“El periodismo tiene la obligación de desterrar ese tono que invita al odio”

El periodista y poeta José Luis Argüelles publica "El callejón de las fieras. Prosas de aquellos daños", una antología de su prosa dominical.

Recomendados

Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

José  Luis Argüelles (Mieres, 1960) ha venido ejerciendo el periodismo desde hace más de 30 años en las páginas de La Nueva España. Se diría que sus galones en el oficio fueron sus noticias, sus columnas, y una gavilla de versos que han ido depositándose como nidos en los estantes de una librería. Sus crónicas periodísticas ponen de manifiesto que detrás está un heredero de la Ilustración crítica. A esas crónicas del oficio, le fueron acompañando lentamente una serie de poemarios que daban cuenta de un escritor exigente y versátil, generoso y culto, un heterodoxo alejado de las corrientes, casi como un beduino sabio que ha visto de todo en la vida y ha encontrado la paz mineral en los versos que colman su obra poética: Cuelmo de sombras (Versus, 1988), Pasaje (Trea, 2008), Las erosiones (Trea, 2013, Premio de la Crítica de la Asociación de Escritores de Asturias), Gran desconcierto (Trea, 2018), Mar sin fin (Heracles y nosotros, 2020) y Protesta y alabanza (Impronta, 2020) . Hace unos meses, presentaba el prólogo al catálogo dedicado al archivo de un fotógrafo: Julio León Costales. Fotógrafo de la Güeria de San Xuan (1956-1969), patrocinado por el Museo del Pueblo de Asturias y editado por KRK, y una antología que aglutina su brillante columna dominical El callejón de las fieras. Prosas de aquellos daños (2012-2016), publicada por la editorial Impronta, donde disfrutamos al columnista beligerante y soberano de su prosa. A cuenta de estos dos libros, mantenemos una charla sobre el oficio, el arte de la columna, su particular callejón de las fieras y la fotografía asturiana que despejan el rostro de un periodista de raza, capaz de advertir el calambre de la actualidad, sin perder en su rostro ese tono sepia, áspero y sentimental que otorga la experiencia a los vivos que no renunciaron nunca a la verdad.  

En el prólogo dedicado a Julio León Costales,  ¿no sé hasta qué punto te reclamas como un antimoderno abordando la fotografía desde las posiciones  de Baudelaire?

Tanto como antimoderno… La modernidad ha tenido una vertiente que, sin duda, ha contribuido a nuestro mejoramiento general. Tiene que ver con la razón. Pero también ofrece otra vertiente negativa que  Baudelaire detectó muy bien y que está en algunos ilustrados : la sinrazón que, en ocasiones, produce la razón. Sin embargo, no se puede deducir que la introducción al libro de Julio León Costales sea la propuesta de un antimoderno,  es deducir demasiado.

En cualquier caso, es un comienzo que sirve para descubrir a un desconocido.

El archivo fotográfico de Julio León Costales es una colección muy interesante que forma parte del gran Muséu del Pueblu d’Asturies que, como sabes, depende del Principado y está gestionado por el Ayuntamiento de Gijón, algo que, por cierto, resulta insólito. La fototeca del Muséu del Pueblu d’Asturies posee una magnífica colección que nos permite descubrir fotógrafos de absoluta importancia, trascendentales, y que hasta hace relativamente poco eran unos desconocidos tanto para los asturianos como para el resto de los españoles. Recuerdo que cuando se dio a conocer en profundidad el archivo de Valentín Vega, un autor extraordinario, algún gran fotógrafo español y otros estudiosos se preguntaron cómo era posible que Valentín Vega no formara parte del canon de la fotografía española.

¿Los asturianos no acabamos de conocer el alcance del archivo fotográfico del Pueblo de Asturias?

