles nadie, y cuando estás en un partido que es el partido comunista, o Izquierda Unida, que para mí es igual, tienes que estar arriesgando, forzando siempre un poco más allá. Los primeros cuatro años fueron bonitos, muy bonitos. Conseguí hacer un equipo de todos. Nos llevábamos bien.
Aquella legislatura fue la del 23-F. ¿Cómo lo vivisteis?
Hicimos pleno local. Estaba programado y lo mantuvimos, y no hubo ningún problema ni deserción. Estábamos ya en mi despacho, antes de pasar al pleno, y llegó Mónica Lavilla, que era teniente de alcalde del partido comunista: «¡Dieron un golpe de Estado!». A mí me parecía una cosa de risa: «Bueno, déjate de bromas». «¡Que no, que no, que tomaron el Congreso!». «¡No jodas! Bueno, pues ¿qué hacemos? Yo soy partidario de hacer el pleno, más que nada porque, si no, va a parecer que somos como ratas que escapamos, ¿no?». Todo el mundo estuvo de acuerdo. Hicimos el pleno y luego nos fuimos a una cafetería en la que estuvimos un buen rato tomando algo. En un momento dado yo me fui para casa, y lo que no sabía era que, mientras nosotros estábamos en esa cafetería, gentes de Falange con pistolas habían estado reunidas en otro bar y después fueron a la cafetería donde habíamos estado nosotros, pero ya no estábamos.
«El 23-F, la gente de Falange tenía una lista, y yo también había ganado las elecciones en la lista esa»
Tenían una lista, claro.
Sí, sí, y yo también había ganado las elecciones en la lista esa (risas). Me fui solo para casa diciendo que no quería que nadie viniese conmigo; que si querían cogerme, que me cogieran, que no pasaba nada. Tardé casi cuarenta años en saber que detrás de mí, como a cien metros, sin que yo me diera cuenta, vinieron dos camaradas hasta casi el mismo portal: Valeriano Lorenzo, alcalde de Tameza, y Paco el de la Mata, otro camarada. Ellos nunca me dijeron nada, pero estas cosas acabas sabiéndolas. Estaba todo oscuro, todo vacío, no había nadie por la calle: la gente se había recluido en las casas inmediatamente. Yo, en la mía, me encontré con mis suegros, que estaban allí con mi mujer y mis hijos. Allí pasamos la noche hasta que salió el Rey y pareció que las cosas tomaban otro cariz. Al día siguiente, por la mañana, fue cuando me enteré de que el del golpe había sido Tejero, a quien yo conocía de todos esos intentos anteriores que había hecho. Todavía no se había entregado, pero ya saltaban los guardias civiles por las ventanas y todo eso.
«A algunos no les interesaba que mejorara el pueblo, porque caciqueaban mejor»
¿Cuáles fueron tus primeras acciones como alcalde?
Enfrentarnos a un presupuesto que era exiguo totalmente. Había que pensar en una financiación a través de créditos, de préstamos… Además, según llego me hacen saber que el Ayuntamiento debe dieciséis millones de pesetas a una familia, porque unos años antes, para hacer el colegio público de primera enseñanza, el Colegio Virgen del Fresno, les habían dado una entrada, pero luego no volvieron a darles más dinero. Eran dos hermanos mayores, los pobres, y yo los conocía de vista. El terreno era de una hectárea por lo menos y allí se había montado todo muy bien, pero a esa gente no le habían pagado. Era gente republicana, en su día. Lo arreglamos pidiendo préstamos. Había muchas deficiencias, pero tuve la suerte de encontrar un interventor que era conservador, pero muy buena persona. Con él fuimos preparando algunos planes; también, lógicamente, con el partido. Priorizamos las aldeas, la zona rural. Aquí en Grau, en ese momento, había dos instituciones que pertenecían al Estado y que daban muchas subvenciones, pero se las daban a los pueblos, no al Ayuntamiento. Uno era el IRYDA, el Instituto de Reforma y Desarrollo Agrario, y otro la agencia aquella…, ¿cómo se llamaba? No me acuerdo. Bueno. Empezamos por motivar a la gente para que empezara a pedir, ayudándoles en elaborar la petición, hacer un pequeño presupuesto y todas esas cosas. Nos prodigamos en reuniones con ellos, buscando soluciones al ensanche de los caminos, a las traídas de agua, etcétera. Todo eso fue una labor inmensa, que fuimos afrontando poco a poco. A los Ayuntamientos todavía no les llovía el dinero, como pasaría después, en la época de Zapatero, o incluso ahora, con los planes LEADER y demás. En aquella época, ni estábamos en la Unión Europea, y todavía tuvimos que esperar unos años para estarlo. Hubo que hacer mucho esfuerzo, también la gente, pero tenían tanta ilusión por salir de aquella situación, tantas ganas, que se entregaban. No todo el mundo, evidentemente: siempre hay gente más retraída, o más reaccionaria. A algunos ni siquiera les interesaba que mejorara el pueblo, porque así caciqueaban mejor. Pero salimos del paso. Esos primeros cuatro años, no tuvimos tiempo a hacer ninguna obra especial; no hubo forma. Se trató de salir del paso.
En aquel primer mandato, otra preocupación fue deshacerse del plan de urbanismo franquista y aprobar uno nuevo.
A mí siempre me gustó el urbanismo, y el urbanismo era muy importante, pero el plan franquista era totalmente sin sentido. Grau tenía seis mil habitantes y ellos habían hecho un plan para una ciudad de treinta mil. Para Grau villa, nada más, ¿eh? Claro, así se justificaban edificios de siete, ocho, nueve plantas, calles estrechas… En eso trabajamos fuerte, porque en el urbanismo es donde arranca todo lo demás. Yo creo en la planificación democrática, una de esas cosas que se dice que están «superadas», pero que no están superadas: están abolidas, que es distinto. Si el urbanismo no lo hacen los ayuntamientos, ponte en lo peor: lo harán las grandes empresas y pasará lo que está pasando ahora por Castilla y por la costa del Levante y todo lo demás. Te viene una corporación que no sabes quién es, te dice «tenemos el plan equis», el Ayuntamiento dice «ah, muy bien» y traga con todo. Eso no puede ser. Nosotros diseñamos un nuevo plan que no se aprobó en el primer mandato, porque en el último o penúltimo pleno, al que se llevó, los otros partidos, que hasta entonces no habían planteado nada en contra en las reuniones que se habían ido haciendo, votaron en contra. Claro, ¿qué dijeron? Vamos a ver, vienen unas elecciones y a lo mejor la cosa cambia. Yo eso lo entiendo, ¿eh?
Pero llegaron las elecciones y sacasteis mayoría absoluta; la primera de tres seguidas. Mérito doble si pensamos en el rodillo socialista de aquel año y del anterior, en el que, a nivel nacional, el PCE se quedó con solo cuatro diputados, frente a los 202 del PSOE.
Pasamos de siete a diez concejales. En 1987 volvimos a sacar diez y en 1991 sacamos nueve. Fueron doce años seguidos con mayoría absoluta y ahí conseguimos hacer, no todo lo que nos habíamos propuesto, pero sí una parte muy importante. También nos beneficiaron varios golpes de suerte.
¿Como cuál?
