Leopoldo Alas Argüelles

Intervención del profesor Francisco Erice en el acto de homenaje al rector republicano de la Universidad de Oviedo fusilado hace 85 años por los militares golpistas.

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Francisco Erice
Francisco Erice
Es profesor de historia contemporánea de la Universidad de Oviedo.

Leopoldo Alas Argüelles, hijo primogénito de Clarín y Rector de la Universidad de Oviedo, fue fusilado en la cárcel provincial de esta ciudad el 20 de febrero de 1937. Según el relato de Juan Antonio Cabezas, biógrafo de su padre y amigo personal del ajusticiado, para llegar al paredón de ejecución, atravesó el patio de una dependencia dedicada a las mujeres; allí estaban –dice Cabezas- las esposas de Javier Bueno, Belarmino Tomás, Amador Fernández y otras, que al parecer oyeron decir al ajusticiado: “¡Mujeres que me escucháis al otro lado de la tapia. Que esta sangre sea la última vertida. Que sirva para aplacar los odios y las venganzas! ¡Viva la libertad!”

No sabemos con certeza si esta versión es absolutamente fidedigna en lo que a los datos se refiere. La muerte de los mártires siempre aparece aureolada, en los relatos, con ingredientes de este tipo, como si la dignidad de los mismos, la que los condujo al sacrificio, necesitara de aditamentos épicos. Pero en caso de que se tratara de una ficción, no dejaría de ser una “ficción verdadera”, como dicen algunos expertos en cine histórico, por su sintonía con el talante del personaje. “Se non è vero, è ben trovato”.

Javier Bueno, el gran periodista que sufriría idéntica suerte tiempo después, llegó a glosar la muerte de este “hombre de ciencia y de verdad” –como lo caracterizó- con palabras que aún hoy producen escalofríos: “Dolor nos causa lo que han hecho con él. Mas ¿Por qué no decir que lo preferimos muerto a nuestro lado que no sabio de alquiler como tantos otros? Como él mismo lo ha preferido también. Porque él ha decidido de su suerte”.

Leopoldo fue fusilado junto con cuatro obreros, que a lo mejor alguna vez habían escuchado sus conferencias en los ateneos populares, o leído alguno de sus artículos; como aquel de El Heraldo de Madrid en 1909, que auguraba “una futura España sin hambre de pan ni de cultura”. O aquel otro en La Aurora Social, el 1º de mayo de 1928, cuando saludaba la lucha de los trabajadores por una vida más digna y más humana, que a su juicio beneficiaría a toda la humanidad: “por eso –apuntaba textualmente- el mundo entero saldrá ganando con la victoria de los trabajadores”.

Francisco Erice, Ignacio Villaverde, Carmen García y Nacho Loy. Foto: David Aguilar Sánchez.

El cadáver de Leopoldo Alas Argüelles fue llevado primero a una fosa común y luego rescatado y finalmente enterrado en la tumba familiar de San Esteban de las Cruces, en un ataúd que la viuda tuvo que comprar vendiendo una máquina de escribir salvada del saqueo de los bárbaros de la “nueva España”. “Nada, ni la victoria, borrará el agujero terrible de la sangre”, escribía Neruda en su “España en el corazón”. La victoria que el poeta chileno esperaba no se produjo, pero cuando acabó la guerra y la práctica de exhibir a los muertos fue dando paso a actitudes más prudentes, fue la tapia de ese cementerio la que se convirtió en escenario de las frecuentes ejecuciones, para evitar que con el traslado de los cadáveres por la ciudad las calles quedaran manchadas del rastro de sangre delator que caía de los carromatos o los camiones que los transportaban.