Efectivamente. Y creo que Julio León Costales es otro ejemplo de cómo, en el año 56, se hace ya una fotografía en Asturias, en la Güeria de San Xuan, en un valle de Mieres, que conecta rabiosamente con lo que estaban haciendo los fotógrafos más radicales y modernos que en ese momento había en España, entre ellos el llamado grupo AFAL. Eso significa que los asturianos desconocemos nuestro propio pasado. Al final esto supone un drama cultural. Sin embargo, vaticino que, en muy poco tiempo, otro archivo que ha llegado al citada museo, que es el de Pepín Muñiz, fotógrafo de Turón con una colección de 140.000 imágenes, dará mucho que hablar. Su legado es la historia del valle de Turón, contada a lo largo de 40 años y que vuelve a conectarnos con la fotografía más moderna de aquel tiempo. Esta colección del Muséu del Pueblu d’Asturies tiene ese indudable valor: rescatar a una serie de autores de una importancia fundamental.

Tengo la impresión de que la fotografía anterior a los años 70 comienza a recobrar actualmente un valor estético. Gozó de un prestigio antropológico, etnográfico y, si acaso, periodístico. Pero hoy, atravesado por el filtro de la modernidad del que hablábamos antes, ¿acaso no comienza también a gozar de un reconocimiento por su impronta artística? 

En España, después de la Guerra Civil, que es el tiempo en que se inserta el archivo de Julio León Costales, se impuso el retropictorialismo que, como sabes, fue una idealización de la realidad, algo que al franquismo le vino entonces muy bien. Aquel movimiento ofrecía básicamente de paisajes, castillos, que pretendían ser una recreación idealizada de la realidad española. Pero había otros fotógrafos, casi totalmente desconocidos como Julio León Costales, un fotógrafo anónimo salvo para sus amigos y parientes, cuya pretensión fue llevar la fotografía a las calles y, en este caso, a las caleyas, al campo, a las minas. Eso conecta directamente, sin que ellos mismos lo supieran, con un movimiento de renovación de la fotografía española que comienza a mediados de la década de los 50, con los fotógrafos que salen a los espacios públicos, a los barrios, a registrar lo que pasa. Había algún antecedente, como las obras de Nicholas Müller o Catalá-Roca, pero eran casos muy aislados. No idealizaban la realidad y al contrario, lo que hacían era plasmarla.

¿Cómo desvela León Costales la realidad de la Güeria de San Xuan?

Se descubre clarísimamente su empatía con el grupo humano que fotografía. Ya dije en un artículo publicado hace unos años en LNE que Julio León Costales es un fotógrafo de los suyos, de lo que ve y de la gente con la que convive todos los días. De su cámara emerge una galería humana maravillosa que, además del valor artístico de sus fotos, posee un valor antropológico indudable que está dando cuenta de un mundo que se está acabando, ahora ya casi desaparecido. Ese  mundo es el del minero-campesino, un trabajador mixto que baja a la mina a la vez que se ocupa del campo. Por cierto, es una figura que contradice bastante el mito que Palacio Valdés cultivó en La aldea perdida, donde trazó una oposición falsa entre la mina y el campo. Eso en muchas partes de Asturias realmente nunca sucedió, aunque se imponga en su novela. Por el contrario, hubo una gran convivencia entre el campesino y el minero: gentes que bajaban al pozo y después se ocupaban de su huerta y de su vaca, con una cierta armonía.

José Luis Argüelles en Gijón. Foto: Luids Sevilla.

Supongo que todo esto tiene una explicación económica.

Efectivamente, ni el salario de la mina ni los frutos del campo, por si mismos, eran suficientes para mantener una economía doméstica. Por lo tanto, había que trabajar muchas horas en las dos actividades. Es curioso que esa dicotomía establecida por Palacio Valdés naciera desde una idealización tradicionalista del mundo rural cuyo final estaba anticipando en su libro. Lo que en realidad se terminaba era el mundo tradicional en sí, el mundo católico-tradicional, con la introducción de la industrialización y las nuevas ideas del socialismo y el comunismo que, en el valle de la Güeria de San Xuan, habían calado absolutamente. No está de más recordar que Manuel Llaneza funda el SOMA, precisamente, en ese valle mierense.

