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Irreverente niño listo

Esta semana nos dejó Javi Guerrero, dibujante y sospechoso habitual de la bohemia gijonesa. Lucía Nosti escribe esta despedida.

Javi Guerrero retratado por Alejandro Nafría.

La primera vez que leí algo de Javi Guerrero aún no le conocía en persona. Fue a través de su blog “Como los sapos ciegos”, con la serie de viñetas “Eskizo y su hija Kince”, en las que un padre esquizofrénico y su hija adolescente charlaban abiertamente sobre sexo. Ella le hacía preguntas y él le explicaba con total naturalidad a la niña cómo en el futuro la follarían, le darían por el culo, y le dolería. Aquella historia… ¿cómo es esa frase tan manida en los manuales de autoayuda?…me sacó de mi zona de confort. La verdad es que no sé de qué otra forma explicarlo. Me reía a carcajadas, pero al mismo tiempo me daba una terrible vergüenza que algo así me hiciera tanta gracia, creo que hasta me ponía colorada mientras lo leía. Sugería incesto, depravación, perversión a una menor, y se mofaba de la salud mental de un pobre hombre, ¿qué más se podía pedir a una sola viñeta, y qué clase de degenerado se escondía detrás? Igual que se dice de la belleza, quizá también la depravación está en los ojos de quien mira. Porque analizando una y otra vez la historieta al final solo se trataba de eso, de un padre y su hija adolescente hablando abiertamente sobre sexo. ¿O no? Yo que sé. Javi jugaba con esos límites como nadie, y ponía a prueba nuestros propios prejuicios.

En su foto de perfil de Facebook posaba junto a su madre en su pueblo querido, Yerbo. Pensé…”alguien que posa con su madre en la red social no puede ser tan mal tipo” (los prejuicios, otra vez). Cuando por fin conocí en persona al infame y depravado Javi, era peluquero en Montevil. Era una barbería pequeña, muy coqueta y de inspiración country. Un biombo separaba la zona en la que los usuarios eran rasurados sin piedad de un pequeño estudio en el que, en los ratos sin clientela, Javi dibujaba sus monigotes y sus pollas. Solíamos quedar hacia las 20h, cuando cerraba el local, para tomar algo. Un día se quejaba de que había tenido muchos clientes esa tarde para cortarse el pelo “y no le habían dejado trabajar nada”. Y lo decía con absoluta seriedad. El sinsentido de esa frase me hizo gracia, los monigotes y las pollas de aquella trastienda eran la verdadera razón de ser de la barbería, su verdadera vocación, pero claro, eso no siempre paga un alquiler. Descubrí entonces a un hombre algo menos depravado de lo que pensaba. Era más bien como un niño grande. Un niño extremadamente culto, talentoso e inteligente, eso sí.

Javi jugaba con esos límites como nadie, y ponía a prueba nuestros propios prejuicios

Siendo niño de verdad, con once o doce años, Javi le dijo a su madre que ojalá de mayor le diera un algo que le dejara un poco averiado para poder cobrar una jubilación y no trabajar, pero no tan mal como para no poder hacer una vida más o menos normal. Su sueño infantil (¿pero qué clase de sueño infantil es este?) se vio cumplido. La salud se ensañó con Javi. En el 2011 un ictus le dejó parcialmente paralizado el lado derecho del cuerpo, por lo que comenzó a utilizar su ya característico bastón y, siendo diestro, tuvo que aprender a dibujar con la mano izquierda. Así es como le recordamos hoy, con sus gorras, sus míticas camisas hawaianas o de bolera, y enarbolando el bastón en alto para saludar cuando entraba en los bares. Con el ictus vino la paga por invalidez, su retiro como peluquero y conquistó su deseo más preciado: poder dedicar su tiempo íntegramente a contarnos sus mierdas y a tocar los cojones en todos los chigres de Gijón exigiendo que pidieran a sus proveedores los vinos que eran de su gusto.

Portada de “Niños listos como serpientes”, su último libro, publicado en “Pez de Plata”.

Colaborador de la revista TMEO y la web satírica “Fundición Príncipe de Astucias”, con la jubilación vino una etapa creativa muy productiva. Comenzó a autoeditarse, publicando en papel los fanzines que conformaban “Como los sapos ciegos”. Luego parió, a través de sendos crowfunding “Mi Marisa es un ángel” y “Donde hay globos hay alegría”, las desternillantes historias de Mariano y Marisa, relatos basados normalmente en situaciones más o menos reales, pero llevadas al extremo. Momentos o conversaciones protagonizados por nosotros mismos, por gente de nuestro entorno, y a veces pilladas al vuelo a personas desconocidas en el autobús. De entre sus historias y majaradas es difícil saber, en muchas ocasiones, cuáles habían sido reales y cuáles fruto de su desbordante imaginación. Sobre algunas historias aún albergo dudas. Y tampoco es fácil con Javi saber dónde termina el dibujante y comienza el escritor. Los dibujos parecían ser la excusa perfecta para poder contarnos historias.

Javi Guerrero atesoraba ya algunos premios y reconocimientos de concursos literarios y de cómic, pero el empujón que le dieron las redes sociales fue definitivo para hacerse, como le gustaba decir, “famosillo de provincia”. El “Bukowski asturiano”, le llamaban en algunos medios, aunque este apelativo no terminaba de convencerle porque él era más de John Fante. Javi y el fotógrafo Alejandro Nafría, director del documental “Lluz d’agostu en Xixón. Tres los pasos de Nacho Vegas”, y uno de sus mejores amigos, rivalizaban en el palomar de la librería bar “La Revoltosa”, su centro de operaciones, a ver quién de los dos salía más veces en el programa “Pieces” de la TPA.

Siendo niño de verdad le dijo a su madre que ojalá de mayor le diera un algo que le dejara un poco averiado para poder cobrar una jubilación y no trabajar

Javi ya estaba un poco cansado de auto-editarse y consideraba que tenía el suficiente talento y edad para ser publicado por una editorial. Una vez más el universo confabuló a su favor (¡esa autoayuda!) y la editorial Pez de Plata se comprometía a publicarle el que hoy es su último libro, “Niños listos como serpientes”. Cuando entregaba las últimas correcciones, su salud le jugó otra mala pasada, y tuvo un segundo ictus en el año 2018 que no fue tan magnánimo como el anterior. Un derrame cerebral, un drenaje y un coma inducido se llevaron la capacidad de Javi de leer, de hablar, de contar historias, y le dejaron postrado en una silla de ruedas con muy bajos niveles de comprensión de su entorno. Pero seguía reconociendo a sus personas queridas y disfrutando de sus lugares habituales (normalmente bares, aunque también algún parque). Algunas cosas ni siquiera el derrame pudo llevarse, como sus ganas de dibujar, su sonrisa socarrona, o la capacidad de distinguir una puta 0,0 de una cerveza con alcohol, que no había manera de engañarle. Estos dos años han sido muy duros para todos, pero mirando atrás, ahora sabemos que también suman. Javi vio por fin su libro publicado por una editorial y, por la expresión de felicidad con que garabateaba las dedicatorias a los compradores en una presentación en el bar La Vida Alegre, sabemos que fue perfectamente consciente de ello. Nos deja a Mariano y Marisa, sus perros pollones, niñas putas, turuletes, bluesmen solitarios, y fetos para que podamos seguir riéndonos de todo. Te queremos. Descansa, Javi.

Lucía Nosti
Escrito por

Periodista y activista, ligada al mundo de las ONGs de desarrollo.

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