1992 fue año importante para España. El país celebró con gran éxito las Olimpiadas de Barcelona, la Exposición Universal de Sevilla y la capitalidad cultural de Madrid. Todo el mismo año que el PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra cumplían una década en el poder. A España no la iba a conocer “ni la madre que la parió”, había prometido Guerra, y la promesa se estaba cumpliendo. El país se estaba desindustrializado con enormes ajustes, protestas y sufrimiento social, pero a cambio estrenaba una flamante economía de servicios capaz de organizar grandes eventos de relumbrón internacional. En 1992 lo moderno era eso.
Galicia tuvo también su particular 92, en vísperas del apabullante Xacobeo del 93, que redescubrió el Camino de Santiago, y con él una nueva Galicia, renovada y telúrica a la vez. Fue una inesperada cumbre entre Fidel Castro y Manuel Fraga Iribarne que hizo al exministro franquista sentirse por 48 horas un jefe de Estado con arte y parte en el mundo de la post Guerra Fría. Lo cuenta Pablo Batalla en un libro tan agudo como divertido, Yo podría haber sido Fidel Castro, publicado en la muy necesaria colección Episodios Nacionales, una aventura editorial promovida por Lengua de Trapo y el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

Yo podría haber sido Fidel Castro es un libro sobre Fidel en Galicia, lleno de anécdotas maravillosas, como la de su inseparable probador de venenos, pero es sobre todo un retrato psicológico de Fraga, el político frustrado que fracasa en su intento de pilotar el posfranquismo, y al que el felipismo convierte en poco más que la mascota de una raquítica oposición.
Ironías de la vida, el exministro franquista, centralista y mucho centralista, acaba encontrando su premio de consolación en la Galicia autonómica, donde astutamente logra articular a través de la Xunta, la TVG, La Voz de Galicia y una fuerte red territorial de alcaldes, una suerte de inesperado regionalismo gallego conservador. Algo así como la CSU bávara, o “el verdadero partido nacional popular gallego”, como una vez me dijo irónicamente un dirigente de las mareas gallegas. Si el Partido Comunista Italiano tenía la fiesta de L’Unità, el PP fraguista lograba reunir en la romería de Monte Faro, en Lugo, a más de 10.000 asistentes en sus mejores momentos. Poca broma. Y es que quizá en el fondo Fraga fuera tan gramsciano como schmittiano, su pensador nazi de cabecera, con el que llegó a tener una estrecha relación.

Batalla no solo logra describir magníficamente este proceso de galleguización de Fraga o, si se prefiere, fraguización de Galicia, sino que también se mete en la cabeza del hombre que no pudo reinar. Un perdedor al que un sagaz Fidel Castro supo halagar como presidente de una imaginaria república gallega, rompiendo así el aislamiento de Cuba en lo más crudo de aquel Periodo Especial que siguió al colapso de la Unión Soviética.
¿Empatiza en exceso Batalla con Fraga? Tal vez. Tanto como un Fraga que, cual Zelig, el personaje de Woody Allen que siempre se mimetizaba con su interlocutor, llegó a venirse tan arriba con la visita del Comandante como para afirmar que, de haberse quedado en Cuba, donde había vivido de niño, quizá él… podría haber sido Fidel Castro.
* “Yo podría haber sido Fidel Castro” se presenta el 23 de noviembre a las 19h en la librería Matadero Uno de Oviedo/Uviéu, el 6 de diciembre en La Revoltosa de Xixón, y el 1 de febrero en Murcia.



