El libro de Julio León Costales llega a las librerías acompañado de El callejón de las fieras, tus artículos dominicales publicados desde 2012 a 2016.

Así es. Ha sido una feliz coincidencia que salieran este libro y el de Julio León Costales a la vez.  En aquellos años, efectivamente, publicaba los domingos un artículo que ocupaba media página, acompañado de foto. Aquí he prescindido de la foto porque mantengo la convicción de que la prosa debe defenderse sola por muy de moda que esté ilustrar la columna. El callejón de las fieras es un libro que debo a los editores. Jamás se me hubiera ocurrido publicar mis artículos con este formato. La sugerencia procede de  Marina Lobo y Carlos Espina, los editores de Impronta, que pensaron que podíamos recuperar algunos de esos textos.  Yo opinaba  que unas reseñas literarias podrían tener interés y ellos creyeron que también podía ser relevante sacar a la luz nuevamente aquellos artículos y columnas publicados en La Nueva España y que no son exactamente columnas o crónicas, sino más bien una mixtura, un híbrido de uno y otro género.

El libro murmura un subtítulo que reza Prosas de aquellos daños. ¿Se trata de los daños que uno arrastra por el paso del tiempo o  de los daños colaterales que deja el oficio del periodismo?

El daño como concepto procede de Adorno y en ese sentido ya aparece en algunos de mis poemas incluidos en Gran desconcierto. El paso del tiempo, efectivamente, provoca daños. Son las erosiones intelectuales, físicas, mentales. Pero la Historia también produce grandes daños, no sólo colaterales, también directos. Aquí coinciden esas dos formas: lo que ocurrió en aquellos años que siguieron a la Gran Recesión, cuando vivimos más directamente las consecuencias del crack del 2008, y  el relato que provocó daños en los más humildes y desfavorecidos, incluidas las clases trabajadoras y medias.

¿Por qué el libro toma como referencia un callejón de Cimavilla?

El título del libro, El callejón de las fieras,  es un homenaje a una muy humilde rúa de Cimavilla que ya salía en los escritos de finales del siglo XIX como ejemplo de la depauperización de las clases obreras. Era una zona de este castizo barrio en la que se habían levantado lo que hoy llamaríamos infraviviendas. A mí me gustaba mucho ese título para el libro. Desde el Ayuntamiento se decía que allí vivían sus vecinos como fieras, por las condiciones insalubres y la precariedad económica. Indudablemente hay una identificación entre aquellas gentes humildes que subsistían allí, con otras que sufrieron la Gran Recesión de 2008. De alguna manera, hay un hilo rojo que conecta esos dos momentos. Como digo en uno de esos artículos, la política se convirtió en la ilustre fregona de la economía.

En este libro, las fieras de la vida local cohabitan con las “fieras” de tu personal bestiario político, cultural y sentimental,  entre las que se incluyen figuras como Vázquez Montalban,  Suárez o un recurrente  Juan Cueto, cuya estela  continúas reafirmando al integrar en tus artículos la actualidad  local con la actualidad global.

Juan Cueto, como no se te escapa, es una de las grandes referencias en la escritura de artículos. Lo hacía casi todo bien; acuñó un palabro muy afortunado que conoces de sobra: lo glocal. No hay que perder de vista lo global, pero tampoco hay que desdeñar lo local.  Al final, vivimos en un lugar que nos marca siempre. Pero lo bueno que han tenido muchos asturianos, incluido Juan Cueto, es que han conservado sus señas de identidad local sin abandonar la perspectiva universal. Mis artículos se enmarcan en esa tradición señalada por él que encaja muy bien con lo que afirmaba también otro grande como Miguel Torga: lo universal es lo local sin paredes. Me gusta esa columna en la que se puede hablar de nuestras raíces sin perder la perspectiva del mundo.

Estas columnas escritas desde esa perspectiva siguen siendo prosas presentísimas y contemporáneas. Tanto es así que su lectura, a pesar de que han pasado muchas cosas desde entonces, no evocan ninguna nostalgia.

