“Mientras mamá moría yo estaba haciendo el amor”

La escritora feminista Sara Torres publica su primera novela 'Lo que hay', un relato sobre el amor, el luto y el miedo.

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Luis Argeo
Luis Argeo
Es periodista, escritor y cineasta. Junto con James D. Fernández ha sido comisario de la exposición "Emigrantes invisibles: españoles en EE UU (1868-1945)", organizada por la Fundación Consejo España-EE UU.

Lo que hay es Sara Torres, joven gijonesa que va camino de convertirse en una de las escritoras de referencia de las letras hispanas. Lo que hay es una novela escrita al amor que profesa a su madre muerta, a su querida abuela, a sus amantes, a su perro, a su juventud, a sus dudas y certezas. A la pasión de vivir. Lo que hay es una mujer valiente. Lo que hay es una poeta expatriada. Lo que hay es una conversación de hotel que se produjo un rato antes de que Sara Torres presentara en público las intimidades fragmentadas de un duelo. Lo que hay son cascajos de ese libro, Lo que hay (Reservoir Books), y de esa conversación. Eso es.

-¿Lo que hay ante mí es una escritora o el personaje de su novela?

-No lo sé. Jugamos a esas ambigüedades

-Lo que hay en el libro es un duelo de una hija por una madre muerta tras una larga enfermedad.

-Un duelo simultáneo. Y fue muy difícil la escritura, porque el tiempo del duelo de la narradora es sincrónico con el mío. En ese momento en el que estaba medio pasada, escribí impulsivamente, igual que impulsivamente recordaba cosas o estaba atrapada por miedos momentáneos. Esa escritura, al final, fue buscando un horizonte de ternura y de optimismo en la lectura.

FOTO: Luis Sevilla

-Lo que hay es un canto al amor.

-El eje biográfico del libro es el amor por mi madre. La novela es un regalo para mi madre, que siempre quiso que escribiese novela, no poesía… (quería un best seller, apunta Sara Torres en el libro). Bueno, no me ha quedado un best seller, pero sí es una novela. Es un regalo para mi madre, que fue una mujer con muchísima potencia, inteligentísima, con muchas cosas que decir, aunque muchas se le quedaron por decir, porque vivía en un contexto donde no era posible decirlas. Me pareció bonito poner su nombre completo, María Teresa Rodríguez de Castro. Además, esta elección tiene un porqué: la primera vez que me di cuenta de que se había muerto fue, y esto le pasa a la narradora también, cuando vi su nombre escrito sobre una pantalla en negro, al llegar al tanatorio. Ese fue el golpe de lo real. Esto ha ocurrido, me dije. Y me dio una impresión bestial. Su nombre escrito allí tuvo un peso enorme. Ese contexto de muerte, ritual, me empujó a tomar la decisión de usar su nombre con nombres y apellidos.

-Lo que hay en la página 60 es un problema: “¿Por qué nadie nos enseña a reconocer y acompañar a un cuerpo que muere?”

-Sí. Tanto el enamoramiento como la pérdida generan muchos momentos de intensidad donde la configuración de tu cuerpo y de tu ser es tan distinta, que a la vez que estás destrozada tienes acceso a una belleza muy bestial…. Recuerdo la muerte de mi madre como un momento desgarrador en todos los sentidos, pero también estaba tocada por una especie de amor enorme. Había una energía de amor tan bella y que no se parecía en nada a cualquier otro momento de tu vida. Así entiendo que haya gente con sensaciones de experiencia mística. En este libro intenté recoger esa energía de amor. Esto es real, pero no sabemos cómo hablar de ello… En este sentido, me interesa mucho el trabajo de Laurie Anderson, El libro tibetano de los muertos, la liberación del amor. Pero no tenemos discursos para hablar de eso en Occidente.

