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Historia subterránea de la chusma: a propósito de la escritura de Autobiografía de Manuel Martínez

Eduardo Romero ha narrado la vida de uno de los protagonistas de los motines de presos en las cárceles de la Transición.

Motín en la cárcel de Carabanchel. Julio de 1977.

Conocí a Manuel Martínez en unas jornadas antifascistas en Piornal. En las dependencias de un antiguo camping encaramado en la montaña cacereña, una docena de personas formamos un círculo de sillas. Manolo, a pesar de los nervios, nos cautiva con el relato de su vida. De pronto, un chaval aferrado a un cachi de cerveza se pone en pie y le interrumpe: “Eres mi héroe, tío, eres mi héroe”, le espeta. Manolo se queda todo cortao. Yo, sentado junto a él, ejerzo de apuntador: “Ibas por el verano del 78”. “Ah, es verdad, mi niño”. Y Manolo retoma la historia.

Después de ese primer encuentro, y durante años, cada vez que coincidía con Manuel Martínez trataba de animarle a escribir la historia de su vida, ésa que escuché por vez primera en Piornal y que él ha contado en todo tipo de espacios sociales –preferentemente en antros de mala reputación– a lo largo y ancho del Estado español.

Con la aparición del documental Copel: una historia de rebeldía y dignidad, las invitaciones se multiplicaron. En algún momento durante ese período de interminables giras de aquí para allá, Manolo me comunicó que había llegado la hora de escribir su historia. Pronto quedó claro que prefería contármela y que yo la escribiera. Pasamos diez días juntos en su casa, repartidos en tres visitas. Aquello no era una entrevista. No había grabadora. No había preguntas preparadas. Manolo contaba lo que quería contar, tratando de organizarlo –lo que no siempre era posible– de manera cronológica. Yo me limitaba a preguntarle dudas o a pedirle que ampliase sus explicaciones sobre alguno de los asuntos o episodios que trataba. Tras varias horas de cháchara, él se iba a hacer sus cosas y yo me quedaba pasando a limpio los apuntes. Cuando Manolo regresaba a la mesa, le leía lo escrito. Él puntualizaba alguna cosa –muy pocas– y nos pegábamos otra tanda de conversación. En la primera visita recorrimos sus tres primeras décadas (1951-1981), hasta la noche del golpe de Estado. En la segunda, desde el 23F hasta el presente. Nos guardamos un tercer encuentro para tratar temas que hubiéramos dejado olvidados y para revisar lo que ya había quedado plasmado. Después de cada una de las dos primeras visitas, yo le dediqué unos cuantos meses a pelearme con los apuntes, que pretendían ser muy fieles a su testimonio, pero que requerían un trabajo lo más minucioso posible, frase a frase, para pulirlos en términos expresivos. Paradójicamente, el objetivo consistía en que ese trabajo pasara desapercibido en el texto definitivo. Que éste pareciera puro flujo de voz de Manuel Martínez en una grabadora –que, como ya he señalado, nunca existió–. A veces un cierto artificio produce una voz escrita más verdadera.

Portada de la “Autobiografía de Manuel Martínez”.

No fue necesario llegar a una especie de acuerdo previo, pues ya habíamos constatado, a través de nuestro roce de años, que existía complicidad a la hora de abordar la historia que iba a ser contada. Al pedirle a Manolo que empezara a hablar a partir de sus primeros recuerdos, y al evitar trocear su biografía priorizando la parte más presente en las charlas públicas que le había escuchado, mi intención era evitar a toda costa que el libro encasillara la vida de Manolo en alguna de sus facetas: Manolo quinqui, Manolo preso, Manolo atracador. La biografía de Manuel Martínez incluye, cómo no, esas vidas, pero también pretende prestar atención a otros ámbitos de su biografía.

Esto tiene que ver también con la decisión de optar por la portada que hemos escogido. Manolito bebé, como él mismo decía en el archivo en el que envió esa foto. Con ella –aquí tenemos que agradecer la confianza a nuestros editores de Pepitas de Calabaza, pues seguro que no es la foto más llamativa y efectista– rompíamos con el canon estético anticarcelario. Por el mismo motivo que decía antes, el de no encasillar; pero también por evitar componer un texto que se dirija en exclusiva –también en la forma de presentarlo con una portada– a los entornos de lucha anticarcelaria más militantes. Consideramos que es importante que la historia de Manolo –y con ella toda esa historia subterránea marginada y despreciada– se conozca más allá de nuestros contextos. Ese es uno de los objetivos principales de este libro.

Fotograma de “Los golfos” (1961) de Carlos Saura.

