“Rodando ‘Destello bravío’ descubrí lo poético de aferrarse a la tradición e identidad”

Ainhoa Rodríguez presenta en el FICX su galardonada ópera prima, con un relato revelador, siniestro y poético.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Durante la última edición del Festival de Málaga, sonó el petardazo con Destello bravío, la película con la que su directora extremeña, Ainhoa Rodríguez, ganó el Premio Especial del Jurado y al Mejor Montaje, decidida a contar al espectador de un modo revelador y poético, provocador y siniestro los fantasmas del patriarcado, el erotismo en lo femenino como un acto de rebeldía y los espectros políticos de una España vacía, alejándolos de los tópicos y los estereotipos usuales. En su película se condensa el cine de Buñuel con la misma densidad que el cine de Fellini, Saura o David Lynch, desde un relato feminista, que rompe la dualidad entre lo urbano y lo rural. Destello bravío es una película que comparte una gramática audiovisual telúrica, hermosa y extraña. El siglo XXI es un siglo ocupado por fantasmas.

Destello bravío atrapa la retina del espectador desde una fotografía muy sofisticada para hablar del mundo femenino rural. Creo que esa fotografía se convierte en una estrategia poética que se mueve entre la fascinación por lo grotesco en sentido felliniano y el misterio siniestro que alimenta el cine de Lynch. ¿Cómo surge la idea de plantear una reflexión sobre la España vaciada desde estos planteamientos?

Creo que esta película nace, como tantas otras, del impulso misterioso que tenemos algunas autoras y autores de volver al origen, a la raíz. Se trata de un impulso que nos insta a combinar la creación con esa alquimia de las raíces. Yo provengo de Tierra de Barros, mi familia paterna es de allí. Me he criado en Almendralejo, en la capital, y estaba poseída por el sentimiento de que esa tierra me pertenece o, de alguna manera, yo le pertenezco a ella. Tampoco necesitaba atraparla porque ya formaba parte de ella. De alguna manera, me empujó el deseo de reencontrarme con los orígenes. Por otra parte, apetecía trabajar con actrices naturales. Había tenido experiencias previas en seriales, porque la materia prima que te dan es tan alucinante, tan rica, tan porosa… Es toda una vida la que te ofrecen con una generosidad y con un esfuerzo asombroso. Obviamente, esa circunstancia entonces me ofrecía mucho estímulo creativo; es como volver a la infancia y volver a jugar. Finalmente, me motivó también una posición política o ideológica, rodar en un pueblo perdido, tocado de muerte por la despoblación, con mujeres reales que representaban la tercera edad invisibilizada en el cine, con cuerpos no normativos, alejados de los típicos estereotipos cinematográficos, con un acento extremeño muy marcado, unas costumbres y una tradición que querían que fueran registrados en planos secuencia fijos largos. Había, por tanto, una voluntad predeterminada: escapar del cine convencional. Porque el cine es algo más que una industria que repite las mismas fórmulas una y otra vez.

“El cine, aunque no lo sepan los autores que lo hacen, es ideología”

Y para lograr esa fórmula, es inevitable recurrir a las tradiciones cinematográficas. Esas mujeres que no desentonarían absolutamente nada en una película de Fellini y que gozan de un encanto siniestro, no por ellas mismas, sino por las localizaciones que has escogido: la noche, los páramos, las casas de los terratenientes proyectando su poder. O la captura de esos momentos, ajenos a la narración, realmente telúricos, como el águila que se planta al final de la película en el salón de uno de ellos. Retratan muy bien lo siniestro, abre un desgarrón en la realidad para evocar fantasmas.

Lo siniestro es condición indispensable para lo bello. Me gusta el cine que se mueve en ese ligero límite entre lo bello y lo siniestro, que es donde se debe mover el pulso de la narración. La belleza por belleza no tiene sentido, hay que ir más allá y la película se mueve en ese margen. Yo te diría que, hablando de las mujeres, las reminiscencias a Fellini son ciertas, pero que esas mujeres le darían de leches al relato felliniano. Reconociendo que ha sido un cineasta que admiro mucho, su relato es misógino y estas mujeres toman las riendas del deseo absoluto o por lo menos claman por esa necesidad. Mi punto de vista personal no pretende tampoco ser maniqueo. Las mujeres de Fellini representan estereotipos que funcionan fenomenalmente. Cuando hablas de lo siniestro, a mí me interesa abrir heridas. No me interesa no enfrentarme a esquinas, me interesa enfrentarme a conflictos, meollos, me interesa meterme en follones y, evidentemente, en esta película pisamos charcos y metemos la mano en el barro.

Siguiendo un poco con esa idea de lo siniestro, el pueblo ya es en sí mismo un espectro que recuerda un poco esa idea establecida por el pensador Mark Fisher. La historia más oscura de este país con el fondo del patriarcado e incluso la brecha entre clases entre las propias mujeres antes de desembocar en un delirio erótico pretende sustanciarse en la imaginería de ese pueblo.

Me gusta mucho que me digas eso porque un periodista afirmaba que Destello bravío tenía la cualidad de una estrella cósmica que la mirabas y brillaba, pero no sabías si estaba muerta hace mucho tiempo. Es verdad que esos seres suspendidos en el tiempo podrían estar muertos, porque se suceden en una repetición de tradiciones o viven aferrados a una tradición. Yo iba con esa idea de una parte rancia, tradicional, injusta, pero descubrí la parte poética de ese aferramiento del pueblo a la tradición y a la identidad, a un último resquicio al que agarrarse como si fuera el alma o su propia existencia. Y aunque refleja una situación muy injusta, no tengo yo muy claro que lo que se vea en las grandes ciudades sea mucho mejor.

Destello bravío evoca una gramática audiovisual emparentada con el cine de David Lynch, que transcurre en Los Ángeles, Hollywood, para demostrar que los espectros también conviven en la gran ciudad como en un pueblo extremeño. Precisamente cuando analizamos lo siniestro nos referimos a algo que está donde no debería estar y a aquello que no está donde debería. En ese pueblo parece que sucede lo mismo. Viven ya en una época que no les pertenece

Sí, hay una poética similar a la de Lynch. Eugenio Trías se refería a esta idea de lo siniestro cuando remitía a una oreja en el jardín de Terciopelo azul, que rompía la vida cotidiana. El pulso narrativo del autor está ahí, que debe ser muy medido, bien para no caer en lo pornográfico, bien para no caer en lo terrorífico o en el estereotipo más burdo. 

A pesar de que puedan parecer fantasmas o muertos, hay un componente político que está muy claro. Quiero decir que cada plano de esta película, como podría afirmar el actor Toni Servillo respecto del teatro, sitúa al espectador en un espacio político de discusión. La fotografía en este film, exquisita, telúrica, muy trabajada, tiene un componente moral, muy político, no solo estetizante.

Absolutamente. La estética sin una ética no tiene razón de ser. El cine, aunque no lo sepan los autores que lo hacen, es ideología. Cuando tú haces un plano secuencia fijo con actores con acento, en un pueblo, y encierras a sus personajes en el territorio al que pertenecen y lo ensalzas poéticamente, al atraparlo en un cuadro que es su propio universo, estás haciendo política. Luego está la idea de que el espectador forme parte y participe intelectualmente en la película y no se quede atontado mirando planos que no se comprenden, aparentemente puro entretenimiento.

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