No poder empadronarte en tu propia casa por estar declarada en ruina

Una mujer víctima de violencia de género compró la vivienda sin que nadie la informara, hasta que fue a inscribirse en el domicilio

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Elena Plaza
Elena Plaza
Periodista, formadora en género, contadora de historias y enredada entre ruralidades. En mi haber cuento experiencias maravillosas como Atlántica XXII o Rural Experimenta.

Marina se instaló en Asturies con sus dos hijos poniendo tierra de por medio con su ex pareja, un maltratador con orden de alejamiento. De hecho Marina cuenta con protección de la UFAM (las Unidades de Atención a la Familia y Mujer, de la Policía Nacional). Aquí se compró, en septiembre de 2020, una pequeña casa que precisaba de reparación y que está acometiendo ella en buena parte para abaratar costes, puesto que actualmente su trabajo es poner a punto al que define como su hogar y poder alojarse con sus dos hijos.

Marina tiene arrestos, es bien dispuesta y no le faltan ganas, a pesar de decir que no es la misma persona de antes de los maltratos. Aunque va recuperando la risa que afirma siempre la caracterizó. Se ha empapado de albañilería y carpintería para tirar, aislar, levantar paredes, ha hecho catas para ver la situación de las vigas. El día que la visitamos le acababan de instalar la luz y ya tiene Internet, algo que le facilitará las oportunidades laborales. Desbordaba alegría.

A la entrada de su casa, con la conexión de luz instalada. Foto: David Aguilar Sánchez.

Hija de un maltratador alcoholizado, al primer empujón de su pareja (antes ya habían pasado otras cosas) agarró los bártulos y a sus dos pequeños y se fue: “ya sé lo que es eso y no quiero esa infancia para mis hijos”.

Y buscando algo mejor encontró que aquí sería un buen lugar para empezar de cero. Y se puso manos a la obra. Literal.

Compró la casa, libre de cargas, y mientras vive de alquiler. Tiene que pagar mensualmente 246 euros por la vivienda y recibía de Ingreso Mínimo Vital 715,16 euros. Ahora, en la revisión en arreglo a sus ingresos de 2020, se lo han bajado a 301 euros porque ingresó, como autónoma, 5.000. El próximo 30 de enero dejará el piso de alquiler porque pensaba que ya podría trasladarse a su casa. La sorpresa surge cuando va al Ayuntamiento a empadronarse y le niegan el derecho porque resulta que su nuevo domicilio está declarado en ruina técnica y económica, algo que desconocía tanto por parte del propio Consistorio como de las anteriores propietarias que se lo vendieron. “De hecho pago en Hacienda por uso y disfrute, y el Ayuntamiento no me permite vivir aquí… Nunca me habían dicho nada, con todas las vueltas que di”, señala.

Parte de las herramientas que la acompañan en su día a día. Foto: David Aguilar Sánchez.

La casa fue declarada en ruina en 2016. Hay tres tipos de ruina: técnica (que supone un agotamiento de los materiales que requieren de unas obras más allá de la simple conservación), económica (cuando las obras de conservación del inmueble superan el 50% del valor de la construcción) y urbanística (un cambio de planeamiento del municipio). Se puede sumar un cuarto tipo, la ruina inminente, cuando se alcanza un deterioro tal que se convierte en un verdadero peligro para la seguridad.

La declaración de ruina técnica y económica implica asumir las mejoras necesarias o la demolición del inmueble. Las anteriores propietarias llevaron a cabo parte de estas mejoras, como el cambio de cubierta. Marina está asumiendo el resto. Se muestra realmente sorprendida con el hecho de que no la dejaran empadronarse en su domicilio por esta declaración ruinosa, cuando la ley de empadronamiento que recoge el BOE permite que hasta las personas sin techo o las que viven en infraviviendas como chabolas, cuevas o caravanas, tengan un derecho que da lugar a otro: el voto. Claramente en este sentido en su Ayuntamiento contravinieron la norma, “no sé por qué”. Y hace hincapié que “sin empadronar yo no soy nadie, no eres nadie”.

El artículo 3.3 de la ley de empadronamiento que reconoce el derecho a inscribirse de las personas sin domicilio. Foto: David Aguilar Sánchez.

Marina lo que quiere es acabar las obras de su casa, instalarse en ella con sus hijos y ponerse a trabajar, para lo que sigue formándose, para abrirse más posibilidades en el mundo laboral.  Y afirma que “nunca he trabajado en negro, y llevo desde los 17 años trabajando. Hasta para dar clases particulares me di de alta en autónomos”.

Llegar hasta aquí tampoco ha sido fácil. Ante el hecho de no poder empadronarse y, en teoría, vivir en su casa, se va a convertir en la ocupa de su propia propiedad. Las opciones que le dan desde el sistema de servicios sociales no le dan amparo: el primero de ellos, una vivienda de emergencia, le es denegado porque no lleva dos años empadronada en Asturies; la segunda, una vivienda de urgencia, le supone un gasto de 100 euros al mes y “si cobro 300 y tengo que pagar por la casa, ya me dirás de qué vivo”, además de ser un destino aleatorio en cualquier lugar del Principado “pero yo necesito estar cerca de mi casa para seguir trabajando”; la tercera opción, y casi más sangrante, pasa por comunicar al padre de sus hijos su paradero, algo que descarta de mano: “si media una orden de alejamiento y tengo protección policial, ¡cómo le voy a decir! Aunque nunca ha hecho por saber de sus hijos, pero aún así no puedo exponerme a que se presente aquí y me pase algo”.

Demoler y construir. Marina está rehaciendo la casa en la que ve su futuro. Foto: David Aguilar Sánchez.

Dice que le parece todo “tan gilipollesco” como que le citaran en el Juzgado por violencia de género a la vez que su maltratador; que el abogado del 016, cuando llamó, le dijo si había algún documento que atestiguara que el padre de sus hijos es un alcohólico (“reconozco perfectamente el alcoholismo porque me crié con uno que me dejaba inconscientemente con un pederasta cuando se iba a beber”); o que en el CAM (Centro Asesor de la Mujer) le dijeran que para irse tenía que pedir permiso a este hombre del que se quería alejar. También habla de la excusa fácil que tiene la administración a cuenta del covid y que tantas personas están sufriendo, “tú llamas a la Seguridad Social pero no te cogen el teléfono. Tampoco me atendían para darme de baja de autónomos y, si iba allí, me decían que tenía que coger cita, pero no cogen el teléfono para dar cita… es una pescadilla que se muerde la cola”. Y no tiene derecho a ciertas ayudas por tener una vivienda en propiedad. Una vivienda declarada en ruina en la que no puede empadronarse y, por ende, vivir en ella. “No puede ser que la maltratada lo haga todo mal”, reivindica.

“Y luego está la incertidumbre de qué les puede pasar a mis hijos…”.

“Tenía una idea en la cabeza de lo que sería mi vida aquí después de irme, y ya ves”. Pero lo dice con una sonrisa en la boca. Y en los ojos. Cubierta de polvo de escayola. Con las manos ateridas de frío, cortadas por el trabajo manual. Pero con las ganas vivas de seguir adelante porque, dice, “soy una superviviente. Siempre he sobrevivido, siempre me he repuesto, y no va a ser una excepción ahora”.

La alegría del trabajo bien hecho. Foto: David Aguilar Sánchez.

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