La intervención urbanística del Milán: un ejemplo para La Vega

El acuerdo en 1987 entre Ayuntamiento y Ministerio de Defensa propició uno de los espacios de mayor calidad de Oviedo.

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Manuel Maurín
Manuel Maurín
Es profesor titular de geografía de la Universidad de Oviedo/Uviéu y activista en diferentes movimientos por el derecho a la ciudad.

Acaba de celebrarse el pasado mes de mayo en la Facultad de Filosofía y Letras de Oviedo el 120 aniversario de la construcción del seminario conciliar que, tras haberse transformado en cuartel militar (conocido como Cuartel de Pelayo o del Milán), terminó acogiendo hace treinta años, en su segunda reconversión, al Campus de Humanidades de la Universidad, principal motivo de la conmemoración.

Una exposición y algunas publicaciones y conferencias programadas en la Facultad dan cuenta de los notables cambios funcionales, estructurales y formales que han tenido lugar en el interior de ese espacio a través de las sucesivas etapas de su evolución histórica, pero el acontecimiento es igualmente una oportunidad para recordar la repercusión que la definitiva remodelación del Milán como centro universitario tuvo puertas afuera del propio recinto, sobre un entorno que conoció entonces una notable renovación. Y, sobre todo, es también una oportunidad para valorar, desde la perspectiva actual lo que aquella intervención significó como ejemplo de urbanismo racional y ordenado en una ciudad cuya pauta general de crecimiento ha sido, hasta hoy, la de la improvisación y la especulación.

En efecto, la reforma integral que se produjo en el Milán y sus alrededores a finales de los años ochenta se circunscribe a un efímero paréntesis entre las sucesivas olas desarrollistas que han venido impulsando el urbanismo ovetense de las últimas décadas y, quizás por ello, se hace más patente en el conjunto aún dislocado de la ciudad.

Los edificios del Milán en 1984, antes de su integración en la trama urbana.
El Milán en la actualidad.

A partir de los años sesenta, la primera de esas olas expansivas había intercalado retazos discontinuos de tejido residencial entre las infraestructuras e instalaciones de todo tipo que fragmentaban y salpicaban la periferia ovetense: vías y talleres ferroviarios, carreteras cada vez más llenas de automóviles, naves industriales, dependencias militares, sanitarias o penitenciarias, etc… Devaluados por la proximidad a esos focos de impacto negativo, segregados respecto al centro urbano y carentes de espacios verdes, dotaciones y servicios, los nuevos grupos y polígonos residenciales de promoción pública y las edificaciones de iniciativa privada fueron densificando las afueras de la ciudad hasta que en los años ochenta las primeras corporaciones democráticas afrontaron con los nuevos instrumentos urbanísticos el reto de mitigar las carencias de los barrios y dignificar su vida ciudadana.

Y si hay en Oviedo un ejemplo paradigmático en el que la descripción anterior encaja perfectamente, es el de Pumarín-Teatinos, donde además del Cuartel del Milán, aislado en el centro del barrio, se encontraba también el Cuartel del Rubín, el Hospital Militar, el Cuartel de la Guardia Civil, el Hospital Psiquiátrico y el Matadero Municipal. Instalaciones ya obsoletas en su mayoría, que ocupaban grandes cantidades de suelo público en una posición relativamente mucho más céntrica que cuando se habían construido, décadas atrás, en una corona exterior prácticamente despoblada y que brindaban ahora la posibilidad, previa clausura o traslado, de acoger nuevas funciones y contribuir a la regeneración urbanística del sector oriental de la ciudad.

El cuartel de Pelayo, hoy Campus del Milán, en una imagen de principios del siglo XX.

La primera intervención tuvo lugar precisamente en el área del Milán a partir de 1987 cuando, en paralelo a la redacción del nuevo PGOU, el Ayuntamiento y el Ministerio de Defensa firmaron un convenio que permitió adquirir al primero por 500 millones de pesetas las seis hectáreas del recinto castrense, así como el espacio del Rubín, del Hospital Militar y otros terrenos dispersos, también pertenecientes al ejército. La operación estuvo favorecida por la construcción de un nuevo acuartelamiento en Pruvia (El Cabo Noval) al que se trasladaron las unidades militares de Oviedo y Gijón en un proceso de reordenación general de ejército tras la entrada de España en la OTAN (Plan META).