Mira, en el año setenta y nueve estaba con la familia en la fiesta de Santa Ana, que es una fiesta de prau que hace una asociación de aquí, de bollo y todas esas cosas, y veo que se me acercan dos personas: un hombre al que no conocía y una señora a la que sí conocía; una mujer del partido socialista, mayor, de la generación de mis padres. Me dice: «Mira, Pepe, este hombre es Ramón Maqueda. Su familia era de Grau y él es un ingeniero de la Confederación Hidrográfica del Norte de España, con sede en Oviedo». «Hola», «hola», tal y qué se yo. Dice: «Vengo aquí, aparte de porque Grau es el sitio de mis padres, aunque yo no viví nunca aquí, para preguntarte si la corporación anterior te ha dicho que hay una obra pendiente de hacer en Grau». Digo: «No». «¿No te han dicho nada de que hay un proyecto? Pues hace dos años que lo planteamos. El Ayuntamiento tiene que recoger firmas para que se cedan los terrenos colindantes al cauce del río y poder hacer dos muros para evitar las riadas». Las riadas aquí eran terribles. El punto más bajo era San Pelayo, y San Pelayo y la estación de Grau y todo eso quedaba siempre inundado. Digo: «Bueno, voy a mirar el proyecto a ver. ¿Qué tenemos que hacer?». «Tienes un mes para conseguir todas las firmas». «¿Coste?». «Coste cero. Lo pone todo la Confederación». Digo: «Bueno, está bien». Me gustó. Y nada, me puse a ello. Convoqué a la gente. Fue fácil: todos querían esa protección. Firmaron todos menos una persona a la que, al final, tuvimos que darle doscientas cincuenta mil pesetas, que no era poca cosa, pero ¿qué le vas a hacer? Las cosas son así. Nadie protestó, tampoco. Y la obra se hizo. Era una obra de cincuenta millones en aquella época, un regalo del cielo. Después fuimos negociando, y lo que iban a ser un par de, ¿cómo se llama?, de machones, o muros con piedras grandes de cantera, acabó teniendo un paseo y una pasarela. Ya no era meramente la protección, sino un servicio para la gente, para pasear y estar en el río. Claro, en el año ochenta y uno aquello fue un golpe de efecto impresionante, de los que no ves en la vida. ¡Cincuenta millones! Yo no los tenía, pero la Confederación sí.
«Tuve varios golpes de suerte que al final se debían a la ineficiencia de las corporaciones anteriores»
Una obra estrella de cara a las elecciones del ochenta y tres a coste cero.
Y tuve más de esas; más golpes de suerte que al final se debían también a la ineficiencia de las corporaciones anteriores; por su desidia de no mover un dedo. No era ya el miedo a enfrentarse a la gente, porque es que ni enfrentarse hacía falta. Era darles lo que estaban pidiendo. Conclusión, eso nos dio muchos ánimos a todos.

En tu primer mandato también os preocupasteis por la rehabilitación del patrimonio histórico de Grau: declaración como Bien de Interés Cultural (BIC) del casco histórico de la villa, adecuación el conjunto de la capilla de Los Dolores y el Palacio de Valdecarzana, en el que nos encontramos —y que estaba en ruinas—, y recuperación de la muralla medieval.
Empezamos a pensar en esta casa y en esa capilla, sí. Queríamos hacer un centro cultural. La biblioteca hacía años que estaba cerrada, y con la influencia que había tenido para mí, también era un acicate personal. Estaban todos los libros ahí apilados, tirados por el suelo. Pero era un hueso muy duro de roer. Decidí empezar por algo simbólico, pero más fácil: la capilla, que nos serviría para exposiciones y demás. Era municipal, porque el Ayuntamiento se la había comprado a la familia en una subasta, no estoy seguro de en qué año. Está toda la documentación en el RIDEA, porque la familia, todos los documentos que tenía, se los pasó al RIDEA para que los guardasen. Creo que fue una especie de expolio a los dueños, que ya no eran la familia Valdecarzana, y que luego salió a subasta y la compró al Ayuntamiento. El caso es que estaba en ruinas. Se sostenía porque es de piedra muy bien trabajada, pero estaba inservible. Yo me recordaba de haber estado una vez dentro, pero había estado siempre cerrada.
Restaurándola, también lanzabais un mensaje: estos comunistas van a restaurar y dignificar una iglesia que la derecha abandonó.
Sí. Estaba desacralizada, igual que otra en el Palacio Fontela, porque eran capillas de familias. También nos ocupamos de otra que era el ábside de una iglesia románica del siglo XVIII, en Cabruñana, con una bóveda muy bonita y donde restauramos las pinturas, muy simples, pero que tenían su interés. Pues nada; conecté, no sé por qué, con unos arquitectos de Gijón que luego se dedicaron a esto, porque acabaron restaurando también la catedral de Oviedo: Jorge Hevia y Cosme Cuenca. Para ellos fue mucho, esto. Encargamos el proyecto, se restauró y cuando se inauguró, ya en el ochenta y cinco, pareció que hubiera caído del cielo. Nadie había entrado dentro y la capilla, por fuera, es muy adusta, muy desproporcionada también, muy alta en la parte de entrada, pero ay, amigo: cuando entras en la parte interior y ves el juego que dan las dos combinaciones, geométricas y de colores, la caliza rosa y la gris, eso es la hostia. Nos ganamos un segundo punto muy importante.
Lo de la muralla fue más complicado.
En esos primeros cuatro años, nos pidieron licencia para hacer aquí enfrente, donde nos saludamos tú y yo, un edificio de cinco plantas sobre la rasante de la calle esta y ocho sobre la rasante de abajo. Claro, el plan de urbanismo era el franquista, así que había que decir que sí. Los informes eran todos favorables y empezó la obra. Quitaron las casas que estaban, digamos, enmascarando la muralla; unas casas que había allí adosadas, extramuros, como era habitual. Apareció la muralla, que, bueno, no es que fuera una sorpresa: todos sabíamos que estaba allí; había un paño que estaba a la vista y ese que estaba oculto. Pero la cosa cogió otro carácter y un día me llega un oficio del gobernador civil que me dice que pare inmediatamente las obras, por una cuestión de patrimonio. La paré y entonces se desencadenó un movimiento potente en Grau en contra mía: «¿Qué coño es eso de parar? ¡Si tienen una licencia!». Conclusión, vamos a rectificar eso en el pleno y todos los partidos votan en contra; nos quedamos solos. Yo no lo esperaba, la verdad. La labor de la derecha es esa: ir minando a la gente que es débil y decirles que les van a joder, que les tienen envidia, esas cosas. La obra, en cualquier caso, se paró, pero terminamos a las doce de la noche y a las cinco de la mañana estaban las palas tirando un paño mayor que el que ya habían tirado. Vuelvo a llamar al delegado del Gobierno: «Párala otra vez, inmediatamente». Volvimos a parar al día siguiente, pero el mal ya estaba hecho de una forma terrible. Y nada, la cosa se estancó ahí y ya empezaron todos los juicios.
Veinticinco años de litigios.
Veinticinco años p’atrás y p’alante, sí.
«Tuve un lío por los afuega’l pitu con Rodríguez-Vigil, cuando era consejero de Sanidad. Decía que no estaban en condiciones y tenía razón»
En cuanto al Palacio de Valdecarzana, el problema era el tamaño y el coste de la rehabilitación, que no podíais acometer solos. Pero os ayudó el Principado.
Era un bocado demasiado grande, sí. Recuerdo una frase que me dijo la directora general de Cultura: «Mira, Pepe, no pelees. Entiendo que quieras reparar eso, pero ni Grau es Gijón, ni el Palacio de Valdecarzana es el Palacio de Revillagigedo». Digo: «Oye, bueno, cada cual tendrá que tirar por lo suyo, ¿no?». El consejero era Manolo de la Cera, un hombre extraordinario, que nos había apoyado mucho con aquellas otras cosas y también quería apoyarnos en esta, pero llegó hasta donde pudo. La cosa quedó estancada, pasaron los años y cuando se terminó el tercer mandato nuestro, se terminó también la presidencia de Pedro de Silva. Entra por él Rodríguez-Vigil, con el que yo había tenido un lío por los quesos afuega’l pitu cuando él era consejero de Sanidad. Pero llega el milagro, llega la suerte.
