Así empezó la Guerra Civil en Gijón: la reválida del 34

La derrota de los golpistas abrió paso a más de un año de revolución en el que la economía local se colectivó y la ciudad tuvo un alcalde de la CNT.

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Héctor González
Héctor González
Es historiador, sindicalista y anarquista.

La fecha del inicio de la Guerra Civil da para anécdota. Oficialmente dio comienzo el 18 de julio de 1936, pero la Legión se sublevó en África el 17. En Asturias habría que esperar al día 19 para que se iniciasen los combates, pero resulta que en Gijón esto no sucedió hasta el 20 de julio.

Si en Asturias todo comenzó con retraso se debió principalmente a un motivo: el recuerdo de los recientes sucesos de octubre de 1934, de los que todo el mundo había extraído valiosas lecciones. El coronel Aranda, jefe militar de la provincia, esperó al día 19 porque tenía muy claro que antes de sublevarse debía aligerar el contingente de mineros disponibles (enviándolos a Madrid) y concentrar a la Guardia Civil en Oviedo, para evitar que fueran blanco fácil en sus cuarteles y poder contar con el mayor número de fuerzas para defender una ciudad que, sabía, sería objeto de duros combates, como dos años antes.

En Gijón comandaba la plaza el coronel Pinilla, jefe del regimiento Simancas nº40, ubicado en el colegio de la Inmaculada y que había sido desplazado a Gijón en el verano de 1935  con el fin de reforzar la ciudad ante posibles intentonas revolucionarias. En El Coto, por su parte, se ubicaba el batallón de zapadores a los que había que sumar a la Guardia Civil. En total, unos 900 militares abundantemente armados esperaban el momento oportuno para sublevarse.

La fecha indicada desde por Aranda para sumarse al golpe era el día 19, pero en Gijón hubo de abortarse la misión al descubrir que una de la compañías del Simancas pretendía mantenerse fiel a la república. Sería finalmente en la mañana del 20 de julio cuando daría comienzo en la sublevación en la ciudad… pero no pudo ser.

Y es que no solo los militares habían aprendido lecciones del octubre asturiano, entre las fuerzas obreras también se había tomado buena nota de todo lo acontecido. El 17 de julio, nada más conocerse las noticias de la sublevación de África, la CNT procedió a escoger una Comisión de Defensa Local, integrada por sus principales líderes regionales, que se dirigió al Ayuntamiento para reunirse con la corporación y los militares de la ciudad. Aunque estos últimos manifestaron su adhesión a la república, los anarquistas no tenían intención de propiciar que el Ejercito pudiera dominar zona alguna de la ciudad, como había ocurrido en el 34 a consecuencia de la falta de armamento.

“El día 19 llegaron de La Felguera varios cientos de libertarios que aportaban además, grandes cantidades de dinamita, fusiles, cartuchos y pistolas”

Junto con el PCE, procedieron vigilar estrechamente los cuarteles, a recuperar las escasas armas disponibles de la revolución y a presionar, exitosamente, para que la Guardia de Asalto facilitase armamento a los grupos confederales. En octubre de 1934, la falta de armamento había impedido a los revolucionarios dominar la ciudad y a pesar de los esfuerzos, ese riesgo permanecía presente. Para evitar revivir la dramática situación de la revolución, el día 19 llegaron de La Felguera varios cientos de libertarios que aportaban además, grandes cantidades de dinamita, fusiles, cartuchos y pistolas.

Cuando la mañana del día 20 julio dos compañías del Simancas pretendieron ocupar posiciones estratégicas en diferentes puntos de la ciudad, los grupos armados de la CNT, y en menor medida, por la UGT y el PCE, evitaron que los militares pudieran salir de los cuarteles. A partir de este momento y durante un mes, las plazas militares de Simancas y El Coto fueron hostigadas y asediadas, sin que sus miembros pudieran salir de las mismas. Si la lucha se extendió durante un mes se debió a la falta de preparación de los combatientes obreros y a los apoyos militares de los sublevados. El buque de guerra Almirante Cervera atacaba desde la bahía las posiciones estratégicas del bando republicano y a mediados de agosto se produjeron bombardeos aéreos sobre la ciudad. Pero, aunque tarde y tras muchos problemas, el 21 de ese mismo mes las fuerzas de la reacción eran definitivamente derrotadas.

Con dos años de retraso sobre lo planeado y en un escenario que no era el elegido, las fuerzas obreras consiguieron por fin hacerse los dueños de la ciudad durante un periodo de 15 meses. Y se notó. No fue la revolución planeada, pero sirvió para organizar y gestionar la ciudad de una manera muy diferente, acorde a los principios transformadores del movimiento obrero y con claros tintes libertarios.

El Comité de Guerra, elegido el 21 de julio de 1936, dio paso en octubre a una gestora municipal en la que fue elegido Alcalde Avelino González Mallada, uno de los principales dirigentes regionales de la CNT. Hubo que ponerse a reorganizar la vida de la ciudad. Durante más de un año, la industria pesquera estuvo colectivizada y las fábricas pasaron a control directo de los trabajadores y de los sindicatos. Para hacer frente a las venganzas y la represión incontrolada se constituyó un tribunal popular que otorgase garantías procesales a los acusados. Ante los problemas de abastecimiento derivados de la guerra, el Comité de Abastos habilitó cocinas especiales que garantizasen un reparto equitativo y suficiente de alimentos y productos de primera necesidad entre la población. En el orden lúdico, para ofrecer distracciones, el Control de Espectáculos promovió funciones públicas al aire libre.

Y el urbanismo, sobre todo el urbanismo. Un empeño personal de Mallada fue el de reorganizar la estructura urbanística de la ciudad. Para ello, primero hacía falta demoler edificios que posteriormente dejaran paso a parques, plazas, espacios abiertos y nuevas construcciones. Uno de los frentes de acometida más importantes sería el de la playa San Lorenzo, que en los planes de Mallada era una cosa muy diferente a la actual. Para liberar espacio se derribaron la iglesia de San Pedro (en estado de semi ruina tras un incendio provocado durante los combates) y el Hospital de Caridad, que daría lugar a los actuales jardines del Náutico.

También  se tenía proyectado el derribo del martillo de Capua, pero no pudo ser. Hoy el martillo sigue en pie, recordándonos lo que pudo haber sido y no fue. Recordándonos que en 1936 las fuerzas obreras aprobaron la reválida de 1934 y pudieron organizar con éxito la vida local durante más de un año, a pesar de las circunstancias.

En contra de lo que pasaría en Barcelona, Aragón o Madrid, en Asturias en general y en Gijón en particular, entre las fuerzas antifascistas nunca llegó la sangre al río, a pesar de las notables divisiones políticas y organizativas. Problemas y enfrentamientos entre las diferentes fuerzas hubo varios y no menores, pero los objetivos estaban claros: guerra y revolución iban de la mano. La vida y las estructuras sociales podían transformarse, aunque finalmente este hecho solo durase un año.

Pero hoy el martillo de Capua sigue en pie, recordándonos que en 1937, sola en mitad de la tierra, Asturias no pudo superar su, por aquel entonces, último salto.

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