Un viaje a Sarajevo con Albert Camus

La capital de Bosnia es la ciudad idónea para tomarle el pulso a una región híbrida, fronteriza y contradictoria

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

De no haber muerto en aquel accidente de coche en 1960 Albert Camus habría celebrado su ochenta cumpleaños en 1993, en plena guerra de Bosnia. Imagino a Camus retirado en algún pueblo costero de su Argelia natal, nadando en el Mediterráneo y cenando en el puerto con los pescadores. Veo a un Camus envejecido, pero aún enérgico y despierto, leyendo el periódico en un café de la medina, saludando a los vecinos y conversando con los jóvenes. Seguramente tuviese un televisor por donde vería hileras de refugiados desesperados, ciudades en ruinas y paramilitares borrachos. Escucharía a Slobodan Milošević y a Radovan Karadzic, ideólogos e instigadores del exterminio en pro de una “Gran Serbia”. Y quizá aquello le recordase lo que escribió cuando acababa de cumplir los treinta y dirigía un periódico clandestino en la Francia ocupada por los nazis:

“Me decía usted: “La grandeza de mi país no tiene precio. Todo cuanto pueda consumarla es bueno. Y en un mundo en el que ya nada tiene sentido, los que, como nosotros, jóvenes alemanes, tienen la suerte de hallarle uno al destino de su nación, a él deben sacrificarlo todo”. Yo le apreciaba entonces, más ahí es donde ya me distanciaba de usted. “No”, le decía, “no puedo creer que pueda sacrificarse todo al fin que se persigue. Hay medios que no se justifican. Y querría poder amar a mi país y a la justicia al mismo tiempo. No deseo para él no importa qué grandezas, y menos aún la de la sangre y las mentiras. Haciendo vivir a la justicia es como quiero hacer vivir a mi país”.

Entre 1943 y 1944 Camus redactó sus cuatro Cartas a un amigo alemán, publicadas en las revistas Revue Libre y Cahiers de Libération y recopiladas en un libro después de la guerra. Aunque no es una de sus obras más recordadas, en estas cartas escritas desde el corazón de la bestia y concebidas como munición de combate encontramos los mismos fogonazos de lucidez, el mismo vigor indómito y la misma tensión moral que en sus grandes títulos.

Estaba eligiendo los libros que llevaría—me cabían dos como mucho—a un viaje de casi un mes por los Balcanes cuando di con las Cartas a un amigo alemán, que ya había leído unos años atrás, y creo recordar que un par de veces. Pese a ello quise meterlo en la mochila; quise releerlo por tercera vez en ese viaje aunque tuviese que renunciar a llevarme otro libro aún por leer. Pensé que esa voz brava y generosa del joven Camus, esa voz que se prohíbe el revanchismo y la venganza“solo detesto a los verdugos” —, podría ayudarme a seguir las huellas de la violencia y la sinrazón, tan recientes en este rincón de Europa al que querríamos relegar más allá de nuestras fronteras. Los Balcanes siempre a las puertas del continente, pero no entre nosotros. Quise que fuesen sus ojos y sus palabras las que desbrozasen ese trágico enigma de la guerra, del odio, la tiranía y la resistencia.

Fui leyéndolo por las llanuras de Hungría tras dejar Budapest. Me acompañó cuando atravesábamos esos campos de maíz serbios que parecen no acabarse nunca. A lo lejos, en el horizonte, sobre las plantaciones se asomaba de vez en cuando una cúpula ortodoxa resplandeciendo con la luz del atardecer. Pasamos sobre el Danubio, vimos los suburbios de Belgrado y la estación de autobuses en Novi Sad. Luego la orilla del río Drina, en la frontera entre Serbia y Bosnia, y las carreteras de curvas imposibles que serpentean entre los pinares de los Alpes Dináricos. Estuvimos juntos en Sarajevo antes de conocer la Herzegovina de los olivos y los limoneros, las aguas cian del Neretva y el puente de Mostar a medianoche.

