Altsasu
Texto y dirección: María Goiricelaya
Intérpretes: Nagore González, Egoitz Sánchez. Aitor Borobia y Ane Pikaza
Niemeyer, 15 de noviembre, Avilés
Hay un teatro socialmente comprometido con la ciudadanía y la vida y un teatro chocarrero, frívolo y estupefaciente al que habitualmente rendimos pleitesía y estamos acostumbrados. Espectáculos como Altsasu marcan esa diferencia y nos muestran la noble tarea del arte escénico, la certeza de que afortunadamente todavía hay personas empeñadas en que el teatro cobre sentido y sirva para algo. Con un mínimo de atrezo y manufactura escenográfica –linóleo blanco en el suelo, un vestuario exiguo y unas luces– María Goiricelaya y su equipo han conseguido el máximo de rigor significativo y trascendencia con una pieza que muestra el altercado ocurrido en el bar Koxka de Altsasu, Navarra, el 15 de octubre de 2016 y sus terribles consecuencias: las importantes lesiones ocasionadas a un guardia civil y unas sentencias a todas luces desproporcionadas para los agresores al aplicárseles la ley antiterrorista. Sucesos que abrieron el debate político y causaron seria preocupación y rechazo entre la ciudadanía. Aunque la importancia y grandeza del espectáculo de La Dramática Errante no se queda sólo en la descripción de los hechos, la punta del iceberg, sino en la capacidad y solvencia para estructurar unos cuadros que muestran el magma que oculta su mole de inmersión. La complejidad de los muchos temas y elementos tratados presenta una cotidianeidad fuertemente arraigada en aspectos culturales y políticos.
Teatro documento para la reflexión, alejado del panfleto y la propaganda. Altsasu seduce y engancha por su poderoso ritmo y animada exposición. Nos asombra la capacidad para recrear ambientes y localizaciones en el espacio vacío, el bar, la plaza donde se celebra el carnaval, las casas de acusadores y acusados, el coche en el que viajan a ver a los presos o la misma cárcel… y la facilidad camaleónica de los intérpretes para convertirse en agresor o agredido con sólo un cambio de sudadera. Una reversibilidad de personaje y punto de vista que nos pone en sobre aviso de que “cualquiera podría estar en nuestro lugar”, como manifiesta el padre de uno de los acusados. El espectador, que conoce el desenlace del suceso, sufre a cada anuncio de la fatalidad que se avecina. Cualquier incidente nimio puede ocasionar una condena perversa y desproporcionada. Para explicar todo esto María Goiricelaya, que no obvia tomar partido pero deja que el espectador saque sus conclusiones, recrea el contexto de este curioso municipio navarro donde todos los años se celebra el Ospa Eguna, “Día de la expulsión”, organizado por el colectivo Ospa Mugimendua, al que pertenecen dos de los acusados. El lema Alde Hemendik (“Fuera de aquí”) flota en un ambiente tradicionalmente ancestral, identitario, aquí magníficamente retratado con el carnaval, el desfile de los Momotxorros y muy especialmente del Akerra con zancos, especie de macho cabrío demoniaco -que a los asturianos tanto nos recuerda a los sidros- en un ritual de sangre y terror con valor simbólico.

Egoitz Sánchez interpreta a un fornido teniente de pecho henchido, polo y cadenita, con una actitud desafiante y chulesca, que en el incidente sufre la rotura de un tobillo. Su novia, encarnada por Ane Pikaza, la única de los agredidos criada en el pueblo, aunque de origen ecuatoriano, denuncia con sus palabras que “ETA ya no dispara, pero sigue matando”, e interpreta también con maestría a la jueza del caso y a alguna de las jóvenes de la cuadrilla, resultando conmovedora como madre de uno de los detenidos. Nagore González se caracteriza como la novia andaluza del sargento con una simple diadema de lunares, y como madre del teniente, amén de asumir también los roles de abogada defensora y de agresora. Por su parte, Aitor Borobia, con camisa blanca impoluta, es el sargento, al mismo tiempo que uno de principales acusados, así como uno de los presos comunes que aportan las pinceladas de humor.
Es buena idea difuminar los límites de los personajes con un cambio constante de identidades en una vertiginosa sucesión de escenas, con flashes efectistas para la inefable sentencia por parte de la Jueza de la Audiencia Nacional, Concepción Espejel, que casualmente está casada con un coronel de la Guardia Civil y ella misma había sido condecorada con la Orden del Mérito de la Guardia Civil. Irregularidades que con la manipulación de declaraciones, la no inclusión de pruebas gráficas y vídeos, y la brutal desproporción de la condena, es lo que la obra de Goiricelaya denuncia sin tapujos, tratando de reconstruir la complejidad del contexto con una mirada integradora, reconciliadora y con sentido crítico.
Conociendo la historia del Ospa eguna, que sólo tiene lugar en Altsasu y es un día de reivindicación de la expulsión de los cuerpos policiales y de la guardia civil de Navarra y País Vasco, se entiende la vendetta que para la Guardia Civil supone este juicio mediático de condenas absolutamente desproporcionadas por una pelea en un bar. Que algunos miembros de Vox quieran censurar las representaciones pone en evidencia que no han visto la función. O lo que es aún peor, que tienen como objetivo principal acabar con la libertad de expresión. Y esto sí que no es una broma.



























