El Niemeyer reivindica a las pioneras de Magnum

Eve Arnold, Inge Morath y Cristina García Rodero, socias de la prestigiosa agencia de fotografía, protagonizan esta muestra, que podrá verse en Avilés hasta enero de 2022.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y forma parte del consejo de redacción de Nortes.

En 1947, dos años después del final de la Segunda Guerra Mundial y con las grandes guerras de liberación nacional en las colonias europeas de África y Asia a la vuelta de la esquina, los fotógrafos Robert Capa, David Seymour Chim, Henri Cartier-Bresson, George Rodger, Maria Eisner y Rita Vandibert fundaban en París Magnum, la que es hoy la agencia de fotografía más prestigiosa del mundo. Una cooperativa en la que cada uno de los socios y socias fundadores ponían 400 dólares para sacar adelante el sueño de autogestionar su producción y ser plenamente dueños de su trabajo.

Sus fundadores, casi todos ellos reporteros de guerra, estaban cansados de jugarse la vida en las trincheras de la Guerra Civil española o en el Desembarco de Normandía para que después su trabajo quedara en manos de agencias y periódicos con absoluto control sobre su obra. Por el contrario en Magnum los fotógrafos serían elevados a la categoría de artistas, conservarían los negativos de sus fotos, así como el copyright y el derecho a controlar el corte de la imagen y el pie de foto, hasta entonces en manos de las publicaciones para las cuales colaboraban.

Aunque Robert Capa tuvo un papel clave en idear el proyecto, su biógrafo Alex Kershaw cuenta en “Sangre y champán: la vida y la época de Robert Capa”, que pronto sus compañeros tuvieron que alejar al legendario fotoperiodista húngaro de la dirección de Magnum. Capa era según Kershaw un bon vivant seductor y lleno de encanto tan dotado para las relaciones públicas como desastroso a la hora de gestionar el negocio, y con una tendencia manirrota que casi llevó a pique su propia creación. Por el bien de la agencia sus amigos y socios le pusieron una adignación económica y le alejaron de la sala de mandos. Moriría en Indochina con las botas puestas. El 25 de mayo de 1954 tras pisar una mina mientras cubría los combates entre el Ejército colonial francés y el Viet Minh.

“Deseo recordarles a todos que Magnum fue creado para permitirnos, y de hecho para obligarnos, a traer testimonio sobre nuestro mundo y nuestros contemporáneos de acuerdo con nuestras propias habilidades e interpretaciones. No entraré en detalles aquí sobre quién, qué, cuándo, por qué y dónde, pero siento un fuerte toque de esclerosis descendiendo sobre nosotros. Puede ser por el condicionamiento del medio en el que vivimos, pero esto no es excusa. Cuando se están produciendo hechos de trascendencia, cuando no se trata de una gran cantidad de dinero y cuando uno está cerca, hay que estar fotográficamente en contacto con las realidades que tienen lugar frente a nuestras lentes y no dudar en sacrificar la comodidad y seguridad material. Este regreso a nuestras fuentes mantendría nuestra cabeza y nuestros lentes por encima de la vida artificial, que tan a menudo nos rodea” escribía en 1962 Cartier-Bresson a sus compañeros, preocupado por la evolución de la agencia, que en menos de una década se había revelado todo un éxito, creciendo y abriendo nuevas sedes en Nueva York, Londres o Tokyo. De la fotografía de guerra, Magnum había pasado a cubrir toda una gran variedad de temas: viajes, etnografía, celebridades, vida cotidiana… Sus imágenes han sido desde entonces las más codiciadas del mercado periodístico.

Entrar en un club tan selecto como Magnum no es fácil, y menos para las mujeres. Desde que se presenta una nueva candidatura hasta que se logra ser reconocido como miembro de pleno derecho de la cooperativa pasan cuatro años. El Centro Niemeyer de Avilés rinde homenaje a tres de las mujeres que han logrado pasar ese filtro y convertirse en leyendas de la fotografía: Eve Arnold, Inge Morgath y Cristina García Rodero.

Aunque la presencia femenina en Magnum ha aumentado con los tiempos, sigue siendo escasa. Solo hay 11 mujeres en una agencia de 99 integrantes. De ahí el sentido de esta muestra comisariada por la crítica y gestora cultural Rosa Olivares editora y directora de la revista especializada en fotografía Exit imagen & cultura, galardonada con The Lucie Awards en 2015 como mejor revista de fotografía.

La norteamericana Eve Arnold, admitida en 1951, fue una de las pioneras en la agencia cuando esta era todavía más abrumadóramente masculina. Su obra, publicada en Life, Vogue o Paris Match, abarca casi todos los campos, desde la información política hasta los reportajes de viajes o el mundo de las estrellas del cine. Es autora de algunos de los retratos más icónicos del lider afroamericano Malcolm X , del actor Paul Newman y Marilyn Monroe, a la que inmortalizó en el rodaje de “Vidas rebeldes” de John Huston, con guión de su entonces marido Arthur Miller. Tras divorciarse de la actriz, el escritor se casaría precisamente con la fotógrafa austriaca Inge Morath, otra de las homenajeadas en la exposición. Admitida en Magnum 1955, Morath daría sus primeros pasos en el mundo de la fotografía como asistente del socio fundador Cartier-Bresson. Autora con una gran versatilidad de temáticas, en la selección de obras que se exponen en esta ocasión se encuentran ejemplos de toda la tipología de su obra, desde retratos de artistas y celebridades, como el diseñador francés Yves Saint Laurent, el interior del Museo Metropolitano de Nueva York, escenas tomadas durante sus viajes y varios retratos de políticos y artistas.

La manchega Cristina García Rodero es la única española y la única fotógrafa viva de la muestra, que puede verse en Avilés hasta el 30 de enero de 2022. Nacida en Puertollano en 1949, Premio Nacional de Fotografía y académica de la Real Academia de Bellas Artes, en 2005 se convirtió en la primera persona de nacionalidad española en entrar en Magnum. Su trayectoria se inicia en la década de los 70, mientras trabajaba como profesora y hacía fotos en su tiempo libre, con un monumental estudio sobre las fiestas y costumbres de los pueblos de España, sus ritos paganos y creencias religiosas, que derivaría en una obra que le ha dado una fama internacional: La España oculta.

Justamente cuando España inicia su modernización y europeización García Rodero pone el foco en la España más ancestral y profunda, con imágenes llenas de ternura y de dolor, de inocencia y de retorcimiento barroco, en una de las obras más singulares en la historia de la fotografía española, realizada a lo largo de tres décadas, y en la que el realismo y lo onírico se confunden deliberádamente. “Me gustaría dejar la cámara y bailar con la gente, pero no puedo” ha dicho Rodero de su obra, que tiene en el rito y la fiesta algunos de sus temas centrales, y en la que considera que es fundamental una mirada “con respeto” al fotografiado.

García Rodero estuvo este fin de semana en Avilés invitada por el Centro Niemeyer para inaugurar la exposición, y donde reivindicó el creciente protagonismo femenino en la agencia. “Mi fin es hablar de la vida, y la fotografía es un pretexto” explicó la autora, que no ha dejado de fotografiar durante la pandemia, a pesar de ser persona de riesgo: “Era un momento histórico y tenía la necesidad de contarlo”.


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