Es una selección que se sostiene en base a las huellas y secuelas que ha dejado, como digo, la Gran Recesión y el diagnóstico que hago en tiempo real. Los artículos también tienen una coherencia por el reconocimiento del talento ajeno, del talento que no ha sido debidamente percibido por mis contemporáneos. Y hay una reivindicación de los perdedores. En ese sentido, comparto mucho la opinión del editor y poeta Abelardo Linares: yo también soy muy partidario de admirar el talento y el esfuerzo ajenos, y todo eso tiene su reflejo en algunos artículos. Hay también un intento de empalmar de alguna manera con una forma de ser, de estar y pensar que la Guerra Civil dejó enterrada y que tenemos, creo, la obligación de rescatar.

“La invitación al odio hacia quien piensa distinto no debería tener cabida en la prensa”

Las columnas son un buen reflejo literario de la realidad vista desde la modernidad y con vocación de futuro, sin renunciar a los clásicos. Me gusta porque en ellas no hay espacio para ningún tipo de resentimiento, algo que está condicionando el columnismo español actual y, especialmente, un columnismo de izquierdas. Ya no sólo se escribe desde un bando, además se escribe contra otro. Me pregunto si este fenómeno es  consustancial a cada generación o  si es estructural

Creo que obedece al momento de crispación política que se vive en este país, con una nueva generación de políticos que se han olvidado de la gran lección de la Transición: por fin, los españoles de ideas muy distintas, aprendimos a convivir sin apuñalarnos. La sociedad de la Transición tuvo la intuición de asimilar, aunque ahora veo que no del todo, que se había acabado con la España a garrotazos de Goya. La Transición nos había aportado esa lección pero, para mi desconcierto, veo ahora que no sólo volvemos a manifestar ideas críticas con las del adversario, que está muy bien, sino que lo hacemos en un tono demasiado agrio que invita al combate personal. Una de las obligaciones del periodismo, en estos momentos, es precisamente desterrar ese tono que invita al odio. Es necesario ir apagándolo, acabar con él. Esa invitación al odio hacia quien piensa distinto no debería tener cabida en la prensa. Mi sorpresa es que eso se amplifique. Y es posible que se deba a las redes sociales, que nos están llevando a un tipo de periodismo y a una posición muy difícil. El buen periodismo, el que necesitamos, no debería seguir ese camino.

Las redes sociales son un megáfono de ese odio pero también creo que la segregación de los nichos de opinión, a partir de una política de suscripciones, lo está acentuando mucho más, porque condiciona al redactor a escribir sobre aquello que el lector quiere leer.

Pero eso siempre existió antes del periodismo de pago en la red. Todos tenían sus “nichos”: la cabecera que comprabas y el articulista de tu preferencia.

Sí, pero antes el lector tenía más acceso gratuito al contenido de otros periódicos de distinta línea editorial y, de alguna manera, se le ofrecía una visión más plural y diversa. En estos momentos, no todo el mundo se suscribe a cinco periódicos. Se podría decir que confía más en el alboroto informativo de las redes sociales y en lo que diga su cabecera.

Pienso más en la facilidad del “me gusta”. La facilidad de escribir sin reflexionar. Eso se ve instantáneamente en las redes sociales. De pronto, todos nos hemos convertido en periodistas a través de las redes. El antecedente directo de  esta situación lo encontramos en la proliferación de los blogs. Hubo un momento en el que a todo el mundo le dio por publicar un blog. Era una secuela del columnismo de los periódicos. Todos hemos querido ser columnistas a través de los blogs.  Creo que actualmente, detrás de los “me gusta” de Twitter o Facebook se encuentra la necesidad de dar una opinión. El problema es que confundimos todo eso con el periodismo y  es otra cosa; quizá  son las cartas al director de la prensa convencional, con la diferencia de que las cartas al director tenían un filtro: eran respetuosas, mantenían una cierta argumentación e iban firmadas con un nombre y un DNI. Lo que vienen siendo los filtros de la cortesía y la educación y que, desgraciadamente, se han ido perdiendo con las redes sociales.

