Sobre la libertad de prensa

Recurso del periodista Víctor Guillot contra el expediente disciplinario por el que se le suspende cautelarmente de militancia en el PSOE.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

RECURSO CONTRA LA RESOLUCIÓN DE SUSPENSIÓN DE MILITANCIA POR EL QUE SE INCOA EXPEDIENTE DISCIPLINARIO A D. VÍCTOR GUILLOT MORNOY, MILITANTE DE LA AGRUPACIÓN DE GIJON Y SE SUSPENDE CAUTELARMENTE DE MILITANCIA

Estimado Santos Cerdán León, Secretario de Organzación del CEF- PSOE:

Recibida la resolución por la que se me abre un expediente disciplinario y se me suspende de militancia, se me concede el derecho de recurso contra ella. Estará de acuerdo conmigo en que se trata de una buena oportunidad para reflexionar acerca del estatuto de un periodista y sobre la compatibilidad que pueda mantener con su afiliación a un partido democrático. Se suceden las preguntas: ¿se puede ser periodista y militante de un partido? ¿se puede ser periodista y militante del PSOE? ¿Se debe un redactor y columnista de opinión sólo a sus lectores o un periodista afiliado al PSOE debe preservar una servidumbre ante los cargos políticos y cargos públicos de su partido por encima del derecho de información de los lectores? Dicho de una manera más sucinta: ¿Hasta donde alcanzan los límites de la libertad de prensa? Son preguntas pertinentes llenas de penumbras que surgen en mitad de un proceso congresual que podría haber sido embarrado por esta resolución, pero que la higiene democrática que a usted y a mi nos ha caracterizado nos permite disimular y dirimirlo por cauces más aseados, elegantes aunque indiscretos, sin que enturbien el interesantísimo debate que está teniendo lugar en Gijón. Como bien sabe, este sábado confrontan dos miradas contrapuestas de la socialdemocracia local gijonesa, amparadas las dos bajo el escrutinio de los ciudadanos y el paraguas de la socialdemocracia española de nuestro partido y nuestro gobierno, obligados estos días a tomar decisiones arriesgadas, difíciles y siempre polémicas, en tiempos verdaderamente convulsos.

Un partido democrático debe ser consciente de que el pluralismo tiene que permear a los medios de comunicación tanto como a las estructuras de su organización

Reconocerá conmigo que la principal tarea de un periodista debe ser siempre contar la verdad. La tarea no es fácil. Deberá hacerlo garantizando su propia honestidad y la de los lectores para los que escribe, preservando la independencia del medio al que representa, exponiendo y representando su pluralidad ideológica, respetando la divergencia de opiniones y defendiendo un sentido crítico de la realidad que le permita sostener los principios de democracia, estado de derecho, libertad, igualdad, y dignidad. Por la parte que nos toca, nos compete a los periodistas proteger el estatuto de los lectores que gozan del derecho a conocer, entre otras realidades, la de la discrepancia interna de los partidos.

Un lector es, sobre todo, un ciudadano informado y un periodista es otro ciudadano que ejerce también la función de check and balance frente al poder. Efectivamente, los medios de comunicación y sus trabajadores forman parte del resto de poderes que no integran el Estado y, en ocasiones, se convierten en la única herramienta de la que dispone el ciudadano para conocer la realidad. Un partido democrático debe ser consciente de que el pluralismo, entre otros sintagmas, tiene que permear a los medios de comunicación tanto como a las estructuras de su propia organización. En ese sentido, la pluralidad no sólo conforma una manera de estar dentro de un partido político, es, además, una manera de reconocer la necesidad de que la divergencia debe ser exteriorizada para poder ser puesta en conocimiento de la opinión pública con absoluta normalidad. Si no fuera así, el derecho a la discrepancia política sería un derecho tullido, mutilado, incompleto,

Hablando de tullidos, permíteme decirte (y ahora te tuteo) que el periodismo es una de las profesiones más viejas que se conocen. Suelo afirmar que los sonetos políticos de Quevedo contra Felipe IV conformaron los primeros artículos de opinión en la tradición española del columnismo. Quevedo escribía en verso a la contra, porque pensar y escribir, inexorablemente, implica que siempre se pensará contra algo o contra alguien, aunque sea de un modo involuntario. En cualquier caso, desde la ilustración hasta hoy, el periodismo ha logrado desarrollar géneros que se han ido adaptando a la realidad para mantener viva la atención del lector, esbozar su mirada de la actualidad y permitir que sociológicamente pudiera construirse eso que llamamos opinión pública. En ocasiones, los géneros han incorporado la subjetividad para poder desvelar hechos que de otra manera, habrían resultado inverosímiles. Paulatinamente, a esa subjetividad del redactor, por mínima que fuera, se ha incorporado, como una capa más de su personalidad, su militancia política.

