Caos político, orden económico y social persistente

La actualidad no dura nada: la política parece una sucesión amnésica de fogonazos.

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

La política es una lucha de técnicos de iluminación, suele decir Enric Juliana. Pensar es representar datos en la mente, mover esos datos, componerlos en patrones y obtener otros nuevos por deducción. No podemos pensar con todo lo que sabemos, son demasiados datos. Pensamos con lo que esté activo, iluminado, en nuestra mente. Es una de las facetas de la propaganda: tener iluminados en nuestra mente los datos que le conviene al propagandista y tener apagados los que no le convienen. Lo saben bien los jueces de la caverna, convencidos como están de que su misión no es aplicar la ley con justicia, sino salvar a España de los españoles. Por eso aceptan a trámite causas absurdas y dilatan los tiempos hasta que cualquier ladrido de MAR, titulares y tertulianos mediante, de tan iluminado nos ocupe la mente más que los estertores de 7291 seres humanos asfixiándose.

¿Qué fue de Errejón? ¿Qué salvó a España después de que se pudieran usar en el Parlamento todas las lenguas españolas? Tuvo que ser algo gordo, porque la implosión de la patria era inminente. ¿Se acuerda alguien de la amnistía, sabe el común de los mortales si Junqueras está en la cárcel? ¿Le importa algo? Tantos Sánchez ahorcados y tantos rezos en Ferraz, tantos Guerra y González arrastrándose por canales ultras, agitando la Constitución como los vociferantes del fin del mundo agitan en las calles neoyorkinas la biblia, ¿qué nos salvó?

La actualidad no dura nada. La política parece una sucesión amnésica de fogonazos, de microhistorias abruptas que terminan rápido y se olvidan enseguida. Los técnicos de iluminación mueven las luces tan rápido, que el discurso político parece un estroboscopio discotequero de los que dan epilepsia. Y no solo la vida pública se vive como si fuera discontinua en el plano temporal. También en horizontal. Las redes sociales crean el efecto burbuja que nos junta con los afines con tal ferocidad que es como cuando juntamos dos micrófonos y chirrían al reverberar. Las redes aumentan la intolerancia y estimulan la audacia de los bobos, por la ilusión de relevancia y atención que producen. Muchas especies tienen recursos para que los individuos parezcan más grandes en el combate o el cortejo. Los mamíferos erizan los pelos y los peces de Siam despliegan aletas y agallas. Ahora no hay pequeñez moral que no quiera parecer más grande usando la prótesis de las redes. Y lo mismo que cuando nos duele un diente no podemos evitar pasar la lengua una y otra vez por él, así en la red social no podemos dejar de fijar la atención de los chirridos que nos molestan. No es que seamos masocas, es que apetecemos la intensidad. Y no son todos iguales. La depravación es máxima en las derechas, porque son quienes quieren arrumbar la democracia liberal pudriendo su tejido; porque así lo quieren las élites económicas a las que representan. Ya no hay un contrapunto soviético al que temer, no hay que ceder nada.

Íñigo Errejón. Foto de Bruno Thevenin.

La verdadera actualidad solo se destaca del ruido por repetición, por formar patrones con alguna constancia en medio de las estridencias pasajeras. Esta semana vimos alguno de esos patrones. La UE es un caldo gordo muy complejo. Los choques tienden a que al final todo el mundo haya ganado algo, no se sostienen estructuras así, con mucha menos grasa e inercia que la de una nación, a base de que cada negociación deje cadáveres. Rechinar de dientes sí, pero no cadáveres. Era poco probable que el lío que montó el PP acabara con el cadáver de von der Leyen o el de Weber. Al final todos pillaron cacho. Weber dio un rodillazo a von der Leyen con la incorporación a la Comisión de dos adefesios ultras, pero ella sigue ahí y él ahí. Sánchez recibió una patada en la espinilla, pero se mantuvo uno de esos patrones estables: sacó adelante una enredada negociación, como siempre, el PP pide su dimisión por la patria, como siempre, y la legislatura parece encarrilada, como siempre. La estridencia con que anda el PP lo suele dejar como una canica suelta y sin dueño.

Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión. Foto: Parlamento Europeo.