Un momento, ¿qué lío con los quesos afuega’l pitu?
Uf, un lío durísimo. Le gané la batalla en la prensa, pero él tenía toda la razón: los quesos no estaban en condiciones. Pero bueno, lo hablamos después, si quieres.
Vale. El milagro, la suerte. ¿Qué pasó?
Año noventa y uno, esto parado y sin hacer nada. Me dice un administrativo: «Oye, te llama una señora que es no sé quién del Gobierno regional». Bueno. Me pasan. Yo no tenía teléfono. Me pasan con ella. «Soy Fulanita. No me conocerás, porque he estado trabajando en Cantabria, pero soy la directora regional de Cultura. Verás, es que me dijeron que tú tienes interés, e incluso ya un proyecto hecho…». Teníamos un proyecto y todo, ¿eh? Estaba todo al dedillo. «…un proyecto hecho para el Palacio de Valdecarzana». «Sí, sí». «¿Y qué interés tienes?». «Bueno, que se repare y que se rehabilite». «¿Y a qué lo vas a dedicar?». «Pues a la cultura, especialmente. Está todo ya condicionado a usos; no es un proyecto de reparación, sino para usos determinados». «¿Y cuánto es?». Lo sabía de sobra. Digo: «Mira, son cuatrocientos millones de pesetas». «¿Y tienes dinero?». «No». «¿Y cómo vas a hacer?». «Coño, pidiendo un préstamo». La cosa ya era un poco como de cachondeo, ¿eh? Yo no esperaba nada, o esperaba algo, pero no mucho; pero en esto me dice: «Mira, verás, vas a tener suerte. Resulta que nosotros, en el presupuesto de este año, tenemos cien millones de pesetas, y otros cien el año que viene, que estaban previstas para entregar a la Iglesia, para restaurar los monumentos. Les pusimos el documento delante para que eso tuviera un fin determinado, pero dijeron que no, que condiciones ninguna».
«Había cien millones de pesetas para la Iglesia, que decía que condiciones ninguna. Vigil, que era la hostia, dijo: “Ah, ¿sí? Pues nada”»
¿Era para reparar monumentos por toda Asturias?
Sería para el prerrománico, casi seguro. Pero dijeron que no, que condiciones ninguna. Y este Vigil, que era la hostia, dijo: «Ah, ¿sí? Pues nada». Miró y el único que había ahí con algo pendiente era yo. Nosotros siempre fuimos por delante pidiendo cosas, porque sabíamos que las nuevas políticas tenían que venir y tú tenías que tener proyectos y tener suelo, porque sin suelo no tienes nada. Eso era fundamental: proyectos hechos y suelo. Habíamos comprado suelo por todos los lados. Pues bueno, me dice esta mujer: «Vamos a hacer una cosa. Te vamos a poner cien millones ahora y otros cien dentro de tres años, para hacer la primera fase y la segunda. Primero consolidamos el edificio y luego ya restauramos». Oye, chico, como te lo cuento. Fui a Madrid, pedí un prestamo para los doscientos millones que faltaban y vaya problema: cien millones y otros cien dentro de cuatro años. En efecto, a los tres años volvimos a pedir el otro y sin ningún problema, y se hizo esto. Así como te lo cuento. Era como si Dios estuviese conmigo y con los curas no, pero conmigo sí (risas). ¿Qué pasa, Pablo? Nosotros siempre trabajamos a largo plazo. La gente a veces dice: «Oye, la obra hay que terminarla, para poder inaugurarla». Tonterías. La obra es para los vecinos, y si los vecinos después entienden que no hay que darnos el voto, pues que no nos lo den. Pero nos lo daban, porque entendían que las cosas se hacían. Esto fue un puntazo impresionante. No era hacer una edificación nueva: era restaurar un edificio del siglo XV, XVI, que tiene dos mil metros cuadrados de uso. Es la hostia. El Revillagigedo llegó más tarde. Mucho me gustaría ver a esa mujer y darle las gracias en persona.
[Al entrevistador se le pasa, al acabar la entrevista, preguntarle a Sierra por aquel lío con Rodríguez-Vigil y los quesos afuega’l pitu, pero busca en la hemeroteca digital del diario El Comercio información al respecto, y encuentra esta noticia de 1984:
LA CONSEJERÍA DE SANIDAD DENUNCIARÁ AL ALCALDE DE GRADO
OVIEDO (De nuestro corresponsal).— La Consejería de Sanidad del Principado de Asturias presentará denuncia contra el alcalde de Grado, José Sierra, por transgredir la prohibición de vender queso fresco, lo que está tipificado como un delito contra la salud pública. El consejero de Sanidad, Rodríguez Vigil, ha manifestado que quien se burla de la ley debe pechar con sus consecuencias. La denuncia se presentará, casi con toda seguridad, ante el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Grado. El alcalde de Grado, José Sierra, vendió el solo más de 300 quesos de afuega’l pitu, el pasado domingo en el mercado de Grado. Según Rodríguez Vigil, el queso de afuega’l pitu es incomestible por la elevada concentración de colifecales.]

Una preocupación medular de tu etapa como alcalde fue el suelo; hacerse con él. «Si no tienes suelo, no tienes nada», sueles decir.
Totalmente, sí, siempre. Te pongo un ejemplo. En el segundo mandato, del ochenta y tres al ochenta y siete, negociamos una urbanización. Nos vinieron las tres dueñas de un terreno, las Vizcondesas las llamaban; tres hermanas que vinieron a hablar conmigo. Venían con un arquitecto que era hijo de Iglesias, el dibujante.
¿El de Pinón y Telva?
El de Pinón y Pinín, sí. Vinieron con él y me dijeron: «Mira, queremos hacer viviendas unifamiliares en todo lo que es La Moratina, que es una zona de ladera». Aquí no había nada de eso. Estudiamos el proyecto. Como todavía estábamos con el plan, dijimos: «Vamos a aprovecharlo; vamos a ver si encaja eso también en el plan». Nosotros, en el programa del año ochenta y tres, habíamos incluido la residencia de ancianos. No había ninguna; nada más que había hecho la Diputación, en tiempos de Franco, una en Pola de Lena, que yo fui a ver, y me gustó en parte. Dije: «Pues vamos a hacer una en Grau». Y cuando vinieron las Vizcondesas con el tema este, dije: joder, tenemos nosotros ahí lo que eran las antiguas escuelas; un trozo pequeño. Negociamos y cogimos las partes más cercanas a la villa, al casco histórico de Grau. Nos quedamos nosotros con ellas, y de allí, que fueran edificando para arriba. No hubo ningún problema. Después fuimos haciéndonos con otros terrenos, pensando en la residencia de ancianos, el centro de salud y el centro de día, que se fueron haciendo en diferentes épocas. Y empezamos con el proyecto; empezamos a movernos. Trajimos a Víctor Manuel para hacer un concierto, trajimos a aquellos que hacían humor, que eran catalanes…
¿Els Joglars?
No… Eran cuatro, eh…
¿La Trinca?
¡La Trinca, La Trinca! Fuimos haciendo cosas de esas para aliviar a la gente, para sacar un poco de dinero, por si faltaba algo. Y luego intervino otra vez la suerte. En el segundo mandato de Pedro de Silva, Juan Luis Rodríguez-Vigil llevaba también Servicios Sociales, y de directora general estaba la hermana de la que fue alcaldesa de Gijón.
María Antonia Fernández Felgueroso, la hermana de Paz Fernández Felgueroso.
