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Opinión

Postureo político o el traje nuevo del emperador de nuestro tiempo

El postureo se ha instalado para quedarse como uno de esos okupas imaginarios de los que hablan tanto en televisión.

Ilustración: Mybro.

¿Cuándo empezó? Nadie lo sabe. ¿Por qué vino? Todos lo ignoran. Pero un día, cuando nos levantamos, nos dimos cuenta de que estaba allí. Se había hecho uno con el paisaje. Algunos dicen que la culpa es del Instagram, de todas esas fotos prefabricadas de desayunos a punto de ser engullidos, mojitos a punto de ser tomados y puestas de sol muy bonitas desde el salpicadero de un Ford Fiesta. También de las fotopiés esas en la playa y los “#AquíSufriendo”. Pero no, el postureo va mucho más allá del Instagram y de las generaciones que lo usan. Se ha instalado para quedarse como uno de esos okupas imaginarios de los que hablan tanto los programas de televisión que tan bien disimulan la caspa con los cromas.

Miremos donde miremos, vemos postureo y postureísmo. Y no, frente a lo que pudiese parecer, no es patrimonio de ninguna ideología ni de ningún partido. Es el la banda sonora de nuestro tiempo, siempre de fondo, siempre imperceptible, pero metiéndosenos en los oídos. Queramos o no.

El postureo se ha instalado para quedarse como uno de esos okupas imaginarios de los que hablan tanto los programas de televisión

El postureo no es malo – aunque yo lo odie – pues objetivamente parece que vivimos en una sociedad que lo premia y lo aprecia. Los adeptos son muchos, muchos más de los que podríamos pensar, puesto que hay algo claro: el postureo o da réditos políticos o, cuando menos, no tiene coste.

Esta semana el gobierno autonómico de Madrid (PP-Ciudadanos) inauguró un dispensador de gel en el metro. Podrían haber subido las frecuencias, podrían haber contratado a más conductores… Pero esto era más barato, valía para la foto. Y si hay foto, en política, es porque esa foto funciona, da votos. Si tuviese coste no la harían. Tiene beneficio. Lo que les decía: da réditos, es bueno, la gente lo quiere, no lo castiga…

En Uviéu (PP-Ciudadanos) vimos algo parecido esta semana: Un “carril bici” que son literalmente marcas pintadas en la acera: Cero obra, cero inversión… un poco como aquel traje nuevo del emperador en el que lo único que hace falta hacer es cerrar los ojos muy, muy fuerte para acabar creyendo que el hombre desnudo que tenemos delante está en realidad ataviado con sus mejores galas.

El carril bici en una acera de la calle Jovellanos.

Pero no, no es sólo una cuestión de derechas ¿Se acuerdan del Tripartito de Uviéu? Pues ese mismo gobierno PSOE-IU-Somos-Podemos inauguró un bulevar en Santullano que de bulevar tenía la placa. Y esto, para el que no conozca Uviéu es literal: hay una placa ahí que inauguraron con mucha pompa, pero la entrada de la “Y griega” sigue siendo la misma desde que yo era pequeño.

En general, podríamos resumir el postureo como la capacidad de sustituir las políticas por las performances

Ministros estelares (¿o deberíamos decir “espaciales”?), pero también ministros tertulianos de corta vida u otros “expertos de reconocido prestigio” que brillan tanto por sus méritos académicos como por su ausencia. No sé cómo vino, pero el “no queremos políticos profesionales” fue, sin duda, una de las puertas abiertas por las que se nos coló el monstruo en casa. Perdón, monstruo no: “nuevo miembro de la familia”, que a la gente le gusta eso, no debe olvidársenos. Con el cuento de echarnos a los políticos de toda la vida, en lugar de cambiarlos por los militantes de toda la vida, acabamos sustituyéndolos por personas que, en muchas ocasiones, pasaban bastante de la política y no tenían ni proyecto, ni ideas propias ni tampoco ganas de llevarlas a cabo. Pero debe de ser que eso nos gusta, porque la fórmula la vemos en gobiernos autonómicos y estatales de uno y otro signo.

Toreros en las listas electorales de la extrema derecha, fotografías disparando armas de sus dirigentes, y banderas, muchas banderas (¿Hay algo más “postureísta” que una bandera?). El postureo no es únicamente patrimonio de los partidos democráticos, también los fascistas gastan de eso. Afecta no sólo a qué se hace, sino también a qué no se hace. En general, podríamos resumir el postureo como la capacidad de sustituir las políticas por las performances: es más importante manifestarse que conseguir aquello por lo que nos manifestamos; es más importante quedar bien en la tele que aprobar una ley, más importante tener un ministerio bien visible – aunque no tenga apenas competencias (guiño, guiño, codazo, codazo) – que incidir sobre las políticas o pactar un presupuesto (más guiños y más codazos) o, cambiando de tercio, es más importante poner unas pocas palabras en asturiano en un cartel que oficializarlo, más salir a prensa proponiendo reformar el estatuto que reformarlo… ¿Seguimos? Más ponerse el instagram (otra vez) en negro que tomar conciencia del problema del racismo, más cambiar la terminación de una palabra para que sea “inclusiva” que adoptar políticas de no discriminación, incluso algunas muy baratas para las arcas públicas como sería, por ejemplo, prohibir las fotos en los CV. En definitiva, es siempre más importante “parecer” que “ser”, “quedar bien” que “hacer”. Y no, no se enfaden, porque esto es lo que quiere la mayoría de la gente… O, bueno… ¡Qué narices! ¡Enfádense! Pero sepan que somos minoría, porque si fuésemos mayoría, esto no le funcionaría a ningún partido y les está funcionando a todos… ¿O no?

Y así, poco a poco, la función va despegando más y más de la realidad. El parlamento se convierte cada vez en un teatro con una función de más calidad y creatividad. Y a más creatividad y más “performances”, se nos va quedando poco a poco y sin darnos cuenta casi una política con menos contenido y sustancia, pero que queda genial en instagram. Por cierto: ¿Sabían que los alimentos de los anuncios – esos tan apetitosos que poco tienen que ver con las hamburguesas que nos comemos – en muchas ocasiones no son alimentos de verdad sino representaciones de plástico? Pues eso.

Nicolás Bardio
Escrito por

Es politólogo, escritor y creador de juegos de rol.

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