El final del “Pasaporte Covid”

Ha durado menos de un mes, y es que en una región con más del 90% de su población vacunada, efectivamente, la medida no tenía ningún sentido.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

El gobierno de Adrián Barbón anunció este jueves que retirará el pasaporte covid la próxima semana. No hubo más explicación.  Casi un mes después se ha confirmado que la medida no ha servido de nada para contener el ascenso de contagios de la variante omicrón. Es curioso que el pasaporte llegó a Asturias con bastante retraso, quizá fruto de las dudas que generaba entre los expertos sanitarios y ha sido, tras Cantabria, una de las primeras comunidades en retirarlo. Conviene recordar que la aprobación del pasaporte provocó la dimisión de Rafael Cofiño, entonces director general de Salud Pública, quien afirmaba en su cuenta de twitter que el mejor pasaporte en Asturias era la mascarilla, la ventilación, los filtros y la distancia preceptiva en los espacios interiores. En una región con más del 90% de su población vacunada, efectivamente, el pasaporte no tiene ningún sentido.

“la postmodernidad se rebela contra la norma”

El domingo pasado, más de un centenar de antivacunas se manifestaron por las calles de Gijón contra el pasaporte Covid con un discurso trumpiano desesperanzador. La medicalización de la vida cotidiana, la invasión de la burocracia y la saturación de la atención primaria provocan este tipo de consecuencias.  Quiere decirse que las restricciones indirectas derivadas del pasaporte, lejos de aumentar la vacunación, lo único que han incrementado es la indignación de aquellos que han convertido la vacuna es una cuestión política relativa a su propia individualidad. La posmodernidad se rebela contra la norma. Y estén atentos, porque es la extrema derecha española la que se adaptará al discurso de la libertad y la individualidad en la próxima guerra cultural, a falta de un discurso de la izquierda que justifique la realidad.

Rafael Cofiño, ex director general de Salud Pública. Foto: Iván G. Fernández

Más allá de la majadura política que los respalda, quien crea que los antivacunas son poco menos que un grupúsculo freak, nacido al albur de alguna secta tibetana, se confunde. Su relato magufo trufado  de consignas apocalípticas, elevado a manifa  por el centro de la ciudad, no dejó de sorprender al flaneur que lo contempló desde su cuenta de instagram. Es cierto, tontopollas los hay en todas partes: a un lado del gobierno y al otro lado de la calle. Pero el antivacunas del otro día  pudo ser la batera punk de esa band feminista, vegana y bedesemera que ensaya en el taller de músicos, el posturitas ciclado del gimnasio que se rompe ante el espejo las piernas levantando el mundo rodeado de salvapatrias opositores a la policía municipal, el músico underground puesto de speed que se come a mordiscos la luna cada madrugada, el intelectual casposo que pasa las páginas del “Ulises” de Joyce con la uña viuda de su meñique derecho, el pensionista de la Línea 10 sentado en su banco de la Plaza Europa junto a una joven rumana sin pasaporte, la mulatona que no pudo bailar en la Bodeguita del Medio, apretada entre romeos y julietas sedientos de ron, el suicida del acantilado que compuso un soneto a los números rojos de su cuenta corriente y ese futbolista idiota que tiene pesadillas antes de pisar el estadio,  que sufre pensando que El Molinón convertirá en un borrón del paisaje. 

El pasaporte nos ha convertido a todos en polizones de nuestra propia ciudad y de nuestra propia rutina. Extranjeros de una ciudadanía que nunca reclamó el pasaporte ni en la biblioteca ni en el bar, pero que hacía sentirnos  partícipes de una peli absurda, esquizoide y reglamentada, que habría hecho las delicias de Foucault pero que, en el fondo, solo entorpecía un grado más nuestra pobre vida.

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