Lo cierto es que las redes sociales han revolucionado las cabeceras de la prensa escrita.

Las han cambiado radicalmente. Antes, con la prensa escrita, las exclusivas tenían una duración de 24 horas. Ahora no duran ni tres minutos porque en toda redacción de periódico siempre hay un redactor pendiente de los titulares que publican los periódicos de la competencia. En cuanto ven una  exclusiva en otros medios, inmediatamente suben su versión también a su web. De ahí el valor que yo le concedo al columnismo literario, porque si convenimos que las exclusivas no duran ni 10 minutos como mucho, entonces, ¿qué marca la diferencia de un periódico? El columnista. Su visión marca una diferencia.

Ya decía Umbral que la columna era el solo de violín del periódico.

Y también la silla isabelina, el lujo cultural y literario de la empresa, de la cabecera. Me gusta subrayar la importancia del columnismo literario como marca distintiva de un periódico cuando todo el mundo copia a todo el mundo.  En España ha habido una gran tradición del columnismo literario que nos diferencia del periodismo anglosajón, un periodismo en el que tiene preponderancia la columna basada en el análisis y el dato. En España, desde Larra hasta nuestros días, ha habido una tradición de columnistas literarios donde el yo y la metáfora han tenido, afortunadamente, una gran cabida.

Víctor Guillot y José Luis Argüelles. Foto: Luis Sevilla.

 Yo dato la tradición del proto-columnista, incluso, antes de la propia existencia del periodismo en las cuartillas que se repartían en los mesones del Madrid del Siglo de Oro, con los sonetos de Quevedo contra Felipe IV como uno de esos ejemplos. Quiero decir que esa actitud contra el poder o que se maneja con los poderosos que leemos en una columna de Umbral o de Raúl del Pozo, ya la encontramos en los sonetos políticos de Quevedo.

Es muy posible que encaje en esa tradición, porque Quevedo, además de un gran poeta, fue un gran reportero de su época, un gran personaje, absolutamente complejo, con una vida muy azarosa, espadachín, sonetista, espía. Conocía muy bien el mundo que le había tocado vivir. Pero con Larra o Mesonero Romanos se inicia propiamente el periodismo literario, un periodismo espléndido desde la Generación del 98, tras la pérdida de Cuba, Filipinas y Puerto Rico, y hasta el 36, año en el que se provoca un socavón cultural enorme. Muchos de esos columnistas se van al exilio y están todavía por estudiar, aunque, afortunadamente están saliendo publicaciones dedicadas a ese periodismo en el exilio.

Ahora que lo mencionas, está Corpus Vargas, Andrés García de la Varga y Gómez de la Serna, primo de Ramón, y  exiliado en Perú. No es casual que mantuviera una gran relación con Umbral.

Tuvimos una época de verdaderos maestros. Hemos tenido una grandísima tradición. Ahí está Julio Camba que es un articulista modernísimo, con una capacidad de elevar a categoría literaria la anécdota más nimia. Y qué decir de Chaves Nogales o Pla. Esa gran época se suma a una segunda, con la Transición. Todos esos momentos son esplendorosos.

Crees que con la cultura de la cancelación, la izquierda también hizo su particular borrado cultural del columnismo de derechas que también había mantenido la tradición.

Hay, como sabes, un columnismo falangista o monárquico nada desdeñable, como lo fue el de Pemán. Los falangistas de primera hora, los más próximos a José Antonio Primo de Rivera, son admiradores, como el propio Jose Antonio, de autores del 27 y del Novecentismo. Todo ese barniz literario lo incorporan a sus textos. Algo parecido sucedió con el fascismo italiano y su vinculación a las vanguardias, al futurismo de Marinetti. Querían incorporar a su mundo ideológico los valores literarios del otro bando. Había algunos columnistas de filiación falangista que cultivaron ese columnismo que no quiso ser de tiro bajo, que deseaba especular con la imagen, la metáfora y el estilo.

