“No debemos idealizar las formas de convivencia, parentesco o crianza alternativas”

Juan Ponte, concejal de Participación Ciudadana y Cultura de IU en Mieres, participó en la tercera Escuela de Pensamiento Feminista de AMA, en la mesa 'Familia, comunidad y feminismo'.

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Christian Ferreiro
Christian Ferreiro
Graduado en Filosofía por la Universidá d'Uviéu. Esperando ser docente de secundaria en un futuro no muy lejano.

Juan Ponte es concejal de Participación Ciudadana y Cultura de IU en Mieres, responsable de formación estatal de Izquierda Unida, director de la FEC (Fundación de Estudios Críticos) y colaborador en el podcast asociado, La Escoba, además de ser profesor de Filosofía en un instituto de educación secundaria y músico. También colabora en medios, como Nortes, y en revistas como LaU. Juan Ponte compartió mesa de debate el pasado fin de semana en la Escuela de Pensamiento Feminista de la Asamblea Moza d’Asturies (AMA), titulada ‘Familia, comunidad y feminismo’. A propósito de los temas que allí se trataron, hemos entrevistado a Juan Ponte para Nortes.

Juan Ponte. Foto: Alisa Guerrero

Una de las cuestiones que ha venido ganando mayor importancia en los últimos tiempos es la familia. Desde la tradición emancipadora, este ámbito siempre ha sido muy problemático. ¿Por qué crees que esto es así?

En la actualidad las posiciones políticas que se reclaman herederas de las corrientes emancipatorias atraviesan una triple situación, que es de reflujo, reactiva y conservadora. De reflujo porque una vez que ha descendido la marea del 15 M como acontecimiento transformador, se evapora el Podemos más irruptivo e inventivo, materializándose las consecuencias del modelo “máquina de guerra” electoral, las movilizaciones sociales languidecen y la lógica institucional nos pasa por encima como una apisonadora, se percibe con mayor claridad la falta de herramientas teóricas y de la capacidad de tan siquiera imaginar nuevas prácticas sociales de lucha. De ahí la necesidad imperiosa de que el proyecto que lidere Yolanda Díaz revierta esta situación. Una prueba de esta debilidad es la concepción externa de tal proyecto como un ejercicio de “unidad de la izquierda”, como una sumatoria de lo que ya somos y no como una desidentificación respecto a lo que hay. Nuevamente, parece que no hemos entendido nada.

Juan Ponte y Nuria Alabao, en la mesa ‘Familia, comunidad y feminismo’ de la escuela de AMA. Foto: Alisa Guerrero

Pienso también que la situación es reactiva porque las izquierdas van (vamos) a rebufo de las propuestas políticas- pero también teóricas- de las derechas conservadoras, liberales y reaccionarias. Un buen ejemplo es cómo Ayuso consiguió instrumentalizar, en la comunidad de Madrid, la idea-fuerza de libertad. ¡Como si no formara parte de nuestro arsenal conceptual! Y, sin embargo, no hemos logrado reivindicar los contenidos emancipatorios de tal idea, asumiendo por contra el marco-jaula “comunismo o libertad”.

Por último, vivimos tiempos conservadores donde las propuestas de las izquierdas- descontando notables excepciones- son de mínimos. Debatimos sobre trabajo garantizado, servicios públicos garantizados, renta básica universal o automatización de trabajo, pero pocas veces se discute la cuestión de la propiedad, cada vez se asume con más resignación cierto belicismo necropolítico en nombre de la responsabilidad de Estado (there is not alternative!), y esto es notorio justamente cuando nos referimos a la familia. Sostener hoy, como hacían Marx o Engels, que la familia reproduce y a su vez genera en miniatura las contradicciones de la sociedad capitalista: propiedad privada, posesión de las mujeres por parte de los hombres, herencia, etc., puede llegar a considerarse escandaloso, incluso para pensadores supuestamente marxistas.

“Nos faltan herramientas teóricas y capacidad de imaginar nuevas prácticas sociales de lucha”

Yo entiendo que este es el punto teórico de partida más honesto y en la escuela feminista de AMA traté de argumentarlo, reflexionando sobre si son posibles modelos de familia diferentes a los feudos domésticos capitalistas y heteronormativos, y cómo. Mi respuesta es afirmativa, pero el debate sigue abierto: ¿pueden denominarse familias a las formas de convivencia alternativas? ¿Es esto necesario para engranar con la realpolitik o está también justificado teóricamente? Aquí aparecen las implicaciones prácticas.