Eso es. Yo fui a hablar con ella para la residencia. «¿Tenéis suelo?». «Sí». «¿Y dónde tenéis el suelo?». «En el parque de Grau» [Sierra dice esto último con voz susurrante y ufana]. «¿Qué dices?». «En el parque de Grau». Nos dijo que sí y encargó el proyecto inmediatamente. En Grau hubo ciertas critiquillas, pero no afloraron mucho: «Oye, eso podía vendese pa pisos». «Pero ¿pa qué quier el Ayuntamientu pisos, cuando tienes gente por ahí que está en la indigencia?». La residencia la inauguramos en el año noventa y uno o noventa y dos. Todo vino así, ¿y por qué vino? Porque tenías suelo, y el suelo es lo más difícil. Tienes que pagarlo, y además siempre fue a precios de mercado, no de engañar a la gente, ni mucho menos. Precios de mercado que te certificaba una persona del Ayuntamiento, fuera el secretario, o el aparejador, o el arquitecto de Grau; tenía que él decirte lo que valía y que la gente lo aceptara. Con el suelo, también es verdad que partíamos de una situación buena, y es que la anterior corporación, franquista, tenía una serie de fincas que eran unos cuarenta mil metros cuadrados, pegadas, además, al campo del fútbol. Habían sido de una de aquellas familias que había en Grau y que se habían marchado a Madrid, como pasó siempre en todos los pueblos de España. Yo no lo sabía, eso; nadie lo sabía: las cosas se hacían así. Además, se había comprado por poco dinero, no sé si tres o cuatro millones de pesetas, que no era gran cosa. Había habido que pagar dieciséis millones por una hectárea o dos…
En esos terrenos, hicisteis los equipamientos deportivos.
Eso es: ahí hicimos el deporte, porque había deporte en Grau. Partíamos de aquellos, y luego también compramos más terrenos. En el ochenta y seis inauguramos el polideportivo; en el ochenta y cinco habíamos hecho también en ese sitio el mercado de ganados. El polideportivo era importante, porque el hockey tenía una ascendencia fuerte; el equipo estaba en Primera División, o División de Honor, no recuerdo.
También hicisteis pista de gimnasia, piscina descubierta, piscina climatizada, tres pistas de tenis, dos de pádel, campo de rugby, rocódromo…
Sí, sí. Cien mil metros cuadrados de zona deportiva, contando también lo que antes era el mercado de ganado, que se transformó en recinto ferial al perder los mercados importancia, aunque ahora no se le está sacando mucho uso. Todo esto empieza en el segundo mandato, en el que ya hubo inversiones interesantes, después de tomar tierra en el primero. Ibas afianzándote.
Otro logro fue la creación del polígono industrial de La Cardosa.
Otra pelea y otro chollo. En el plan franquista eso era para construir viviendas. Había sido una fábrica de extractos curtientes que duró desde el año cuarenta y ocho hasta el setenta y algo. Luego ya se liberalizó mucho el comercio y, claro, ya no podían estar aquí fabricando taninos a un precio cuando en Argentina estaba la cosa a la cuarta parte, por poner un ejemplo. La cerraron y la compró un señor, un especulador, que metió ganado ahí. Era constructor, y cuando nosotros le borramos del mapa el que todo aquello fuera de viviendas, vino a negociar. Yo, en principio, no le dije nada; le dije «me lo pienso». Hablé con él unos meses después, cuando ya vi que la idea podía salir adelante. La opción clara era un polígono industrial. Estaba perjudicado por la línea de tren, que había que hacer un soterramiento, pero enlazaba perfectamente con el polígono industrial de Peñaflor. ¿Qué sucedió? Que todos los partidos dijeron que aquello no tenía viabilidad; que lo que lo tenía era Peñaflor. Yo decía: ¡pero si Peñaflor está prácticamente agotado, y no tiene viales, y encima es privado: lo tiene una gente, ya no es del Ayuntamiento! No hubo manera. Ahí no encontré consenso de ninguna manera. Pero todo llega, y la gente se dio cuenta con el tiempo de que los motivos que yo había aducido eran correctos. Al final, llegamos a un acuerdo con el señor este. Yo no regateé. Lo puso a mil pesetas el metro cuadrado, y eran cincuenta mil metros cuadrados. Pues nada, cincuenta millones. Pero es que todo lo que eran las instalaciones tenían otro precio. «¿Y cuánto pides?». «Veinticinco millones». Las instalaciones no valían para mucho, pero bueno, vale. Me fui con los papeles a una oficina que existe todavía en Llanera, una cosa de ayudas, de mucho dinero, pero en plan moderno. Y hostia: allí me encuentro con una pareja y uno de ellos me dice «oye, yo soy de Sama de Grau». ¡Era con los que iba a negociar! «Coño, ¿qué traes?». «Esto». Dice: «Coño, pero ahí no hay maquinaria». Digo: «Bueno, sí, hay unas instalaciones». «¿Y por qué no las compras?». «Bueno, porque me pide veinticinco millones, y parezme mucho». «Vete p’allá, que vas a tener eso y más dinero que te vamos a dar aquí». Cagon la Luna, como te lo cuento. En efecto, no sé si nos dieron treinta y cinco o cuarenta millones.
La suerte.
¿Qué pasaba? Que éramos los primeros.
Bueno, ya. La suerte y lo que decía Picasso: que la inspiración te pille trabajando. Os llegaban los golpes de suerte también porque teníais ideas sólidas y proyectos hechos.
Y con lógica y con necesidad. Esas obras a mí ya no me tocó inaugurarlas, pero tampoco me daba más.
«Grau tiene un ratio de 43 metros cuadrados de zonas verdes por habitante. La ley marca 5, creo que lo van a subir a 8»
Y otra cosa guapa por la que te quería preguntar: el parque fluvial del Cubia y los paseos del río Martín.
Sí. Te contaba antes la obra aquella de la Confederación. Luego cambió el asunto, la normativa europea y tal: claro, se entró al Mercado Común. Y una de las cuestiones que pasaron es que el proyecto ese de canalizar el río pasó a considerarse un proyecto antinatural: sí, había que proteger las avenidas a esos sitios, pero no se podía hacer de esa forma tan drástica. Entonces, me vino el presidente de la Confederación Hidrográfica del Norte de España al despacho, la misma persona que la otra vez —pero la otra vez no era presidente—, y me dijo: «Tenemos una joya, aquí». Yo no me lo esperaba. «¿Qué te parece?». Eran casi cien mil metros cuadrados de parque, con cuatro kilómetros de caminos, de sendas; se retranqueaban los muros y quedaba un contenedor en medio para las grandes avenidas; para que hiciera un poco de retén de la velocidad del agua y demás. Nada, una maravilla. Esa fue otra obra espectacular. Se inauguró en 2004. Mira, ¿sabes qué, Pablo? El otro día me dieron el dato. Yo lo desconocía. Lo tenía medio calculado, pero no me atrevía a decirlo: tenemos en Grau —en la villa, ¿eh?—, una población de siete mil habitantes, seis mil ochocientos o así, un ratio de cuarenta y tres metros cuadrados de zonas verdes por habitante. La ley marca cinco (risas). Creo que lo van a subir a ocho. Esas cosas, la gente las valora. Cuando dicen que la gente no sabe lo que vota, yo digo: mira, eso es lo que dices cuando pierdes. Cuando ganas… Yo estuve viviendo fuera veinte años, después de dejar la alcaldía, y cuando volví aquí a vivir, la gente me saludaba. Me saluda todo el mundo; gente joven que no sé ni quiénes son; gente más joven que mis hijos. La gente es muy agradecida.

Os votaba gente que votaba a otros partidos en las demás elecciones. Y hasta hoy: IU sigue gobernando Grau.