Por otra parte, y siguiendo con el asunto de la foto de portada, ésta conecta con aspectos del libro que para mí son esenciales: no es casual la importancia que se da en el libro a la infancia de Manuel Martínez. El libro empieza con Manolito bebé. Todxs hemos sido bebés. La foto –y la opción de escribir su vida desde el principio– pretende poner el acento en las condiciones sociales, económicas y políticas en las que se desarrollan sus peripecias vitales, así como en los procesos de producción política del delito por parte del Estado. Éste define lo que es delito y lo que no lo es y, de ese modo, empuja al círculo vicioso del encarcelamiento a esos niños de los míseros barrios madrileños de los años sesenta y, con ellos, a todo un sector de la población categorizado como chusma –los vagos y maleantes–. Empezar por el principio permite entonces situar la vida de Manolo en el contexto de la migración interna y la urbanización vertiginosa del desarrollismo franquista, de los bloques de viviendas y de las barriadas de chabolas, de los hippies y de los yonquis, de la vida deprisa, deprisa. Empezar por el principio era importante también para no arrinconar a personajes de la vida de Manuel Martínez que relegaríamos al olvido si apostábamos por un relato carcelario clásico: su abuela –que le crió en sus primeros años de vida–, su madre –trabajadora interna en Madrid desde adolescente y víctima de la violencia machista del padrastro–, su querida hermana Angelines… Asimismo, en otros momentos de la biografía aflorará el papel de las mujeres en las luchas anticarcelarias, sobre todo de las madres y parejas de presos, hasta el punto de que ellas se organizaron mucho antes de que se montara Copel. “Ellas fueron las pioneras”, suele decir Manolo. También hay una voluntad, en la parte final del libro, de hablar de Rosa, la compañera de Manolo, e incluso se usa alguna trampa –pues el relato está escrito en primera persona– para escuchar brevemente su propia voz, la voz de la compañera que durante varias décadas ha compartido vida con una persona marcada por su confinamiento en toda una serie de instituciones totales. Y es que la biografía de Manuel Martínez es, al menos desde niño y hasta que cumple treinta años, un continuo tránsito por la experiencia del encierro: los internados franquistas –cuando su abuela ya no se puede hacer cargo de él–; el reformatorio y sus torturas a manos de los curas; el manicomio, brutal; y, finalmente, el talego.

Las luchas de los presos comunes en la portada de ABC. Año 1977.

Hay toda una segunda vida de Manolo, la vida en libertad: la de los años ochenta, en la que el quinqui se ha convertido en expropiador con conciencia política –obsesionado por mantener la solidaridad con los presos, su mantra es no olvidar a los que se han quedado dentro–; la del exilio en Brasil, uno de los episodios más bonitos de escribir, ése en el que se cuenta la vida cotidiana de varias parejas portuguesas y españolas exiliadas en un pueblito del sudeste brasileiro; la vida de Manolo y Rosa en Salamanca, que es la historia de los partos naturales, la crianza de sus dos hijos y la tienda de artesanía que Manolo regentará en la ciudad durante casi dos décadas; y, finalmente, el reenganche de Manolo a las movidas anticarcelarias, sobre todo a partir del 15M. Es el momento en el que se topa con la existencia de la Asociación de Presos en Régimen Especial (Apre) y con la realidad carcelaria democrática, ésa de los Fichero de Internos de Especial Seguimiento (FIES) y los regímenes brutales de aislamiento, de las condenas perpetuas, de las setenta y cinco mil personas presas, del sesgo racial del encierro (migrantes y gitanxs), de la persistencia de la tortura, del macabro y constante goteo de muertes en prisión, de las políticas que buscan atomizar e infantilizar a las personas presas mediante módulos que las conciben como enfermas a las que hay que curar…

Pintada contra el régimen carcelario de los llamados F.I.E.S.

Manolo siempre ha contado su vida con mucha humildad. Hay en ella, sin duda, escenas épicas, como el sabotaje y destrucción de un taller de explotación laboral en la cárcel de Teruel, el gran motín de la Copel en Carabanchel, la fuga de Alcalá, los atracos de los años ochenta. Yo tenía claro, sin embargo, que quería evitar que el tono épico invadiera toda la historia, dejándome llevar así por la inercia de escribir la historia de un héroe. Y lo cierto es que Manolo ha facilitado mucho el trabajo contraépico al animarse a hablar sin tapujos de escenas de su vida de las que se arrepiente, de sus errores y de sus contradicciones. “No soy tu héroe, tío, no soy tu héroe”, hubiera querido decir Manolo a aquel chaval en Piornal. Ojalá el libro refleje esa voz, humilde y tierna, la voz de Manuel Martínez.

Extracto de la “Autobiografía de Manuel Martínez” (Pepitas de Calabaza, Logroño, 2019)

No pudimos dormir nada en ese furgón en el que todo era metálico. Íbamos sentados de dos en dos, esposados uno con otro. Tras muchas horas de viaje, estábamos a punto de llegar a nuestro destino. Por unos pequeños ventanucos enrejados, alguien reconoció la ciudad por la que circulábamos: era Gijón. De pronto, el vehículo se detuvo. Aguardaba a que le dieran paso para entrar en la cárcel de El Coto. Fue entonces cuando se empezaron a escuchar voces. «¡Presos, libertad!», «¡Viva Copel!», «¡Abajo las cárceles!». Nos apretamos contra los ventanucos. Cincuenta o sesenta personas, banderas rojinegras, banderas con la hoz y el martillo. A nosotros, que íbamos más muertos que vivos, aquello nos hizo sentirnos por un momento como héroes y nos dio fuerza para lo que vendría a continuación.

El furgón entró finalmente en la prisión. Los boqueras esperaban nuestra llegada escoltados por antidisturbios. Nos llevaron a un patio, recuerdo que era muy pequeño. Aparecieron el director y el jefe de servicio. El director era un viejo conocido: aquel administrador del penal de Teruel que, cuando quemamos el taller de plásticos, juraba venganza. Ordenó que formáramos. Nos veía tan muertos de hambre que pensaba que no rechistaríamos. Pero le respondimos que éramos presos, no militares. Que nos contase, que hiciera lo que quisiera con nosotros, pero que no formábamos. Escupió entonces una arenga que recordaba aquella que hizo en Teruel: «Esto no es Carabanchel, aquí mando yo y os haré cumplir las normas».

Como no hacíamos caso, se dirigió a los antidisturbios para que nos obligaran a formar. Los policías estaban alucinados, nos miraban casi con pena, como diciendo: «¿Qué les vamos a hacer a estos mataos?». Entonces, Pepe Berenguer, uno de la banda del Hacha, se sacó de las encías una cuchilla que llevaba escondida. Las cuchillas eran de oro, siempre procurábamos llevar alguna. Las sevillanas, o las Gilette. Yo había visto a gente cortarse con cristales o con trozos de bolígrafo u otros plásticos: se calentaban, se aplanaban y, cuando estaban fríos, se lijaban y afilaban contra el cemento. Cortarse con cuchillas era todo un privilegio.

Pepe se tajó las venas y se la pasó al compañero de al lado. Nos cortamos todos, los treinta y nueve. El director palideció. Se desvanecía cuando un antidisturbios lo sujetó con su escudo para que no cayera al suelo. Se lo llevaron a rastras. Mientras los funcionarios gritaban sin saber qué hacer, nosotros seguíamos a lo nuestro.

Por entonces, ya no nos llevaban al hospital cuando nos autolesionábamos, a no ser que la avería cortase una arteria y la cosa se pusiera muy seria. Las heridas nos daban bastante guerra: se infectaban, se nos inflamaba la mano o el brazo, sentíamos punzadas de dolor mientras estábamos acostados… En aquella ocasión nos metieron, sin más, en celdas individuales. A mí me tocó justo encima de la panadería, así que sentía que me estaban horneando. Bebimos —por fin— agua del lavabo que teníamos allí dentro. Salía asquerosamente caliente.

Empezamos a hablar por las ventanas, montamos una asamblea a través de las rejas. Famélicos como estábamos, nos declaramos en huelga de hambre. Éramos presos preventivos —yo esperaba en Carabanchel alguno de mis juicios— y no podían llevarnos fuera de nuestro entorno, lejos de nuestros abogados y nuestras familias. Aquello, en el fondo, era el principio de la dispersión. Por aquel entonces, nosotros lo llamábamos secuestros.

Durante la huelga, nos tragamos algunos objetos metálicos. Yo me comí, a trozos, media cadena del váter. Te ayudabas con agua a pasar los pedazos. Mejor hubiera sido agua y limón, que evitaba las arcadas, pero no tenía limón. Ya en otras ocasiones me había tragado tapas de refresco o trozos de cucharas de aluminio. Ni yo mismo me creo ahora cómo llegamos a estas situaciones, pero el hecho es que, en aquellas circunstancias, solamente nos quedaba como forma de resistencia el recurso de autolesionarnos.

El director nos fue llamando uno a uno. De pronto se había suavizado. Entendía que los tiempos eran otros y se declaraba a favor de las reformas.

Un par de presos políticos —a uno de ellos lo llamaban el Pola— presenciaron las condiciones en las que habíamos llegado. Promovieron una colecta entre todos los reclusos y nos entregaron, entre otras cosas, jabón, ropa y libros. La verdad es que se enrollaron mucho.

Antes de que acabase la huelga de hambre —duró una o dos semanas—, a mí me llevaron en conducción a Guadalajara. Recuerdo que los primeros días compré varias latas de espárragos, que tienen mucha fibra, para expulsar los trozos de cadena que me había tragado en Gijón.

Eduardo Romero
Escrito por

Es activista y escritor, co-fundador del colectivo y local Cambalache de Oviedo/Uviéu. Entre sus libros "En Mar Abierto" (2016) y "Autobiografía de Manuel Martínez" (2019).

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