Adolescencia y xenofobia

‘A.K.A.’ cumple con la necesidad de un teatro "pedagógico" específico para el público joven, eficaz para la discusión y el debate, que no defraude y esté a la altura de los retos que plantea la modernidad.

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

A.K.A. (Also known as)

Dramaturgia: Daniel J. Meyer

Dirección: Montse Rodríguez Clusella

Intérprete: Lluís Febrer

Domingo 3 de abril, Teatro Jovellanos, Gijón

Conozco a los adolescentes tanto como me conocía mi madre cuando yo lo era. O sea, nada. Mis amigas y amigos tienen hijos de esas edades y me hablan bien de ellos, los profesores no tanto. Me dicen que hay de todo, como en botica (siempre desde la perspectiva adulta, evidentemente). Así que no sé si el personaje de Daniel J. Meyer es real o podría parecerlo. Para mí, así presentado, con los atributos que lo definen y se utilizan de leitmotiv, en una habitación abierta, con el público sentado a tres bandas y el soberbio trabajo del joven Lluís Febrer como intérprete –incombustible, tenaz, electrizante–, lo es de la mejor de las maneras posibles. Es decir: conforme a las leyes de verosimilitud teatral que provienen de un alto grado de concreción artística, de artificio. Al margen de la organicidad del monólogo convencional naturalista, al que ya estamos tan acostumbrados.

Carlos es un chico adoptado de 15 años –bueno 16, aunque él no lo sabe– que va a terapia. Como la mayoría de adolescentes está harto de sus profes y sus padres. Ama el skate, el hip-hop, vibra y baila al ritmo de Calle 13 y tiene una sudadera con capucha protectora que no se quita jamás. Ya desde el principio sabemos que es un chaval bueno, de libro, que intenta comprender el mundo que le rodea sin demasiado éxito. El cruce endiablado de diálogos en Tinder, las reuniones de la terapia y en el parque fumándose unos porros con los amigos muestran sus altibajos de humor, rayaduras, subidones, y la aparición de la simpar Claudia, la megapija con una prima xenófoba a la que se le va la olla y es quien hace saltar por los aires todo ese universo. La identidad, los prejuicios, la construcción del sujeto a partir de cómo nos perciben los demás, son algunos de los temas que se exponen. La pieza acrecienta el tono de denuncia a medida que avanzan y se complican los hechos. Pero sin rencor, sin pérdida de inocencia, porque al final Carlos se aleja del mundo que no comprende y le rechaza.

Fotos: Ona Vilar

Lluís Febrer desborda energía a raudales. Con su ternura, naturalidad y rabia adolescente, convierte a los espectadores en interlocutores para que juzguen su condición de métèque, de moro, en una sociedad que se muestra incapaz de liberarlo del estigma racista. Verlo bailar, saltar, correr o interpretar a una velocidad de vértigo, es un placer que nos revela su excelente preparación física y formación. Montse R. Clusella, desde la dirección, le ha marcado unos movimientos y un ritmo trepidante para que la atención no decaiga ni un momento. Y lo consigue.

Mucho se ha hablado de la necesidad de un teatro “pedagógico” con temática y tratamiento específico para el público joven, un teatro eficaz para la discusión y el debate, que no defraude y esté a la altura de los retos que plantea la modernidad. Pues bien, amén de ser un estupendo espectáculo para todos los públicos, A.K.A. (Also known as) cumple inteligentemente con todos esos objetivos, tal y como han podido corroborar los alumnos de los institutos de Gijón que ayer a la mañana disfrutaron de una representación concertada.

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