Claro. Fíjate, venía aquí con una chuleta, porque los números ya se me olvidan. En las ocho elecciones en las que participé, se eligieron 136 concejales, de los cuales 60 fueron para el PCA/Izquierda Unida, 30 para el PSOE y 31 para el PP. O sea, Izquierda Unida tuvo tantos concejales como el PP y el PSOE juntos. Eso no es habitual. No lo es en España y en Asturias tampoco, más allá de sitios como Trebujena, donde está el hombre este, y algún sitio más. No es normal. Además, aquí, en las elecciones generales, los resultados de Izquierda Unida cada vez son peores; se va para atrás. Eso demuestra que es como si tuviéramos una marca en la política, y la gente confía en nosotros. Y no es ya una generación, ¿eh? Es la generación de mis padres, la mía y otra más, y todavía otra más si cabe.
En 1995 no encabezaste la candidatura de IU, porque estabas cansado, aunque concurriste como número dos, por detrás de José Antonio Sánchez. Pero volviste en 1999 y ganaste.
En 1995 sacamos un resultado bajo: cinco concejales. Sacó siete el PP, cuatro el PSOE y uno la Candidatura Independiente Moscona. La izquierda tenía mayoría absoluta, pero hablamos con los del PSOE —tuvimos dos reuniones, me parece—, vimos que aquello no era serio y dijimos «esto vale más dejarlo, no hay solución». En aquel momento hubo un esfuerzo grande a nivel nacional para hacer lo que en las primeras elecciones democráticas, las del setenta y nueve: que el PSOE e IU fueran juntos, apoyando, de los dos, el menos votado al más en cada caso. Pero en Grau se saltó el asunto. Lo sabíamos ya, y yo di cuenta a gente del PSOE de Oviedo, de Asturias, conocidos: «Mira, nos vamos a presentar y no nos van a votar». «¡No puede ser, no puede ser!». «Bueno, va a ser». Me acuerdo de que al pleno vino Fernando Lastra. Yo, ese día, llamé a los concejales; nos vimos en la cafetería y les dije: «Tenemos dos opciones. O dejamos la cosa como está, y que salga el PP, o, dependiendo de lo que haga el PSOE, barajamos apoyarles. Yo prefiero tener un alcalde del PSOE que un alcalde del PP».
Si no había pacto, gobernaba el PP.
Y pacto no había. Estaba cerrado, eso. Pero yo desconocía cuál iba a ser la postura del PSOE. Se decía que iban a presentarse, pero no lo sabíamos. Bueno. Callamos la boca y fuimos para allá. Aquello parecía una fiesta. Era una fiesta: las mujeres y los hombres de punta en blanco, habían reservado dos restaurantes, decenas de voladores…
«Le dije a Fernando Lastra: “Yo prefiero al PSOE que al PP. Te parecerá lógico, ¿no?”»
El PP, dices, ¿no?
Sí, sí. El tema iba a ser tenso, así que preferí hablar yo, en lugar del que iba el número uno, para que no lo estigmatizaran a él. Prefería que se cargara todo sobre mí. Empezó el pleno: ¿quién se propone, tal? Primero fue el PSOE: «Bueno, me propongo yo». Yo pensé: «Ya está». Luego fue el PP: «Me propongo yo». Llega nuestro turno y yo digo: «Nosotros no nos proponemos, porque no vamos a tener mayoría. Por lo tanto, lo que vamos a hacer es apoyar al partido socialista». ¡Maaadre mía del alma, chaval! ¡Vaya jarro de agua fría! Quedó todo el mundo así [Sierra pone cara de póker]. Yo miré para Lastra. El desconcierto era total. Propuse pasar al despacho de la alcaldía, para hablar. «Sí, sí, sí». Vamos para allá. Los del PP me parece que no fueron, pero el PSOE sí. Lastra me dijo allí: «¿Estás jugando de farol?». Digo: «No. Es más sencillo que todo eso. Yo prefiero al PSOE que al PP. Te parecerá lógico, ¿no?». «Sí, sí, por supuesto». «Bueno, pues ya está. ¿Tú no quieres a Izquierda Unida? Pues vale. Te voto yo a ti». «¿Y después que va a pasar?». «Ah, nosotros no sabemos lo que va a pasar. Hoy es sábado. Nosotros, el lunes, vamos a presentar la dimisión, porque no hemos pasado esto por el partido, y el partido ha dado unas consignas». Dice Lastra: «Bueno, pero ¿formaréis gobierno con nosotros?». «Ah, no, no. Si vosotros os presentasteis, es porque sabéis que podéis gobernar y que vais a hacerlo bien». «¡Joder, eres un cabrón!». «No, un cabrón no: los cabrones sois vosotros».
Ja, ja.
Él estaba conmigo, ¿eh? Me lo había dicho ya antes. Yo no me puse chulo, tampoco. Era un tema tenso. Yo estaba preocupado por mis hijos, que andaban por ahí, y a ver si iba a pasar cualquier cosa, ¿sabes? El caso es que, nada, volvimos al pleno y así fue. Luego no pasó nada, ¿eh? No hubo ni gritos, ni nada, pero bajaron todos las escaleras con la cara al revés. No es que te haga gracia, eso, ¿eh? Temes cosas. Pero yo me la jugué. Recuerdo que nos fuimos a comer a un bar de pueblo y que los críos se mandaron para con los abuelos, por si acaso. Nunca sabes. No por un político, sino por un loco que pueda hacer alguna cosa. Mis hijos eran adolescentes. Pero no pasó nada. No hubo ningún disturbio, ni nada. Luego, recuerdo —y esto lo voy a contar hoy, no lo conté nunca—…
Oh. A ver.
Habían pasado unos meses y el partido socialista no era capaz de arrancar, de hacer juego ni de nada. Eran cinco: sus cuatro más el de la Candidatura Independiente Moscona, que era de Comisiones, y detrás del cual estaba el Pecepunto. Comisiones estaba en contra mía, no sé por qué, porque todos los convenios que se negociaron siendo yo alcalde fueron muy buenos para los trabajadores, pero en fin: vamos a dejar el tema ahí, para la historia. Nada, eso: pasaron unos meses y un día me llaman. Yo me había seprado de mi mujer. Era diciembre o enero. Vivía en un piso por ahí. Me llaman al timbre. «¿Quién es?». «Soy Antonio Rey, quería verte». El candidato del PP, que después fue alcalde.
Entre 2007 y 2015.
