El 8 de julio de 1853, una escuadra estadounidense liderada por el comodoro Matthew C. Perry fondeó en la bahía japonesa de Edo, ciudad que 15 años más tarde se rebautizaría como Tokyo. El comodoro trasladó un mensaje a las autoridades japonesas, o salían de su aislamiento y abrían el país al comercio exterior o la cañonera abriría fuego. Esta diplomacia de cañoneras que combinaba la intimidación militar con objetivos económicos logró su cometido, un año después, Japón, que había permanecido aislado del mundo por más de dos siglos, accedió a firmar la Convención de Kanagawa. Este tratado otorgaba a los estadounidenses privilegios exclusivos en detrimento de las potencias europeas, como la apertura de los puertos de Shimoda y Hakodate, protección a sus ciudadanos y la oportunidad de establecer un consulado.
La incursión de Perry fue algo más que un evento diplomático, estableció las bases de un modelo para la expansión económica de Estados Unidos, un patrón en el que el poder militar y la presión económica se convertían en herramientas para abrir mercados y asegurar rutas comerciales. Con la “diplomacia del dólar” impulsada décadas después bajo el presidente William Howard Taft, Washington extendió esta fórmula a América Latina y el Caribe, buscando reducir la influencia europea y afianzar su control económico en la región. No se trataba solo de acuerdos comerciales, sino de una política de intervención directa cuando los intereses de EE. UU. se veían amenazados, intervenciones militares en Filipinas, Nicaragua, República Dominicana y tantos otros, junto a la construcción del Canal de Panamá, cuya inauguración en 1914 no solo consolidó el acceso estadounidense a ambos océanos, sino también su predominio estratégico en el hemisferio, consolidaron un modelo económico basado en la elección entre Dolar o Dolor.
A más de un siglo de distancia, el eco de esa diplomacia coercitiva se mantiene, aunque con matices nuevos, en las elecciones estadounidenses de este noviembre. Las propuestas de Donald Trump y Kamala Harris encarnan dos visiones divergentes del poder estadounidense.


Para Trump la creación de empleo es prioritario, su Make American Great Again apela a una América utópica que no ha existido más que en el imaginario colectivo de una generación que ha visto como la deslocalización de empresas, fundamentalmente en suelo asiático aunque también en países como México, ha destruido empleos que han descategorizado una clase media menguante, esa percepción de arrinconamiento se ha visto reforzada por una retórica tóxica pero clásica en la internacional de la extrema derecha, el enemigo externo, los inmigrantes, el ecologismo o las mujeres son algunos de los contrincantes que Trump confronta con el buen americano medio de raza blanca que vive en la américa interior, la white trash como la representación de la generación boomer.
En atención a esto la política económica y social de Trump priorizará el proteccionismo y la reducción de impuestos, particularmente para corporaciones y rentas altas, con la idea de fomentar la inversión privada y el crecimiento interno, combinado con altos aranceles a la importación para intentar frenar el déficit comercial con China e impulsar la producción nacional y con ello la creación de empleo, junto a esto, la desregulación en materia medioambiental y un esperable frenazo a las renovables y las políticas de contención y reversión del cambio climático junto a un recrudecimiento de la guerra comercial con China iniciada en su anterior mandato.

En materia social Trump ha adoptado una postura de “ley y orden”, su administración anterior implementó medidas estrictas en materia de inmigración, apostando por las deportaciones aceleradas o el fallido proyecto de muro en la frontera con México, iniciativas que Trump retomaría en un segundo mandato de manera más agresiva. En cuanto a los derechos civiles, Trump tiene claro que su electorado quiere revertir todo aquello que suene a igualdad, feminismo y derechos, el primero de ellos el aborto, siguiendo por las políticas anti LGTBI secundadas con énfasis por Elon Musk apóstol de la cultura antiwoke.
EEUU dejará de ser el policía del mundo para convertirse en un guardia jurado que solo intervendrá allá donde el beneficio económico sea tangible independientemente de quién sea el cliente
En materia de política exterior lo que podemos esperar es algo que ya amenazó en su anterior mandato, la mercantilización del poder militar, EEUU dejará de ser el policía del mundo para convertirse en un guardia jurado que solo intervendrá allá donde el beneficio económico sea tangible independientemente de quién sea el cliente, adiós a los históricos bloques políticos de alianzas, con Trump nadie será intocable, la ideología supeditada a las negocios, recordemos aquellas declaraciones animando a Moscú a “hacer lo que le diera la gana” con los miembros de la OTAN que no cumplan los objetivos de gasto.
Si lo que saliera de las urnas fuera una presidencia de Kamala Harris, implicaría un enfoque económico continuista, algunos toques progresistas como posibles aumentos en el salario mínimo, impuestos más altos a grandes fortunas y grandes corporaciones y mayores inversiones en infraestructura verde y digital a través de la IRA (Ley de Reducción de la Inflación), manteniendo la política de imposición de aranceles aunque menos agresiva que la de Trump. También se espera que las relaciones políticas y comerciales con China, si bien no se normalicen, si es de esperar que se intenten encauzar y no pasar a una guerra comercial abierta.

En materia social Kamala Harris se ha mostrado partidaria de ahondar en las políticas progresistas, su administración probablemente daría prioridad a las políticas de igualdad de derechos e igualación racial, en cuanto a la política migratoria Harris apuesta por una política más integradora no exenta de control pero claramente más benévola que las que reclama su oponente. También podría fortalecer programas sociales y de educación para las clases medias y bajas así como un apoyo claro a los derechos LGTB Q+.
En política exterior Kamala Harris probablemente retome la diplomacia tradicional y multilateralista de Estados Unidos, fortaleciendo sus alianzas en Europa pero enfocando sus esfuerzos al continente Asiático, una victoria de Harris seguramente garantizaría una política exterior de cierta colaboración, en la que EE. UU retome un rol de liderazgo en organismos multilaterales y organismos internacionales como la ONU y la OMS. Aunque nunca con un papel como el mantenido hasta fechas recientes, independientemente de quien gane estas elecciones, podemos esperar que el EEUU omnipresente ha dejado de existir, la superpotencia está venida a menos y sus esfuerzos serán mas focalizados, especialmente en su relación con China aunque siempre será más refractaria a la cooperación internacional que lo que supondría una victoria de Trump.
En definitiva, una victoria de Trump nos traería un mundo sin certezas, sujeto a las veleidades de un millonario excéntrico capaz de culpar al padre de un oponente político de haber participado en el asesinato de Kennedy o difundiendo que los inmigrantes haitianos se comen a los perros y gatos de Ohio, si la victoria cae del lado demócrata la vida seguirá más o menos igual, con todo lo bueno y malo que conlleva, pero que desde una perspectiva puramente europea es un mal menor en comparación a la alternativa.



























