Tomarnos en serio aquello de volver a ser un país industrial

40 años después de la frase "la mejor política industrial es la que no existe" tenemos una España con menos soberanía y menos empleo de calidad.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

La necesidad de material sanitario tan básico como mascarillas puso de relieve durante lo peor de la pandemia la debilidad del sector industrial español. Muchó se habló entonces de la necesidad de reindustrializar el país. Poco quedó de aquellos buenos deseos cuando el virús comenzó a remitir. Al contrario, si algo ha aflorado con el final de la pandemia es la figura del comisionista. Extraños emprendedores con títulos nobiliarios o apellidos que riman con los de los políticos en el gobierno.

El verdadero ejemplar del capitalismo español no es el empresario innovador o el capitán de industria, sino el cortesano bien conectado con los círculos del poder, una especie parasitaria que crece a la sombra del Estado y sabe especular con un bien básico cuando la sociedad más lo necesita.

“si algo ha aflorado con el final de la pandemia es la figura del comisionista, el verdadero ejemplar del capitalismo español”

Con muy pocas excepciones España apostó desde los años 80 por la terciarización de su economía. La reconversión industrial fue en la mayoría de casos el desmantelamiento industrial. El resultado, 40 años después de la legendaria frase del ministro socialista Carlos Solchaga “la mejor política industrial es la que no existe”, es un país con menos soberanía, menos empleo de calidad y más dependiente de las coyunturas internacionales de una globalización imprevisible y en crisis. Y es que si en 1975 la industria suponía el 30% de nuestro PIB, hoy ronda un 15% muy desigualmente repartido a nivel territorial. Junto a regiones en las que la industria es residual, tenemos un País Vasco que es ejemplo de innovación y cuidado de su tejido de PYMES, y otras comunidades como Asturies, con tradición fabril, pero en las que se permite la liquidación de empresas estratégicas como Vauste, Alu Ibérica o que un fondo buitre esté planteando quedarse con la Danone de Salas.

Manifestación por el Pacto de Estado por la Industria. Foto: David F. Sabadell

Este martes miles de personas se manifestaron en Madrid para reclamar un Pacto de Estado por la Industria, es decir, que España se tome en serio lo de volver a ser un pais industrial. Lejos de nostalgias fordistas los sindicatos hablaron de innovación, de industria verde, de transición energética, de cambio climático, de equilibrio territorial… Un discurso moderno, a años luz de unos gobernantes instalados en el extractivismo, en las infraestructuras innecesarias y en el viejo sueño de reactivar la burbuja inmobiliaria.

Los grandes medios prestaron la atención justa a la movilización. La izquierda debería sintonizar con ese mensaje y colocarlo en el centro de su discurso político. Hablar de otra forma de crear riqueza, de redistribuirla, y del papel que el Estado debe tener en ese proceso. El ¡Qué viene Vox! ya ha mostrado su más que dudosa utilidad y su más que probada fecha de caducidad. Toca decir cosas.

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