40 años de la oficialidad del gallego: Y ahora ¿qué?

En pleno debate sobre el futuro del asturiano, la dilatada experiencia gallega demuestra que el reconocimiento institucional es necesario pero nunca suficiente para revitalizar una lengua.

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Miguel Penas
Miguel Penas
Licenciado en Historia por la USC. Desde el 2001 trabaja en el campo de la comunicación tanto privada como institucional. Fue presidente de la Associaçom Galega da Língua de 2012 a 2015. En el mandato municipal 2015-19 ejerció como Coordinador de gabinete del Concello de Santiago

En pleno debate sobre la oficialidad del asturiano, en Galicia acabamos de celebrar los primeros 40 años de oficialidad para el gallego durante el pasado año 2021. Usar el verbo “celebrar” tal vez sea una exageración porque realmente la efeméride ha pasado bastante inadvertida tanto por parte del gobierno gallego y de toda la maquinaria administrativa, como por parte del tejido social de “defensa” de la lengua gallega. Curiosamente, quién más ha recordado este aniversario, salvo algún que otro acto puntual, ha sido el movimiento reintegracionista del gallego, precisamente la tendencia del galleguismo que quedó excluida en 1981. Justo en ese año el idioma gallego alcanzó su estatus legal actual, una vez aprobado el Estatuto de Autonomía en el que le fue reconocido legalmente como lengua oficial, junto al castellano, además de como lengua propia de Galicia. Es importante tratar de observar este acontecimiento histórico con la perspectiva que se merece porque la oficialidad del gallego es, realmente, una novedad en la historia de Galicia. Para tomar esa perspectiva sobre este hecho, tal vez sea suficiente con pararse a pensar que las y los gallegos de más de 50 años han vivido gran parte de su vida sin que la lengua gallega tuviera este carácter oficial. Eso significa que un porcentaje amplio de la población adulta, aún hoy, ha carecido del gallego en sus etapas formativas básicas y, sin embargo, son estos los grupos de edad que más lo utilizan, y en los que más se conserva el gallego como lengua de uso común y vehicular.

Manifestación por la autonomía de Galicia en 1979.

Este último hecho muestra una contradicción que pone en entredicho la política lingüística de los últimos 40 años. Precisamente en esta etapa, la población en edad escolar se alfabetiza en gallego a la par que se desenvuelve un contexto administrativo en el que la lengua gallega disfruta de su oficialidad. La administración gallega crece “en galego”, al menos pública y formalmente, y las administraciones locales a imagen y semejanza también lo incorporan, salvo lamentables excepciones. Son los años en los que aparece y se desenvuelve la radio y televisión de Galicia, los partidos políticos hacen un uso habitual del idioma propio, independientemente de su ideología, se desarrolla una fecunda industria editorial gallega, una gran parte del tejido asociativo lo incorpora como lengua vehícular, etc. Por todo ello no es para nada exagerado afirmar que los espacios ocupados han sido muchos y muy diversos en estas cuatro décadas de oficialidad. Y aún así estos ‘avances’ no dejan de ser, en parte, un cierto espejismo pués coinciden con el mayor descenso de hablantes y usuarios, un declive que es tan agudo y profundo que provocará que en breve el gallego deje de ser la lengua mayoritaria y que amenaza, incluso, su continuidad como lengua de uso generalizado en Galicia.

Comisión redactora del Estatuto de Autonomía de Galicia.

Alcanzado este punto, cualquier persona lectora externa a la realidad gallega se podría preguntar ¿Cómo se ha llegado a esta situación? La respuesta, o explicación, no es fácil pero tampoco es tan complicada y, desde luego, no es tan rara o extraña. Lo primero que hay que tener en cuenta son las profundas transformaciones de Galicia en estos 40 años, que no se limitaron a la construcción institucional de la autonomía o a la oficialidad del idioma, evidentemente. Con cierto retraso, si lo comparamos con otras latitudes europeas o peninsulares, lo que más ha cambiado a la sociedad gallega ha sido el importante proceso de urbanización de la población y la enorme terciarización de la economía. Dos fenómenos contemporáneos que han ido de la mano, como es habitual, pero que además han tenido enormes repercusiones, también, desde el punto de vista lingüístico ya que precisamente era, y es, en las ciudades donde el gallego ocupaba un menor espacio. Unos paisajes urbanos y un sector económico en los que ya el castellano tenía una gran presencia y sobre todo todo el prestigio frente al “gallego de la aldea” y en los que, además, existía la influencia y presión de unos medios de comunicación casi en su totalidad en castellano y que han sido herramientas clave para entender que también se haya producido una enorme transformación lingüística en estos 40 años.