Norman Mailer, fotografiado por Carl Van Vechten en 1948. Fuente: Wilkipedia.

No hace falta remitirse sólo a la columna de opinión que, como diría Francisco Umbral, es el solo de violín de un periódico, el oro o el lujo de una cabecera de prensa. La subjetividad ha contagiado otros géneros. No se puede entender el nuevo periodismo americano de Tom Wolfe o Norman Mailer sin el sarcasmo o la épica que su propia personalidad insuflaron a sus crónicas. Tampoco sería posible entender el caso Watergate si obviamos que John Woodward militaba en el Partido Republicano, algo que muchos periodistas no tienen en cuenta y que, sin embargo, siempre estará ahí. Me pregunto si Woodward habría llegado a tantas fuentes sin un conocimiento del partido que sólo le pudo haber propiciado su militancia. Mientras Nixon dimitía poco después, nadie cuestionó la veracidad de sus informaciones por el mero hecho de tener un carné del Partido Republicano. Sea como fuere, de algún modo, todos ellos inyectaron algo más que hechos a sus textos hasta convertirlos en grandes piezas del periodismo o de la literatura contemporánea, interpelando al lector desde la visceralidad o la ironía, desde el liberalismo democrático y los fundamentos del estado de derecho, centrando el foco en el mismo proceso de investigación de la noticia hasta desembocar con la eclosión de su subjetividad en la última palabra escrita, siempre en torno a lo que sus ojos vieron o leyeron, siempre alrededor de lo que sus oídos escucharon, siempre sobre la verdad. La misma identidad de razón existe en la excelsa literatura de Jorge Semprún, que abordó el testimonio del Holocausto desde una mirada subjetiva y literaria sin menoscabo de la veracidad, precisamente para que todo lo que se contara en El largo viaje o La literatura o la vida pudiera ser creíble. Así me lo confesó en alguna ocasión y así lo explicó también en más de una entrevista. Quiere decirse, en definitiva, que la entrevista, el reportaje, la crónica, la columna de opinión, conforman distintas facetas de un poliedro al que denominamos periodismo y que a su vez se incorpora a una realidad más amplia y compleja que es lo que entendemos por la vida. Podría seguir citándole a algunos de mis héroes: Malraux, Camus, o Jean Daniel. Son muchos padres los que articularon su ideología y su militancia política con el periodismo como oficio. Efectivamente, los periodistas, al igual que los espías, somos una tribu extraña.

Mi carrera como periodista se inició en sentido inverso al habitual en un periodista de carrera. Comencé como meritorio en La Nueva España hace más de 20 años. A través de la columna de opinión fuí labrándome una profesión que me ha dado grandes amigos y grandes alegrías. Permíteme sentirme orgulloso y confesarte que no pude tener mejores maestros: Juan Ramón Pérez las Clotas, José Luis Argüelles, José María Ceinos. Aunque no lo sepas, la columna de opinión es la cúspide de una carrera profesional mientras que el reportaje, la información, la entrevista, la nota de prensa, son la base sobre la que un auxiliar de redacción suele iniciar su andadura en uno de los oficios más hermosos del mundo. A pesar de esta circunstancia, la posibilidad de construir un estilo subjetivo, una personalidad literaria a caballo entre el periodismo y la literatura en prensa, fueron haciéndome periodista y granjeándome el respeto de la profesión gracias a numerosas entrevistas, reportajes y unas cuantas columnas (te confieso que esta suspensión ha provocado sorpresa, hilaridad y consternación entre los periodistas asturianos y miles de lectores).

Muchos compañeros, a lo largo de estos veinte años, no entendieron que a la vez que creaba opinión pública, militara en el PSOE. Comprendían que era una absoluta incompatibilidad. Creo que estoy afiliado al PSOE desde hace 15 años, pero mi vocación política viene de mucho antes. La política ha sido y es una pasión. Fui Secretario de las Juventudes Comunistas de Gijón, afiliado al PCE y años después, me incorporé al PSOE tras el primer mandato como presidente de José Luis Rodríguez Zapatero. Entendí que mi oficio y mi afiliación podían ser perfectamente compatibles y lo sigo creyendo, a pesar de esta suspensión de militancia que cuelga sobre mi cuello. Nunca me sentí vicario de las ideas y acciones de los cuadros políticos, porque ser periodista no es ser un intelectual orgánico al servicio de nada ni de nadie, ejercicio, por cierto, muy ligado a la tradición literaria y filosófica de la izquierda europea desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy.