-Lo que hay es una confesión valiente en 220 páginas…

-Lo más importante aquí fue no sentir que yo estaba haciendo mal a mi familia por ser lesbiana públicamente. Mi miedo principal siempre fue que hablasen de mi familia como personas que no supieron hacer bien su rol de familia porque en lugar de educarme bien, como persona heterosexual, me fui de la mano. Eso fue mi mayor preocupación hacia mi padre o mi madre, aunque ellos no tuviesen ningún problema al respecto.

“hay que reconocer para transformar y decir racista me afecta a mi también que tuve una educación racista”

-“Pocahontas”, llamaban a la madre en Gijón, por un gen anónimo que os oscurece la piel lo justo “para no dejar de ser lo que hay que ser en el norte racista de España” (pag. 136)

– Muchas veces pensé… ¿Esto lo quito o lo dejo? Pero es que sí que hay… Bueno, quizá ahora estén cambiando las cosas, pero yo fui educada aquí, yo crecí aquí cuando éramos aún racistas. Y la gente aún te contesta… “Ah, pero yo trato muy bien a la gente que vende el top manta”. Vale. Pero eso es una afirmación racista, y no pasa nada si pensamos que el racismo es intrínseco a una cultura adquirida. Tu educación ha sido racista, y reconocerlo es la única forma de poner vías de transformación. Si nos defendemos de pensar que somos racistas, no vamos a cambiar nada de nada. Es válido pensar, pues, que partimos de una cultura racista, misógina, homófoba, capacitista, edadista… Esta es la base cultural que tenemos. Luego hay que pensar que existen otras cosas bellísimas, y también pensar lo bellas que son las personas más allá de la cultura que a veces heredamos. Hay que reconocer para poder transformar. Y decir racista me afecta a mí también, porque yo tengo una educación racista igual que cualquier hija de vecina, no me salgo yo del lote…

-¿Hay odio de la protagonista a Gijón?

-No hay odio en mí hacia Gijón, ni hacia Asturias, todo lo contrario. Puede haber cierta pena, porque sí que es cierto que en muchos momentos he sufrido violencias homófobas aquí. Yo tenía mucho miedo a ser lesbiana de pequeña. Para mí eso era un tema que me atormentaba y tenía miedo que mi familia sufriese por ello. Lo que pasa que en los últimos años la sociedad se ha ido transformando, y personas que vivían con prejuicios y te bloqueaban, evitando hablar de ese tema, han visto cómo todo alrededor ha ido cambiando. Yo ya no siento la incomodidad que sentía antes. Luego ya de adulta esas cosas te dan igual. ¡Qué más da que alguien te silencie si tú ya no vas a silenciarte! Eso era lo único que me separaba a mí de la gente en Gijón, que no era poco, porque era mi vida entera.

-Lo que hay es un respeto incuestionable a los referentes generacionales.

-El final del libro es como una carta de amor a la madre y a la ciudad donde has nacido. Podría recorrer esta ciudad a ciegas y podría llegar a los sitios. Esto es lo que hay, mucha vinculación, y lo que ha perseverado a través del tiempo. Y a mí siempre me ha importado mantener mi conversación con Gijón. Yo no he dejado de hablar a Gijón. A veces me ha devuelto mal la conversación, y otras veces he hablado y me ha comprendido. Perseverar en estas conversaciones ayuda a mantener un lugar en los sitios. Yo no me marché de aquí diciendo: me voy de Gijón. Me fui a estudiar, luego a trabajar. Pero no fue una huida, porque los veranos volvía a pasarlos aquí, las navidades, igual. Y para mí es importante pensarla como mi espacio alegre.

FOTO: Luis Sevilla

-Lo que hay en la novela es un buen surtido de hoteles y ciudades (Barcelona, Londres). Ahora vienes a Gijón de visitante, te hospedas en un hotel.