Eso es. «Pasa, pasa». Me cogió en pijama. Yo estaba mirando unos presupuestos o algo así. Dice: «No, es que quiero hablar contigo». «Bueno, dime». «No, es que lo que yo pretendía es que tuviéramos una charla fuera de aquí. Yo voy a llevar a una persona que es de mi confianza». Él siempre decía que lo engañaban; esa cosa que dicen los de derechas de los de izquierdas: ¡es que nos engañan! No, no, no os engañamos. Bueno. «Yo voy a llevar a una persona, y tú llevas a otra persona». Le digo: «¿Quién es esa persona a la que vas a llevar?». Me dio el nombre, no te lo voy a dar. Le dije: «Si vale pa’ ti, vale también pa’ mí». ¿Para qué íbamos a andar mareando a la gente para lo que yo ya intuía que era una tontería? «Vale. ¿Dónde nos vemos?». Le digo: «Mira, yo trabajo en Avilés. Salgo a las tres y pico o cuatro. Nos podemos ver en la plaza del Ayuntamiento, en una cervecería que hay enfrente del Ayuntamiento». Allí nos vemos. «Bueno, nada: yo te propongo ir en contra de todas las propuestas que haga el PSOE, porque somos mayoría». Le dije que no: «Mira, yo no es que esté a favor del PSOE, pero tampoco estoy en contra, y una política sistemática contra ellos no la voy a hacer. Ni yo, ni los concejales. Entiendo que tu política sea esa, pero una marranada de ese tipo yo no la voy a hacer». Bueno, no lo dije así. Pero más o menos. La cosa quedó bien; luego nos seguimos hablando. Yo volví para Grau con la persona que él había indicado, pero, antes de entrar, le dije: «Déjame aquí, que no quiero que me vean entrar contigo en Grau» (risas). Me quedé en Castañéu y vine caminando. Bueno. Cuál no sería mi sorpresa cuando no pasó un mes y los del PSOE nos mandan una carta diciendo que quieren hablar con nosotros. Para negociar. Devolvimos la carta diciendo: bueno, sí, podemos negociar. Pero con una condición ya de mano: nosotros somos mayoría, y queremos, por lo menos, dividir en dos la alcaldía. Dos años vosotros y dos años nosotros. «No, no, la alcaldía es nuestra». «Ah, bueno, pues nada». Seguimos p’alante. No pasó una semana y negocian con el PP, con los mismos que habían venido a hablar conmigo, y a los que les costó que les expulsaran. Eran siete y expulsaron a cinco; a otros dos no, porque no estaban de acuerdo con sus compañeros. Eso fue del noventa y cinco al noventa y nueve. El PSOE se limitó a terminar nuestras obras. En el noventa y nueve me presenté yo y ganamos.
En la legislatura 2003-2007, otro sainete municipal. El PSOE y el PP negocian para no darte la alcaldía y durante un año no gobiernas, hasta que el PSOE echa a sus concejales y, mediante una moción de censura, regresas al frente del Ayuntamiento.
Exacto (risas). Mónica Tahoces empezó a ser crítica con ellos, porque ni funcionaban, ni dejaban funcionar. Y cuando dos o tres concejales del PP entrron en el Consejo de Gobierno, Mónica dijo que ni hablar; que ella se marchaba antes. Se fue al Grupo Mixto, hablamos con ella y, al poco tiempo, recuperamos la alcaldía.
«El PP decía de una subestación como hay miles algunas barrabasadas que no te las crees: que se iban a morir los niños en el vientre de las madres y qué se yo»
Fue una legislatura corta y dura, tras la cual ganó el PP.
Muy dura. Muy dura. A eso se unió el asunto de la subestación de Santa María de Grau; una subestación como hay cientos, miles, que por el hecho de que no la podían instalar en el monte Naranco, porque era un bien protegido, anduvieron mirando sitios y optaron por ese, que era una zona totalmente oculta, pegada al río Nalón. El PP se empleó a fondo; aprovechó el tema y por aquí, por Grau, pasaron diputados del Congreso, senadores, diputados regionales, todo quisque. Alguna persona dijo unas barrabasadas que no te las crees: que se iban a morir los niños en el vientre de las madres y qué se yo. Eso caló en la gente y perdimos por cuarenta y dos votos, aunque, fíjate: en la mesa correspondiente al sitio en el que está la central, ganamos nosotros. Las cosas son así. A mí me sirvió. Yo estaba ya al límite, muy desgastado personalmente.
Hace poco, Izquierda Unida publicó un librito en el que resumes los logros de tus veinticuatro años de alcaldía: Grado: un hacer político municipal. Me vino muy bien para preparar la entrevista. La memoria es importante, ¿verdad?
Sí, hay que recopilarlo todo, no se puede dejar ahí. Hay partidos que te fagocitan las cosas que no son de ellos; algunos son especialistas, además. Me puse en el año 2011 o 2012, ya fuera del Ayuntamiento. Fue todo de memoria. Tuve que consultar algunas fechas, algunas cosas, pero lo tenía todo en la cabeza. La mía es una memoria selectiva. Me olvido de muchas cosas, pero, de la política, no se me olvida nada.

Hay quien aboga por la limitación de mandatos como un imperativo democrático. ¿Qué opina de ello alguien que estuvo 23 años de alcalde?
Vamos a ver, aquí hay dos factores. El primero, y para mí más importante, es lo que la gente vota, y la gente ya digo que sabe lo que vota. El segundo es que puede haber críticas de que los partidos no actúan con la suficiente democracia interna y yo con eso estoy de acuerdo. Que la hagan, que se imponga la democracia interna, pero entonces, ¿qué pasa? ¿Vamos a elevarlo también a otras instancias superiores? En ningún país del mundo lo hacen.
Te refieres a la democracia asamblearia y demás, ¿no?
Sí. En ningún país del mundo eso existe. Los partidos son el soporte, y de algunas cuestiones que nacen al margen de los partidos —Teruel Existe y cosas así—, ya vemos el poco tiempo que duran. Los partidos tienen el papel que tienen que jugar y que les da la Constitución; no son esos demonios que parece que van sembrando el mal, ni mucho menos. Yo pienso que tiene que haber más democracia interna, por supuesto, y que vote, no solamente la militancia, sino los propios votantes; que ellos mismos tengan también voz y voto en lo que haga aquel partido del que son seguidores. Somos cargos representativos, y tiene que haber instituciones que nos controlen y que elaboren un programa.
«La sociedad civil de Estados Unidos está dando algunas lecciones a los europeos, últimamente»
Bueno, pero lo de la limitación de mandatos no es solo una cuestión de la democracia asamblearia; es compatible con la democracia representativa. Existe en Estados Unidos, por ejemplo. Yo nunca he estado muy de acuerdo, he de decir. Pero es un debate que hay que tener.
Sí, existe en Estados Unidos, pero no lo ves en ningún país de Europa. Ellos presumirán de ser una de las democracias más antiguas, pero no creo que sea de la mayor calidad, con todos los respetos. Lo que yo respeto mucho en Estados Unidos es a la población civil. A esos sí los respeto, porque nos están dando lecciones a los europeos últimamente de cómo hay que manifestarse y demás.
En IU hay dos grandes almas: la que podríamos llamar anguitista y la que podríamos llamar llamazarista, y que en realidad preexisten a Anguita y Llamazares y se van reencarnando de distintos modos generación a generación. Antes había habido la pugna entre carrillistas y gerardistas. ¿Tú con cuál te sientes más identificado: con la IU de confrontación y vocación de sorpasso —que tú conseguiste en Grau—, o con la del entendimiento automático y apriorístico con el PSOE —que tú practicaste en 1995 incluso a costa de la alcaldía que te correspondía—?
Yo, con Anguita. Para mí, Anguita ha sido el político más grande que ha tenido España en este período democrático, por el conocimiento tan profundo que tenía de la historia y de la filosofía y sobre todo por su hacer personal. Era un hombre que daba ejemplo; que, con el ejemplo que daba, bastaba para votarle. Lo dio hasta el último día y renunciando a lo que era un derecho suyo, que era un sueldo del ministerio. Antes lo había dado con otras cosas. Lo traté muy poco, evidentemente. Él estuvo en Grau y yo estuve en Córdoba, pero era una persona que quizá tenía una entrada un poco…
«De Anguita me dijeron: “Le pasa lo mismo que a ti. Sois tímidos, y os ponéis una coraza delante”»
Un poco seco, o borde, ¿no? Un marcar distancias.
Sí, eso es. Una persona muy íntima suya me decía: «Le pasa lo mismo que a ti. Sois tímidos, y os ponéis una coraza delante, que os sirve para sentiros un poco más seguros».
Ya. Eso pasa, sí.