Durante todos estos años, me gané el respeto de mis compañeros de profesión, anteponiendo el listón de la independencia por encima del de la militancia. Mi acidez y escaso acomodo en los aparatos es de sobra conocido. Sin embargo, ese carácter no ha impedido que gozase de la amistad y la complicidad de Secretarios locales del PSOE como José Manuel Sariego o Javier Fernández que comprendieron perfectamente desde el principio y con una elegancia exquisita mi posición. Es importante recordar al presidente y senador Vicente Álvarez Areces, al que me unió una relación casi paterno-filial, inteligente y siempre generosa conmigo, quien comprendió muy bien de qué metal está hecho un periodista. Unos y otros defendieron siempre que, por encima de la militancia, estaba inexcusablemente la inteligencia y la razón.

¿Habría salido airoso Pasolini si le hubieran aplicado el código ético del PSOE que se me pretende a mi?

El estatuto de periodista, de ensayista y afiliado al PSOE no es una situación cómoda. En ella se cruzan intereses sobre los que deben prevalecer unos sobre otros. Inevitablemente generan contradicciones que se deben de resolver desde la racionalidad. Si uno lee las Cartas luteranas de Pier Paolo Pasolini o sus Escritos corsarios (algo que te recomiendo encarecidamente) comprobará que el poeta, ensayista y director de cine, cuyo centenario celebramos actualmente, mantenía en muchas ocasiones criterios políticos que socavaban la doctrina de PCI y sacaba de sus casillas a dirigentes como Berlinguer. Pero su militancia ideológica nunca fue un estorbo para su libertad de opinión, ni su voluntad de contar las cosas tal cual las veía y tal cual las sentía: a veces llenas de rabia, otras rebosantes de amor, de esperanza, de compasión y siempre combinando una extraña aleación de ilustración marxista y desmesura homoerótica. ¿Habría salido airoso Pasolini si le hubieran aplicado el código ético del PSOE que se me pretende a mi? Tengo mis serias dudas, pero no hay que irse tan lejos para saber que Manuel Vázquez Montalbán, al que admiro casi tanto como a un santo del oficio, también militó en las filas del PSUC y supo galvanizar su independencia de cualquier intento de presión por parte del aparato comunista. Seguramente, se sintieron condicionados por sus respetivas direcciones políticas y hasta que quisieron o se lo permitieron, lograron resistirse a ellas. Sus legado literarios e intelectuales estarán siempre por encima de las discrepancias internas que pudieron mantener con los aparatos. Insisto ¿Se habrían salvado de la hoguera inquisitorial del PSOE con su código moral? Sospecho que no.

Manuel Vázquez Montalbán. Foto: Instituto Ramón Llul.

Entiendo que se me suspende de militancia porque se me considera desleal, porque mi conducta es poco ejemplar con la organización, porque mis artículos han podido llegar a ofender. Tengo que reconocer que desde que se aprobó este código al que me opuse desde el principio, sabía que su sombra planearía sobre mi cabeza y que me lo harían tragar de alguna manera. Siempre me repugnó porque otorgaba al aparato del partido una causa última de orden moral que justificaba la amenaza inquisitorial, el apercibimiento de cualquier conducta que no encajase en su código ético. Estas tablas de la ley siempre reforzaron a los amedrentadores del partido, legitimaron a los moralistas, alimentaron la cucaña y sometieron al divergente a un silencio insoportable. En Gijón lo sabemos muy bien.

Algunos compañeros del partido y muchos periodistas han entendido que mi perseverancia militante en la organización se había ganado la cualidad de meritoria, incluso llegaron a afirmar que había sido extraordinaria, a lo largo de todo este tiempo. Por el contrario, a mi me parecía más digno de elogio extenderla a la propia naturaleza democrática de mi partido antes que a mi propia terquedad. Hasta este martes, 28 de marzo, entendía que la discrepancia en buena lid formaba parte del código genético de mi partido y que prevalecía sobre cualquier otro código moral. Pero creo que me equivocaba…