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Sarajevo es una ciudad atropellada una y cien veces por el ímpetu enfebrecido de la Historia. Churchill sentenció aquello de que los Balcanes producen más historia de la que son capaces de consumir, pero sospecho que esa es una forma distorsionada de entender lo que pasa allí. La capital de Bosnia-Herzegovina, en cualquier caso, es la ciudad idónea para tomarle el pulso a esta región híbrida, fronteriza y contradictoria. Aquel Ángel de la Historia del que Walter Benjamin escribió que “amontona ruina sobre ruina” ha sobrevolado unas cuantas veces los minaretes que puntean Sarajevo, sus catedrales, bibliotecas y mercados. Y cuando Camus recibió el Nobel en 1957 recordó en su discurso que el escritor “no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren”.

Ajedrez en Sarajevo FOTO: Bruno Pardo

Y quienes han sufrido la historia son esos sarajevitas que se sientan en los kafana cercanos a la mezquita Gazi Husrev-Beg; los ancianos que pasean al perro junto al río Miljacka y regresan a casa con pan y bolsas de fruta cruzando el puente en el que Gavrilo Princip asesinó al archiduque Francisco Fernando; los jóvenes que fueron niños bajo el asedio y ahora abarrotan cervecerías y salas de conciertos una noche cualquiera de entresemana. Sarajevo palpita con una vivacidad apacible y obstinada, como si acogiese en su memoria esas pocas certezas que bastan para preservar la dignidad y la alegría. Ahí están las pandillas de jubilados que juegan al ajedrezen una plazuela frente a la catedral ortodoxa: unos fumando en silencio, abstraídos en la partida, otros dicharacheros y criticones cuando un jugador mueve su alfil al tuntún. “Hay cosas que ustedes no pueden ahogar en sangre”, le advirtió Camus al ficticio amigo alemán al que le dirigía sus cartas:

“Ustedes hicieron cuanto hizo falta para hacernos entrar en la historia y ya estamos en ella. Durante cinco años ha sido imposible gozar del piar de los pájaros en el fresco atardecer. No ha quedado más remedio que desesperar (…) Desde hace cinco años no hay sobre esta tierra una sola mañana sin agonías, una noche sin cárceles, un mediodía sin matanzas. Pero nuestra difícil hazaña consistía en seguirles en la guerra sin olvidar la felicidad. Y a través de clamores y violencias, tratábamos de conservar en nosotros el recuerdo de un mar feliz, de una colina nunca olvidada, la sonrisa de un rostro querido. Era esa nuestra mejor arma, la que jamás depondremos; pues si un día la perdiéramos, estaríamos tan muertos como ustedes”.

En casi ninguna otra ciudad de la antigua Yugoslavia había tantos matrimonios mixtos o interétnicos como en Sarajevo, donde rondaban entre el 35 y el 40%.  Los sarajevitas de 1992, acostumbrados a vivir en el mestizaje, no tenían nada que ganar con la guerra. La violencia en Sarajevo fue ignominiosa y desigual desde el comienzo. Las primeras víctimas del cerco, acribilladas por francotiradores serbios apostados en el hotel Holiday Inn, fueron diez de los asistentes a una multitudinaria manifestación en favor del diálogo y la solución pacífica del conflicto.

Fachada en Sarajevo FOTO: Bruno Pardo

El heroísmo de los sarajevitas fue impuesto a la fuerza; un heroísmo no buscado, que asumieron a desgana y sin vocación. Pero es ese el único heroísmo que merece tal nombre, y no el arrojo homicida de los verdugos agazapados en las colinas que rodean la ciudad. Durante 1500 días—del 5 de abril de 1992 al 29 de febrero de 1996—Sarajevo fue una ratonera sin escapatoria atacada con morteros, francotiradores y artillería pesada.   

— Se decía entonces, y se sigue diciendo—nos explicó la guía del free tour, una heavy recién entrada en la treintena- que los sarajevitas teníamos algo especial, una capacidad de resistencia por encima de lo normal. Y no, no es que estemos hechos de otra pasta: simplemente somos humanos.

