Demasiados miedos

Cuando fui a votar, tuve que dejar a la orilla el recuerdo de una Kamala Harris que dijo que seguiría apoyando a Israel.

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Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Hace ocho años nos despertamos con la sopresa mayúscula de que la candidata demócrata a la presidencia, Hillary Clinton, había sido derrotada por un hombre que había dicho a los gritos, entre muchísimos otros exabruptos, que podría salir a la Quinta Avenida, empezar a disparar a la gente que se encontrara por el camino y aumentar el número de votantes. Nos parecía, a los que vivimos en una burbuja que no parece que tenga mucho que ver con una cierta realidad, que esta declaración que había aireado con absoluta frescura ese señor, tendría que ser suficiente para frenar en seco sus aspiraciones a presidente. Para sorpresa nuestra, la equivocación fue también mayúscula y tuvimos que sufrir cuatro insufribles años de salidas de tono que competían cada una de ellas con la anterior, y de políticas que cuestionaban el respeto a los derechos humanos más elementales y el guion más básico de sentido común. Aún recuerdo su gestión durante la pandemia, vociferando en contra de las vacunas e invitando a la gente a tomarse lejía para atacar el coronavirus, cosa que algunos de sus seguidores –con las consecuencias esperables que este acto de estupidez tuvo–, hicieron.

Poco después de aquella  victoria de 2016, cuando el futuro presidente todavía no se había instalado en la Casa Blanca, y aún no se podía calcular el coste de su administración, algunos de nuestros alumnos dejaron de venir a clase. No había manera de interpretar estas ausencias al principio porque las vidas de los estudiantes de la universidad pública de Nueva York, donde enseño, giran en torno a un argumento en el que la educación sigue siendo marginal. En cualquier momento, muchos de ellos se ven obligados a interrumpir esos estudios que están convencidos que van a mejorar su vida, y regresar a ese punto de salida del que tanto les cuesta moverse. Si de los veinticinco estudiantes que se matriculan en un curso se acaba el semestre con catorce o quince nadie se asombra, pero aquel otoño del 2016, el número creciente de sillas que iban quedando vacías tenía otra explicación. Lo supe cuando una alumna ecuatoriana, que solía venir siempre, me envió un correo electrónico para hablarme de la ansiedad horrible que le producía salir de casa y el pánico que sentía ante la idea de que un agente de inmigración pudiera detenerla en la calle, pedirle los documentos que no tenía y devolverla inmediatamente a su país.

Una partidaria de Trump

Si esta situación se va a repetir con la nueva victoria de Donald Trump no lo sé, pero anticipo que no, o no tanto, porque la pandemia reubicó permanentemente nuestras clases y un número significativo de nuestros cursos se imparten en ese espacio tan poco didáctico de la geografía virtual. A pesar de lo mucho que me disgusta enseñar en estas plataformas, celebro que las pantallas de Zoom puedan representar ahora un refugio para una comunidad tan vulnerable como la comunidad con la que yo trabajo y espero que, en medio de la arquitectura del país que se nos viene encima, sean capaces de salir adelante, comprarles a sus padres las casas que les quieren comprar, dejar la habitación que comparten con cinco o seis personas y vivir, materialmente, un poco mejor. A la misma vez, deseo que cuando estén en ese punto, y cuando al fin llegue el momento en que puedan entrar y salir de sus viviendas con la seguridad de la que posiblemente antes carecían, no olviden dónde estuvieron y no sientan miedo de quienes, nuevamente, se vean obligados a interpretar la misma historia.

Que la memoria, por encima de cualquier otra facultad, no le falle nadie.

Parte de esta victoria contundente del que volverá a ser el presidente de los Estados Unidos durante los próximos cuatro años se debe, al parecer, a la suma de una serie de miedos que la ultraderecha de este país (como la del resto del mundo) es experta en rentabilizar: el miedo de los hombres blancos a que gobierne una mujer; el miedo de las mujeres blancas a que gobierne una mujer racializada; el miedo de los hombres latinos y afroamericanos a que gobierne cualquier mujer; el miedo de los emigrantes de primera y segunda generación a que lleguen nuevos emigrantes que desestabilicen su precario bienestar y se encuentren en la situación de tener que repartir un pastel que apenas les alcanza; el miedo de todas esas personas que serían capaces de poner una bomba en una clínica abortista y enviar a sus hijas e hijos a programas de reconversión de orientación sexual sin mayor problema. El miedo, también, a que los niños entren en la escuela siendo varones y vuelvan a casa transformadas en hembras, como aseguró Donald Trump en el primer debate con Kamala Harris que estaba sucediendo en el país. Estos miedos particulares, combinados con el temor nada despreciable de una población que ha perdido progresivamente su poder adquisitivo durante el periodo posterior a la pandemia, supongo que han contribuido a que más de la mitad de la población de los Estados Unidos hubiera desplegado esa espectacular alfombra roja por la que entrará a la Casa Blanca, por segunda vez, una persona que, si la justicia fuera interpretada justamente, debiera estar en la cárcel.