Yo a Anguita… Ahí están los podcasts que ha dejado y todo eso, para el que los quiera escuchar. Hoy en día encuentro a muchas personas que, con muy buena voluntad, votaron a Felipe González y a Guerra, y hoy es como si se arrepintieran. Les digo: «Vosotros no os tenéis que arrepentir. Votasteis lo que creíais que era mejor y no era lo mejor, pero no teníais por qué saberlo. Algunos lo sabíamos, pero vosotros no. No hay que echar lágrimas de cocodrilo, ni nada de eso. Los hechos son así. En la política se miente. Se miente ahora mucho, y antes también se mentía. No todo el mundo decía la verdad». En fin. ¿Carrillo? Siempre le tuve mucho respeto. Se pueden decir muchas cosas de la gente que tuvo que pasar lo que pasó él; unas situaciones muy duras de guerra, de posguerra, pero era un hombre que también dio algunas lecciones. Nunca vivió a costa de la Unión Soviética, y podía haberlo hecho. Nunca envió a sus hijos a estudiar a la Unión Soviética. Vivió siempre de un sueldo en Francia, en París, que sobre todo tenía su mujer, más lo que él podía ganar del partido comunista. Él me vino a visitar a mí a mi casa una vez, cuando estaba formando el PTE. Me vino a hacer una visita de cortesía. Una de las personas de su intimidad también era íntimo mío; yo lo había conocido en las reuniones del partido en Madrid. Le agradecí que viniera a mi casa. Vinieron también mis suegros; fue una tarde, y fue interesante. Era ese hombre ya no tiene el poder que ha tenido y que se sincera con más facilidad, y te habla de algunas personas que… Tampoco es para transmitirlo, ¿no?, pero esa sinceridad. También la recuerdo de Julio Anguita, paseando con él de noche por Córdoba. Cuando dejas la política, reflexionas y empiezas a ver cosas que antes no quisiste ver, ni tenías por qué, porque estaba la unión del partido por encima, porque no podías crear fisuras y tenías que callarte muchas cosas. Eso nos pasa a todos. No sé. No me decanto por uno o por otro, ni por Gaspar, ni por Gerardo: dos personas a las que también admiro por su entrega al partido y a Comisiones y a todo lo demás, y a la izquierda en general.
Tres preguntas genéricas para acabar. ¿Qué valoración haces de la situación del sindicalismo en esta encrucijada histórica en la que, como tantas otras cosas, parece hallarse en una crisis profunda?
Está en crisis, sí. Lo está porque el enemigo es muy potente. Es muy difícil hacer sindicalismo. Yo veo a estas dos personas, Unai [Sordo] y Pepe [Álvarez], trabajando codo con codo y consiguiendo cuestiones importantes cuando hay un Gobierno que se deja negociar, pero veo también el poco reflejo que eso tiene en la prensa, en los medios de comunicación. No interesa. Hay una patronal que a duras penas, algunas veces, firma, pero la mayoría de las veces no firma, y esa patronal tiene unos altavoces que son suficientes para desarmar todo lo que tú armes. Yo no leo periódicos desde hace muchos años, pero es que no lees un solo, no titular, sino siquiera una referencia a que somos el único país de Europa en el que mejora la economía. ¡Solo por machacar al Gobierno! Entonces, el sindicalismo, claro: está oscurecido totalmente. No sale nada. ¿Cuántas entrevistas dan estos secretarios generales? Prácticamente ninguna. Tienen que valerse de sus medios, de sus gacetas, de sus publicaciones. Es un momento muy crítico para las centrales sindicales, muy crítico. ¡No hay grandes empresas!
«Amazon no produce: distribuye. ¿Cómo se va a generar lo que yo viví en Ensidesa? Estabas produciendo un bien y te sentías partícipe con el que estaba a tu lado»
El mercado laboral se fue atomizando, sí.
Claro. Ya no es producción: es venta, es distribución. Si viene aquí Amazon, Amazon no produce nada: distribuye. ¿Cómo se va a generar lo que yo viví aquí, en Ensidesa? Aquello era otra cosa. Estabas produciendo algo que era un bien, y tú eras partícipe de eso, te sentías partícipe de eso con el otro que estaba a tu lado. No era el trabajo de un artista, ni mucho menos, pero era un bien. Eso no pasa en las empresas que hay ahora, y por eso no hay esa necesidad de sindicarse, ni de reunirse.
¿Qué valoración haces de la situación de la izquierda en general, y de la española en particular? ¿Cómo ves todo lo que ha pasado y pasa con Podemos, Sumar…?
Fíjate en el punto al que llegó Podemos y el punto en el que está. Hay muchas variantes, ¿no? Pudiste equivocarte, pudo pasar que la gente quería un milagro… Hoy los votos son más prestados que nunca. Hay votos fijos, pero de esos se benefician, en España, el PSOE y el PP. El voto que deambula de un lado a otro a veces da en personajes como ese que está en Europa; el que recaudó ochocientos mil votos a base de lo que dice en una plataforma que tiene.
Alvise Pérez.
La situación es muy compleja. Mira en Francia: tienen la capacidad de unirse para la segunda vuelta, pero, cuando llega el momento, el partido de Macron se va con la ultraderecha. Es un totum revolutum. Lo de Trump en Estados Unidos no tiene ni pies, ni cabeza; no los tiene que ese hombre vuelva a emerger. Afortunadamente, parece que la cosa se puede encarrilar a través de Kamala Harris. Ojalá. Yo tengo conocidos que conocen bien el panorama en Estados Unidos y no lo ven tan fácil. Hay que luchar hasta el último día. En España siguen apareciendo nuevas causas por robos del Partido Popular. Es el rayo que no cesa, que diría Miguel Hernández. ¡Pero siguen votando a la derecha! Caray, ¿qué nos exigen a los políticos? ¿No nos exigen honradez? Entonces no es posible votar a un partido que ha sido condenado como tal partido. Algunos se creerán que viven muy bien, y es posible, claro; y piensen que hay que defender sus intereses. Están en su derecho, también. Pero ¿los demás?
¿Y qué valoración haces de la situación de Grau?
Grau sigue haciendo unas transformaciones que me parece que son dignas del apoyo que está recibiendo Izquierda Unida en las elecciones municipales. La política que hemos hecho en Grau, y se sigue haciendo, es transformadora. Ahora se está con el casco histórico de la villa, que era, digamos, lo que llevaba más atraso. Se han reparado las instalaciones: casa de cultura, el museo etnográfico y de historia que se ha instalado en el Palacio Fontela, la escuela de música… Ahora se está terminando también el auditorio. La oferta cultural en Grau es extremadamente alta: según los datos que a mí me dan, son más de trescientos actos culturales en Grau al año. La oferta deportiva también sigue siendo buena, aunque el hockey haya pegado un bajón importante. El Club Deportivo Mosconia sí que está en la división que le corresponde. Pero en Grau se sigue haciendo mucho deporte; hay instalaciones para ello. De zonas verdes, ya te decía antes el ratio que había por habitante. Las instalaciones sociales, sanitarias, educativas, están con un nivel como para veinte mil personas. Y todo tiene su espacio determinado: lo sanitario y asistencial está en una zona, lo deportivo en otra, lo cultural en el casco histórico, lo verde fundamentalmente en el parque fluvial, al lado del río, y lo industrial en La Cardosa. Yo creo que el diseño es el correcto. Los quince minutos para ir de un lado al otro los tenemos aquí. Podemos decir que lo inventamos nosotros (risas). Y la gente se siente a gusto en Grau. Es llano; es uno de los sitios más llanos de Asturias. Y está muy bien comunicado.
Sí que lo está.
