Adrián Barbón, un presidente en busca de discurso

La melancolía se ha instalado en Fruela y el escepticismo en la calle: es bastante improbable que vuelva de Madrid con un cheque firmado por Pedro Sánchez.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

El Presidente del Gobierno del Principado, Adrián Barbón, ha anunciado que hará una ronda de ministerios en las próximas semanas para verificar el grado de ejecución de obras, proyectos e inversiones que el gobierno de Pedro Sánchez ha comprometido con la región desde hace tres años. Barbón quiere hechos. El presidente se debate entre la facticidad y la fatalidad. Tras reconocerle a los grupos de la oposición la dejadez en la que se encuentra la comunidad autónoma, Barbón ha decidido acometer la desidia ofreciendo un gesto a la ciudadanía, presentándose en Madrid para leerle la cartilla a los ministros. Irá pasando revista, partida por partida, ministerio a ministerio, para saber qué hay de lo nuestro. Pero un gesto sólo es un hecho carente de resultado. Ay.

¿La variante de Pajares? ¿El vial de Jove? ¿Los peajes? Cada una de estas batallas, repletas de fuerzas físicas y mentales, de economías, logísticas, tesis y estrategias, exponen con su resultado la razón verdadera de lo que hay. De forma velada, Barbón pone a prueba su liderazgo en Asturias y, sobre todo, fuera de Asturias, mayormente, su influencia en el gobierno de Sánchez y su fuerza, en el PSOE.

La ministra de Transportes Raquel Sánchez durante su visita al Musel. Foto: David Aguilar Sánchez.

En el gesto de ir a Madrid como un Cid Campeador, desde esa cima que es La Moncloa, se otea el pasado y el futuro y se reestructura el discurso, de manera que todo adquiera cierta coherencia en su coronación para la próxima legislatura. ¿Pero está realmente asegurada? Hechos, hechos, hechos. En ese proceso han de forzarse las interpretaciones previas y anularse determinados pronósticos, han de disolverse pistas y reconducirse otras para que nuestras especulaciones y, sobre todo, las suyas, vengan a coincidir con el corazón de los hechos o la ausencia de ellos. Porque el presidente sabe que juega con fuego, pues lo que en principio podría parecer un gesto heroico, corre el riesgo de terminar convertido en un acto vacuo y ocioso, en el peor de ellos. La puesta en escena es arriesgada. Porque las fotos junto a los ministros o junto a Pedro Sánchez anunciando mayor compromiso político con la región ya no significan nada.

La melancolía se ha instalado en Fruela y el escepticismo en la calle. Es bastante improbable que Barbón regrese a Asturias con un cheque en la mano ni una declaración jurada de Sánchez, por lo tanto, tendrá que elaborar otro discurso más convincente para que su vuelta a Asturias no se convierta en una nueva tormenta política que le acabe costando la siguiente legislatura. He aquí la dialéctica de los hechos y el relato.

“Se diría que Barbón necesita un discurso y que necesita viajar a Madrid para encontrarlo”

Se diría que Barbón necesita un discurso y que necesita viajar a Madrid para encontrarlo. El héroe no sabe qué decir, tan sólo resignarse ante la ciudadanía y la oposición y afrontar la dura realidad: Asturias no pinta nada. Pero que el lienzo político asturiano esté vacío ¿es consecuencia de nuestra influencia o se debe a la dejadez de Pedro Sánchez? Cataluña, la tercera comunidad autónoma con más peso político y económico del país, está por detrás de Asturias en el capítulo de obras ejecutadas por Sánchez. Por lo tanto, nuestro problema no es una cuestión de autoestima ni de liderazgo. El problema está en La Moncloa.

Sin embargo, que el peso político del Principado de Asturias en España es reducido no es excusa para que, a un año de las próximas elecciones autonómicas, nuestro Presidente no tenga nada que decir o no tenga nada que proponer que sea realmente esperanzador para el conjunto de la ciudadanía. Pero los hechos construyen su propio relato, más allá de lo que Barbón quiera imponer en el año final de su legislatura. Sólo los hechos hablarán de su gestión. Lo dirán más allá de los incontables análisis anteriores a las próximas elecciones, desarrollados en el territorio de la observación, la investigación o la reflexión. Todas nuestras delirantes alucinaciones se apagarán ante la deslumbradora luz de los hechos y, en consecuencia, serán ellos quienes nos aleccionen sobre el menguado efecto de nuestra intervención. ¿Debería renunciar Barbón a pedir explicaciones a Madrid por delicado que sea? ¿Deberíamos entregarnos a la facticidad o a la fatalidad? Vivimos como si los acontecimientos sin pies ni cabeza fueran del todo válidos y nosotros sus autores.

Pedro Sánchez y Adrián Barbón. Foto: Iván G. Fernández

El mayor problema que se le plantea a Barbón es que, sin sanchismo, tiene que elaborar un nuevo discurso que, por el momento, solo es un izquierdismo que busca el talante y el fair play en el ejericicio democrático de la oposición. Ahora ha encontrado en la escasa corresponsabilidad del Gobierno español otra razón más para justificar su propia existencia. Pero a Barbón se le plantea otro gran problema que sólo tiene sus causas en Asturias: la elaboración del discurso de la gestión de sus consejeros no ayudan mucho en ese sentido.

Presentarse como el príncipe de las pandemias será inocuo en las próximas elecciones, por muy efectivo o efectista que hubiera sido su discurso durante los dos largos años de restricciones que asolaron la hostelería asturiana. Pesará más el lamentable estado en el que se encuentra la atención primaria, el error presupuestario en el Hospital de Cabueñes o la precaria situación en la que se encuentran las enfermeras en Asturias.

Igual de complejo será articular un discurso industrial. Alcoa, Danone, el cierre de la Fundación del Metal, la reprobación de su consejero de industria, Enrique Fernández, apuntalan el discurso de la fatalidad antes que el de la facticidad. Ni siquiera la inversión milmillonaria que el Estado hará en las factorías de ArcelorMittal está consiguiendo generar cierta motivación en la sociedad, máxime cuando las ayudas están condicionadas a una descarbonización de la siderurgia que amenaza con la pérdida de mil empleos.

Vivimos encadenados al imperio de los hechos. De esta creencia se obtiene una sensación de tranquilidad vital que entona nuestra estima. La de los asturianos está tocada desde que fracasara el proceso estatutario. Los hechos entonan, ya digo, nuestra autoestima, la de los gobiernos y los partidos; me refiero a la autoestima de suponernos libres y eficaces. Porque de la fatalidad, de la ley fáctica, se deduce, por el contrario, la condición de subordinados y condenados a un destino que no decidimos.

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