La habitación roja: teoría de lo camp

Jorge Martí y Pau Roca repasaron en acústico su repertorio más sentimental en la terraza del Bellavista

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Uno ha venido defendiendo a lo largo de los últimos años que La Habitación Roja ha sido, sigue siendo, el grupo indie que logró dotar de continuidad y actualidad a ese género tan español y pop que, entre Julio Iglesias, Perales, Juan Pardo o Los Pecos (y ahí van juntas unas cuantas décadas de historia de la música española), los críticos de antañazo llamaron canción ligera o canción melódica. Quiere decirse que si uno analiza el repertorio indie de las últimas tres décadas, se verá que bebe directamente de aquél. O sea, que las letras de Jorge Martí siempre han tenido un ramalazo sentimental que se balancearon entre el romanticismo pop, el himno light y la nostalgia del perdedor, de la misma manera que lo hicieron Los Piratas de Iván Ferreiro, Shuarma o Love of Lesbian, con letras fáciles y completamente representativas y generacionales, tan reconocibles por un albañil de Manresa como por el pollo pera del barrio de Salamanca. Entonces, Julio Iglesias, Perales o Los Pecos, tocaban en festivales de la Oti y desde los noventa hasta hoy, el indie se gana el pan en el Ponferrada Fest, el FIB, el Low o el Sonorama. En eso que vino a ser la canción melódica, envolvemos una manera de componer canciones eficaces y crepusculares que funcionaban entonces tanto como ahora porque continúan otorgando cierta épica y bastante drama al amor y al desamor en unos tiempos políticos embarnecidos por el escepticismo y la crisis.

Jorge Martí durante el concierto en El Cielo del Bellavista. Foto de David Aguilar Sánchez.

Este jueves Jorge Martí y Pau Roca tocaron en El cielo del Bellavista. Fue una puesta de escena austera y crepuscular, sencilla y postalera, con la playa de San Lorenzo de fondo, en formato acústico y nocturno, íntimo y doméstico, para más de un centenar de personas, 120 fieles, dispuestas a despedir la estación con casi una veintena de canciones convertidas en baladas que, de alguna manera, se han convertido también en el árbol genealógico de la melancolía pop de cuatro generaciones. Pau siempre sorprende con su virtuosismo a la guitarra, incluso cuando es prestada, (también tiene una vida secreta metalera, pero esa es otra historia) y sus punteos y arreglos a las canciones para una sesión mínima y casi equinoccial, elevan los temas a una dimensión diferente a la que conservan en los discos o los conciertos con toda la formación. No está demás destacar que hace unas semanas, la banda completa sorprendió al público que verbeneaba sobre los adoquines de la Plaza del Trigo, en Aranda de Duero, durante el Sonorama y allí, lo que todo había adquirido más revoluciones, (el Sonorama son los sanfermines de la música) conservaba la misma intensidad que aquí. Esa intensidad es, mayormente un ejercicio delicioso de lo camp.

He tenido ocasión de escuchar a algún músico de la movida del Xixon Sound referirse con bastante mala baba a La habitación roja como La Habitación Floja (en la música también se lleva el navajeo), pero unos y otros han confluido en los mismos festivales desde hace más de 30 años y, en el fondo, eso significa que unos y otros están igual de conectados y homologados en la cultura pop española. Fue en el Sonorama precisamente donde me sorprendió ver que las canciones de Mikel Erentxu o Duncan Dhu adquirieron más profundidad y madurez desde que las viste de folk y countrie con todo ese andamiaje de guitarras y acordes de cancionero popular norteamericano. Algo así les pasa a Pau y Jorge Martí cuando desvisten temas como Cajas Tristes, Últimos románticos, Febrero o Estrella herida de muerte. La sencillez del show pone de relieve la eficacia con las que están escritas las letras, la solidez de las melodías y, sobre todo, destapan esa vocación camp que se aferra al cliché para entregar una sentimentalidad honesta, emocionalmente artificial y, a la vez, depurada, que encuentra la complicidad del personal inmediatamente. Para ser una banda camp se necesita un público camp.

Pau Roca y Jorge Martí durante el concierto en El Cielo del Bellavista. Foto de David Aguilar Sánchez.

Fue Susan Sontag la que se atrevió a meterle mano a la palabra camp (algo bastante jodido, porque lo camp es un concepto inestable antes que una idea), definiéndolo como una sensibilidad, un amor por el artificio y la exageración. Todo el indie, desde La Habitación Roja hasta Love of Lesbian, han encontrado en esta sentimentalidad exacerbada, su vocación por llevar las emociones hasta el paroxismo. Voy a hacerte recordar o Ayer son canciones que buscan en el pasado y la nostalgia la manigua desde el que representarlo, nos rompe el corazón y, sobre todo, nos representan, como un espejo al que dificilmente le aguantamos mucho tiempo la mirada.

Todo lo camp tiende hacia el apoliticismo de una manera desenfadada, pero en el fondo, también esquiva. Indestructible, del disco Fue eléctrico, es un himno y un emblema de la banda, publicado en 2012, en plena crisis financiera, y es el epítome de canción que habla del final de una relación situada en un momento de desconfianza política total. Lo que yo canté esta canción en la pandemia, ay. Indestructible, como Los años 80 o Promesas de Los Piratas y como la canción melódica de la dictadura, incluida la canción protesta de Serrat, son y eran eminentemente camps, y desembocaron en un bucolismo urbano que descontextualizaba al público de su presente político para retrotraerlo a un no lugar donde sólo se imponía el relieve natural de los sentimientos.

Mucho de esto lo encontramos en La habitación roja que, como pioneros del indie, otorgaron al camp una puesta en escena austera, sobria, dejando que fueran las canciones las que cobrasen todo el protagonismo, a diferencia de los intérpretes melódicos de los 60 y 70, que vestían aberrantemente engalanados para estar a la altura estética de sus canciones. El indie, a diferencia del glam, por poner un ejemplo fácil, tiene una relación conflictiva con lo camp. Las bandas del indie difícilmente se representan en sus canciones cuando se suben al escenario. Digamos que se manifiestan con naturalidad, pero la naturalidad es una pose muy difícil de mantener. Digamos que la puesta en escena en el indie es la voz de los seguidores en un concierto. La escena son los otros, o sea, todos los demás.

Jorge Martí y Pau Roca cantando en El Cielo del Bellavista. Foto de David Aguilar Sánchez.

Amamos lo camp en la medida en que hemos convertido las canciones en el simulacro de todas las vidas que hemos vivido y, sobre todo, aquellas que nunca vamos a vivir. Necesitamos canciones como las de La habitación roja que hagan fáciles pareados, que expresen emociones inmediatas y hagan de la convención del amor, un universo romántico, fácilmente desolador, donde aún somos capaces de atisbar una inocencia que el paso de los años nos hizo creer que se había perdido en algún lugar. Me gusta volver a la habitación roja, allí hay monstruos, allí sigue la inocencia.

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