Stig Dagerman, el Albert Camus nórdico

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

Si hubiese que presentar a Stig Dagerman al lector español podría decirse de él que es un Albert Camus nórdico. Al escritor sueco, en efecto, le faltó el sol y un Mediterráneo como el que sí tuvo el argelino, que allí pudo apaciguar la angustia de vivir la década más sangrienta del siglo más sangriento de la Historia. Dagerman, en cambio, terminó sucumbiendo al dolor y se quitó la vida en 1954, a los 31 años, siendo una de las grandes promesas de las letras suecas. Hasta en la escena de su suicidio se advierte esa solitaria penumbra, esa tristeza gélida y tortuosa que lastró toda la vida de Dagerman: se encerró en el garaje, entró en su coche y encendió el motor hasta morir por asfixia. También Camus murió en un coche, pero él tras estrellarse el suyo contra un árbol una mañana de enero.

“El suicidio es la única prueba de la libertad humana”, había escrito Dagerman dos años antes de morir en Nuestra necesidad de consuelo es insaciable, el más enérgico y agudo de sus textos, ahora reeditado en Pepitas de Calabaza. La frase evoca de inmediato otra sentencia célebre de Camus, aquella de que “no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. Las palabras de Dagerman eran premonitorias: si el suicidio es una prueba, entonces solo es útil una vez consumado. En Camus es un problema, un conflicto irresoluble que es el definitorio de la existencia humana: ¿vale o no vale la pena vivir?

Hasta en la escena de su suicidio se advierte esa solitaria penumbra, esa tristeza gélida y tortuosa que lastró toda la vida de Dagerman

Es asombroso hasta qué punto se parecen los dos escritores. Comparten inquietudes existenciales, afinidades literarias e inclinaciones políticas; pero también circunstancias biográficas en absoluto banales. Los dos de familia obrera. Los dos casados con hijas de exiliados de la guerra civil española, de ahí su simpatía y solidaridad con los republicanos derrotados. Ninguno rehuyó el compromiso público, y a ninguno podemos acusar de tolerar ni transigir con la infamia que asoló Europa entre 1930 y 1945. Sus artículos se publicaban en la prensa sindicalista y libertaria de la época, y en ellos late el mismo calambre de rebeldía, un idéntico desprecio por la injusticia, la mentira y el despotismo.

Pero si, siguiendo a Camus, pensamos que el suicidio es el único problema relevante, entonces él y Dagerman no tienen nada que ver. Todo lo demás-la política, el amor, la literatura- sería accesorio, irrelevante, porque sus posiciones frente al suicidio son irreconciliables: uno se quitó la vida, el otro la perdió sin quererlo. Sería muy osado atribuirlo al origen nórdico de Dagerman, como si el paisaje y la geografía gobernasen fatalmente nuestros destinos. La cuestión es mucho más escabrosa, y la captó muy bien Federica Montseny en el hermoso obituario que escribió para el sueco: “Demasiado absoluto en sus sentimientos y pensamientos, Stig fue de los que no pudiendo creer en Todo, no pudieron creer en Nada”.

Bien podríamos tomar las pocas páginas de Nuestra necesidad de consuelo es insaciable como el testamento vital de Dagerman. Antes de cumplir los 30 ya había publicado cuatro novelas, cuatro obras de teatro, decenas de artículos, cuentos, poemas y un libro de crónicas, Otoño alemán, sobre sus viajes por el país germano devastado tras la Segunda Guerra Mundial. Pero es en estas líneas entre la prosa poética y la reflexión filosófica donde con más elocuencia nos habla Dagerman.

Portada del libro de Stig Dagerman, editado en España por Pepitas de Calabaza.

Bastan las primeras frases para sentir la trágica paradoja en la que se había instalado el escritor. Ese hombre criado en una aldea cercana a los majestuosos acantilados donde rompe el Báltico; que aparece en las fotografías con una piel pálida y fina, los ojos limpios y rotundos y una complexión quebradiza, teme ver su vida condenada a “un errar sin sentido”. Se siente incapaz de pisar “un punto firme en la tierra”, ni siquiera de echar el ancla para darse un respiro en ese “viaje imprevisible entre dos lugares inexistentes” que era para él vivir. Demasiado despierto para las certezas absolutas. Demasiado exigente para conformarse con la duda metódica, “como si no estuviese rodeada de tinieblas”. Un equilibrio insostenible y una peripecia dramática que fue minando sus nervios.

Sus consuelos, es evidente, fueron breves y escasos. La escritura no fue para Dagerman un alivio del sufrimiento, sino más bien todo lo contrario. Escribía para “confirmar que mi vida no es absurda y que no estoy solo en la tierra”, e invariablemente sentía que las palabras le salían mudas y estériles. Dagerman fue en vida un escritor de éxito, reconocido y seguramente bien pagado, pero la gloria y el dinero son poca cosa para los espíritus insaciables como el suyo. “¡En qué se convierte entonces mi talento sino en un consuelo a mi soledad y qué consuelo más terrible que sólo consigue que sienta mi soledad cinco veces más fuerte!”

En Nuestra necesidad de consuelo es insaciable recoge sus agonías y frustraciones, pero también las razones y los impulsos que ennoblecen y embellecen su vida

Pese a todo, hay también pasajes de esperanza y alguna certeza iluminadora. Sería injusto pasarlo por alto, pues nada tiene que ver Dagerman ni con los pesimistas profesionales ni con los malditos vocacionales. En Nuestra necesidad de consuelo es insaciable recoge sus agonías y frustraciones, pero también las razones y los impulsos que ennoblecen y embellecen su vida. Hay una vitalidad muy tierna en las ansias de Dagerman por alcanzar una existencia dichosa: “Nadie puede exigirle al mar que sostenga todos los navíos, o al viento que hinche constantemente todas las velas. De igual modo nadie puede exigirme que mi vida consista en ser prisionero de ciertas funciones. ¡No el deber ante todo, sino la vida ante todo!”

Dagerman era abiertamente anarquista, no en vano militó durante años en la federación anarcosindicalista sueca, aunque de un anarquismo inevitablemente filtrado por su sensibilidad romántica. Le horrorizaba el gigantismo y la omnipotencia del Estado moderno, que ahoga la autonomía del individuo para dirigir su vida. Dagerman aspiraba a existir fuera de las “formas congeladas de la sociedad”, a salvo de los deberes que le asignaban el dinero y la maquinaria estatal. Nunca llegó a ver algo así, pero tampoco tuvo prisa por conseguirlo: “Ser el político de lo imposible es, a pesar de todo, un rol que me satisface”.

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