Iván el terrible, de Eisenstein, es una película de los años cuarenta que cuenta cosas del siglo XVI. Resulta curioso cómo reverbera la primera escena con la actualidad. En su entronización, Iván IV escandaliza por la firmeza con que proclama sus propósitos. Luchará contra los boyardos, requisará la riqueza de los monasterios, anexionará para Rusia las tierras de los cursos altos del Volga, el Dvina, y el Volkhov. Cada frase provoca caras de pánico en un sector u otro de la audiencia. Afirma amenazante que solo un estado fuerte en el interior será sólido hacia el exterior. En otro momento dirá que sin terror un estado es un caballo sin rienda ni control. Los cortesanos se decían que el Papa no lo permitirá, que el Emperador no lo aceptará, que Europa no reconocerá a Iván IV. Pero uno de ellos repetía: «si es fuerte, lo reconocerán todos». Fuerza es una de las palabras del momento. El argumento de la fuerza es más persuasivo de lo que parece. Es normal ceder ante la fuerza, pero la claudicación no conlleva dar la razón. Uno puede aceptar un salario injusto ante la amenaza de despido, pero seguirá convencido de que el salario es injusto. Lo notable es que el argumento de fuerza (ad baculum, cuando hablamos fino) es no solo obedecido, sino muchas veces convincente. La mayoría de la gente dirá que la caída de los regímenes del este demuestra que el comunismo estaba equivocado, cuando lo que se demostró fue que el capitalismo era más fuerte, no que tuviera razón. Si tenía razón, no lo demostró el hecho de que fuera más fuerte. Es curioso que quien más atacó esta falacia fuera el conservador Popper, con su sesudo estudio sobre la inconsistencia de deducir normas a partir de hechos.
«A Trump lo criticarán mucho …», oí que una parroquiana decía a otra con energía. Solo oí eso, pero sé que después diría «… pero …». Escoltado por Elon Musk, al que faltará poco para ponerse una máscara y completar el papel del Dr. Muerte de los 4 Fantásticos, Trump asusta. Quiere Groenlandia y le dice a Dinamarca que vaya pensando el precio, como Micheal Corleone le decía a Moe Green que fuese pensando el precio de su casino. Y quiere Canadá, que se lo vayan envolviendo. Y el Canal de Panamá, que se lo vayan evacuando. Quiere quitar los impuestos a los ricos y cerrar los servicios públicos. Por eso al Dr. Muerte le sobra el 70% de los funcionarios. Quiere quitar las reglas en el mercado laboral y que cada cual se apañe sin ley. Como la ultraderecha en todas partes, el horizonte que propone es ese: sin leyes, sin protección, sin jubilación, sin escuela, sin médico … salvo que puedas. Y, como Iván IV y todos los ultras, propone un estado interior fuerte, es decir, represivo, para ser fuertes en el exterior. Se anuncian medidas de exclusión racial, de género y de orientación sexual y un férreo sectarismo religioso. La mentira y la intoxicación no se ocultan, se anuncian, y se amenaza en público a periodistas y medios. Así dicho, asusta. Nadie quiere eso y por eso, como decía la parroquiana, criticarán mucho a Trump. Pero, si es fuerte, lo reconocerán todos. Ya está, de hecho, reconocido y ampliamente aceptado. Sus bravatas imperialistas, casi bélicas, no fueron un calentón ni un error. Se hizo fuerte. Intentan que veamos a Milei fuerte, que se haga fuerte lo que representa en toda Europa.
Los síntomas por estas tierras son nítidos: violencia creciente, que no es solo en las formas; odio grupal, que es la semilla para atacar los derechos de todos: el hostigamiento a maricones te hace maricón a ti si no participas de él, se empieza señalando a grupos para poder señalar a cualquiera; impiedad, mentiras y bulos sistemáticos; negacionismo y desconfianza del conocimientos; agresividad e hipérboles enloquecidas; acaparamiento de lo común (interés nacional, terrorismo, bandera, Navidad, tradiciones): lo común es lo obvio y cuando se insiste en lo obvio nunca es lo obvio lo que se quiere decir.