En general, los códigos éticos están orientados a homogeneizar y a amordazar cualquier expresión de divergencia entre los militantes de base, convertidos en una regla nula cuando se aplican a los burócratas y a los altos cargos del partido. Tanto en un caso como en otro, siempre me resultaron arcaicos, perversos, quizá porque extienden cierta mojigatería política e intelectual entre los compañeros del partido, cierto miedo entre los periodistas afiliados a sus respetivas organizaciones que terminan por convertirlos en siervos al servicio de los aparatos y la burocracia de la organización. Si Michel Foucault viviera, observaría en ellos la antesala a una confesión de nuestra propia carne. De manera que he ignorado todo lo que pude aquellos códigos para preservar mi salud. Bien lo saben mis lectores. Sólo puedo decir que desde mi práxis como redactor y columnista siempre los he combatido con la ironía y la provocación, en la mejor escuela cínica, tratando de desmontar desde el sarcasmo su indigencia. Pero sobre todo, creo que me he opuesto a cualquier código ético de cualquier partido porque alimentaban la uniformidad intelectual de los afiliados, jibariza el pensamiento crítico y, lejos de fortalecer la lealtad entre los compañeros, lograba que germinara un miedo subyacente que debilitaba la solidaridad y la unión entre camaradas. Los códigos éticos inducen a un juego perverso de poder donde el silencio se impone a la voz, la razón y la discusión. Lentamente configuran una mordaza.

objeto de cualquier código ético: hacernos sentir culpables antes de haber cometido ninguna falta.

Uno de los efectos más siniestros que tiene este código que se me aplica es que convierte al partido en una especie de panóptico que busca, rastrea y persigue nuestras acciones y declaraciones vertidas en el pasado. Descontextualizadas, se convierten en un arma peligrosa. Cualquier cosa que uno diga puede ser utilizada en tu contra. Me sorprende la manera en que esta resolución ha registrado mis columnas de opinión en diferentes medios, desde el diario Nortes, donde me han acogido con gran generosidad, pasando por Migijón, donde afronté el reto de escribir una columna diaria o La Nueva España, la casa y la escuela que me enseñó a ser periodista en esta vida. Lamento que no hayan registrado mis análisis políticos en La ventana de la cadena ser. Estoy seguro de que habrían encontrado mejores argumentos que los que han expuesto en las consideraciones de la resolución que has firmado contra mi.

Quiero decir que no deja de ser kafkiano lo aleatorio de la elección de algunos párrafos descontextualizados, alcanzando un grado absurdo y esquizoide. Se diría que más que a un censor, le habéis encargado el trabajo a un psicótico porque no llego a saber en qué punto se justifica la causa y efecto entre mis declaraciones y la sanción, dónde la ofensa, dónde la protesta y dónde la alabanza. Hay que reconocer que es perverso y me recuerda a El Proceso de Kafka donde, como ya sabes, un suponer, el protagonista, en un momento determinado de su vida, acosado y desnortado, ya no sabe quién ni de qué carajo se le acusa, convirtiendo su proceso en un lugar y un momento abstracto de la culpabilidad. Y ese, querido amigo, permíteme llegados a este punto la confianza del tuteo, este es el objeto de cualquier código ético: hacernos sentir culpables antes de haber cometido ninguna falta.

La mejor manera de combatir esta ignominia es con humor, para restarle gravedad e importancia al espléndido desastre que habéis organizado. Hace unos días he llegado a declarar al diario de La Nueva España que comprendía perfectamente el sentimiento de extrañeza que percibieron Berlanga o Azcona cuando comprobaban que la tijera de la censura cortaba la frase más inesperada, la más inocente, dando de paso, para su sorpresa, aquellas otras que encerraban una verdadera intención crítica, maliciosa, política y mordaz del régimen franquista. En uno de mis escritos reivindiqué con bastante ironía la figura de Adriana Lastra, hasta el punto de que su carácter se comparaba al de Bette Davis, quien siempre me resultó una mujer sugerente, de una gran complejidad, hasta cierto punto atractiva, por dramática, malvada y retorcida. Nada tiene que ver la Adriana Lastra de hoy con la Adriana Lastra que hace unos años despojaba al Senado de la representación de la soberanía nacional por su más completa ignorancia de nuestra Constitución. En eso hemos ganado todos. Deseo, por nuestro bien, y sobre todo el tuyo, que haya aprendido algo. Quiero decir, por si no se me comprende todavía, que la censura es la expresión de una patología, generalmente, de índole sexual. Mi consejo es que el burócrata que haya sondeado mis redes sociales o haya tenido la generosidad de estudiar mi obra periodística, el que haya lanzado el dedo inquisidor contra mi, el sujeto anónimo que me acusa de vulnerar un código ético, acuda lo antes posible al psicólogo y reciba una consulta. Nadie merece sufrimiento.