-Me parece importante no dar la conversación por perdida en el lugar donde nací. Aquí hay mucha gente a la que amo y necesito que esas personas me sigan conociendo. Si eres adolescente y homosexual en un contexto conservador, tienes dos opciones: callarte y tener una vida al margen, o intentar contarle tu vida a la gente que quieres. Yo opté por lo segundo. Es lo más complicado, a veces. Pero la parte buena es que seguirás teniendo a tu lado a la gente que te importa y te conocerán más, no serás una extraña hacia la gente que es importante para ti. Por eso vuelvo, presento los libros, hablo, participo. Si no fuera importante para mí, no vendría.

-Hay política traducida en amor, amor incondicional.

-Es un tema que para mí atraviesa el libro. La madre tiene esta idea: si tú me quieres, entonces todo lo que yo hago y digo está bien. Y no se va a transformar ni perder. Creo que, en el fondo, la narradora del libro tiene parte de esta idea: o amamos incondicionalmente, o no amamos. Por eso tiene ese enganche, ese vínculo, y también diferencias, con su amante, con D. El amor como punto de partida ético para cualquier proyecto político para mí es fundamental. Creo que el amor es lo que nos predispone a hacer cualquier cosa con el otro, y a hacerlo bien. Es el punto de partida. Por ejemplo, desde una conversación amorosa, pero enfrentada, en algunos aspectos, permite una transformación. Yo puedo estar dispuesta a que tus ideas me transformen. Si parto de la oposición, de la negación, ¿para qué hablar? Solo reconociendo el poder del otro para cambiar nuestra realidad logrará tener efectos positivos en una conversación.

“en el amor hay una creatividad revolucionaria que genera mundos posibles”

-Lo que hubo en tu casa familiar fue complicidad entre abuela, madre, hija…

-Uno de los grandes problemas de los feminismos hoy en día es que no hay suficiente comunicación intergeneracional alegre. Hay muchos problemas. El edadismo es, junto con el capacitismo, uno de los grandes problemas sociales que no miramos. Me parece fundamental que haya más conversaciones intergeneracionales. Hablar con nuestras mayores, que entremos todas, aunque luego venga alguna y diga “ay, hija, por dios…”. Pero que luego esa misma siga hablando, que no salga de la conversación. Que diga lo que le parezca, y que luego se mantenga en el debate. Eso es importantísimo.

-“Redimirnos del tiempo adulto hace del enamoramiento algo revolucionario” (pag. 117)

-Creo que el enamoramiento es, como todos sabemos, ese momento en el que estás material, físicamente intervenida por sustancias que hacen que vivas en una configuración del cuerpo especial, óptima en la alegría, la sensibilidad, la capacidad de atención al presente… Cuando estás junto a la persona enamorada eres capaz de poner toda tu energía emocional en eso que está ocurriendo. A la vez, hay una creatividad que acompaña a esa atención que es también revolucionaria, porque genera mundos posibles. Pero el enamoramiento tal y como está encauzado culturalmente en nuestra sociedad es solo una fase que sirve a un modelo productivo, monógamo, reproductivo. El tiempo revolucionario queda así cautivo del sistema. En nuestro sistema, cuando estás enamorada, tienes una lista exacta de lo que tienes que hacer. Es absurdo, ¿no?

-Lo que sí que hay ya en la calle son buenas palabras de tu novela…

-El otro día me decían que están saliendo un montón de referencias de mi libro en prensa muy conservadora, y yo me sonreí. Y pensé. Es que es normal, porque este libro no es nada subversivo de forma evidente, si por subversivo entendemos utilizar un lenguaje, un código simbólico que explota las cosas. Este libro las explota aguantando un tono al que tienes que entrar. Y mi forma de ser, la calma con la que es subversivo este libro, es la que aprendí yo de joven para poder ser yo, para poder hablar en mi contexto social, ser lesbiana en Gijón. Ese tono, sostenido, aprendido, lo dice todo, y me es natural en mi día a día, y también en mi escritura. Quizá sea eso por lo que personas más conservadoras entren en este libro y no en otro que aborda exactamente lo mismo, pero de otra manera.

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