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En nuestra primera mañana en Sarajevo nos encontramos una ciudad en estado de excepción. La noche anterior, a nuestra llegada, habíamos visto el centro muy animado, con bares y restaurantes llenos. Por eso nos extrañaba que en el hostel nos recomendasen, casi nada más entrar, que no fuésemos al centro la mañana siguiente.

Parece ser que llevaba meses hablándose del tema en la ciudad. A los políticos nacionalistas, a los popes ortodoxos y a los imanes les parecía un escándalo que se celebrase en Sarajevo una marcha del Orgullo Gay. Unos años antes, nos explicaron, se había intentado hacer una, pero las presiones y amenazas de grupos religiosos hicieron desistir a los activistas. Esta vez no tuvieron la fuerza suficiente para impedírselo. Era 8 de septiembre de 2019 y lucía el sol en Sarajevo pese a algunas nubes dispersas en lo alto de las colinas.

Hacia las 11 ya estábamos bajando al centro, y lo que nos encontramos fueron avenidas desiertas, calles cortadas, antidisturbios en cada esquina e incluso algunas patrullas militares. Frente al hotel Holiday Inn, en una de las arterias principales de Sarajevo, hablamos con un grupo de jóvenes, de entre 16 y 20 años, con pancartas y banderas arcoíris. Estaban tratando de acceder al lugar desde el que empezaba la manifestación, pero los agentes que custodiaban las bocacalles, nos contaron, no les dejaban pasar por ninguna. Unos minutos antes habíamos visto a otro grupo de chavales, estos de cabeza rapada y chándales negros, guardándose piedras en los bolsillos.

Marcha del Orgullo Gay en Sarajevo FOTO: Bruno Pardo

Bosnia da la impresión de sostenerse sobre un equilibrio muy frágil, con un sistema político e institucional enrevesado y con la memoria de la guerra envenenando la convivencia entre grupos étnicos.  Pero esa mañana en Sarajevo estaba sucediendo algo que cortocircuitaba esa hostilidad identitaria, estaba hablando una voz que planteaba otras preguntas y proponía otras aspiraciones para la sociedad bosnia. La ciudad se asomaba con vértigo—y con muchísima policía—a esas nuevas preguntas que le toca responder.

Esa misma noche nos contó un bosnio que unos días antes, bajo un tenaz aguacero, una marcha había recorrido el centro de Sarajevo “en defensa de la familia tradicional”. Esta nostalgia de “lo tradicional” o “lo auténtico”, tan atractiva cuando nos enfrentamos a un mundo un poco más desconcertante cada día, puede ser solo un acto reflejo defensivo, una reacción de emergencia ante el acecho de lo desconocido.  Pero, a la larga, instalarse en ese espejismo de fortaleza asediada solo puede conducir a la paranoia y a la hostilidad contra “otros”, los “otros” que sean o los que toque, a quienes habrá que cobrarles la osadía de haber destruido el armonioso mundo de ayer.

La manifestación del Orgullo Gay pasa frente a una mezquita FOTO: Bruno Pardo

Porque quien añora la pureza y la integridad de una tradición añora también, lo admita o no, una inquisición que vele por ella. Añora un poder capaz de restaurar el orden y castigar a sus corruptores. Y en pocas ciudades como en Sarajevo se puede ver tan claro cómo esa quimera insensata de la pureza despierta el apetito de sangre.

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Tras pasar por un control de la policía que cacheaba a todos los asistentes, había que llegar hasta el final del callejón para dar a la avenida por la que transcurría la marcha. Los manifestantes se aglomeraban en la calzada, pues ambas aceras estaban tomadas por sendas hileras de antidisturbios, con una separación de unos cinco o seis metros entre cada agente. En cuanto ponías un pie en la acera un policía te instaba con un gesto a que volvieses atrás. Una vez que entrabas no podías salir hasta llegar al final. Daba la impresión de que caminábamos sobre un terreno incierto, y que no era posible saber lo que pasaría al llegar a la siguiente cuadra. Pero se seguía andando, y aunque la tensión era muy evidente, lo era también el júbilo. Un júbilo cauteloso pero vivificante, como cuando cesa la asfixia y vuelve a entrar aire en los pulmones.