Siento que la ultraderecha tiene la admirable habilidad de gestionar a su favor los temores más primitivos de la gente

Semanas antes de las elecciones, todos aquellos latinos y latinas que pensaban apoyar a Donald Trump abundaban en explicaciones acerca de la seguridad y la economía. “Creemos que vamos a votar por este presidente porque me va a bajar el precio de la gasolina” –decía un emigrante dominicano en Pensylvania, ese estado péndulo que demócratas y republicanos lucharon por conquistar. Justamente en esa área representada por los mismos códigos postales del antiguo Cinturón del Óxido, conocido ahora como Cinturón Latino por la llegada masiva de latinos durante las dos últimas décadas, otra mujer dominicana también decía que iba a votar por Trump, porque, según ella, los nuevos emigrantes vandalizan los barrios y solo traen inseguridad y delincuencia al país. No hay datos que respalden esta percepción, pero el discurso antiinmigrante que los políticos locales empezaron a tejer ante la llegada inesperada de puertorriqueños, dominicanos y mexicanos –quienes no han hecho más que revitalizar esas ciudades y pueblos postindustrales de los alrededores de Filadelfia– han acabado calando en los latinos mismos. Y aunque no todos, son muchos los que están satisfechos con la idea de que las puertas por las que ellos entraron comiencen a cerrarse.

Siento que la ultraderecha tiene la admirable habilidad de gestionar a su favor los temores más primitivos de la gente, y sus discursos van directamente a esa región afectiva del miedo de donde no salen. Por eso se entiende que más que sentirse insultados porque Donald Trump hubiera dicho que los haitianos se están comiendo las mascotas de los vecinos o que el comediante Tony Hinchcliffe se refiriera a Puerto Rico como una isla de basura, durante uno de los actos de campaña de Trump, se preocupen de ver quién les va a bajar el precio de la cesta de la compra y quién va a regular la inflación. Y parece que un 45% del votante latino tenía la certeza de que Donald Trump, que irradiaba una seguridad espantosa, era el único candidato que podría hacerlo.

Joe Biden en su primera aparición con Kamala Harris. Foto: memo.com.ar

También es verdad que la agenda y la gestión de los demócratas, siempre tibios y escorados a la derecha, no ha ayudado a asegurar su continuidad en la Casa Blanca. Cuando días antes del 5 de noviembre fui a votar, tuve que dejar a la orilla el recuerdo de una candidata a la presidencia que dijo que seguiría apoyando a un estado genocida como el de Israel. Tuve que ignorar que sus políticas también son antiimigratorias y que durante sus cuatro años como vicepresidenta del país, a su equipo de gobierno le faltó el coraje –supongo que el deseo– para sacar a Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo en la que Donald Trump la incluyó durante su primer mandato, con todas las repercusiones humanas que estas políticas significan para el día a día de una isla de la que, si alguna cosa no se puede decir, es que sea terrorista.

Quisiera creer que los estudios de psicología humana podrían ayudarnos a entender por qué hay tanta gente que apoya a líderes cuyas políticas nunca la va a beneficiar. Me gustaría saber qué memoria ancestral traemos incorporada en nuestra combinación genética para que un programa de solidaridad y respeto a los demás nos asuste tanto. No sé si saberlo ayudaría a mejorar las cosas, como tampoco puedo anticipar cómo va a ser el ambiente diario que el resultado de las recientes elecciones ya ha empezado a enturbiar. A pocos días de conocerse la victoria de Donald Trump, los estudiantes afrodescendientes de algunas escuelas comenzaron a recibir en sus dispositivos digitales una nota anónima, escrita en trazos blancos sobre un fondo negro, en la que se les daban indicaciones precisas para presentarse en una plantación, haciendo resucitar la memoria más siniestra de la historia de este país. Pero el anonimato, como había ocurrido con la comunidad árabe cuando el 11 de septiembre, empieza a no ser tan anónimo, incluso en distritos en los que nunca se creyó que esto ocurriría. La misma semana de las elecciones, conocidos ya los resultados, una mujer blanca de unos 50 años se subió a un autobús en el Upper West Side, emporio tradicional de los demócratas. Cerca suyo iba una señora asiática, ya mayor, con una niña pequeña, su nieta seguramente. La mujer blanca le pidió que sentara a la niña en las piernas, para que no fuera de pie. La mujer asiática la miró, pero no dijo ni hizo nada. Con un tono que comenzaba a rozar la impacienca, la mujer blanca repitió lo mismo una vez más, sin que la mujer asiática hiciera lo que le pedía. Una pasajera afroamericana le hizo notar que la mujer asiática no entendía inglés, algo que la mujer blanca estoy segura que sabía. Pero si lo sabía o no deja de ser irrelevante, lo que cuenta es que esta mujer blanca tuvo que haber sentido que era el momento de interpretar ese papel de “ciudadana americana” que olvida a propósito que sus antepasados europeos llegaron no hace tanto a saquear estas tierras y, en breves segundos, con una ira que producía vergüenza humana, escenificó su odio delante de todos los pasajeros que se habían subido a aquel autobús del Upper West Side, gritando –absolutamente descontrolada– que estábamos en América y en América se hablaba inglés.

Toda la gente del autobús se le vino encima y esta mujer, por suerte, se tuvo que bajar.

Vivir en Nueva York es siempre un alivio y, aunque el número de neoyorquinos que ha apoyado en estas elecciones a Donald Trump ha ido en aumento, necesito pensar que esta mujer aún tendrá que tragarse su propia bronca y, le guste o no, seguir escuchando en los espacios públicos alguno de los setecientos idiomas que se hablan en la ciudad. Y ver la cara de toda la gente que se expresa en cualquiera de esos setecientos idiomas que ella no puede entender y que hacen de este lugar una geografía lingüística sin precedentes. Tendrá que hacerlo, a pesar de Trump y de todos los actores que ahora se sienten con poder para salir al escenario y hacerse con el protagonismo de la historia, y a pesar de estos cuatro años aciagos, erráticos, imprevisibles que se avecina y que vamos a tener que vivir desde la resistencia para que al final de este viaje nos bajemos en un apeadero en el que –quiero confiar– no todo se haya destruido.

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