“Los llamados ‘criterios técnicos’ no deberían sustraerse al debate público”

Ander Berrojalbiz y Javier Rodríguez tejen en 'Los penúltimos días de la humanidad' un relato a contracorriente de la pandemia que cuestiona 'la gestión autoritaria de las catástrofes'

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

En “Los penúltimos días de la humanidad”, recién editado por Pepitas de Calabaza, Ander Berrojalbiz y Javier Rodríguez arremeten contra ese “consenso viscoso” que, a su juicio, ha coartado el cuestionamiento a la gestión de la pandemia. Sin hacer concesiones a los delirios conspiranoicos ni a esa idea de “libertad” que se desentiende del prójimo, estas páginas inciden en las cuestiones dejadas de lado por el relato mediático o ignoradas por esa “hipocondría social” que parece haber atrofiado lo que pudiera quedarnos de sentido crítico. Más allá de los aspectos políticos y sociales de la pandemia, los autores defienden una nueva cultura de la vida y de la muerte cuyo espíritu está contenido en unas palabra del “Finnegans Wake” de James Joyce: “Vivieron y rieron y amaron laboriosamente y al final se marcharon”.

Visto con la perspectiva de estos meses, aquel “saldremos mejores”, aquella esperanza de que esto iba a suponer un cambio social hacia una mayor justicia y solidaridad, no puede resultar más ingenua…

Hace 11 o 12 años también se habló durante un rato de “refundar el capitalismo”, como si una crisis fuera por si sola motivo suficiente para transformar la sociedad, y no la conciencia de cuáles son los problemas más urgentes y qué es lo que se debe hacer para remediarlos o paliarlos.

“El drama ha resultado ser cabal para el público que asistía a la tragedia”, escriben al comienzo del libro: ¿había ya algo en nuestras costumbres y nuestra forma de vida que nos predisponía, que nos preparaba a acatar y asumir con normalidad lo que ha pasado estos meses?

La frase se opone a lo que dice Kraus en la cita que abre la obra. Para Kraus, lo sucedido entre 1914 y 1918 en Europa sería increíble para quienes no hubieran vivido los acontecimientos. No sabemos lo que pensarán en el futuro sobre todo lo que viene haciéndose desde marzo de 2020 los que son demasiado pequeños o aún no han nacido, pero lo realmente relevante es que parece que los principios que supuestamente fundamentaban las sociedades democráticas y liberales no eran tan sólidos como aparentaban, o lo que viene a ser prácticamente lo mismo, no significaban gran cosa para aquellos que creían vivir según dichos principios.

“Los principios que supuestamente fundamentaban las sociedades democráticas no eran tan sólidos como aparentaban”

¿También los técnicos y los expertos son entonces políticos?, ¿cómo hemos llegado a esta confusión entre técnica y política, y dónde poner el límite entre ellas?

Toda decisión técnica con consecuencias sociales es una decisión política. Introducir ordenadores en las aulas de las escuelas para crear “nativos digitales” no es nada inocente, y tiene consecuencias a largo plazo, como son esos chavales a los que ya les cuesta muchísimo entender lo que leen. Éste no es más que un ejemplo trivial. El problema no sería tanto “compartimentar” los dos ámbitos, sino tener conciencia de que ambos tienen mucho en común y que la ciencia y los llamados “criterios técnicos” en ningún caso deberían sustraerse al debate público, ni servir para acallarlo. Y, por supuesto, que muchas de las consecuencias políticas de ciertas decisiones técnicas son imprevisibles a largo plazo, lo que exige mucha precaución con ellas. Precaución es precisamente lo que no hemos visto en esta crisis.

Ander Berrojalbiz

La pandemia ha generado una admiración hacia China, que ya avanza sin duda a situarse como la potencia hegemónica mundial, como un país con un sistema a envidiar: eficacia, autoridad sin oposición, diligencia para ejecutar decisiones…¿Ha despertado esta crisis una añoranza de un Gran Timonel, de un Estado total que pueda gestionar sin cortapisas y sin dar explicaciones?

Lo que suele argumentarse es que, cuanto más se renuncia a los valores de justicia, democracia, etc., más se gana en eficacia. Puede parecer lógico, pero eso habría que demostrarlo. Es perfectamente concebible un Estado tan autoritario como ineficiente. En el caso de China, lo que suele confundirse es el sometimiento de una gran parte de la población por un Estado policial con el orden. Pero “orden” y “despotismo” no siempre van juntos.

Hay en el libro algunas afirmaciones temerarias y difíciles de digerir: ¿Cómo, por ejemplo, “relativizar la magnitud de la epidemia”?

La frase la decimos respecto a que en los meses de primavera de 2020 los medios de comunicación no publicaban nada que pudiera ayudar a relativizar la magnitud de la pandemia. En cualquier caso, eso lo estamos haciendo a diario con otros males. La tuberculosis y la malaria juntas matan anualmente cerca de 2 millones de personas, que es la cifra de víctimas mortales que se atribuye a la epidemia de covid-19 hasta enero de 2021. Además, las víctimas tanto de tuberculosis como de malaria son mucho más jóvenes (más de la mitad de los muertos por malaria son menores de 5 años) y, en muchos casos, fallecen por culpa de un sistema sanitario deficiente.

