Los brazos de un estibador abrazan toda la dignidad del mundo

Trabajadores de la estiba del puerto italiano de Livorno se niegan a embarcar armamento israelí destinado a masacrar al pueblo palestino

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Paco Álvarez
Paco Álvarez
Periodista, escritor y traductor lliterariu d'italianu. Ye autor de les noveles "Lluvia d'agostu" (Hoja de Lata, 2016) y "Los xardinos de la lluna" (Trabe, 2020), coles que ganó en dos ocasiones el Premiu Xosefa Xovellanos.

Viernes por la tarde. La luz del Tirreno colorea el puerto industrial de Livorno con un tono cobrizo que poco tiene que ver con los metales que amueblan sus muelles. La escena parece un capricho del atardecer o una síntesis poética de todos esos colores que ha sembrado la historia de Toscana: el marrón de la tierra campesina, el rojo de la lucha, de la sangre obrera… Un grupo de estibadores de Livorno está alerta. El Colectivo Autónomo de Trabajadores Portuarios de Génova y Weapon Whath (un observatorio para denunciar el tránsito de armamento entre los puertos italianos y los puertos israelíes) les ha advertido de que un pequeño buque portacontenedores procedente de Marsella y que hizo escala en Génova ha puesto proa a Livorno para embarcar un cargamento mortífero: armas y explosivos que el ejército israelí utilizará para continuar su campaña de aniquilación del pueblo palestino mientras el mundo aparta la mirada.

Esa tarde y en ese dique del puerto de Livorno se paraliza la estiba. Los obreros portuarios, que es como se llaman en italiano los estibadores, se cruzan de brazos, paran las máquinas. Tal vez aprovechan para disfrutar de la belleza del atardecer, que nos pertenece, más que a nadie, a quienes soñamos con un nuevo amanecer. Los estibadores esa tarde se niegan a hacer su trabajo, porque la dignidad y la decencia obligan a que te niegues a hacer un trabajo que va a facilitar el exterminio de seres humanos o que va a joderle la vida al prójimo, ¿verdad? Es una máxima básica, fundamental, de sentido común, pero que mucha gente en muchas partes del mundo no asume. En Livorno sí, quizás porque allí Antonio Gramsci fundó el Partido Comunista Italiano. Quizás porque en cada partido que disputa el Livorno en su estadio siempre afloran tras la portería imágenes del Che, banderas palestinas, pancartas antifascistas, señales inequívocas de que esa grada de animación, que en otros estadios está infectada por elementos ultraderechistas, en Livorno la defiende la Italia partisana… Quizás por todo eso que cuenta Alberto Prunetti, livornés y orgulloso hijo de un obrero del metal, en los dos primeros libros de su trilogía working class (Amianto y 108 metros), que he tenido la suerte de traducir para Hoja de Lata. Quizás porque Livorno está en Toscana, y en Toscana la libertad siempre ha tenido raíces profundas. Quizás porque la lucha obrera no sólo emana de los pozos mineros ni de las fábricas, también de los puertos que defienden los estibadores, y de tantos sitios más que defienden trabajadoras y trabajadores anónimos.

Cuatro estibadores de EBHISA en huelga de hambre en el puerto gijonés de El Musel, en 2020.

Pero hoy escribo sobre la gente de la estiba, que bien lo merece. No son ya aquellos estibadores de la novela de Tennesse Williams y de la película de Elia Kazan Un tranvía llamado deseo, que poco menos que cargaban los barcos usando sus brazos como grúas, pero en sus brazos aún cabe toda la dignidad del mundo. Lo demostraron cuando en 1975 paralizaron en varios puertos europeos la carga de buques de bandera española en protesta por las últimas ejecuciones perpetradas por el régimen fascista de Francisco Franco. Y en 2002 cuando se sumaron al boicot del envío de material de guerra estadounidense para la invasión de Irak desde puertos italianos. Y en 2020 cuando cuatro estibadores de EBHISA del puerto de El Musel, en Xixón se pusieron en huelga de hambre y uno de ellos se tiró un mes largo para defender la continuidad en la empresa de sus compañeros eventuales; ese huelguista último, no puedo pasarlo por alto, es mi camarada insumiso Fernando González, y siguen en la lucha a día de hoy. Y en 2020 las estibadoras y estibadores del puerto de Barcelona donaron más de 140.000 euros para material médico, sanitario y bienes de primera necesidad destinados a la lucha contra el coronavirus.

He dejado para el final lo más romántico de esta historia que zarpó en Livorno. ¿Sabes qué hicieron los estibadores de Livorno cuando debían estar cargando contenedores llenos de armas en ese discreto buque con destino al puerto israelí de Haifa? Se unieron a la manifestación convocada en Livorno en solidaridad con el pueblo palestino. Los brazos de un estibador o de una estibadora abarcan y abrazan toda la dignidad del mundo.

Un abbraccio forte, compagni e compagne di Livorno.

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