Guerra y paz

Solo atisbamos una columna de tanques infinita y cruel desde los satélites espías que no reconocen  el temblor ingenuo de los milicianos ingenuos ni el terror infantil en los hospitales colapsados.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

En este recalentado miércoles de ceniza, sólo florece la guerra, esta guerra que sueña Putin, la guerra que anuncian las sirenas, la guerra de Zelenski que no es guerra, sino resistencia, al otro lado de la frontera. Llevamos medio siglo mejorando la guerra y ahora se va viendo más de cerca que era una guerra de verdad, desde Maidan hasta hoy, mistificada, deseada y repelida, filmada y escrita, incierta y decidida, porque cuando hemos llegado a las explosiones de la guerra, a los infiernos de la dinamita, ocurre que todos añoramos la paz, añoramos la política como una variante de la guerra. Ahora el hombre no saba nada sobre sí. No sabe volver a la paz, a esa paz religiosa, atea y perpetua que era solo una sofisticada imagen de nosotros mismos que exploraba la palabra mística y capitalista de la paz.

Solo la nieve sabe qué pasa sobre los tanques situados a las puertas de Kiev. Ahora ya no se busca una paz largamente nevada sino una guerra occidental, que es una guerra económica y financiera, entre bancos y oligarcas, entre grandes corporaciones y Estados, con la OTAN en ciernes, calentando sus tanques y la lírica tenebrosa de la bomba nuclear. La paz fría de la bomba atómica ha dado paso a la guerra caliente de los misiles y a la épica de los submarinos sumergidos. Entre negociaciones y sin tregua, los rusos han comprendido que ellos imponen una paz condicional y disponen de la vida como los demás, como de una cosa convencional, nacional y vividera mientras el enemigo se quita la corbata y sonríe con mejor estilo desde los escombros de un bunker.

“La paz fría de la bomba atómica ha dado paso a la guerra caliente de los misiles”

Han caido las comunicaciones en Kiev. La televisión se ha venido a negro y Ucrania se va esponjando en manantiales de oscuridad con la que no contaba Europa y que es algo así como el sepulcro decisivo, justo o injusto de cada país. Esta guerra todavía oculta el rostro de los soldados ni deja rastro del rojo emblema del valor que escribiría Stephe Crane que es también el del miedo frío derramado en sus pechos. Solo atisbamos una columna de tanques infinita y cruel desde los satélites espías que no reconocen el temblor ingenuo de los milicianos ingenuos ni el terror infantil en los hospitales colapsados.

Así va trancurriendo la guerra en los campos de Ucrania. La guerra va retomando forma de difunto y Tosltoi no explica bien cómo volveremos a los alegres campos tristes de la paz, que es una paz fingida y simulada que cada uno paga como puede. La Unión Europea muestra su pulso cortándole las divisas a Putín, haciendo su guerra bancaria al rublo, asediando oligarquías y mafias. Nos habían hablado de una guerra relámpago, pero la guerra perpetua es tan posible como lo era antes en la paz. Hemos triunfado convencionalmente en el retiro de las paces, pero ahora comprendemos que la vida nos necesita para que los contornos de la guerra y de la paz no se diluyen. Ay.

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