Pese a que la mayoría de los testimonios del proceso fueron, curiosamente, favorables al Rector –incluido el del canónigo Benjamín Ortiz, que a duras penas consiguió escapar de la agresión de la turba de cachorros del nuevo régimen-, el tribunal militar lo condenó a la pena de muerte por “un delito de rebelión”, “en concepto de autor por inducción” (sic). La sentencia aludía a algunos hechos ciertos, como su compromiso político, saldado en los primeros años de la República con su militancia en el Partido Radical-Socialista, su escaño de diputado y su labor como Subsecretario de Justicia; o el haber participado en actos como el celebrado “pro-damnificados de Octubre” en el Teatro Jovellanos de Gijón, en mayo de 1936. También había otros datos, incorporados a la sentencia o esgrimidos durante el proceso, notoriamente falsos, como su presidencia de la Asociación de Trabajadores de la Enseñanza de Asturias (la ATEA) o su supuesta condición masónica. Luego algunos miembros del claustro universitario intentaron salvar su mala conciencia pidiendo la clemencia del nuevo César, incluso desplazándose a Salamanca para solicitar entrevistarse con un Caudillo que, obviamente, prefería huir de presiones cuando decidía sobre la vida y la muerte, y que se limitó a confirmar la sentencia, seguramente sin que le temblara el pulso. Este episodio concreto aparece en las memorias manuscritas del futuro rector que sustituiría a Alas, en el relato sobre un viaje que Ricardo Labra califica, no sin razón, de “vodevilesco”; un texto que ni alude al proceso previo ni al desenlace de las gestiones, pero que en cambio se recrea en los agasajos recibidos y las “bellas fachadas platerescas” de los monumentos visitados.     

Francisco Erice en el acto de recuerdo a Leopoldo Alas. Foto: David Aguilar Sánchez.

Pero lo fundamental no eran “los hechos”, sino los antecedentes, el contexto y las razones ideológicos. Detrás estaban las declaraciones del Rector celebrando el indulto de González Peña (por encima de la frialdad de la ley –se atrevió a decir entonces- debía estar el corazón de los hombres); el acoso y hasta las agresiones de estudiantes católicos y falangistas en torno a su hipotética participación en las elecciones de febrero de 1936, etc. Su afán por reconstruir la biblioteca de la Universidad destruida durante la revolución de Octubre –por cierto, en oscuras circunstancias- o su reconocida bonhomía y talante conciliador, tal como aparece en los testimonios que aluden su labor profesoral, pesaban demasiado poco en la balanza. La detención a los pocos días del estallido de la rebelión en Oviedo, pese a la evidencia de su no participación en actividad alguna de resistencia-  revelaba bien a las claras que su destino quedaba de alguna manera sellado. Que el resultado final fuera la muerte y no el encarcelamiento prolongado y la depuración y expulsión de su cargo y funciones, tiene que ver ya, seguramente, con la arrogancia adquirida por los sublevados tras la ruptura del cerco de Oviedo unos meses antes y con la irritación por la ofensiva republicana sobre la ciudad en los días del proceso.  

El discurso ideológico que acompañaba, en la sentencia, a los “considerandos” sobre “los hechos”, no deja lugar a dudas. El Rector había cooperado desde su posición a la “preparación Revolucionaria” del primer bienio republicano, en ese ataque contra los cimientos de la patria que preludiaba el “estampido marxista” y la implantación de la “dictadura del proletariado, rompiendo con la civilización Occidental y abriendo brecha en las ideas fundadamente religiosas y esenciales del País”. Luego, “de forma taimada y culta” -se decía- aprovechó su situación para alentar a los elementos extremistas. Era, pues, ante todo, culpable del “envenenamiento de las masas escolares que por sus aulas pasaron en el período más propicio de la vida del hombre para que las tendencias de su maestro fructifiquen en él”.

En el texto de la sentencia, pero también en el alegato del fiscal y otros documentos del proceso, aparece nítidamente perfilado el discurso de la España contra la anti-España, ese que ahora, curiosamente, parece reverdecer en algunos sectores, como si la historia se repitiera; aunque, siguiendo a Hegel y a Marx, esperemos que si lo que primero se produjo como tragedia, lo segundo se parezca más a la  farsa.