Grau es una villa que tú vas a Madrid igual que el que sale de Oviedo, prácticamente; y si vas para el oriente o el occidente, lo mismo. ¿Qué pasa? Que no es turística, porque no tiene costa, ni otras cualidades de montaña o tal. Pero en Grau entran todos los domingos unos mil quinientos coches. Vienen al mercado. ¡Son turistas! Eso también son turistas. Vienen aquí a comprar. ¿Qué pasa, que los turistas tienen que venir con un pedigrí extranjero? Y son de distintas generaciones: yo veo a gente joven, de veintitantos años, con los niños, que son de fuera. Vienen a Grau, al mercado, toman algo y lo pasan bien. Y es fácil venir, porque hay casi tres mil plazas de aparcamiento. Y es un aparcamiento que es gratis. Y todo eso es porque hemos adquirido mucho suelo. Eso es lo importante: ¡el suelo! Hay que seguir siempre con esa temática del suelo. Si hay suelo hay instalaciones, y si no hay suelo no las hay. Ahora espero que pronto se empiece con el nuevo Plan General de Ordenación Urbana y se puedan corregir algunos errores que se cometieron en el plan anterior. Estaba previsto antes de 2007, de que hubiera la crisis, que lo frenó todo totalmente. Hay que tener en cuenta eso y buscar soluciones alternativas. Y mira, yo no soy de los que dicen que es bueno que haya más gente. Lo que quiero es que la gente que viva aquí, la que sea, esté a gusto. Hay que hacer las obras para los vecinos, para que la gente esté a gusto, y sienta que tiene sitio en los espacios públicos para hacer la vida en ellos. Hay que humanizar los espacios, las plazas, las calles, los espacios verdes también. Fomentar la convivencia. Es muy importante. No hay necesidad de ir a un sitio en el que tengas que pagar alguna cosa para poder hablar. Cuando éramos niños, nos veíamos en el frontón, o en el pozo no sé qué. En el parque se puede quedar también. Vamos ahí, nos sentamos, charlamos un rato y luego tomamos algo. Yo lucho por eso.
Y por último: te has implicado activamente en la cuestión de la memoria histórica. Eres presidente de la asociación Alcalde Carlos Barredo. Hablemos de eso para acabar.
Es lo último que he hecho y espero que sea ya lo último que voy a hacer. Estoy ya retirado, pero hago cosinas, y estoy entretenido. Sobre todo, estoy tratando de organizar todos los archivos y pasárselos a la directiva para que hagan un código QR y pueda acceder todo el mundo. Por otro lado, me veo con gente que todavía no sabía que sabía cosas, que parece increíble. Al principio vas a por los familiares-familiares, pero después hay gente que sabe cosas, gente que no tuvo esas desgracias pero sabe cosas, y son como flechos que atar. Los voy atando, pero a mi aire, a mi ritmo, sin presión de ningún tipo. La presión no la aguanto, ya. El estar trabajando en equipo y que el equipo falle por algo, y tú seas el responsable y lo tengas que asumir, yo con eso ya no puedo. Quiero ganarme ya la paz, la tranquilidad. Me gusta viajar, conversar con gente y pasear. Me gusta mucho caminar. Bueno, ¿la asociación Alcalde Carlos Barredo? Empecé en el año 2019, haciendo entrevistas por mi cuenta a gente que conocía, y que eran familiares de víctimas del franquismo. A veces me desplazaba y a veces otros venían aquí. Yo tomaba notas e iba estudiando todo lo que había escrito. Fui haciendo una relación de represaliados en Grau, que a día de hoy son doscientos treinta y tantos asesinados, de los cuales un dieciocho por ciento son mujeres: un número anormalmente alto. ¿A qué lo atribuyo? En aquella atmósfera de terror que se creó en los años cuarenta, en la que te represaliaban por ser desafecto, y desafecto significaba cualquier cosa, eso, en Grau, se llevó de una manera a rajatabla. Pero después también había otras causas, como el asedio de Grau. Los rebeldes tomaron la plaza el 15 de septiembre de 1936.
Por las columnas gallegas, que ocupan la villa para usarla de cabeza de lanza para la ruptura del cerco a Oviedo.
Eso es. ¿Qué pasa? Que, en ese tiempo, Grau está sometida a un cerco republicano, y las columnas estas eran falangistas, regulares, moros… Con algunas baterías que había tanto en Monte de los Pinos como en otro sitio, los republicanos hacían incursiones para la toma de eso, y unas veces tenían algún éxito, pero otras volvían a expulsarlos los rebeldes, y, en ese ten con ten, en esas idas y retiradas, caía mucha gente que no tenía nada que ver, y entre ella muchas mujeres, sobre todo en La Mata. Había que crear una atmósfera de terror comoquiera que fuese. Bueno, pues todo eso yo lo fui recopilando. Después ya me vi imposibilitado y fui hablando con gente con más voz, con más experiencia, con más conocimiento de la historia que yo. Formamos un equipo; después eso ya se hacía también insuficiente, y fundamos la Asociación Memorialista de Grau Alcalde Carlos Barredo, por la figura de este hombre que fue el último alcalde republicano. Todavía el otro día conseguí un dato que desconocía, y con el que quiero acercarme lo máximo posible a cómo fue la muerte de él y aquel viaje fatídico (que, bueno, seguramente también hubiera sido fatídico quedarse aquí).
¿Cuánta gente sois?
Tenemos ya casi ochenta socios, que no está mal. Son muy activos. Hay dos o tres grupos de WhatsApp que se han formado, y ahora estamos en las cuartas jornadas. El año pasado se entregaron no sé cuántos diplomas a familiares de personas que estuvieron en cautividad, en campos de concentración, a las que mataron o a las que les incautaron propiedades o les pusieron multas enormes, que hoy serían millonarias. Estamos muy contentos de ver cómo aparecen familiares en cualquier cosa que hacemos: algún hijo, ya pocos a estas alturas, y sobre todo nietos y biznietos. Hay ilusión por parte de la gente por tener ese diploma que dice que la condena de su antepasado fue totalmente ilegal. Ya se sabe, ¿no? Primero la verdad, luego la reparación. Fueron apareciendo los restos que yo había dicho siempre. Fui bastante prudente en el asunto de la fosa de El Rellán: siempre hablaba de cien como mucho y tal; y también fui muy prudente cuando daba los datos que yo tenía de La Garba. Hablaban de no sé cuántos; yo hablaba de nueve, que era de los que yo tenía datos, y fueron nueve. Eso nos hace ver que vamos con pasos firmes. Tenemos todavía que ver qué pasa con los restos de El Rellán y de La Garba, que todavía no se han contrastado los datos del ADN, aunque está la dirección general de Memoria Democrática del Principado encima de ello para poder conseguirlo rápido. Aún hay personas que son hijos de esas personas que quieren llevarse los restos con ellos y que tienen una angustia grande porque se sienten muy mayores. Son cosas de mucha humanidad. Quitarle ese peso a la gente, que puedan decir «recuperé los restos de mi padre o de mi madre y los llevo conmigo, para estar ahí juntos»… [A Sierra se le quiebra un poco la voz]. Esa es la parte que a mí más me emociona, porque es duro, eso. No tienes una explicación plausible para decirles a ellos. Pero vamos consiguiendo cosas. Hay un grupo de mujeres que lo borda, chico. Tienen una gana de trabajar, las mujeres, que da gusto. Es un tesoro, eso. Todas estas cosas tienen un tiempo limitado, pero si en estos años restauras algo, haces algo de esa justicia que se va haciendo… Yo, mi trabajo, lo doy ya por finalizado en cuanto recoja esos flecos y los entregue. Por lo demás, a mí me gusta viajar, qué quieres que te diga; y hoy en día hay muchas posibilidades de conocer mundo, y no quiero perdérmelas. Con eso y que me respete la gente, que me parece lo más grande que te pueden dar, voy servido.
Pues acabamos, Pepe. Un enorme placer charlar contigo.
¡Gracias! Igualmente.



