Mencionabas el columnismo de la Transición, que es un columnismo épico, barroco, diverso, con Manolo Vicent, Raúl del Pozo y Umbral.

Umbral marca una época. Ha sido el gran columnista del último medio siglo.

Y que fundó un universo que ha influido en los columnistas que yo llamo “resentidos de la izquierda” y hoy se aceptan como “rojipardos”. Sin embargo, a diferencia de estos, Umbral era diverso, pluriforme en sus temas. Podía irse a la Movida y a los bajos fondos de Madrid, como al Madrid de la jet set o la élite política. Umbral contaba Madrid y, por extensión, la vida política, cultural y social española. Y eso es lo que, de alguna manera, sus herederos más directos no hacen, empobreciendo su estilo.

Lo decías el otro día en uno de tus artículos: hay un cierto columnismo que ha derivado en una monomanía. Su gran tema es la destrucción de España.  Afortunadamente para todos nosotros, yo no la termino de ver por ninguna parte. Es la gran monomanía de un sector del columnismo español. Hemos puesto el ejemplo de Umbral, que es un escritor omnívoro. Pedro J. decía que era el único periodista o escritor español capaz de escribir, al menos, una columna al día sin bajar el alto nivel de su calidad. Umbral, por muy regular que fuera su columna, siempre tenía un tropo, una invención retórica, algo que te hacía leer con gusto su columna. Esa capacidad de subir a los palacios y bajar a las cabañas no es fácil  de mantener. Hoy algunos de sus herederos viven encastillados en su mundo y apenas pisan las aceras. Observan poco lo que les pasa a los demás. Hemos glosado a Umbral, pero también es justo citar a Vázquez Montalbán porque en él se da con más agudeza que en Umbral el gran análisis político.

Porque Montalbán venía de la escuela del PSUC.

No necesariamente eso te da la capacidad de análisis político.

Pero sí un sentido de la fontanería.

Militar en un partido, por lo que vemos en algunos otros, no otorga esa facultad. Es difícil tener la capacidad de transmitir a los lectores un buen análisis político. Y Vázquez Montalbán, como casi todo lo que escribía, lo hacía muy bien. Podía escribir novela policíaca, novela en general o ensayo. No podemos decir que tenga algo malo.

Hasta sus poemas tienen calidad.

No es una poesía que me interese mucho pero reconozco que era un poeta capaz de ofrecernos una emoción a través del lenguaje poético y, en el fondo, eso es la poesía.

“Umbral Ha sido el gran columnista del último medio siglo”

Y junto a Montalbán, la voz mediterránea de Manuel Vicent. Creo que tiene una voz que se identifica sin necesidad de leer su firma.

Tiene un mundo propio, la capacidad de crear una emoción. Porque, finalmente, todos los géneros literarios están unidos por lo mismo: si no producen una emoción no valen nada. El periodismo y la literatura tienen que emocionar. Eso lo comparte la poesía, el gran columnismo, la buena narrativa, incluso el ensayo.

¿El ensayo sigue siendo el género que sobrevive a todos los demás si está escrito con una vocación literaria?

Creo que el gran escritor lo es en cualquier género. Ahora, el diario vuelve a estar de moda. Diarios siempre los hubo, pero el gran escritor es aquel que hace un diario cuya prosa eleva las minucias del día con el lenguaje. El escritor es un transformador de lo que ve en lenguaje literario. Y el lenguaje literario tiene que tener la grandeza de la emoción. Algunas veces lo hemos comentado. La columna literaria, cuando está lograda, es capaz de acrisolar muchos géneros. Tiene algo de poema, algo de ensayo y de crónica y algo de narración. Hay que contar algo, hay que captarlo y elevarlo a través del lenguaje, emulsionarlo. Cuando logras que el lenguaje llegue ahí, cuando transmite todo eso en cinco minutos, descubres la grandeza de la columna.

José Luis Argüelles. Foto: Luis Sevilla

Has estado más de 30 años escribiendo diariamente.