Dicho lo cual, ahora conviene no dilatarse más y responder a las preguntas del comienzo. ¿Se puede ser periodista y militar en un partido? Por supuesto. Ningún estatuto lo prohíbe expresamente. Tampoco el del PSOE. ¿Se debe a sus lectores antes que a la dirección de su partido? Siempre. Los lectores, como los oyentes o los telespectadores, son sagrados. Se trabaja para ellos, en cualquier momento, en cualquier lugar, desde la más reluciente soledad, impasibles a la crítica y sobre todo al insulto, sostenidos sólo por la independencia y las empresas que nos otorga su espacio y remunera por nuestras palabras.

Las palabras siempre son difíciles. Nos anidan en nuestra infancia, adquieren significados en la pubertad y se convierten en armas peligrosas cuando se trabaja con ellas. Mis palabras siempre han sido difíciles, vertiginosas, ácidas, arriscadas, en ocasiones barrocas, dispuestas a quebrantar los convencionalismos de la vida política y a convocar la complicidad de los lectores, siempre y para siempre con los lectores y por la libertad de prensa.

Bette Davis en un momento del film “Eva al desnudo” (1950) de Joseph L. Mankiewicz.

Porque aquí no sólo está en juego la libertad de expresión ni la libertad de opinión. ¿Acaso me he sentido alguna vez cercenado por alguien cuando escribí una columna? Nunca. Entre otros motivos porque no ocupé nunca ningún cargo en la dirección del partido que, en ese caso, sí me habría sometido a una disciplina y a una lealtad que el simple militante de base no tiene por qué aceptar. Pero aquí se juzga la libertad de prensa que es otra cosa o más bien, un derecho que adquiere aquí un sentido muy puntual; lo que se debate aquí es hasta qué punto un periodista puede ejercer su oficio, en el que está presente la libertad de opinión, sin menoscabar su derecho a la afiliación política. Visto desde otra perspectiva, ¿la afiliación política puede rebajar la esfera de aplicación de libertad de prensa? ¿Puede un periodista afiliado al PSOE ejercer la crítica, la ironía y el sarcasmo en sus columnas contra la dirección de su partido sin temor a ser suspendido de militancia? Desde luego que puede, porque la libertad de prensa le ampara. Y yo la he ejercido siempre. ¿Acaso el Partido Socialista Obrero Español le está imponiendo límites a la libertad de prensa, marcándole lindes a los redactores afiliados en su seno cuando ejercen su libertad de opinión? Lo está haciendo. Este alegato lo demuestra. Y vaya por delante que no es la primera vez que los redactores jefes de radios y periódicos reciben llamadas desde las estructuras del partido, pidiendo mi cabeza. Y qué bien la defendieron. Gracias a todos ellos.

Entrando al fondo de este asunto, querido Santos, me sorprende que hayas incoado una suspensión cautelar de mi militancia sin permitirme ejercer mi derecho previo a ser oiçio con carácter previo a la adopción de cualquier resolución. Dónde está mi garantía del derecho a la defensa. Acaso no comprendes que has generado una situación de indefensión y hoy no sé si podré ejercer mi derecho al voto en una asamblea congresual. Se diría que actúas como un emisario anunciando un aviso a navegantes. Con tus actos, el partido en Asturias parece un barco que zozobra. Si tan ofensivas han sido mis palabras, si tan amoral ha sido mi conducta, ¿por qué nadie me reconvino anteriormente?

Me despido de ti con una última reflexión. Es fácil comprender que hay demasiada indigencia intelectual a las espaldas de un partido centenario que siempre defendió la libertad, si no acepta con sentido del humor y con unos gramos de ironía la crítica política de un periodista de izquierdas. El poder no es solo el gesto de Macbeth degollando a su rey, también puede convertirse en la voz de una bruja que atormente su conciencia, la misma que le impele a acometer crímenes hasta conducirle irrevocablemente a la locura. ¿No te parece una locura incoar una suspensión de militancia para satisfacer los deseos de venganza de cuatro incompetentes, provocando indefensión entre los militantes? ¿Para eso asumiste el cargo de Secretario de Organización del PSOE? Estoy convencido de que no, de que tu posición no está para gestionar miserias ni pequeñeces reducidas a un comentario o una columna de opinión. ¿O si?

Se despide cordialmente

Víctor Guillot Monroy

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