Samantha Hudson es demasiado coño

La cantante y travesti catódica presenta su último álbum Liquidación total en el Centro Cultural de Mieres

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

En la catacumba electrónica de la generación Z que subyace en las grandes ciudades, siempre hay una Samantha Hudson que enciende al personal en cuanto asoman sus piernas. Es entonces cuando a todas nos vuela la cabeza, casi como la primera vez que descubrimos la Venus de Boticelli. A mi entender, la Venus de Boticelli ya era bastante maricona, pero le faltaba látex, plástico, un buen airliner y una fábrica de baile para resituarla en el siglo XXI. A falta de Venus, podemos gozar de Samantha Hudson, cantante y travesti, catódica y gay consolidada, o sea, una mujer del renacimiento, un hombre dotado para todas las artes, lo más, que ha seguido la estela de Divine y John Waters tanto como Olvido Alaska y La Veneno. Este sábado, la artista y presentadora ofrecerá en Mieres su espectáculo Liquidación total.

En una ocasión, Semprún me confesó que Proust escribía como Cervantes, o sea, como un españolazo, algo que irritaba a los franceses. En el fondo, Proust era un conservador y le gustaba que cada cosa estuviera en su sitio. En escritor afirmaba que la mujer tendría Gomorra y el hombre Sodoma y se equivocaba la paloma, porque Hudson es un destilado químico de Sodoma y Gomorra y siempre que tiene oportunidad, se come todas las magdalenas. Todas, todas, to-das. Hudson es heredera de Flor de Loto, Bibiana Fernández y Sara Montiel. Le ha devuelto a la música un sentido político satinado, como la revista, siempre transgresora, en el que las identidades sexuales y las banderas políticas diluyen en un costumbrismo pop, a veces regionalismo, que explota como dinamita a golpe de sevillanas, tecno y mákina.

Y es que la Hudson logra hacer tecnopop con la lucha de clases, riéndose de todo dogmatismo, desnudando a una burguesa arruinada, que después de Prada, Gucci o Moschino, se apunta a otra marca global llamada, o la la, Carlos Marx: comunismo. Samantha, en su devenir sexual, es una revolución constante, una deconstrucción de sí misma que empieza por el sexo y termina con la emancipación de la clase obrera para lograr un discurso que ofrece nuevos mapas, nuevos fluidos y nuevas ficciones que logran tambalear la realidad.

El amor es un algoritmo. Lo escribió Paul B Preciado, pero lo podía haber dicho Samantha, una auténtica etarra queer que nos divierte tanto como emociona. Porque en toda comedia queer hay un drama y no hay mayor drama que vivir la vida a través de una comedia de televsión. Tiene razón Preciado. El amor es un algoritmo. Porque de eso van las canciones de Samantha Hudson, del deseo, del instante placentero en el que una pierde el control, de escapar del algoritmo, a base de benzodiacepinas o speed. Cuando las identidades se convierten en cárceles, Samantha Hudson irrumpe para cantarnos como una femme fatale, fingiéndose tóxica y sádica, que es demasiado coño. Samantha Hudson es el mejor lenitivo contra el amor, cola cao emocional, lefa rosa, como un chicle dulce y espeso que alimenta nuestros deseos y nuestras frustraciones en la era turbocapital. Demasiado moderna, demasiado tabaco y demasiada nostalgia para que aún quepa un hueco para amar en su corazón. Me encanta la Hudson. Mucho mejor que un polvo y todos a bailar.

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