El recorrido se demoró durante algo más de una hora sin que hubiese incidentes. Al final de la marcha empezó a llover, aunque el sol seguía luciendo, y comentamos lo bello que sería que saliese el arcoíris a saludar a los manifestantes. Mala suerte la nuestra, pero el cielo de Sarajevo no quiso regalarnos una metáfora tan precisa. Antes de terminar se leyó un manifiesto y se cantó el Bella Ciao, y luego los asistentes empezaron a disolverse. La organización recomendaba hacerlo por grupos y no en solitario. Por razones de seguridad, claro.

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Los días siguientes, paseando por la ciudad, sentimos en Sarajevo una vitalidad conmovedora. Vimos fuentes, mezquitas, catedrales, mercados y muchas tumbas de mármol, por todas partes, en los parques y junto a las aceras. Pasamos sobre el Puente Latino, donde el nacionalista Gavrilo Princip asesinó al archiduque Francisco Fernando y donde Europa empezó a hundirse en el cenagal de sangre que fue la primera mitad del siglo XX. Es sin duda un lugar que carga con un pasado espinoso, pero tuvimos la impresión de que es también una ciudad dispuesta a sobreponerse a sus fantasmas. Como cuenta Camus que se sobrepuso Europa a la barbarie nazi:

 “Y así sé que todo en Europa, el paisaje y el espíritu, les refuta a ustedes tranquilamente, sin odio desordenado, con la serena fuerza de las victorias. Las armas de que dispone contra ustedes el espíritu europeo son las mismas que posee esta tierra que renace sin cesar en cosechas y corolas. La lucha que mantenemos posee la certidumbre de la victoria porque tiene la obstinación de las primaveras”

Es difícil no pensar que todas esas personas con las que te cruzas—la que te vende las entradas del museo, el que te sirve la cerveza, el que conduce el autobús—posiblemente hayan pasado tres años de su vida viviendo en un sótano y ocultándose de los francotiradores. Es difícil no hacerlo, sí, pero también pienso que es injusto verlos solo y siempre así. No pensarlos de otra forma más que como víctimas de una guerra, como seres marcados por el trauma en un país maldito e incapaz de sacudirse los agravios.

Una tienda de Sarajevo FOTO: Bruno Pardo

Está bien, ¿pero entonces debemos pasar por alto como si nada un episodio tan brutal?, ¿deberemos hacer como que no ha sucedido cuando hablemos con un sarajevita de más de 25 años?, ¿yo debería preguntarle a Ana, la dependienta de la tienda de ropa que hay debajo de mi casa en Oviedo, por lo que recuerda de su infancia durante el cerco?, ¿es una obligación moral hacerlo, prestar atención a sus testimonios?, ¿o es una impertinencia que encasilla y reduce a una persona a la condición de víctima de una guerra que terminó hace casi treinta años?

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El verano pasado entrevisté para El Salto a Semir Mujkić, un periodista bosnio que es editor jefe del Balkan Investigative Reporting Network (BIRN) en su país. El medio acababa de ganar el Premio Especial del Jurado en el European Press Prize por sus investigaciones sobre los crímenes de la guerra y las tramas de corrupción en Bosnia. Estas son algunas de las cosas que me dijo:

“El nivel de corrupción que hay en Bosnia es característico de países en transición que intentan recuperarse de guerras y grandes crisis. La guerra destruye la vida de la gente y sus trabajos, pero el proceso de recuperación es también muy difícil. Es mucho más fácil radicalizarse en sociedades frágiles. La sociedad bosnia es frágil debido a la guerra, y el Estado es incapaz de combatir la radicalización”