Locura es esperar resultados diferentes haciendo lo mismo, decía Einstein. Hacer algo que ya se hizo otras veces esperando un resultado distinto es locura, decir que el resultado será diferente es mentir y creerse una mentira así es como creer que uno puede levantarse del suelo tirando de los cordones de los zapatos: locura. La memoria es lo que nos protege de conductas enloquecidas. Un niño que toca una ortiga no volverá a tocarla voluntariamente. Si tocarla le produjo una irritación dolorosa, el niño no cae en la locura de creer que tocarla otra vez producirá un resultado distinto. Su memoria le protege de esa demencia. Por eso es tan importante para los ultras atacar la memoria colectiva y falsificar la historia. Si tocas una ortiga, sentirás dolor; si permites el abuso, habrá abusos; si desproteges y eliminas derechos, la gente sufrirá; si rompes los mecanismos de redistribución de la riqueza, cada vez más gente vivirá cada vez peor. Intentan desfigurar lo que ya es conocido porque es imposible vender la locura de que lo mismo traerá consecuencias distintas. El fascismo, en todos sus sabores, solo conduce al fascismo y se necesita locura o amnesia para esperar otra cosa. El neoliberalismo, que es el objetivo de todas las ultraderechas, lleva a la desolación de la mayoría y a la desaparición fáctica de los estados – nación, no se puede pensar que repitiendo las mismas desregulaciones económicas y laborales se llegue a otro resultado. Por eso, por cierto, el nacionalismo de las ultraderechas es solo simbólico y táctico.
Como con las enfermedades, los síntomas no son la esencia. Un lunar que sangra no es el daño que llamamos cáncer, pero puede ser el anuncio de ese mal. La molestia del lunar con sangre no justifica lágrimas, pero sí el mal del que es síntoma. El lenguaje soez, los modales chabacanos, el machismo provocador y bruto, por ejemplo, no son males tan agudos que deban perturbarnos. Pero son un grano con sangre. Son tácticos, se nota un librillo detrás, tras esos borregos amenazando y poniendo denuncias se huele el dinero, las pandillas ruidosas y las arengas racistas son como el órgano de Maese Pérez, los mismos actos de otros tiempos. Quienes están tan hartos de algo (feminismo, activismo woke, impuestos, independentismo, normas medioambientales, corrupción, derechos animales, confusión racial y cultural, inseguridad, …) y creen que un Trump fuerte, en versión hispana, tal vez mejore en algún sentido la situación, caen en la locura de imaginar que formas políticas conocidas traerán resultados distintos haciendo lo mismo que hacen siempre.
Quieren nuestra locura, pero ellos no están locos. El cortesano de Iván IV tenía razón. En tiempos de confusión, cuando no entiendes nada y siempre pierdes, cuando te irritas muchas veces cada día, el primer mandamiento para que reconozcas a alguien es que sea fuerte, determinado y simple. No hay otra forma de acoplar un mensaje para tal estado emocional. Ser fuerte es más cercano que ser demócrata, la fuerza atrapa más que derechos o libertades, que siempre se invocan en nombre de los débiles, de eso que queremos dejar de ser de una vez. Los progresistas no lo son por ser débiles. La fortaleza empieza con la claridad y la concisión, algo que está cerca cuando las convicciones son nítidas y no se tiene miedo de ellas. Cuando la izquierda culebrea en el tacticismo demoscópico, se diluyen sus mensajes. Comparen lo que está pasando aquí con el clamoroso lawfare con lo que está pasando en Méjico. Sheinbaum está alarmando a grandes empresas que veían seguros sus intereses parapetados tras barreras de jueces que bloqueaban reformas progresistas. ¿Va a decir alguien aquí alto y claro que no hay separación de poderes, que el poder judicial es una terminal de las derechas? ¿Va a decir alguien en la comunidad de Madrid que sí quiere subir los impuestos de los ricos? ¿Alguien va a decir en voz alta que la presión para ajustes del gasto público siempre va hacia los servicios públicos y nunca hacia la Iglesia? América Latina está mostrando el mal, pero también que es reversible. No funciona ningún mensaje sin fuerza, no hay fuerza sin claridad y no hay claridad sin convicciones … fuertes.



























