«El acetileno nun güel a ná, pero el azufre güel a hosties», explicaba un profesor de FP en los 70. En los primeros 70, el Bachillerato Elemental era, según barrios y centros, un batiburrillo de profesores titulados, peritos que pasaban por allí, frailes y personal variopinto. En los centros públicos se fue decantando este marasmo y en la segunda mitad de los 70 los institutos ya iban siendo los de un país normal. Si así era el Bachillerato, imagínense la Formación Profesional, que era percibida como un vertedero adonde iban los que «no valían». Cómo no iba a repetirse lo de dignificar la FP en los 80. En aquellos 70 llegaba a la enseñanza secundaria menos del 15% de la población. Hoy es el 100% y se piensa que el nivel no hizo más que bajar, que se aprueba con cada vez menos exigencia y que ahora los chavales no la hincan. Podríamos llamar gama alta a ese casi 15% que en los primeros 70 llegaban al Bachillerato Elemental. El 15% de más nivel de los actuales estudiantes está bastante mejor formado que aquel 15% de gama alta. Otra cosa es la catarata de complejidades que supone atender al 100% de la población, y no solo al 15%.
A la universidad llegan mejor formados que en los 90. La universidad es una casa con muchas habitaciones, pero en general el nivel de la enseñanza superior es mayor y nuestros estudiantes de alto rendimiento se codean internacionalmente con alemanes, belgas o noruegos con normalidad. Se insiste en el paro juvenil y de titulados superiores como prueba de que la enseñanza no es adecuada para el mercado de trabajo. Hay dos fallas en ese razonamiento. Una es que no explica la muy buena inserción de nuestros titulados superiores cuando se van a otros países de Europa, con su formación inadecuada a cuestas. Y para la segunda falla, caricaturicemos. Supongamos que en Asturias formamos muchos y buenos matemáticos. Y supongamos que Asturias se olvida de industria y de investigación y se dedica solo a la hostelería. OTEA diría que la formación es inadecuada para el mercado real. Otros insistiríamos en que el mercado real es inadecuado para sacar provecho de formación valiosa. Es evidente que España anda corta en oferta de trabajo de calidad para gente cualificada, que sí es reclutada y apreciada en otros países. Algo llamado Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia publicó en 2021 un informe lleno de datos, según los cuales España es, tras Corea del Sur y Finlandia, el país donde más avanzó la formación media de la población. Esto no quiere decir que seamos unos hachas, quiere decir que hay que evaluar la situación mirando tendencias y no olvidando de dónde venimos.
Hay unas páginas curiosas en Moby Dick en las que Ismael explica que no se puede saber la forma exacta de una ballena. En el siglo XIX no se podía izar una ballena para verla entera. En el agua ves solo la parte no sumergida. La osamenta que aparece en las playas no permite conjeturar su forma carnosa y las ballenas varadas se parecen tanto a una ballena como el resto de un naufragio a un barco. La educación es un cetáceo que cuesta ver en su integridad. Los padres y madres lo deforman por la ansiedad interesada e incurable por sus hijos. Solo perciben del sistema los calambrazos de temor y expectativas que provoca el cetáceo al pasar por su vida. Los profesores vemos también el cacho que sobresale ante nosotros y no el animal completo. Los profesores son una pieza demasiado pequeña en el entramado social y familiar que condiciona los resultados, tienen poco apoyo y el colesterol burocrático se disparó. El trozo de ballena que palpa es más complejo y las autoridades oscilan entre el desprecio y la condescendencia. Por eso son también agentes de la imagen melancólica del estado de la educación. Estos días Le Monde se llenó de artículos contra los mitos de la enseñanza, porque Sarkozy había zanjado que los profesores trabajaban 25 horas a la semana y 6 meses al año. El reúma de los ex. Aquí la pandemia se la habían comido familias, equipos directivos y profesorado, pero Celaá había dicho que, cuando cerraron las escuelas, la educación continuó gracias a TVE y editoriales.
La izquierda en el poder tiene dos problemas con la educación para hacer lo que debe.