“Es muy desalentador ver el número de jóvenes que se están marchando, todos lo sentimos. Hay estimaciones que aseguran que Bosnia ha perdido más de un millón de habitantes la última década, y si son ciertas estamos avanzando hacia una sociedad muy triste. Tenemos pueblos completamente vacíos y algunas ciudades casi lo están buena parte del año. Algunos de mis mejores amigos se han marchado y no lo hicieron por falta de trabajo o malos salarios, de hecho tenían trabajo y buenos sueldos pero no querían seguir viviendo así. Querían una vida “normal”, sin tener miedo a una nueva guerra ni aguantar las narrativas nacionalistas. No puedo culparlos, pero los echamos mucho de menos”

“El caso de Handke no se le puede atribuir tanto a Bosnia como al auge del revisionismo y la negación del genocidio en Europa. Handke es un problema europeo más que bosnio. Como europeos, deberíamos discutir qué implica darle un Nobel y si es algo que alienta el negacionismo del genocidio. Esa es una cuestión civilizatoria, no local, pues puede afectar a toda Europa. Ya hemos visto cómo los criminales de la guerra de Bosnia son una inspiración para la extrema derecha.”

“Los acuerdos de paz consiguieron parar la guerra pero han fracasado a la hora de resolver los grandes problemas de nuestra sociedad. Fueron concebidos como una solución temporal, no como una constitución permanente, y por eso no debemos tomarlos como tal. Los acuerdos deben mejorarse si quieren cumplir los objetivos para los que fueron concebidos”

“Según los datos de la fiscalía del Estado, más de 850 personas han sido condenadas a más de 2.700 años de prisión por crímenes de guerra. No obstante, todavía hay muchos casos por resolver, y por eso escribimos sobre las víctimas olvidadas, las víctimas de esos crímenes que nunca fueron castigados. Ellas esperan que todos los crímenes sean perseguidos, pero lo cierto es que es difícil conseguirlo”

“Las heridas que dejó la guerra necesitan mucho tiempo para cicatrizar. El recuerdo de las personas queridas que fueron asesinadas aún sigue fresco. Cientos de familias siguen buscando a sus desaparecidos; se siguen encontrando fosas comunes. Para avanzar aún debemos hablar mucho sobre los crímenes que se cometieron e investigar más de lo que lo estamos haciendo ahora.”

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La última noche, era lunes, empezamos a beber temprano. Nos habían dicho que no podíamos marcharnos de Sarajevo sin ir a una fiesta bosnia, con licor de rakia y orquesta de fanfarrias, que se celebra todas las semanas en un antiguo cine de la época yugoslava. Desde unas horas antes, en la terraza del hostel, estuvimos bebiendo con un venezolano, una argentina, varios australianos, un japonés, un ruso y un canadiense de padres sarajevitas, sobrino por cierto del primer embajador de Bosnia-Herzegovina en España.  

Con él hablamos de Goya y del Museo del Prado, de las secuelas de la guerra, de las fachadas que nadie arregla, de la contaminación en Sarajevo y también de la manifestación del Orgullo. Y en algún momento de la conversación nos dijo que sí, que al final sí que había salido el arcoíris al terminar la marcha, aunque nosotros no lo vimos, y nos enseñó una foto en su móvil.

Querido Albert: ahí la libertad, la belleza y la alegría, nunca del todo derrotadas.

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2 Comentarios

  1. Seguramente Camus no hubiese llevado bien la intencionada confusión entre víctimas y verdugos que dura ya casi 30 años. Todo lo interesante dicho en el artículo pierde valor cuanto parece firmado por el Sr.Solana o la OTAN. Sugerencias al autor: Lea sobre la Segunda Guerra Mundial en los Balcanes y lea sobre el Sitio de Sarajevo. Luego piense si las piezas del puzzle encajan. Quizás valga todo lo escrito, a mí me ha gustado su.artículo. Pero debe encontrar otra manera de relacionar a los dirigentes serbios y sus crímenes con la obra de Camus.

  2. Un artículo excelente. Vuelvo a creer en el periodismo, lo que ya va siendo difícil para mí, visto lo que he visto. Ver, si no, Calumnia con “perfil delincuencial” en este mismo medio.

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