El alcalde Palacio: memoria democrática y justicia poética en el callejero de Xixón

El Ayuntamiento le quita el nombre de una avenida a un rey corrupto para dárselo a un alcalde íntegro que transformó la ciudad.

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Paco Álvarez
Paco Álvarez
Periodista, escritor y traductor lliterariu d'italianu. Ye autor de les noveles "Lluvia d'agostu" (Hoja de Lata, 2016) y "Los xardinos de la lluna" (Trabe, 2020), coles que ganó en dos ocasiones el Premiu Xosefa Xovellanos.

Más vale tarde que nunca. Tras unos meses de suspense, la alcaldesa de Xixón, Ana González, ha decidido asumir por fin una deuda de memoria democrática que no quisieron o no se atrevieron a pagar sus dos predecesoras en el cargo, la socialista Paz Fernández Felgueroso y la forista Carmen Moriyón. José Manuel Palacio, el primer alcalde democrático que tuvo Xixón tras el régimen fascista de Francisco Franco, tendrá por fin una calle que lleve su nombre en la ciudad por la que tanto hizo. Y no será una calle cualquiera, será una digna avenida que vertebra la zona oeste de la ciudad bordeando barrios y barriadas populares (El Natahoyo, Moreda, La Calzada y Tremañes). A eso se une la justicia poética que conlleva el cambio de denominación: la avenida de Juan Carlos I pasará a ser la avenida de José Manuel Palacio. Se retira del callejero gijonés el nombre de un rey corrupto y huido para incorporar el de un alcalde íntegro y valiente.

Entre la gente que lo trató circulan bastantes anécdotas que hablan de la ética de la humildad que profesaba el que fue alcalde de Xixón entre 1979 y 1987. José Manuel Palacio, que solía ir a diario desde su casa al Ayuntamiento andando o en autobús, se escapaba a veces un rato de su despacho para tomar un pinchu y un vino de la casa en un bar cercano a la casa consistorial, y en una ocasión un cliente que estaba parapetado en una esquina de la barra vio que le iban a servir un vino humilde y le dijo al camarero: «A ese señor le pones un Rioja, invito yo. El alcalde de mi ciudad no puede beber vino peleón». El chófer del coche oficial del Ayuntamiento le confesó a un periodista que cuando él y el alcalde se iban a Madrid para asuntos oficiales el asiento trasero volvía lleno de migas de pan. Porque Palacio, que hacía el viaje de ida y vuelta parando lo mínimo, llevaba en su maletín un bocadillo o lo compraba de camino y lo comía en el coche durante el trayecto, para ahorrar tiempo y probablemente también para no pasarle gastos innecesarios al Ayuntamiento. Al llegar a Madrid recorría varios ministerios, a veces sin haber anunciado su visita, y cuando algún subalterno ministerial le decía que el ministro o el secretario de Estado de turno no lo podía recibir sin cita previa, él echaba mano de su orgullo de primer edil gijonés y contestaba: «Dígale que está aquí el alcalde de Gijón». Y volvía de Madrid con compromisos de inversiones para su ciudad y para su concejo.

La honestidad de Palacio al parecer suponía un estorbo para la nueva política que estaba en marcha

José Manuel Palacio Álvarez (1930-2005) ocupó la Alcaldía durante ocho años, gobernando en coalición con el PCA en su primer mandato y en solitario después. Y si no siguió siendo alcalde fue porque su propio partido, el PSOE gijonés, en una maniobra bastante turbia lo apartó de la reelección a pesar de que había logrado mayoría absoluta en los comicios anteriores; la honestidad de Palacio al parecer suponía un estorbo para la nueva política que estaba en marcha. Se cuenta que para tratar de contentarlo le ofrecieron la patada hacia arriba, otro cargo, otro puesto… Bien podría haber terminado en ese cementerio de elefantes que es el Senado, pero convertirse en un vividor de la política no iba con él, así que optó por la travesía del desierto y creó un nuevo partido, una candidatura que aunque era transversal se nutrió sobre todo de gente de izquierdas. En las elecciones de 1991 Unidad Gijonesa (UGJ) consiguió tres concejales, entró en el Ayuntamiento como tercera fuerza política. Durante cuatro años Palacio hizo oposición al PSOE de Vicente Álvarez Areces formando terna de mosqueteros en el grupo municipal de UGJ con Armando Nosti y Luis González.

Un día, en los ya lejanos años 90, le pregunté off the record a un preboste del socialismo gijonés y acérrimo arecista por qué el aparato de su partido se había cargado a Palacio. Escurrió el bulto dándome una respuesta torticera y sospechosa: «Era un político triste». Una pareja de viñetistas de un periódico también muy cercano al arecismo llevaba años cargando las tintas, nunca mejor dicho, para tratar de afianzar esa misma idea sobre el ex regidor Palacio. «El alcalde de la triste figura», decían de él de forma machacona, casi obsesiva, en sus viñetas sin gracia.

La realidad era bien distinta. No había nada de triste en un alcalde que pintó de verde el Xixón gris de aquellos años, que rescató para la ciudad y para la ciudadanía el Cerro de Santa Catalina (hasta entonces albergaba un polvorín del ejército), los terrenos que ocupaba el regimiento de El Coto, el parque de Los Pericones, el Cabo de San Lorenzo… El alcalde que recuperó la fiesta pagana y gamberra del Antroxu, que puso en la agenda municipal con letra grande el desarrollo de las parroquias rurales, que ajardinó barrizales en barrios obreros (yo crecí en el Pumarín de entonces, vi y viví aquella transformación), que ofreció el Ayuntamiento como centro de reunión de representantes políticos y sindicales en las horas inciertas del 23F, que soportó con una sonrisa las burlas de la prensa estatal de derechas cuando el Ayuntamiento sacó adelante una moción de solidaridad con el pueblo kurdo…

Yo tuve muy poco trato con Palacio, fue ya en su etapa como concejal opositor de Unidad Gijonesa. Conocí cosas sobre él a través de Enrique Arenas, amigo y compañero en El Comercio, que era el redactor de aquella histórica sección municipal llamada Plaza Mayor. Conocí también cosas sobre él a través de Luis González y Armando Nosti, dos hombres honrados y leales con la memoria de Palacio que no han dejado de bregar durante todos estos años para que se eliminara esa Damnatio memoriae que alguien impuso, para que se subsanara ese vergonzoso y vergonzante olvido institucional de la figura del alcalde José Manuel Palacio. Más vale tarde que nunca.

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1 Comentario

  1. No lo conocí, ni siquiera había oído hablar de él, pero qué alegría saber que ha habido políticos así. Su ejemplo ayuda a no perder del todo la esperanza.

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