Con Miguel Marías

Un paseo con el mejor crítico del mundo

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Miguel Marías, probablemente el mejor crítico de cine de nuestro país y parte de Europa, sigue siendo un icono pop de la cultura española. Se lo digo el sábado, mientras paseamos por Cimadevilla. Cuando me escucha, su rostro dibuja una sonrisa bajo el bigote perfectamente delineado que difícilmente logra ocultar una mirada estupefacta, acentuada aún más por su cráneo holmesiano.

Marías habría sido un buen Sherlock Holmes para Conan Doyle, para Terence Fisher o Roi William Neil, incluso mejor, más tierno, más conspicuo, incluso más letal que Basil Rathbone. Esto que pienso mientras le escucho no se lo digo a Marías, porque podría pensar que estoy haciendo de él una caricatura, pero lo cierto es que su pose, su voz, sus gestos, invitan a pensar que Marías es nuestro hombre en el 221b de Barker Street, afincado en su pipa, el tipo inteligente, taciturno, pausado, elegante y calmo que irrumpe con una dato, una idea, un concepto que desordenan en cualquier momento la lógica de la conversación.

Su verbofagia nos introduce en sucesivas escenas donde la historia del cine cobra un nuevo sentido. Sea como fuere, aquel tipo que habla sin descanso, sin petulancia y con tanto rigor sobre el cine y sobre tantas otras cosas, pegado a sus gafas y a su pipa, se nos ha quedado grabado en la retina como un afiche indeleble del que, paradójicamente, nos verifica que está al día de todo lo que se estrena e, incluso, de lo que no.

Por eso, le digo, es un icono pop: sus más de setenta años no le restan un ápice de mordernidad. La modernidad es también que los lectores y los espectadores le guardemos un afecto especial, el mismo que le tendríamos a Sherlock Holmes si nos cruzásemos con él por la calle y nos ofreciera la oportunidad de cenar juntos.

La Sociedad Cultural Gijonesa y el FICX invitaron a Marías a presentar El Dorado en la Escuela de Comercio. Se trata de una gran película de Howard Hawks protagonizada por Robert Mitchum, John Wayne y un joven James Caan, tres generaciones del viejo cine americano protagonizando un western que apenas comienza a reverberar una sentimentalidad crepuscular. El western nunca fue el mismo a partir de los 60, me dice Marías. Los viejos vaqueros parece que no encuentran su lugar en el horizonte del Medio Oeste. Es probable que tras la II Guerra Mundial, los hombres ya no fueran los mismos que antes, le digo. Fíjate en John Ford después de rodar Centauros del Desierto. Ethan / Wayne ya no es un vaquero épico, sino un héroe descreído y trágico, un tipo a punto de convertirse en monstruo. Pero Marías me corrige y acierta a dar la fecha exacta en la que todo dejó de ser igual, dentro y fuera del western, en la que a los héroes se los tragaron las cataratas de Reinhard y no volvimos nunca más a saber de ellos. Ese día, según Marías, fue el día que mataron a Kennedy.

Todos los ídolos, todos los héroes, todas las esperanzas se disiparon con el asesinato del hombre de América. No llegamos a ver nunca el rostro de Kennedy cuando recibe el primer impacto de bala. La nitidez de Zapruder no es tanta en el año 63 y eso lo hace aún más oscuro. De pronto irrumpe Zapruder, un nombre que encierra una manera de ver la vida que nos ha acompañado siempre desde entonces. En casa reviso las imágenes. Cuántos disparos, cuántos tiradores, en cuántas direcciones… No podemos observar el rostro de Kennedy, tan sólo acertamos a ver las balas sacudiendo su cabeza, su pecho, como un animal muerto al que están zarandeando desde la distancia; pero si podemos observar los ojos de Lee Harvey Oswald cuando recibe su disparo meses más tarde. Es la réplica del otro, es el reflejo del hombre que se ha ahogado en su propio fracaso, anónimo, paranoico y, sobre todo, vulgar. De Kennedy nos queda un misterio y una Gran Historia. De Oswald nos queda su rostro y una pequeña y siniestra biografía envuelta en un Gran Misterio. Después, los investigadores los ha reunido a los dos en un acontecimiento y sobre todo, ha puesto en común dos vidas que resultaron tener bastan más en común: participaban de lo siniestro.

El magnicidio de Dallas nos permite reconocerlo todo, cuestionarlo todo. Fue el atentado mortal contra un presidente, fue el asesinato del Rey Arturo, pero lo que nos embriaga mayormente es la voladura de sus sesos porque consiguen escaparse de la vulgaridad. Jackie aquí es fundamental. Zapruder, zapruder, zapruder.

Lee Harvey Oswald recibiendo un disparo.

No sé si todo fue distinto a partir de la muerte de Kennedy o fue distinto a partir de Zapruder. En la era de la imagen, Zapruder es hoy el gran acontecimiento, el tik tok de los años 60 que cambió nuestra forma de entender la violencia. Sólo hay una imagen que haya impactado en el cristal de la memoria dejando una grieta insondable tan amarga como esa: los atentados del 11 de septiembre que, en realidad, no fue uno sino millones de zapruders grabando desde sus teléfonos el impacto de dos aviones contra las Torres Gemelas. No hay mucha diferencia entre la bala que destrozó el cráneo de Kennedy y el avión que perforó la fachada de la Torre 1 de Manhattan.

Miguel Marías afirma que la violencia adquirió un sentido abstracto desde que se desclasificó el video de Zapruder. En el cine y en la cultura popular, se pasó de la sucesión perfecta de planos que alumbraban un revolver, de hombres armados apretando el gatillo y disparando a otro hombre, como una consecuencia lógica de la física y de la venganza, a una versión de la realidad y de la muerte lentificada, demorada, casi congelada en el tiempo. Esta mirada lisérgica del buen matar y del mar morir, tan reiterativa, tan repetitiva, ha sido siempre siniestra, abrazada al espanto. Zapruder convirtió la ira y la violencia en una reflexión más profunda que permearía el cine de los sesenta hasta hoy.

Caminamos tranquilamente por la calle. Marías me confiesa que se considera un crítico en declive, que ya no escribe como antes, como si todo lo que escribiera fuera previsible. Le digo que eso es, precisamente, tener oficio, o sea, oficio de escritor y que nada tiene que ver con la edad, sino con la realidad que nos rodea. A veces, somos la sombra de un escritor cansado. Me cuenta que, en ocasiones, se sorprende de aquellas primeras reseñas y reportajes a directores de los que apenas había visto o leído nada, no por falta de interés, sino por escasez de recursos o porque era demasiado joven como para haberlo visto (Miguel Marías ha visto todo el cine y lo ha visto, al menos, una docena de veces). Básicamente, aquel joven prometedor dedicado a la economía, no había contemplado las películas de las que tenía que hablar. Como digo, al escucharle siento que se despierta la melancolía por ese instinto perdido que pretendía ofrecer ideas renovadas, diferentes, valientes y alejadas de la ortodoxia de aquella España franquista. Como Sherlock, se desliza contra su voluntad hacia la nostalgia. Lo mejor es que siempre tiene una lista con las diez, las 100 o las 1000 mejores películas del siglo, de la década, del año. . Sus listas son la gimnasia perfecta para no caer en el aburrimiento, para esquivar la bala de Oswald o de Kennedy, para volver a darse cuenta de que escapamos de la mirada de Zapruder. Y eso, amigo mío, siempre la salva a uno de la muerte.

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