De todas formas, sigue siendo perceptible ese otro patrón de jueces activistas. El PP continuará moviendo fantasmas sobre Teresa Ribera a ver si el caso encaja en la maquinaria lawfare. Viendo la toxicidad del Supremo, es lógico que lo intenten. Y es lógico que iluminen a ese Pequeño Nicolás de Aldama, a ver si algún juez de guardia ve en uno de esos selfies que la gente se hace con un famoso un indicio de delito. Se va reproduciendo otro desdichado patrón reconocible, que es la gestión del PP de las catástrofes: incompetencia, mentiras y maltrato a las víctimas. Se solapa este patrón en la DANA y en la alargada sombra de los 7291 seres humanos emparedados en las residencias de Ayuso. Lo único que Ayuso hace por esas víctimas es preguntarse de dónde sacan el dinero para ponerle pleitos, ella que ni siquiera nos dice de dónde lo saca ella para un ático de millón de euros.

Los derechos civiles de mujeres y minorías avanzan, pero la hostilidad organizada contra ellos es más feroz (machismo, racismo y homofobia son más explícitos y vociferantes). Y a la vez la desigualdad social se dispara. Esta semana, de hecho, se rozó otro patrón importante, espeso, lento y tenaz. Salió a propósito de la reforma fiscal. Es ese proceso por el que el dinero se va de los humildes y las clases medias hacia los ricos y los ricos y sus intereses están por encima de la democracia y sus gobiernos. Es el proceso por el que se pretende que la creación de riqueza es que los ricos sean más ricos. La pobreza es no llegar a la subsistencia y el bienestar es lo que sobresale de la subsistencia. La pobreza aumenta y la clase media, la que tiene bienestar, se diluye porque la riqueza se acumula en pocas manos. El bienestar no es una excelencia: es la justa participación en la riqueza nacional. La pobreza es una emergencia. La subsistencia es una injusticia. Y el bienestar es un derecho. Y recordemos que los derechos lo son porque son universales, si no, serían privilegios. Vimos esta semana los guantes de seda con que hay que manejar la fiscalidad de energéticas, grandes empresas y bancos. Vimos que, cada vez más, los gobiernos que ponemos con nuestros votos no mandan en lo que más nos afecta. Y que ese magma lento y tenaz avanza hacia el punto en que sean ellos directamente quienes pongan y quiten gobiernos. En la legislatura pasada, cuando las guerras dispararon la factura de electricidad y combustibles, el Gobierno legítimo del Reino mendigaba a las empresas energéticas un poco de contención, mientras ellas vaciaban pantanos. Eso sí que es Estado fallido.

Aunque parezca otra cosa, a ese patrón estable pertenece el pequeño vodevil de La Revuelta y El Hormiguero. Con la genial ocurrencia de poner veinte minutos de animalitos, Broncano denunciaba las coerciones que Pablo Motos y entorno hacían sobre los invitados de La Revuelta, lo bastante severas como para lograr que un invitado tuviera que darse de baja casi a la hora de emisión. El episodio nos recuerda una de esas cosas que no deberíamos olvidar: el capitalismo, las empresas, no quieren la libre competencia ni creen en ella. Las empresas que compiten lo hacen porque no son lo bastante poderosas. Tecnológicas, energéticas, bancarias y alimentarias presionan y enredan para no competir. ¿De verdad Amazon quiere libre competencia? La competencia solo sirve para justificar las pérdidas de los pequeños. Cuando hablamos de los grandes, no se habla de competencia sino de libertad. Competencia es para las librerías, libertad es para Amazon. Pablo Motos solo es una maqueta de lo que nos recordaba el millonario Buffet: su secretaria paga más impuestos que él y «la lucha de clases existe y vamos ganando». El PSOE debe ser pragmático y mirar alrededor: o humildes y clases medias sienten que mejoran con la izquierda o gobernará la ultraderecha porque los progres serán unos buenistas insufribles. La justicia social no fue nunca solo cosa de la política. Siempre implicó lucha. No hay que ir hacia el centro, sino desplazar el centro hacia las mayorías sociales. Entre desaparecer ahogados en el albañal de la ultraderecha y la confrontación con las oligarquías, lo pragmático es la confrontación.

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