“Alas no era en absoluto un marxista sino un humanista radical y democrático”

Hay una teoría, probablemente acuñada por Juan Antonio Cabezas, pero que posteriormente ha gozado de gran predicamento, que presenta la muerte del Rector Alas como una recusación póstuma de la memoria de su padre, una venganza contra la punzante descripción de la Vetusta respetable que aparece en La Regenta. A esta tesis contribuiría la demolición, en el Campo san Francisco, del monumento a Clarín, en fechas próximas al proceso y la ejecución. Lo que no parece que ayude mucho en esa dirección interpretativa es, sin embargo, la actitud impecable del canónigo Benjamín Ortiz, tan distinto del Fermín de Pas de la novela clariniana.

Creo que resulta más creíble la tesis de que Leopoldo Alas Argüelles no fue una víctima vicaria, sino que reunía méritos más que suficientes para ser –parafraseando el título de un conocido poema de Bertolt Brecht– “perseguido por buenas razones”. Los trabajos de Francisco Galera, Ricardo Labra, Marcelino Laruelo o Rafael Sempau, entre otros, así como la recopilación de artículos periodísticos publicada, con el patrocinio de esta Universidad, en 2017, muestran fehacientemente que el perfil biográfico del rector fusilado encajaba a la perfección con esa imagen de la anti-España que había que exterminar o, al menos, domeñar. Ya antes de la República y de su rectorado, Alas había ocupado cargos en organizaciones republicanas desde principios de siglo, colaborando en la prensa de este signo e incluso en la socialista; también había militado más ocasionalmente en el socialismo primero madrileño y luego asturiano, y participado, como decano de Derecho y como profesor universitario, en la oposición a la Dictadura de Primo de Rivera. El tono de sus trabajos periodísticos es inequívoco: Alas no era en absoluto un marxista (pese a las acusaciones y a su circunstancial paso por el PSOE), sino un humanista radical y democrático, un miembro de esa izquierda republicana, más reformista que revolucionaria, pero capaz de comprender la necesidad de dignificar la vida de las clases populares y establecer una alianza con sus organizaciones para hacer de España esa soñada “república de trabajadores de todas clases” que parecía nacer en aquel luminoso y esperanzador 14 de abril de 1931.

Leopoldo Alas Argüelles.

Era también, desde luego, un universitario, cuya contribución profesional a los estudios del Derecho no me atrevo a valorar, compartiendo la mesa -como lo estoy haciendo- con dos juristas que pueden aportar la solvencia que, en este terreno, yo no poseo. Sabemos, en todo caso que fue un universitario benemérito que sufrió en el máximo grado ese “atroz desmoche” de la universidad española que, en palabras de Laín Entralgo, supuso la depuración franquista y el exilio. De hecho, compartió el dudoso honor de ser uno de los pocos rectores asesinados por la represión franquista, junto con el de Granada (Salvador Villa Hernández) y en cierto modo -pues en esos momentos era diputado y no rector en ejercicio-  el valenciano Juan B. Peset y Aleixandre.    

El Rector Alas era un intelectual liberal-democrático avanzado, de los que se mostraban dignos de tal nombre antes de que el término se banalizara y prostituyera, como sucede en nuestros días; un exponente del “nuevo liberalismo” que entonces no era sinónimo de egoísmo social, sino que contemplaba la necesidad de incorporar a los derechos de ciudanía y al bienestar social a las clases más desfavorecidas. De esa tradición institucionista que representa los momentos y episodios más brillantes de la historia de nueva Universidad. Y de ese republicanismo de izquierdas que cristalizó en el Partido Radical Socialista y luego en Izquierda Republicana. Es por eso que encaja tan bien, como síntesis y compendio de su concepción política, la frase última que pronunció o se le atribuye, acertadamente inserta en el cartel anunciador de este acto y creo que compartida por todos cuantos hoy le rendimos homenaje.

Leopoldo Alas Argüelles fue un profesor universitario honesto y un luchador por la libertad, esa que definió magistralmente su correligionario Manuel Azaña con palabras imborrables muchas veces citadas pero que merece la pena repetir: “La libertad no hace ni más ni menos felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres”. No es extraño que, ochenta y cinco años después, nos sintamos orgullosos y agradecidos por su ejemplo.            

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