La banalidad de las armas

Estoy con quienes piden a gritos que se haga lo que se tenga que hacer para controlar de una vez el salvaje acceso a las armas en los Estados Unidos, el país en el que vivo

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Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Conozco a alguno de ellos de cerca. A esos que por nada del mundo renunciarían a su derecho a tener armas. Los conozco y son gente buena, responsable, trabajadora. Gente cariñosa y simpática con la que la vida me ha dado la ocasión de compartir momentos si no demasiado profundos al menos gratos. No son amigos míos, pero siento aprecio por ellos y merecen mi respeto. Me gusta cómo cuidan a sus hijos y cómo atienden a sus mayores, y he disfrutado en las pocas o muchas fiestas a las que me han podido invitar: babyshowers, cumpleaños, bodas, graduaciones… Son gente tan normal como cualquiera, gente común a la que le gusta el béisbol, la comida italiana, el vino tinto. Gente que va de vacaciones a Orlando o a Las Vegas y sueña con conocer París o Roma. Se hacen fotos de familia en Walmart, compran en Sprouts, en Whole Foods, HEB, y envían christmas por Navidades… Hablan de sus series favoritas de Netflix pero les preocupa sobre todo encontrar la mejor escuela para sus hijos, pagar la hipoteca y la mensualidad del coche, conseguir un ascenso en el trabajo. Tienen, en general, las mismas preocupaciones que todos tenemos; ninguna cosa extraordinaria, nada que se salga del guion más común de cualquier vida.

No compartimos opciones políticas, pero manteniendo un cierto equilibrio para no caer del lado en el que ninguno quiere caer, aún podemos mantener una conversación completa sin demasiados roces. Al final, el día a día de todos está hecho de demasiadas necesidades e intereses comunes, aunque difieran los caminos que cada cual sigue para que las necesidades dejen de serlo y los intereses se puedan alcanzar. Y es ahí, desde esos dos caminos distintos que unos y otros seguimos, donde empezamos a miramos con extrañeza y recelo, con gestos de interrogación, incluso con cierto desdén. A veces, supongo que demasiadas veces, haciendo una especie de argamasa emocional de todo esto.

Qué se preguntan ellos, no lo sé, pero las preguntas mías las conozco, consciente de que a su lado —y no al lado mío— hay una importante porción de gente que está a favor de esa posesión indiscriminada de armas. Y que está convencida de que los tiroteos masivos se solucionan incrementando la artillería personal, acorazando a más gente y preparando a niños y profesores para este juego de guerra. Sé que todo es mucho más complicado que tener o dejar de tener una pistola, pero la pistola que llevan esas familias cuando acompañan a sus hijos al parque, o cuando salen a cenar o van a hacer la compra porque se sienten más protegidos, es una metáfora profunda de una manera de ver la vida que, en mi opinión, está desgarrando una sociedad ya de por sí bastante hecha pedazos.

Estoy, por supuesto, con los que rezan y lloran siempre que alguien entra en una escuela o un supermercado y acribilla a todo el que se le pone por delante, pero estoy sobre todo con quienes piden a gritos que se haga lo que se tenga que hacer para controlar de una vez el salvaje acceso a las armas en este país. Lo más triste de todo es que se sabe de sobra que esto, en los Estados Unidos de América, en el futuro próximo todavía no va a pasar.

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