Los anarquistas contra el 2 de Mayo

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y forma parte del consejo de redacción de Nortes.

La combinación de obrerismo, anti-estatalismo y universalismo de la ideología anarquista, haría del movimiento libertario un sujeto político sumamente refractario a cualquier tipo de compromiso patriótico o concesión al nacionalismo. Mucho más que el socialismo de raíz marxista. Este rechazo se extendería incluso a la propia idea de nación. Al menos durante algún tiempo el anarquismo aspiraría a ser un movimiento a-nacional. “La idea de patria es una idea mezquina, indigna de la robusta inteligencia de la clase trabajadora. ¡La patria! La patria del obrero es el taller; el taller de los hijos del trabajo es el mundo entero”, afirmaba un texto de 1871 del comité madrileño de la Internacional.

Entre 1870 y 1880 las federaciones sindicales adheridas a la Asociación Internacional de Trabajadores, hegemonizadas por los partidarios de Bakunin, y en las que los marxistas estaban en minoría, se denominarían “regionales” justamente para remarcar su espíritu ajeno a la idea de nación: Federación Regional Española y Federación de Trabajadores de la Región Española. El empeño por la negación de cualquier sentimiento patriótico llevaría incluso a los internacionalistas madrileños a repartir en 1871 panfletos contra la celebración de la fiesta del 2 de Mayo.

“La idea de patria es una idea mezquina, indigna de la robusta inteligencia de la clase trabajadora” afirmaba en 1871 la AIT española.

“No vayáis al Dos de Mayo, adonde os impulsan a ir nuestros explotadores porque os embriagaréis de odio patriótico contra nuestros hermanos franceses, extranjeros en su patria como nosotros lo somos en la nuestra, gracias a la organización de la presente sociedad. Ellos no tienen la culpa de las víctimas causadas por los planes de un hombre ambicioso y cruel que cruzó por Europa como un meteoro de fuego, no dejando en pos de sí más que lágrimas y sangre”

El 2 de Mayo era una celebración con gran arraigo popular en la villa de Madrid y muy ligada a los sectores progresistas de la política local, por lo que tenía de conmemoración de un levantamiento popular y revolucionario en el que el protagonismo había sido del pueblo llano, y no del Rey. En aquellos periodos en los que las fuerzas progresistas hegemonizaron el Ayuntamiento de Madrid, o con menor frecuencia el Gobierno de España, apoyarían grandes fastos para celebrar la gesta del 2 de Mayo, siendo entre 1838 y 1839 cuando el 2 de Mayo se convirtió por primera vez en una importante fiesta madrileña. Javier Pérez Núñez señala que aquellas primeras celebraciones impulsadas por el liberalismo progresista madrileño “constituyeron un claro instrumento de acción política contra el carlismo y contra los liberales moderados en el poder, de afirmación de la libertad e independencia de nación frente al yugo del absolutismo y frente a la otra transacción planteada por los conservadores”. Posteriormente, demócratas y republicanos seguirían siendo ardientes defensores de su celebración, e incluso habían desafiado con manifestaciones ilegales a las autoridades en aquellas ocasiones en las que habían decidido no celebrar la fiesta, cuyo aroma populista y revoltoso desagradaba a los sectores más conservadores, que apostaban por un calendario festivo ligado a la Iglesia católica.

Anselmo Lorenzo (1841-1914), co-fundador de la AIT, y “abuelo del anarquismo español”.

Al primer obrerismo madrileño no le gustaría sin embargo el 2 de Mayo, pesar de su componente revolucionario y popular, pues el carácter patriótico y a menudo xenófobo de la celebración, que en algunas ocasiones llegaba al extremo del apedreamiento de comercios de Madrid regentados por franceses u otros extranjeros, chocaba con los principios universalistas de la Internacional. Faltaba mucho para que socialistas y comunistas, ya en el siglo XX, redescubrieran e hicieran suya la efeméride, en el marco de su viaje al patriotismo popular. Así, como alternativo a los festejos patrióticos convocados en Madrid, la sección madrileña de la AIT acordaría convocar un “un té fraternal entre franceses y españoles el día 2 de Mayo de 1871, en el Café Internacional, situado en la calle de Alcalá”, un acto que festejaría “la necesidad de establecer la solidaridad humana a través de las fronteras enfrente de la insolidaridad que quieren establecer los tiranos de las naciones”.

Según el tipógrafo Anselmo Lorenzo, uno de los impulsores de la AIT en Madrid, la respuesta a la convocatoria sería todo un éxito: “habíase preparado para celebrar el acto un patio espacioso, donde fue preciso retirar mesas y sillas para que la concurrencia en pie se colocara más fácilmente”. Haciendo honor al espíritu internacionalista y de fraternidad entre los pueblos, serían invitados a hablar en el acto un obrero francés y otro español. El compañero francés, afincado en Madrid, censuraría la tradición de odio patriótico que separaba a los españoles “de la gran nación revolucionaria” y llamaría “a mantener la fraternidad internacional como baluarte contra la tiranía”. El orador español sin embargo no podría terminar su discurso, pues se había corrido la voz por las tabernas de Madrid que un grupo de “afrancesados” estaban reunidos con el fin de preparar el derribo de la estatua erigida a los héroes del 2 de Mayo, y una muchedumbre enfurecida sitiaba a los obreros del Café Internacional, gritando “¡Mueran los afrancesados! ¡Mueran los traidores!”, y tratando de tomar al asalto el local.

Celebración del 2 de Mayo por liberales y progresistas.

Lorenzo relata en sus memorias que “los que se aventuraron a salir en el primer momento fueron brutal y cobardemente apaleados por las turbas”, otros lograron escapar por una puerta trasera y “los últimos rezagados pasaron la noche en el Café de donde no pudieron salir hasta la mañana siguiente”. Tras aquello los internacionalistas decidirían suspender el resto de sus actos públicos programados para las fiestas de San Isidro, por temor a la reaparición de la llamada “Partida de la Porra”.

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