Suze Rotolo: retrato de mujer con buhonero

Se publican en castellano 'A freewheelin’ time. En el camino con Bob Dylan', memorias de la artista y pareja del cantautor en los 60.

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Belén Suárez Prieto
Belén Suárez Prieto
Correctora de textos de profesión. Vivo en El Tiempo Delicuescente.

Hoy se cumplen los diez años del fallecimiento de la neoyorquina Suze
Rotolo
, fallecimiento, a los 67 años, causado por un cáncer. Suze Rotolo
nació en un hospital de Brooklyn; vivió su niñez en Queens; su juventud la
pasó en Greenwich Village, en los primeros sesenta del siglo pasado,
momento de ebullición máxima del barrio; tras una estancia en Italia, país
de origen de su padre y de su madre, volvió a Nueva York, vivió en el East
Village y en el NoHo, donde murió.


Suze Rotolo es la mujer joven que aparece en la portada del segundo álbum
de “Bob Dylan, The Freewheelin’ Bob Dylan” (Columbia Records, 1963).
Déjenme decir, en este momento, dos lugares comunes: disco del genio de
Duluth (el del «genio de Duluth») producido por el mítico productor John
Hammond (el del «mítico productor») y por Tom Wilson; déjenme, sin
embargo, omitir el tercer lugar común: el de que Suze Rotolo fue la musa
de esos años de Dylan. Aunque la propia Rotolo se define como «musa» en
algún momento, en ningún caso lo fue, si por musa entendemos a una
mujer cuyo papel en la vida del artista se limita a servirle pasivamente de
inspiración.


En 2008, Suze Rotolo escribe sus memorias de aquellos años del esplendor
en la hierba en el Village, “A Freewheelin’ Time. A Memoir of Greenwich
Village in the Sixties
“; en noviembre de 2020, la editorial valenciana Barlin
Libros
publica la traducción al español, “En el camino con Bob Dylan. A
Freewheelin’ Time”
. Y en estas memorias encontramos, junto a la narración
de los primeros años de la vida de Rotolo, para saber de dónde viene, hija
de padre y madre militantes comunistas en los años de la caza de brujas,
que no es poca cosa, encontramos los años en Greenwich Village, en cuyo
ambiente de explosión folk Suze estaba del todo integrada, muy jovencita,
cuando conoce, a los 17 años, al joven llegado de Minnesota, que tenía 20 y
que vino a la ciudad para conocer al enfermísimo músico Woody Guthrie y para
triunfar en la música; al joven, que ni confesaba su nombre original, Robert
Allen Zimmerman
, ni contaba su origen y se inventaba lugares y viajes.
Bob Dylan, desde el principio, se convirtió a sí mismo en ese buhonero de
las mil caras y de los mil disfraces que aparece en sus canciones.
Las memorias son, como buenas memorias, recuerdos de escritura ágil, que
saltan de las anécdotas a decenas de personajes reales y de lugares. Además
de por el interés de la relación sentimental y la ruptura de Dylan y Rotolo,
lo que supuso esa relación para la primera etapa de la obra del poeta y
músico, las canciones que amor y desamor parieron, la obra nos muestra

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una vista panorámica del Village de aquellos años gloriosos, de sus bares,
clubes y tugurios; de sus librerías, galerías y teatros; de sus plazas y calles;
y, sobre todo, de la fauna humana, de músicos consolidados, aspirantes a
serlo, cazatalentos, periodistas musicales, promotores aficionados, dueños
de garitos, productores con vista, habitantes perturbados del barrio, jóvenes
corriendo de aquí para allá, deambulando, preparando viajes
semiclandestinos a Cuba, movilizaciones por los derechos civiles o
manifestaciones en contra de “la bomba”…

Las memorias son un hermoso libro de una mujer muy joven enamorada de
un hombre joven enamorado, pero lleno de fantasía o de mentira,
directamente
; con cuyo segundo álbum, en el que en la portada esa mujer
muy joven y ese hombre joven pasean cerca de su casa en una heladora
ciudad, comenzó un camino de éxito enorme, en el que la vieja guardia folk
más política puso unas expectativas y unas exigencias grandes que él no
quiso cumplir. Las memorias son el hermoso testimonio de una mujer muy
joven que se negó a ser una cuerda más en la guitarra de Dylan, a tener el
papel de reposo del genio del guerrero a la vuelta de las giras, a ser en el
Village “la chica de”, a ser querida por su proximidad al que, como
Jesucristo, extiende la palabra.

Las memorias son el hermoso testimonio de una mujer muy joven que se negó a ser una cuerda más en la guitarra de Dylan


Son el hermoso testimonio del dolor provocado por los escarceos con quien
sería la siguiente relación sentimental de Dylan, nada más y nada menos
que con la Reina Baez, cuando aún no se había separado de Rotolo. Del
dolor de la decisión de la ruptura y del impacto que el proceso del desamor
supone.


La magna obra de Bob Dylan puede estudiarse y se estudia desde cientos
de puntos de vista. Se hacen cortes en su cancionero para analizarlo,
atravesando el cristal de lupas de variadísima mirada. Para escribir estas
líneas, para conocer mejor a Suze Rotolo, rastreé las canciones que Dylan
escribió acerca de ella y de sus sentimientos hacia ella, de amor, de dolor,
de resentimiento, de dicha. Este sería uno de los puntos de vista para
estudiar la obra del trovador, las canciones producto de una historia de
amor y de su consecuencia inevitable, el desamor. Es una aventura
estimulante y de doloroso descubrimiento indagar en el amor y en el
desamor de las personas, cuando esos amor y desamor provocan pequeñas
joyas que siguen acompañándonos sesenta años después (escuchen, si me
permiten la recomendación, «Don’t Think Twice, It’s All Right»
interpretada por Peter, Paul & Mary; escuchen «One Too Many Mornings»

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en la casa rosa de Woodstock, en aquel sótano, con The Band, o en la
versión eléctrica y anfetamínica de la época de la Rolling Thunder Revue).
(Una última propuesta. Les propongo que complementen la lectura de las
memorias de Suze Rotolo con el ensayo heterodoxo “A Boy Walking. Bob
Dylan y el Folk Revival de los sesenta”
, de Jesús Albarrán Ligero, Premio
Manuel Alvar de Estudios Humanísticos 2020
(Fundación José Manuel
Lara, 2020). Y las canciones de Dylan que tienen que ver con Suze Rotolo
están recogidas, si quieren escucharlas, en una lista de Spotify llamada
«From the Crossroad of My Doorstep»).


El siguiente capítulo, si este fuera el primero de varios, el siguiente corte en
la obra de Dylan, si este fuera el punto de vista, sería, pues, el de Joan
Baez
; el de la electrificación, cuando Dylan decidió que el soporte de una
guitarra y de una armónica no era suficiente para sostener sus palabras, y se
convirtió para tanta gente en Judas. Y algún día, entonces, continuaríamos
y acabaríamos por hablar de esa obra maestra conceptual de la ruptura, el
álbum “Blood on the Tracks”.

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