“Lo que más ha cambiado a la sociedad gallega ha sido el importante proceso de urbanización de la población”

Volviendo al principio de este artículo, tal vez teniendo en cuenta todo este relato no resulte tan raro que la celebración de los cuarenta años de la oficialidad haya pasado sin pena ni gloria desde las instancias oficiales e incluso desde las filas del galleguismo o nacionalismo. Y tampoco parece tan raro que precisamente aquellos sectores que habían sido excluídos del consenso oficial hayan sido los que más han intentado visibilizar la efeméride, puesto que son precisamente quienes hacen una lectura más crítica de las estrategias seguidas en estas cuatro décadas. Y volviendo, por lo tanto, a 1981, ese es el año en que se funda también la Associaçom Galega da Língua o AGAL, así con doble ese y con esa extraña terminación çom con ciertas reminiscencias medievales.

Pancarta de AGAL en una manifestación en defensa de la lengua.

La AGAL fué la primera de las muchas organizaciones llamadas “reintegracionistas” que han articulado la disidencia a la “norma oficial” en estos cuarenta años. Lo que propone el movimiento reintegracionista es, al mismo tiempo, tan simple como complicado. Se trata de, precisamente, reintegrar al idioma gallego en el tronco común que comparte con el portugués y sus variantes brasileña y africanas.

Manifestación en defensa de la enseñanza en gallego. Foto: Twitter.

Hace 40 años nació la AGAL, ​​pero no fue ahí cuando nació el reintegracionismo, aunque no tuviera este nombre esta tendencia surgió al mismo tiempo que surgió la necesidad de homogeneizar, sistematizar y dotar de unas normas a la lengua gallega, ya desde el siglo XIX con el objetivo de reflejar un espacio cultural al tiempo que se volvía a crear literatura en gallego. Utilizamos el verbo “volver” porque tal vez haya que recordar que la lírica medieval gallego-portuguesa fué una de las más fecundas, prolíficas y avanzadas en la Edad Media. A partir del siglo XII, al partirse las tierras gallegas y empezar el condado portucalense una aventura en solitario como Reino de Portugal, ese gallego-portugués medieval también siguió evoluciones diferentes. Al sur del río Miño el idioma pasó a ser la lengua de la maquinaria administrativa, para ser una lengua nacional y de Estado ya en la etapa moderna y contemporánea acompañado de una codificación ortográfica y gramatical cada vez más concisa. Un proceso similar al del castellano, en España, que se intensificó y consolidó a partir de los siglos XVIII y sobre todo en el XIX con la fuerza de la construcción del Estado liberal y los avances de la alfabetización. Mientras tanto al norte del Miño el gallego continuó también pero como lengua de campesinos y pescadores, como lengua popular y del pueblo y totalmente desposeído de estas herramientas “modernas”.

Banquete galeguista en Ourense, 1933.

Así, y aunque desde el siglo XIX a partir del denominado Rexurdimento, literalmente resurgimiento, ha existido siempre una pulsión para que el gallego trascienda la oralidad y ocupe mayores espacios, la realidad es que con una visión realista y global los resultados han sido bastante limitados. Y en estas llegó, el año 1981, el auténtico “año cero” del gallego. Y con él llegó la oficialidad, la que debería solucionar sus problemas. Pero no fué así y el movimiento reintegracionista cree que buena parte de la culpa de los desoladores resultados la tiene la estrategia “isolacionista” -literalmente aislacionista- que han practicado las autoridades y todo el oficialismo, no sólo institucional sinó también cultural. ¿Estamos a tiempo de conseguir frenar y revertir esta situación? Es complicado, pero existen experiencias que indican que con una estrategia diferente tendríamos alguna oportunidad. Quizá soluciones o debates que en 1981 parecían imposibles ahora ya no lo sean. Lo que parece claro es que si queremos resultados diferentes para los próximos 40 años las estrategias también tendrán que serlo. Haciendo lo mismo, llegaremos a lo mismo. Y ahora ¿qué?

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