Vibra Mahou y el indie como ritual

El festival de indie pop reunió a 700 asistentes a lo largo de la jornada

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Mientras millones de fieles seguían desde sus casas el rito catódico de Eurovisión, cerca de 700 “belivers” se esparcían por la Feria de Muestras durante la segunda jornada del Vibra Mahou Fest en Gijón. Dos rituales se contraprogramaban, se superponían, provocando una extraña redundancia. El festival más masivo de la televisión versus el festival midlemass, o sea, un planazo. Chanel competía contra Las Ginebras, la Kalus Orchesta de Ucrania contra los cartageneros de Arde Bogotá, el británico Sam Rayder se las veía contra Sienna, y así en este plan. La cerveza ante al televisor frente a la cerveza ante el escenario. Por favor, una Mahou.

Otro domingo más sin poder ir a misa. La importancia de un festival hoy en día radica en su carácter antropológico. Hay quien acude a misa todos los domingos como hay quien no puede perderse un concierto, una pinchada, lo que sea con tal de no quedar en casa. La cerveza es un buen pegamento para convocar a las tribus que se refugian bajo el ritual del pop hasta que el alcohol logre que se impregne en sus cinco sentidos. Da igual que los Nunatack exuden un romanticismo acongojante, blando y sentimental, que Delafé rapee a la primavera deslizando sus versos sobre bases electrónicas o que Sienna eleve la temperatura con su pop vetusto y bailón. Acudimos a la música para sacudirnos la costra que va dejando sobre la piel la rutina. Otra birra, por favor.

Uno se imagina que las jerarquías de las bandas en los festivales vienen marcadas por las escuchas en Spotify, que es a la música lo que el Vaticano a la religión católica: no es que marque tendencia, es que dicta sentencia. Spoty es la cancerbera de nuestra fe en el pop. El misterio del algoritmo tiene hoy tantos exegetas como padres tiene la Iglesia. ¿Por qué Arde Bogotá y Elyella encabezan un cartel? La respuesta está en Spotify. Así que no sabemos qué o quién decide el horario en el que toca cada banda, será probablemente el algoritmo el que observa cuántos oyentes tiene una canción cada día, cada semana, cada mes y es por eso que todos los músicos andan moviendo y removiendo las redes sociales para que su nombre, finalmente, no aparezca escrito en el faldón de un cartel. Los músicos también tienen su Spoty que les cuenta todo esto que los mortales desconocemos, y el algoritmo les hace la estadística de la canción, su estudio sociológico y conductual, es decir, pura sociología musical, ingeniera de la buena. El pop, antes que nada, es un mercado en el que cotizan millones de canciones.

Un festival, por pequeño que sea, homologa a unas ciudades con otras, como lo hacen las catedrales, los cascos antiguos, las estaciones de tren o los aeropuertos. Como todo lo anterior, propicia un incremento de la autoestima colectiva entre la middlemass. No queremos dejar de parecernos a, siempre miramos con el rabillo del ojo lo que está sucediendo en. Esta agonía por estar se hace más palpable cuando uno asume con resignación que Asturias dejará de tener un millón de habitantes en pocos meses o que en Salas no volverá a manufacturarse un yogur de Danone nunca más. El festival es una factoría de deseos, una marca que se hace soluble en la cerveza que viene a suplir como un sucedáneo o un placebo nuestras verdaderas carencias. Quizá por eso, su ausencia nos genera un sentimiento de orfandad, de vacío religioso, tan perceptible y doloroso como un año sin cabalgata de los reyes magos.

“Toda la midcult, sea esto lo que sea, ha encontrado en el festival su gran factoría mitológica”

El festival, al igual que Eurovisión, congrega a la masa que, por un momento, suspende todas las etiquetas con las que participa en la vida ciudadana y se atiborra de tantas otras como un disfraz. Un festi es tu particular parque de atracciones, un micromundo de firmas, sonidos, estilos, modas que harían las delicias de Vicente Verdú si aún estuviera vivo. Zapatillas vans y converse a tutiplen, camisas hawaianas, camisetas color primavera, mucho rímel y algún gramo de coca para suspender la realidad. Porque el festival es como una peli o una novela, que exige toda cancelación del paisaje cotidiano para que no nos arroye el tiempo con todas sus calamidades.

Con permiso de Dwight Madonald, toda la midcult, sea esto lo que sea, ha encontrado en el festival su gran factoría mitológica, produciendo unos héroes más o menos permanentes, despojándolos o despojándose ellos mismos de cualquier ideología, en función de lo que diga el algoritmo al que, parafraseando a Marx, nada de lo humano le es ajeno.