El discurso familista ha sido defendido en los últimos años por los llamados “rojipardos” o “neorrancios”, de la mano de personajes como Ana Iris Simón. Según su perspectiva, ante los estragos del capitalismo, el libre mercado y el individualismo de la “sociedad posmoderna”, la alternativa pasaría siempre por un “regreso a lo material”, a un pasado donde los lazos comunitarios de la familia proporcionarían certezas, anclajes y solidez. ¿Cuál es tu crítica al respecto?

Más allá de las etiquetas, no siempre del todo precisas o ajustadas, considero que se cometen dos errores ligados a las siguientes tesis: en primer lugar, suponer que el capitalismo destruye los lazos sociales tout court, generando una sociedad líquida, sin asideros, lo que provoca una situación de anomia o malestar generalizado. Según esta visión integracionista, la postmodernidad trituraría todo sentimiento de pertenencia a una comunidad orgánica, rompiendo los códigos de civilidad y las buenas costumbres. Por consiguiente, la solución para resolver los problemas actuales de anomia, alienación o atomización social se basaría en el retorno o la recuperación de un esquema sustancial de principios y valores. En resumen, asistiríamos inermes a la degeneración de la comunidad (perdida) a manos de un individualismo feroz. En segundo lugar, ante este fenómeno, la familia se presenta como un bastión protector no contaminado por el delirio globalista, una esfera benévola y de confort fuera del centro de trabajo.

“Vivimos tiempos conservadores donde las propuestas de las izquierdas son de mínimos”

Pues bien. Frente a estas dos tesis, contrapondría las siguientes: primero, las injusticias existentes en las sociedades capitalistas no derivan de la destrucción o desaparición de una comunidad idealizada (la del Antiguo Régimen, por cierto), sino de las contradicciones reales entre las normas de diversas instituciones enfrentadas (económicas, políticas, familiares, etc.), cuya resultante es la pérdida de agencia- de iniciativa, en definitiva, de libertad- de las clase subalternas, que padecen así múltiples formas de dominación: de clase -explotación laboral-, sexo, género, raza, edad, capacidades, etc. Por tanto, no se trata de retornar a una comunidad primitiva, sustancial, como de construir proyectos que impugnen el reparto social establecido de funciones y roles y ofrezcan alternativas positivas. Además, como decía Marx, “los miembros de la sociedad burguesa no son átomos”, pues los átomos se bastan a sí mismos y se dan en el vacío absoluto, lo cual es materialmente imposible. El individualismo es antes una ideología que una realidad efectiva. El capitalismo no es ni puede ser individualista. Grandes corporaciones, medios de producción, de comunicación, etc. sobrevuelan constantemente las voluntades individuales.

Integrantes de AMA en la presentación de la III Escuela de Pensamiento Feminista. Foto: David Aguilar Sánchez

Segundo, la familia juega un papel esencial en la reproducción social necesaria para la generación de plusvalor. Parafraseando, es una “morada oculta” del capital. No es una institución exenta a los parámetros del capitalismo neoliberal, sino una pieza clave para su funcionamiento. Así lo reconoció Hayek, quien consideraba que se trata de una institución adaptativa a la evolución del mercado, así como disciplinaria. Y de manera muy parecida opinaban Rose y Milton Friedman, cuando sostenían que la responsabilidad individual solo se puede forjar a través de los valores familiares. Donde se comprueba que el liberalismo no sólo tiene una concepción negativa de la libertad, sino también positiva: la familia, las tradiciones, las costumbres, etc. He ahí la polémica: ¿de qué tipo de familias hablamos? ¿Qué tradiciones?, etc.

En uno de tus artículos, comentas que la crítica de las izquierdas al capitalismo por el individualismo es una réplica de la concepción tradicional contrarrevolucionaria, según la cual el individuo moderno provocaría un desgarramiento en una supuesta comunidad primitiva. ¿Podrías explicar esta idea?

En efecto, estas izquierdas abrazan -quizás sin saberlo- una concepción tradicionalista contrarrevolucionaria: la idea de que el individualismo moderno provoca un desgarramiento en la comunidad primitiva, que no deja de ser el Cuerpo Místico de Cristo. Por eso les excita Juan Manuel de Prada. No hay por qué asombrarse. Son coherentes. Conciben una forma de comunidad compacta, plena, donde hay un vínculo interno entre el otro y el sí-mismo; por tanto, donde la diferencia queda anulada. ¡Por eso odian la diversidad! Hablar de las diferencias de sexo, género, etc. les parece siempre como un peligroso divisionismo, porque tales diferencias descomponen el cuerpo social. Así, las personas y colectivos feministas, LGTBI+, etc. son considerados como agentes patológicos externos. Por lo que respecta al último colectivo, desgraciadamente, coinciden con cierto feminismo ilustrado, como el de Amelia Valcárcel.