Lo cierto es que la educación se desliza en silencio entre el griterío político y se mueve en lapsos más largos que los ciclos políticos. La educación no mueve votos, pero sí intereses. El interés en las democracias venía siendo el de corregir las desigualdades de partida de la gente, garantizar la igualdad de oportunidades, contribuir a la convivencia, buen juicio y buen vivir de la población e incidir en el desarrollo económico. Pero las fuerzas conservadoras y alguna izquierda despistada quieren que la enseñanza se oriente solo al sistema productivo; que sea competitiva y que solo los mejores vayan subiendo la escala de los títulos, mientras los de segunda fila vayan siendo desviados a rutas formativas de menor alcance; y que haya dinero público para que la Iglesia influya doctrinalmente en la población. En este modelo, que un porcentaje muy alto de la población acabe la secundaria es un fracaso, porque no filtra nada. Y finge ignorar el sesgo clasista del modelo. La gente nace en familias muy desiguales en nivel de vida y nivel educativo parental. El sistema educativo tiene que nivelar esas diferencias, pero si es «exigente», va dejando atrás a los que empezaron atrás y así parece que triunfan los que valen. Y para mejorar a los mejores no hace falta descabalgar a los siguientes, como dicen los datos con contundencia. No podemos estar de acuerdo en si el sistema falla o funciona si tenemos objetivos tan distintos.

Las tensiones contra el sistema educativo son grandes y los gobiernos progresistas no las corrigen. Hay dos actitudes virtuosas antitéticas que, ejercidas a destiempo, amparan la evasiva y falta de compromiso. Una es la de actuar con principios. Eso es una virtud. Pero los principios solo inspiran análisis simples. Eso está bien cuando, ante el exterminio palestino, nos agarramos a ellos y rechazamos geopolíticas y complicaciones. Cuando algo es simple no es evasivo decir que es simple. Lo de Palestina es un horror, así de simple. Pero es evasivo cuando es la manera de no enfrentarse a lo complejo. Si Rusia mete los tanques en Ucrania, tirar de principios y predicar el diálogo y la paz es escurrir el bulto. En el polo opuesto, es una virtud contextualizar para entender y no simplificar lo complejo. El que quiera diseñar políticas sobre el Magreb sin contextualizar y sin meter muchos términos en la ecuación solo dirá disparates. Pero la contextualización es también la maraña a la que se recurre para evasivas y falta de compromiso. Alba Rico se quejaba de la dificultad de algunas izquierdas para alegrarse de la caída de al-Ásad, siendo tan palmario el autoritarismo y el reguero de violencia y muerte que supuso, porque el asunto es «complejo». La izquierda en el poder tiene dos problemas con la educación para hacer lo que debe. Por un lado, choca con intereses poderosos y rozar con los poderosos hace ruido y da pereza. Y por otro lado, es difícil rentabilizarlo porque la educación no mueve votos y menos ahora donde el último bramido sobre el último zasca arrastra los votos decisivos. Apetece evadirse. Y en buena medida es lo que hacen los gobiernos progresistas. Por eso cada vez pilla más cacho la Iglesia, cada vez segrega más el sistema y cada vez es más fácil barnizar privilegios de cuna con títulos universitarios privados, estos sí, sin esfuerzo ni nivel. Las evasivas se atan a principios, como la concordia y el acuerdo; o a contextos que lo hacen todo muy complejo e inabordable. La educación no es más material de acuerdos que la política fiscal, tan legítima es la confrontación en una cosa como otra. Y tan lioso es el contexto de rozar con intereses privados y la Iglesia como con la banca y las eléctricas. Solo hay una forma de que sí mueva al electorado, la misma que para las otras cosas: enfrentarse por la igualdad de oportunidades y la inclusión, negar los bulos, poner pie en la pared por los avances logrados, rozar con la Iglesia o Florentino Pérez (que anda en esto también), que la izquierda sea reconocible sin evasivas. Quizá esto sea también cuestión de principios.



























