Asturiano de nacimiento, malagueño de finanzas

Cajastur invertía en la comunidad y su obra social estaba fuertemente imbricada en la vida de la gente

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Sergio C. Fanjul
Sergio C. Fanjul
Es poeta, periodista y escritor. Colabora habitualmente con el diario "El País". Su último libro es "La ciudad infinita".

Hay algunas cosas que recuerdo con especial viveza de mi juventud: la triste figura de Kurt Cobain, el kalimotxo con licor de mora del bar Chiribí, la Caja de Ahorros de Asturias. Cuando, a finales de los años 90, uno se matriculaba en la Universidad de Oviedo, era obligatorio abrirse una cuenta en Cajastur y con esa cuenta te daban una tarjeta de débito, y esa tarjeta de débito era, al mismo tiempo, tu carné universitario, con el que podías identificarte como estudiante, acceder a ciertas ofertas o sacar libros de la biblioteca. En la tarjeta salía una foto tuya, y estabas guapo, porque eras joven.

“Las cajas de ahorros se convirtieron en bancos y la obra social tan potente desapareció, dejando a la ciudadanía más huérfana de ayudas económicas y de sentimiento comunitario”

Me parecía una terrible intromisión del sector financiero en la academia, pero el caso es que Cajastur estaba fuertemente imbricada en la vida de los asturianos. Como las cajas de ahorro invertían una parte muy importante de sus beneficios en la sociedad, su presencia era ubicua. En las fiestas de prao las vallas y las mesas de plástico eran de Cajastur. Los maratones o los campeonatos de ajedrez de pueblo eran patrocinados por Cajastur. Cajastur tenía un moderno centro cultural en el centro de Oviedo donde veíamos películas de Takeshi Kitano o asistíamos al concierto de Meteosat. Había chapas y camisetas de Cajastur por muchos lados, y un equipo en la Vuelta Ciclista. El primer premio de literario que gané, el Asturias Joven de Poesía 2008, era también patrocinado por Cajastur, con sus buenos 6.000 euros y la publicación del poemario (Otros demonios, KRK).

Después de la Gran Recesión se acabaron las cajas de ahorro, que provenían en gran parte de antiguos montes de piedad, de esos que aparecen en las canciones de la tuna y en los que la gente empeña las joyas de la difunta abuela. Era una concepción de las instituciones de crédito muy social y muy pegada a la realidad de cada territorio, una banca un poco más campechana, cercana y amable. Según parece, aunque nunca me enteré muy bien de los tediosos detalles del asunto, estaban podridas por los tejemanejes de los políticos, los sindicatos, los gestores que estaban al frente de las entidades y que las llevaron a la quiebra de forma negligente.

Las cajas de ahorros se convirtieron casi en su totalidad en bancos y aquella obra social tan potente desapareció, o dejó un resto simbólico, dejando a la ciudadanía más huérfana de ayudas económicas en la cultura, la vivienda, la tradición o la juerga, y de sentimiento comunitario. Siempre me he preguntado si aquello se podría haber arreglado de forma más favorable a la ciudadanía y no a los que siempre se llevan los favores.

“Muchísimos asturianos han sido privados de su asturianidad bancaria para ser clientes de una entidad con sede en las lejanas costas de Málaga”

Las cuentas de Cajastur pasaron a ser parte de una entidad bancaria llamada Liberbank, y años después, hace poco, Liberbank fue absorbido por Unicaja, un banco malagueño que, en tiempos, también fue una caja. Ahora los de Unicaja quieren hacer un ERE y hay un buen lío montado, pero lo peor es que muchísimos asturianos han sido privados de su asturianidad bancaria para ser clientes de una entidad con sede en las lejanas costas de Málaga, lo que se hace muy raro cuando uno saca pasta bajo el orbayu astur.

Lo más curioso es que aquella cuenta creada hace más de 20 años, en mi primer día de universidad, es la que sigo utilizando principalmente, pero que es como si ya perteneciera a otra persona que no soy yo y que come pescaíto frito en una costa lejana.

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