Juan Ponte, en la Escuela de Pensamiento Feminista. Foto: Alisa Guerrero

Ante este modelo de comunidad asfixiante, exclusivista, cerrada, hay que oponer -a mi juicio- un modelo de comunidad inclusiva, abierta, pensada desde la óptica de lo común a quienes nada son: la comunidad de los que no tienen comunidad, la comunidad de cualquiera. Comunidad no es concordancia sino también desajuste, no es compacidad sino diferencias, no es plenitud sino insuficiencia. Todas las personas necesitan un lugar en el mundo, unas coordenadas, un medio de sentido, para sentir, percibir, decir, hacer. Es ridículo fetichizar una suerte de errancia o nomadismo permanentes. Pero es muy peligroso entender la comunidad como un sustrato, como una raíz. No. Desde Ulises sabemos que nunca estamos del todo “en casa” y que el retorno tiene mucho de ficción falsa. Comparto las hermosas palabras de la filósofa Barbara Cassin: cultivemos un mundo que no se cierra, de filamentos suspendidos en el aire, lleno de “semejantes diferentes”, de “raíces aéreas”.

Si bien es cierto que la familia patriarcal y heteronormativa ha supuesto históricamente un lugar de dominación hacia las mujeres, el colectivo LGTBI, además de ser fundamental para la reproducción del sistema capitalista, sin embargo, las familias han sido el soporte de miles de personas en momentos muy particulares, como es el caso de España tras la crisis de 2008. ¿Cómo se podría reflexionar sobre esta ambivalencia? ¿Crees que es posible un proyecto progresista que logre integrar con éxito la cuestión de la familia?

En primer lugar, reconociéndola y operando desde ella (como cuando empleamos performativamente el sintagma “familias trabajadoras”). En segundo lugar, evitando cualquier conato de idealización de la familia. ¿Tiramos por la borda todos los análisis realizados al respecto desde el marxismo, el psicoanálisis, la psiquiatría fenomenológica, etc.? Con la noción de familia ocurre lo mismo que con la de comunidad, que se suele concebir como un destino (cuando no un hecho biológico), un fundamento inamovible y un refugio. Pero esto no se compadece con la realidad. Como explicó Freud -basándose en Schelling-, en lo más íntimo y familiar (heim) puede aparecer lo más inhóspito, ominoso (unheim). La familia no es necesariamente el reino de la armonía, como todo el mundo comprende y vive.

“De lo que se trata es de construir lazos de parentesco y convivencia, de cuidados y crianza, que desafíen la forma de vida capitalista”

La cuestión es que existen diversas formas de familias: familias nucleares biparentales, monoparentales, extensas, adoptivas, sin hijos, con padres separados, compuestas, homoparentales, etc. Pero además debemos tener en cuenta las familias MAPA (transfeministas, intersexuales, etc.), fenómenos como la crianza compartida (co-parenting) o las relaciones por parentesco no genético, a las que se refiere Donna Haraway -como nos explicó Nuria Alabao durante la charla-. Desde una perspectiva emancipatoria, son estos modelos los que debemos explorar: aquellos que aseguren lazos de parentesco en comunidades inclusivas e igualitarias, relaciones de reciprocidad para el cuidado y la crianza. Desde mi perspectiva, estas formas de convivencia no dejan de ser familias, de algún modo, o constituyen ampliaciones semánticas del término. Por tanto, el lema “abolir la familia”, ¿no tiene mucho de retórico?

Juan Ponte. Foto: Alisa Guerrero

Finalizaría con dos comentarios. Por un lado, así como no debemos idealizar la “familia tradicional”, tampoco debemos suponer como idílicas las formas de convivencia, parentesco o crianza alternativas, estableciendo una dicotomía entre la cara y la cruz, el bien y el mal. Creo que todo es mucho más complejo. Como nos enseñó Marcel Mauss -y Nuria Alabao sabe perfectamente- en las relaciones de reciprocidad, el don es voluntario, pero genera un sistema de obligaciones muchas veces igualmente sofocante. Además, ¿acaso en el seno de tales relaciones no se pueden producir también- aunque con un signo distinto, que no es el de la figura del triángulo edípico “mamá, papá, yo”- neurosis, celos, angustia, comportamientos narcisistas, etc.? Por otro lado, para evitar el riesgo de naturalización de la familia, es necesario huir del esquema liberal consistente en añadir o poner al lado de las familias tradicionales, en el mismo marco capitalista, otras formas familiares (las familias queer, por ejemplo). No. De lo que se trata es de construir lazos de parentesco y convivencia, de cuidados y crianza, que desafíen la forma de vida capitalista. Ese es el planteamiento verdaderamente emancipatorio.

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