Cuando me encargaron el primer artículo, yo tenía 15 años y estudiaba en el instituto. Lo recuerdo en El callejón de las fieras. Aquel texto salió en La Nueva España y, desde entonces, he estado siempre ligado a los periódicos.  Comencé por arriba, con  18 años, escribiendo reseñas de libros y críticas de arte en suplementos. Después lo dejé una temporada, aunque tampoco mucho, porque recuerdo, aun desconectado por los estudios universitarios, que  escribía una columna en una publicación quincenal. Si lo pienso bien, llevo ligado al periodismo desde los 15 años y siempre como lector.  Recuerdo perfectamente cómo le quitaba el periódico a mi padre siendo un niño. Me gustaba muchísimo leerlo. Cuando estudiaba Filología en Oviedo, mis padres me daban dinero para el autobús que me llevaba desde Mieres. Yo solía hacer autostop para ir a Oviedo y así me ahorraba ese dinero para comprarme el periódico cada día. Comencé a comprar el Asturias, La Nueva España y El País. Me ha gustado mucho leer periódicos y escribir en los periódicos. Las dos cosas.

Y ahora, retirado, ¿no echas de menos todo aquello?

Han sido treinta y tantos años escribiendo y trabajando casi todos los días. Extrañas el ambiente de la redacción, pero todavía sigo escribiendo y haciendo alguna entrevista para otros medios, de modo que, sin la extensión y la intensidad de antes, mantengo la ligazón y, por supuesto, continúo leyendo periódicos. El periodismo de batalla exige unas ataduras que no me permitían  hacer lo que quería, desde hace algunos años, por falta de tiempo: leer con más profundidad, estudiar y tomar una cierta perspectiva de la realidad. En el periodismo del día a día te falta tomar distancia porque no tienes tiempo, casi ni capacidad. Redactar las informaciones diarias, el ir de un sitio a otro, te roba ese tiempo.

¿Hubo algún momento en el que sentiste que el oficio había cambiado tanto que escribías con nostalgia?

En realidad el oficio está en permanente cambio. Cuando llegué a La Nueva España, debí formar parte de la primera generación de periodistas que escribió sus informaciones desde un ordenador. Antes, efímero corresponsal en Mieres de otra cabecera, aún lo hacía con una vieja máquina de escribir y enviaba la crónica por el conductor del autobús de línea. Pasados los años, uno se da cuenta de que el cambio tecnológico ha sido de tal magnitud que entonces habría sido impensable. Hoy los redactores pueden maquetar su propia página desde el ordenador, redactar la noticia y subirla a la red de forma instantánea. Eso se ha producido en muy pocos años. Sin embargo, lo que la tecnología no va a poder cambiar nunca es la necesidad de relatar lo que nos pasa a todos. Eso es el periodismo: contar lo que pasa sin sacrificar a sabiendas la verdad.

¿Haces un balance positivo?

Cuando quieres contar historias, te adaptas. Pero sustancialmente el oficio tiene que seguir siendo eso: contar historias. El día que eso cambie y decaigan los controles para preservar el rigor, acabará pareciéndose a un patio de vecindad. Ningún buen periodista quiere que este oficio acabe reducido a los avatares de una red social.  Las nuevas generaciones, los nuevos periodistas, tienen que asumir el cambio tecnológico en un momento, además, de crisis económica muy profunda. La Gran Recesión afectó mucho a los periódicos, con una retirada muy importante de capital en sus empresas. Muchas cabeceras cerraron y se dice poco pero, durante aquellos años, 10.000 periodistas perdieron su empleo en España.  El periodismo vive momentos muy complejos: las empresas perdieron venta de ejemplares y sufrieron otra nueva caída de la publicidad con la pandemia. Por lo tanto, los periodistas jóvenes llegan a la profesión en un momento muy difícil. Tienen que trabajar muchas horas y, en ocasiones, en muchas tareas a la vez. El periodismo es una profesión maravillosa, pero exigente. El oficio ha sido siempre así y más en momentos como los de ahora, de transformación tecnológica.

Actualidad

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí