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Opinión

¿Cómo evitamos que la costa asturiana muera de éxito?

La escasa presión turística sobre el litoral asturiano ha sido hasta ahora, mucho más que ninguna política activa, su principal factor de preservación.

Imagen promocional del Principado. Foto: Turismo de Asturias.

En Asturias se termina un verano marcado por la alta afluencia de turistas y el desbordamiento de la capacidad de acogida en aquellos lugares que ya venían mostrando año tras año síntomas de saturación, especialmente en la montaña oriental y, sobre todo, en el litoral. Ese desbordamiento llega, paradójicamente, de la mano del Covid-19 que, ha sumado a los turistas tradicionalmente atraídos por los recursos paisajísticos de la región a otros estimulados por el factor seguridad, teniendo en cuenta que en Asturias la incidencia del virus había sido, durante la primavera, de las más bajas del país. Si a ello se añade una tasa mayor de permanencia en la comunidad de los propios residentes, se puede entender que el aumento de la presión sobre los recursos en los que sustenta la actividad turística haya sido tan notable.

Playa de Rodiles, Villaviciosa. Foto: Iván G. Fernández.

En lo que refiere a la franja litoral, la alta concentración humana no solo afecta negativamente al medio y a la población residente, sino igualmente al grado de satisfacción de los propios visitantes, poniendo en entredicho la sostenibilidad y el futuro de un modelo turístico que se promociona con la etiqueta del Paraíso Natural y en el que los “puntos calientes” no se limitan ya a los arenales costeros, sino también a los parajes naturales, a las villas y a los pueblos de tradición marinera, donde también se producen aglomeraciones constantes.

Más del 30% de las edificaciones en la costa asturiana fueron construidas durante el periodo de la burbuja inmobiliaria

Sería iluso reducir este problema a un desajuste entre demanda y oferta, confiando en que se aliviaría con un incremento de infraestructura y dotaciones (de transporte, aparcamiento, alojamiento o restauración), porque el problema de fondo radica en que el litoral es un espacio frágil e insuficientemente protegido y solo a partir de una adecuada planificación que aúne conservación y uso público se podrá garantizar su preservación a largo plazo. Lo demás sería continuar por la senda que ya han transitado los destinos maduros del turismo de masas, repetir los mismos errores y arruinar a largo plazo la base natural y cultural que atrae a los turistas y que es también un patrimonio del pueblo asturiano y no solo de quienes se benefician de su explotación.

Imagen promocional de la playa de Poo. Foto: Turismo de Asturias.

En efecto, aunque el grado de conservación de los paisajes litorales asturianos alcanza el nivel más elevado en el conjunto de las costas españolas (con un 15% de espacio urbanizado frente al 35% de media en el país) es necesario tener en cuenta que ello no obedece tanto a la existencia de una política activa y diferencial de preservación como al hecho de haber conocido una menor presión turística (por razones climáticas y de accesibilidad). Y esta es precisamente la cuestión más preocupante, pues parece lógico que, más allá de las condiciones coyunturales, esa presión seguirá aumentando en el futuro y, en mayor medida, con el cambio climático y la desgraciada ”mediterranización” ambiental que conocerá la cornisa cantábrica al tiempo que avanza la desertificación en el sur peninsular.

En veinte años de vigencia el Plan de Ordenación del Litoral Asturiano (POLA) ha sido incapaz de retirar de la zona de protección los campings que el mismo Plan señalaba como de “traslado inmediato”

Que la costa asturiana no está suficientemente protegida contra el tsunami turístico que se avecina lo muestra el hecho de que, en similar proporción a otras regiones costeras, más del 30% de sus edificaciones han sido construidas durante el periodo de la burbuja inmobiliaria, de manera que solo por haber partido de un nivel mucho más bajo de ocupación previa continúa manteniendo el liderazgo de naturalidad. Es más, la amenaza de una nueva oleada constructora persiste en la medida en que la mayoría de los planes de ordenación de los municipios costeros siguen manteniendo suelos urbanizables que les permitirían doblar o triplicar su actual superficie edificada, especialmente en la zona costera oriental.

Playa de Barru, Llanes. Foto: Iván G. Fernández.

Cuando se habla de la conservación del litoral asturiano se suele hacer referencia (también desde las instancias oficiales) a la existencia de figuras de protección en forma de Paisajes Protegidos: el Paisaje Protegido de la Costa Oriental, el Paisaje Protegido de la Costa Occidental, el de la Sierra del Cuera o el de la Sierra del Sueve. Es necesario aclarar, una vez más, el engaño que supone esa afirmación porque, si bien esos espacios naturales se señalaron en el inventario del Plan de Ordenación de los Recursos Naturales de Asturias (PORNA) de 1994 y siguen apareciendo en la cartografía propagandística del Paraíso Natural, nunca llegaron a aprobarse los decretos para su declaración formal, ni los planes protectores consecutivos y, por lo tanto, no tienen ninguna utilidad preservadora (aunque sí de atracción de turistas).

Con instrumentos de protección ficticios y el planeamiento municipal preparado para una nueva etapa desarrollista, las amenazas que se ciernen no son ninguna broma

¿Y qué decir del Plan de Ordenación del Litoral Asturiano (POLA), que en veinte años de vigencia ha sido incapaz incluso de retirar de la zona de protección marítimo- terrestre los campings que el mismo Plan señalaba como de “traslado inmediato”?

Con instrumentos de protección ficticios y con el planeamiento municipal preparado para afrontar una nueva etapa desarrollista en cuanto la coyuntura lo facilite, las amenazas que se ciernen sobre la costa asturiana no son ninguna broma, pero si el tema se observa desde la perspectiva de la normativa sectorial se nos vuelve a presentar un panorama de dejación institucional igualmente alarmante.

Foto: Iván G. Fernández.

En este sentido hay que destacar que la Ley de Turismo de 2001 contemplaba la necesidad de ordenar la actividad y los espacios turísticos mediante el desarrollo de figuras como unas Directrices Sectoriales de ordenación de los recursos turísticos (con planes específicos de intervención) o de la delimitación de áreas de dinamización turística y zonas turísticas saturadas, lo que sería muy útil para garantizar un mayor equilibrio en la distribución territorial de la actividad y sus efectos, o para hacer frente a situaciones de colapso como las registradas en estas semanas.

Nada de ello se ha hecho y al final la planificación normativa ha venido a ser sustituida, de hecho, por programas estratégicos (como el vigente Programa de Turismo Sostenible del Principado de Asturias 2020) que no son más que instrumentos de promoción y marketing redactados por la administración al dictado de los grupos de presión del sector turístico.

Los ayuntamientos y, sobre todo, la administración autonómica son los principales responsables del estado de desprotección en que se encuentra el litoral, pues han priorizado el objetivo de aumentar incesantemente la actividad turística al del mantenimiento de los recursos, utilizando un doble lenguaje que habla de turismo sostenible y verde mientras permite o impulsa la constante transformación del litoral. Una notable contradicción que, como otras, quizás el coronavirus se encargue de desenmascarar.

Manuel Maurín
Escrito por

Es profesor titular de geografía de la Universidad de Oviedo/Uviéu y activista en diferentes movimientos por el derecho a la ciudad.

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