Pensar con el estómago, comer con las ideas

"Gastrosofía", de Eduardo Infante y Cristina Macía, es un juego, al menos, un divertimento, que nos invita a conocer la historia del pensamiento a través de los fogones

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Eduardo Infante y Cristina Macía han escrito un libro a cuatro manos, que es como tocar el piano en buena compañía. Con Gastrosofía (Rosamerón, 2022) se han empeñado en pensar, comer y, sobre todo, reír sin desperdiciar una miga de pan, una ocurrencia ni una sonrisa. Eduardo Infante es nuestro filósofo local, andaluz, como antes lo fueran Séneca, Averroes y Maimónides. Eduardo es ese profesor amable y bonachón  que busca en la escritura incardinar la totalidad simbólica de la filosofía para ajustarnos las cuentas a todos y hacernos más felices. Últimamente Infante viene dando claridad y esmero a todo lo que piensa Gijón, no como un acontecimiento social y personal sino como el pensador que pone al día lo que han pensado los demás, y lo transparenta a través de los filósofos que han dado forma o la han encontrado a lo largo de la historia.  Macía es una creadora de realidades. Transforma la lengua de Shakespeare es sustancia épica castellana.  Toda la fantasía y toda la ciencia ficción se localiza en Avilés cada año con el Celsius, gracias a Cristina. Quiere decirse que se maneja con soltura entre los Rayos Gamma de Hulk y la magia blanca de Gandalf.

Infante escribe mucho, produce mucho y tiene sus manías. Ahora ha dado un libro junto a Cristina que también traduce mucho, produce mucho y tiene las suyas. Ambos titulan su libro “Gastrosofía” y es un compendio de filósofos vistos a través de la cocina, sus gustos culinarios, sus dietas y recetas. El libro se sustenta, en el fondo, en la manía de pensar y de comer que ambos padecen, y esta manía les lleva a pensar que Marx era un tipo al que le perdía la cerveza o que Epicuro era, entre Platón y Aristóteles, el filósofo que mejor nos podía caer.  Yo les digo que el primer pensamiento que tuvo un homínido no fue con el cerebro, sino con el estómago. La primera manzana de la historia era, antes que nada, una idea de manzana, absurda y nutricia como un Magritte, que se llevó un homínido a la boca, tras bajarse del árbol.

Según mis amigos, “Gastrosofía” es un juego, al menos, un divertimento, que nos invita a conocer la historia del pensamiento a través de los fogones. Como en el sexo, descubrimos que antes que una moral del placer, lo que hubo entre los griegos fue una dieta del buen follar y del buen comer que los estoicos primero y los padres de la Iglesia después, fueron pervirtiendo hasta condenarlos eternamente en la cárcel de oro de la culpa. Foucault ya nos da la pista y la prueba definitiva en su Historia de la sexualidad y, por ahí, de forma paralela, Macía e Infante han elaborado el dietario de las filosofías que conformaron el pensamiento de Occidente.

El filósofo y la traductora amasan juntos un libro divertido, intrascendente, un juego de alimentos e ideas, con el alíneo del humor blanco y también del humor negro. Léanlo, cómanselo, disfrútenlo. Macía e Infante abarcan toda la creación filosófica en el tiempo y el espacio. Quizá la mayor creación literaria del universo la hiciera Sócrates, que no escribió nada. Sócrates insistía en beber cicuta, pero su chef era Platón, o sea, el gourmet dramático que deconstruía la realidad en un diálogo como un Ferrán Adriá de las ideas que es ya la modernidad que se impone al mundo en su academia. Platón distinguía entre el gesto y la palabra. La palabra es la idea y el gesto una expresión de locos. Todos los que nos encerramos en nuestros gestos somos unos locos gestuales que cuando traducimos eso a palabras estamos disimulando una droga interior que es ya el poema, concretamente, el diacepán, pero eso forma parte de la “Historia General de las Drogas”, otro libro y otro pensador.

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