Elogio de las madres

A diferencia de España, en numerosos países del mundo el Día de la Madre se celebra hoy, segundo domingo de mayo

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Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

En el fondo de la pantalla de Zoom, y como si se tratara de la escena de una película de Pedro Almodóvar en la que se adelgazan los límites entre lo público y lo privado, veo de vez en cuando a alguna de mis estudiantes levantarse a preparar un biberón a sus hijos recién nacidos mientras les doy clase, acompañarlos a la escuela en el mismo instante en el que siguen mis lecciones en el móvil, o pedirles que se callen cuando reclaman una atención que ellas no pueden darles en ese momento.

A diferencia de estas estudiantes mías, que han sido madres muy jóvenes, algunas incluso extremadamente jóvenes, y que van tejiendo su día a día con el temor constante a que el hilo que usan para coser su vida se rompa cuando menos lo esperan, yo pertenezco a esa generación a la que, al menos en España, se le impuso un cierto orden para hacer las cosas —primero estudias, luego encuentras un trabajo, entonces te casas y tienes hijos— y que nos encargamos de cumplir casi religiosamente muchas de las mujeres que, por primera vez en nuestras familias, abríamos las puertas de una universidad. Ser madre a los veintipocos años, como habían sido nuestras propias madres, era algo tan excepcional entre las que estudiábamos en la década de los 80 que la noticia de que alguna amiga hubiera decidido casarse, y además de casarse tener un hijo, nos parecía una decisión tan sorprendente como incomprensible.

Yo formé parte de ese grupo que, puntualmente, llegó a sentir un rechazo casi visceral hacia la maternidad, también un poco inexplicable, pero no olvido la conversación que tuve a principios de los 90 con un amigo de esos mismos años de estudiante en la que los dos coincidíamos al decir que querríamos ser padres… en un futuro. Estábamos sentados en la cocina del último piso en el que viví en Oviedo, en el barrio de La Florida, y hablábamos de ese periodo de incertidumbre que habíamos encontrado al final de nuestras carreras y doctorados. Yo estaba a punto de hacer las maletas para ir a trabajar a México, él estaba en el proceso de preparar oposiciones y no habíamos llegado aún a ese párrafo de nuestras vidas correspondiente a la maternidad —o a la paternidad—, pero cuatro o cinco años después de esta conversación nacía su primer hijo. Por entonces, yo seguía sin otorgarle un espacio relevante a esta idea, aunque empezaba a prestar atención a las mujeres de mi entorno, y más o menos de mi edad, que se iban quedando embarazadas.

Tardé más tiempo del que hubiera querido en limar cada uno de los temores que la asunción de este rol me provocaba, hasta que años más tarde descubrí que muchos de los miedos a la maternidad con los que siempre había convivido eran simplezas en comparación con la responsabilidad enorme y real que criar hijos supone. Sé que no hay absolutamente nada que explique el deseo, o la falta de este, de tener hijos y entiendo lo difícil que resulta racionalizar una decisión, cuando decidir es posible, que se resiste a este tipo de lógica y explicaciones. Mi abuela paterna, que se había casado con mi abuelo a los 33 años, nunca sintió mayor necesidad de tener hijos, o al menos no tantos. Entre los 34 años y los 42 mi abuela tuvo cuatro, algo que no se podría considerar una exageración en el primer tercio del siglo XX, pero ella recibía con disgusto la noticia de cada uno de sus embarazos y hubo una ocasión en la que inútilmente —me imagino que por falta de dinero— se quiso hacer un aborto.

Mi abuela, que fue sin duda una buena madre, y que trabajó lo que no habría tenido que trabajar si mi abuelo no gastara una parte importante de lo que ganaba en tabaco y bebida, o si hubiera nacido en una época en la que las mujeres tuvieran solamente un poco más de poder, da la impresión de que hubiera preferido no tener los hijos que tuvo. Aun así, a los dos o tres años de yo haberme casado, llegó a preguntarme si no los iba a tener, respuesta que en aquel entonces me costaba muchísimo contestar, y se alegró cuando a finales del 2000 supo que estaba embarazada. “Aunque ya no la conozca”, dijo mi abuela, “me alegra saber que vaya a nacer la niña”. Mi abuela murió en enero del 2001, unas semanas antes de cumplir los cien años, y Jacinta nacía seis meses después. Y a los tres años, su hermana Rosalba.

Después de casi veintiún años —los mismos que mi hija mayor cumplirá en julio— tengo que admitir que no he podido ser la madre ideal de esos libros, normalmente escritos por hombres, sobre cómo ser padres; que me ha costado mucho en muchas ocasiones seguir los que incluso yo consideraba los mejores consejos de esas pocas guías que llegué a leer, y que lamento reconocer que el trabajo que vagamente intuía que daban los hijos nada tiene que ver con el trabajo real que los hijos dan, algo que en más de una ocasión me ha hecho sentirme tan ansiosa como frustrada. Además de esto, no he sido la madre omnipresente que fue mi madre; aunque cocino, mi menú ha sido siempre más limitado que el que yo tuve en mi infancia, y seguro que en más de una ocasión me habré quejado por haber tenido que reducir mi vida social, por no tener más tiempo para mí misma, para ir al cine o para escribir más de lo que he escrito, aunque tampoco estoy convencida de que el hecho de que no hubieran nacido las niñas me hubiera llevado a escribir todo lo que, según yo, quisiera.

En realidad, no he dejado de escribir… al ritmo al que he podido hacerlo y desde una perspectiva que seguramente, de no haber sido madre, no hubiera tenido nunca. Por esto mismo, agradezco a las niñas cuanto han aportado a mi escritura a pesar del cansancio, de las ganas de dormir y del deseo de que crecieran tan rápido como crecen los niños en las películas. La vida de madre —y de esos padres que comparten con nosotras la responsabilidad de criarlos— es un sacrificio grande al que de todos modos, y me alegro de ello, no he querido renunciar.

En septiembre de este año cumpliré 57 años y me satisface no tener que sentir lo mismo que aquella periodista que se había pasado buena parte de la juventud dando charlas para convencer a otras mujeres de que no tuvieran hijos, y que cuando llegó a los 60, mientras veía cómo los hijos y las hijas de sus amigos se habían convertido en personas adultas con las que madres y padres compartían ocasionalmente proyectos y conversaciones, se contempló a sí misma en un viaje por China sacando fotos de madres con niños recién nacidos, o muy pequeños, y añorando a su pesar la maternidad que tanto había rechazado. Hablo, de todos modos, de un sentimiento muy personal que no es para nada incompatible con el enorme respeto que me merecen cuantas mujeres no quieren o no han querido ser madres, y a quienes, además, puedo entender, porque yo misma estuve a punto de ser una de ellas.

Algunas veces, muchas más en los últimos años, he pensado cuáles serían los momentos de mi vida que, en caso de poder, quisiera revivir. Sé que hubiera tenido dificultades para responder esta pregunta antes de haber nacido las niñas, pero ninguna duda me cabe ahora de que el momento que yo estaría dispuesta a vivir de nuevo cuantas veces fuera posible es el momento en el que por primera vez, y después de nueve meses formándose en mi cuerpo, encontré, viéndose en la mía, la mirada de mis hijas. Y esa felicidad que yo recuerdo como absoluta es la misma que veo en la cara de mis estudiantes cuándo les pregunto por sus hijos.

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