“Los negacionistas existen, pero serían menos si desde el principio se hubiera informado con más serenidad y con menos propaganda”

¿Ha desnudado esta crisis los defectos, las carencias y fallas de nuestro modelo social y nuestro estilo de vida?

No parece, porque las cosas siguen igual. El deseo compartido mayoritariamente es que las vacunas funcionen para volver a volar en avión.

¿Cuál ha sido el papel del relato mediático y propagandístico a la hora de generar esa “hipocondría social” de la que hablan? Critican, por ejemplo, el uso a discreción y sin matices de los epítetos “negacionista” o “conspiranoico”

La hipocondría social ya existía antes. En las últimas décadas ha crecido la obsesión por la salud al mismo tiempo que, curiosamente, en un mundo vacío de objetivos y trascendencia, se imponía un estilo de vida cada vez más sedentario y malsano, por mucho que hayan proliferado los “runners”. Los gobiernos que han sucumbido a la gestión populista de la crisis han recurrido a la acusación de ser “anticientíficos”. Los negacionistas existen, pero probablemente serían menos si desde el principio se hubiera informado con más serenidad y con mucha menos propaganda. Propaganda que, de hecho, ha sobredimensionado el discurso negacionista para expulsar del debate cualquier otra posición más matizada.

Javier Rodríguez Hidalgo

Son muy críticos con la respuesta de la izquierda y de los movimientos sociales, bien por insuficiente, bien por mal orientada. ¿Qué postura creen que deberían haber tomado para estar a la altura de las circunstancias?

No renunciar a la crítica del desmantelamiento del sistema sanitario también en aquellos lugares donde gobierna la izquierda, una mayor intransigencia respecto a las arbitrariedades y no olvidar que los “cuidados”, que es un concepto clave para la izquierda de hoy, conciernen también a los niños, adolescentes y jóvenes.

Se muestran muy pesimistas respecto a la posibilidad de cualquier transformación social emancipadora en los próximos años, ¿qué hacer, si queda descartada esa opción, ante la crisis que enfrenta nuestra civilización?

De momento, poco más que el ejercicio de la objeción de conciencia, que desde luego no será premiada. La acción colectiva parece difícil. Si un grupo de individuos intenta criticar la gestión actual de la crisis, tendrá que dedicar la mayor parte de su tiempo a quitarse de encima a negacionistas, ultraderechistas y otros tarados.

Me interesa una idea que exponen al final del libro: sostienen que la libertad neoliberal, esa libertad absolutamente egoísta que solo atiende a sus intereses, no tendría por qué contradecirse con la aceptación y la sumisión a un régimen autoritario y cuartelero. ¿Cómo es posible esta paradoja o, más bien, esta aparente paradoja?

Es una paradoja más aparente que real. El culto a la distinción personal y al hedonismo es un signo de nuestra época, que ha crecido mientras nuestra capacidad de incidir en el mundo que nos rodea se reduce a marchas forzadas. En este sentido, una personalidad egoísta, mientras pueda satisfacer sus más inmediatos deseos personales, podrá acomodarse fácilmente a una administración autoritaria. Vox es el ejemplo más claro de esto, porque es un partido que se declara “liberal en lo económico” (entiéndase “neoliberal”) mientras expresa sin tapujos su añoranza por el franquismo.

“Toda decisión técnica con consecuencias sociales es una decisión política”

Sus reflexiones no se limitan al ámbito político, sino que defienden la necesidad de alumbrar “otra cultura de la muerte” y “otra concepción de la vida que renuncie también al narcisismo bajamente materialista”. ¿La revolución empieza entonces en uno mismo, es antes que nada un proceso individual?

Lo cultural siempre se refiere a un grupo social y no al individuo, y hablar de “revolución” parece excesivo. Una nueva concepción de la vida requerirá una transformación colectiva, pero tampoco basta con desearlo, y no tenemos un mapa sobre los pasos que habría que dar para llegar a ello. Es una meta vaga, simplemente, aunque lo que parece obvio es que no habrá elección. Lo acuciante es emprender ese cambio antes de que otras crisis aún más graves nos pongan ante el hecho consumado.

Dicen en el libro que lo realmente decisivo es responderse a esta pregunta, y me gustaría conocer cuál es su respuesta: ¿la libertad cuenta tan poco como para que haya que renunciar a ella ante cualquier amenaza a nuestro bienestar que se produzca en lo sucesivo?

A esa pregunta debería responder cada cual. Hasta hace poco, esa pregunta podía considerarse una hipótesis ante un futuro que acabará llegando tarde o temprano, ya sea por culpa del declive de la extracción de combustibles fósiles o por otro tipo de crisis ecológica. Pero las reacciones que ha suscitado la epidemia nos están obligando a responder. Creemos que la libertad, en efecto, debe ser defendida prioritariamente, sabiendo que a veces podrá ser un obstáculo para las “soluciones” que propone la gestión autoritaria de las catástrofes.

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