Público en el Vibra Mahou Fest celebrado el sábado en el recinto ferial Luis Adaro. Foto de David Aguilar Sánchez.

La midcult no se escapa de su magia. Este año vuelven a ser tendencia las botas camperas entre las tías y podemos rescatar del armario el color fluor chorreando sobre las camisetas. Volvemos al 2000. Midcult es pinchar a Lori Meyers entre concierto y concierto y que todo el mundo cante y salte al unísono ante el altar del Dj, que una grupi cuente su última anécdota con J mientras fuma un cigarrillo al aire libre (J es el Bill Murray de la música indie, no eres nadie si no te lo has cruzado alguna vez en tu vida). Midcult es chapotear de alegría cuando Adolfo Sputnik rompe con el repertorio indie de rigor y te sorprende con una deliciosa sesión electrónica. Midcult es difuminarse las arrugas políticas con el maquillaje festivalero anunciando cuándo será el próximo festi al que irás, cantar el último temazo de Ginebras y recordar cuál no tocó y, por supuesto, midcult es anunciar tu último proyecto de emprendimiento antes de que se lo lleve por delante la siguiente guerra. Por cierto, ya nadie se acuerda de esta cursilería snob que es la middcult. Otra birra, please.

Las redes sociales han potenciado los festivales que no necesitan de periódicos para anunciarse. Vamos conociendo las estaciones del año por la irrupción de los festivales. Entre story y story se intercala siempre el anuncio de un macrofestival, otro abono, otro cartel Más pasta y otra vida, por favor. La semana que viene Suede y la siguiente… vaya usted a saber. Casi todos se repiten, porque un festi es como un acería que saca todos los días cien toneladas de chapa y alambrón. Seguimos cada uno de ellos para saber cuál será la próxima estrella del siguiente cartel en el mercado de las bandas y las vanidades que cotizan al alza o a la baja como una empresa más del IBEX. Los planetas vendrán al Vesu, tía. Este año se han pasado con la pasta, a mi no me llega, y cosas así.

Desde el desencanto político al comercial (en la ropa, en los muebles, en las apps), hasta las interminables secuelas novelísticas o cinematográficas, el mundo parece girar en una inercia bélica. La economía no avanza ni retrocede y sin las atrabiliaria sacudidas de la guerra del gas todo sería un vaivén desgastado. El festival es nuestra gasolinera, el área de descanso que se intercala como un cuadro de Hoper en la carretera.. A veces, también sucede que un festival produce esa sensación que tenemos cuando vestimos ropa desgastada. Este grupo ya lo vi, y este y este y este también. La bolsa sube y baja, crece y decrece, promete y decepciona como una réplica del movimiento inmóvil. Las criptomonedas se han vuelto a devaluar. Con los festivales, a veces, pasa lo mismo, que decepcionan y prometen, suben y bajhan, crecen y decrecen, se devalúan y se gastan, como las camisetas, y después, cuando llega la gran hostia y siempre llega, van y desaparecen.

“El festival es la gran escaramuza de la middcult para escaparse de las convenciones construyendo otras”

Mientras tanto, la comunidad festi va tejiendo parroquias, círculos, creyentes, impone sus propios dogmas y a la vez los impugna y destruye, establece sus particulares ortodoxias y hace nacer al mismo tiempo a sus herejes. El festival es la gran escaramuza de la middcult para escaparse de las convenciones construyendo otras. Como todo micromundo, logra transformar la sustancia de la que están hechos los segundos y los minutos. Se acelera y lentifica en función de cada banda, en función de cada birra y todo lo demás. Pero hay algo que siempre funciona y permanece inalterable. Me lo decía esta tarde, mientras escapaba de la resaca, la columnista y maquilladora uruguaya Valentina Solé: una canción es un templo. Ella se ha tatuado recientemente el suyo que dice “all this pain is an illusion”. No son los festis, idiota, sino las canciones las que se anclan en nuestra vida. Los festis pasan, las canciones prevalecen. La música no es un objeto, es un lugar al que hemos anclado nuestras emociones. Slow Mow ha quedado tercera en Eurovisión. Triunfa una cantante con nombre de perfume de mujer. Este cuerpo necesita otra Mahou y prometo no volver a escribir con resaca, ay.

Fotografías de David Aguilar Sánchez:

Natalia Lacunza.
Público asistente.
Adolfo Sputnik.
Público vibrando con Adolfo Sputnik.
No sólo de cerveza viven les festivaleres.
Ginebras.
Público entre DJ set y concierto.
Arde Bogotá.

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