La actuación más notable en la nueva unidad de gestión urbanística fue, desde luego, la del campus universitario con la rehabilitación del edificio primisecular y la construcción de nuevas dependencias para aulario, biblioteca, cafetería-comedor, administración y servicios, así como el acondicionamiento de un aparcamiento y de espacios abiertos, zonas ajardinadas y deportivas de uso público, compartidas entre la universidad y el vecindario.

Jura de bandera en los últimos años del Cuartel de Pelayo.

Pero también se desarrollaron en los terrenos sobrantes y en otros del entorno que estaban sin edificar u ocupados por almacenes y cobertizos, otras unidades de gestión con una visión de conjunto. Sobre un nuevo viario amplio y regular se fueron construyendo edificios de mediana altura y elevado estándar de calidad en manzanas cerradas y semiabiertas para dedicación residencial y terciaria privada, aunque sin olvidar la dotación de más equipamientos públicos (escuela, teatro) y espacios libres que limitaban la densidad de ocupación del suelo y equilibraban el aprovechamiento social con el lucrativo.

“Aquella intervención urbanística ha dejado una huella innegable y constatable sobre el terreno”

Sin entrar en los pormenores de cada acción, es necesario destacar los ejes principales de un enfoque estratégico que alcanzó resultados encomiables: la compacidad e integración urbana frente al crecimiento disperso y deshilvanado que le había precedido, la articulación y permeabilidad entre las distintas piezas que configuraron el conjunto de la nueva trama física, la mejora ambiental y paisajística en un área previamente degradada, el respeto e incorporación del patrimonio arquitectónico, la apertura hacia el entorno contribuyendo a su desarrollo económico y a una mayor integración y diversidad socio-profesional y la creación de un nuevo polo de centralidad con alcance metropolitano.

Aquella intervención urbanística ha dejado, en definitiva, una huella innegable y constatable sobre el terreno, pero hay que recordar que en el mismo periodo se llevaron a cabo o quedaron iniciadas también otras actuaciones con una impronta parecida en otras partes de la ciudad, debiendo destacarse el incremento de los espacios verdes que, en solo cinco años desde 1985 a 1990, multiplicaron por seis su superficie al pasar de 74.098 m2 a 429.653 m2. Estos espacios se situaron igualmente en áreas periféricas, especialmente en el oeste (Parque de Invierno, Purificación Tomás) pero también en algún caso hacia el este, como ocurre con el Parque de Santuyano. Aquí, como en el Milán, las inversiones públicas en infraestructura verde y equipamientos asociados propiciaron desarrollos urbanísticos de calidad y contribuyeron a mejorar el entorno paisajístico de la ciudad.

Nuevos edificios del Campus del Milán. Foto: Alisa Guerrero

Como contrapunto, no se pueden dejar de señalar las carencias inherentes al urbanismo mercantilizado que en todos los casos acompañaron este proceso, como la carencia de nueva vivienda social, el elevado precio de muchos de los inmuebles, solo accesible para las clases medias, y el encarecimiento del suelo colindante a consecuencia de la inyección de un volumen importante de capital fijo de origen público en ausencia de mecanismos de regulación y corrección de la dinámica acumulativa.

A medio consolidar, en todo caso, este giro en el modelo urbanístico que tuvo lugar, también hay que decirlo, con el gobierno municipal del PSOE y su alcalde Antonio Masip, llegó a la ciudad la segunda ola desarrollista impulsada por la derecha de Gabino de Lorenzo, que se mantuvo en el gobierno durante los  veinte años siguientes hasta desembocar en el colapso de la burbuja inmobiliaria y donde gran parte de la acción urbanística se traspasó desde el consistorio a la sociedades anónimas de Gesuosa y Cinturón Verde y desde éstas al entramado empresarial de la construcción.

El crecimiento, desmesurado, se dirigió entonces tanto hacia adentro como hacia el exterior de la ciudad, alimentando la privatización, la especulación y la dispersión, así como los sobrecostes escandalosos en la construcción de equipamientos (innecesarios muchas veces) y privilegiando la imagen y el maquillaje estandarizado de la ciudad mientras los problemas estructurales se acentuaban y el endeudamiento crecía hasta alcanzar umbrales nunca vistos con anterioridad.

Por eso, y tras haber padecido las consecuencias del modelo depredador del gabinismo, que se intenta ahora reeditar, aquel ejemplo de intervención en el Milán, con sus bondades y carencias, cobra hoy un valor mayor y puede ser calificado como una buena práctica urbanística que merece la pena reivindicar, actualizar y mejorar, y que sería un buen modelo para futuras actuaciones en La Vega, espacio sobre el que vuelve a sobrevolar la amenaza de la especulación y la destrucción de patrimonio.

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