Lo que un salto encierra

Julio Bejar pone en escena '8.56' una pieza de teatro-documento inspirada en la vida del malogrado atleta avilesino Yago Lamela.

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

8.56. (Inspirada en un salto de Yago Lamela)

Texto y dirección: Julio Béjar

Intérpretes: Federico Ortiz, Javier Lago, Silvia Morell, Carlos Cepa y Joseph Ewonde Jr.

24 de abril, Centro Niemeyer, Avilés

Hay hechos y sucesos que se revelan socialmente controvertidos y el teatro-documento está para abordarlos. 8.56, la pieza de Julio Béjar sobre el prodigioso salto de Yago Lamela y el deporte de élite, lo hace de la mejor manera. Nada de moralina, nada de retórica efectista, nada de farsa o melodrama ni de precipitarse por el sensacionalismo especulativo. Y lo que es aún más loable: ninguna imagen real del atleta ni vídeos de competiciones, eso que un director despistado hubiera podido entender como consustancial con el tema y el tratamiento. Tan sólo el músculo del teatro y el músculo del actor. Lo específico de este arte que muchos se empeñan en aplastar o eclipsar con otros medios.

El deporte de élite es el nudo gordiano que contiene todos los mitos y realidades imaginables. La política, el espectáculo, la cohesión social, el triunfo, el fracaso, el culto al cuerpo, la competitividad, la salud, el superhombre, la disciplina, el mercado, las masas, la publicidad… Dar cuenta de todos ellos sería una tarea tan colosal como imposible, porque cada línea de acción requeriría de un espectáculo. 8,56 no es un bio-pic. Julio Béjar pone el foco en el salto, en la obsesión de Lamela por arrebatarle el oro a Pedroso y ser el mejor, pero también en la derrota existencial –la depresión, en términos clínicos– que todo fracaso conlleva. Y lo hace sin hacer sangre, con microacciones performativas que actúan como el láser en cirugía, dejando en el espectador la sensación de que la tragedia es menos tragedia y que apenas duele, aunque después notemos que los fogonazos de frialdad y la asepsia han hecho mella en nuestras conciencias. No hay relación de causalidad ni conexión directa entre la pugna por la victoria y la paranoia, es cierto, pero el deporte de alta competición, aquí, en esta pieza –esos 6 cm. que nos separan de Pedroso–, es la metáfora por excelencia de la enfermedad psicodepresiva que padecemos en la vida.

Julio Béjar pone el foco en el salto, en la obsesión de Lamela por ser el mejor

8.56 no elude el humor. Se usa para distanciarnos de la mímesis dramática y para fragmentar todavía más lo que no se quiere unívoco, uniforme Y a mí me encanta. Da igual que se trate de una ensoñación proyectada donde aparece un Pedroso (Joseph Ewonde Jr.) fumándose un habano, ironizando sobre el origen del atletismo en la prehistoria donde sólo se corría por miedo, o denunciando a los jodidos griegos que inventaron las olimpiadas. La  belleza de Silvia Morell en una retransmisión deportiva como si fuera una striper es otro guiño que también tiene su gracia. El riguroso trabajo de campo realizado para la construcción del espectáculo se evidencia en la interpretación y caracterización de Federico Ortiz como Lamela –sus condiciones físicas son admirables– y en otros apartados, aunque multiplica su potencialidad y abre su garra cuando me informan de que la entrevista que le hace una periodista borde (de nuevo Silvia Morell) ocurrió realmente. Javier Lago destaca por su naturalidad y verdad interpretativa como entrenador responsable que se preocupa de la salud de su atleta. No elude la pieza tampoco la crítica a los políticos (Carlos Cepa) ni la utilización que se hizo de los deportistas y el deporte para que Madrid aspirase a la capitalidad olímpica. La cámara negra y las baterías de focos laterales con el flashseado disco para la carrera son otro acierto.

Puede que haya a quien le sepa a poco este 8.56 de apenas una hora de duración, pero ya me gustaría a mí que hubiera más de este teatro-documento en línea performativa, de igual calidad e interés temático. Al final, para contrastar con la imagen inicial de un Lamela desnudo descansando en el suelo como un Cristo yacente, se proyecta el extraordinario y sorprendente salto –ahora sí, el real– con el que el atleta avilesino tocó un pedazo de cielo.

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