“Se dice que los cambios de Francisco no deberían ser tan rápidos, pero Juan Pablo II fue rapidísimo”

Javier Martínez Andrade, cristiano, gay y militante de izquierdas repasa su trayectoria política y personal.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en Historia. Ha sido colaborador en medios como La Voz de Asturias o Atlántica XXII y en la actualidad coordina la revista digital El Cuaderno y dirige A Quemarropa, el periódico de la Semana Negra de Gijón. Su último libro es "La virtud en la montaña. Vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista" (Trea Ensayos).

En 2001, Javier Martínez Andrade (Barakaldo, 1961) impartió una conferencia en el Club de Prensa de La Nueva España. La inició así: «Hola, me llamo Javier, soy cristiano y soy gay». Martínez había dejado solo poco antes de ser fraile; hermano de San Juan de Dios para más señas. Su trayectoria ha sido la de un hombre inquieto que descubrió al mismo tiempo el Evangelio y el marxismo, y cree en la compatibilidad de esos dos mensajes desde los tiempos en que, en un Avilés bullente de afanes revolucionarios, acudía a una parroquia abierta en un garaje y cuya puerta recibía a sus feligreses con sendos pósteres de Gaspar García Laviana, sacerdote mártir asturiano de la lucha sandinista, y los mártires de Quiché, otros héroes de la Iglesia revolucionaria, muertos en Guatemala a manos de un escuadrón de la muerte. Nos reunimos con él en La Corredoria para dos horas de repaso de una trayectoria que discurre por el extrarradio avilesino, la Universidad Pontificia de Salamanca, un psiquiátrico de Palencia o el Sanatorio Marítimo de Gijón, del que fue director. Charlaremos asimismo sobre la actualidad de la Iglesia, la de la causa LGTB, la de la izquierda en general: Andrade es militante de Verdes-EQUO después de haberlo sido de Izquierda Unida. A la izquierda —reflexionará— le hace falta lo mismo que a la Iglesia: la capacidad que suele no tener de gestionar la pluralidad y la discrepancia.

Javier: naces en Barakaldo en octubre de 1961, pero tu familia no es vasca, sino gallega. Más tarde, recalas en Asturias. ¿Es así?

Eso es. Mis padres, por tema de negocios, estaban en Euskadi, pero los dos eran gallegos. Yo no me considero vasco, aunque creo que sí que tengo cierta vena euskaldún, kale borroka (risas). Mis padres, después, también por esos negocios, recalaron en Avilés.

¿Qué negocios eran esos?

Tenían varios comercios en el barrio de La Luz.

Gente conservadora y religiosa, ¿verdad?

Sí, sí.

Tú te implicas pronto en el tejido asociativo cristiano, pero te topas con una Iglesia muy distinta a aquella en la que creían tus padres.

Eso es. Ahora cuesta hacerse una idea de lo que era la Iglesia asturiana en aquel momento. Mis padres vivían en El Pozón, y en el año setenta y cinco, llegó a la parroquia un cura que venía de Somiedo y que había nacido en Tuilla: Alfredo Cueto, que murió hace dos años.

Compañero de Gaspar García Laviana, ¿verdad?

Eso es. Pues bueno, para que tehagas una idea, la parroquia de El Pozón, en aquellos años, era un bajo que había sido un garaje, y donde solo estaban el cristo, el sagrario y una imagen de la Virgen; y a la entrada de la iglesia, unos posters enormes. En uno salía Gaspar García Laviana, mártir de la guerrilla sandinista, y en el otro los Mártires de Quiché, que habían pertenecido a una misión que tenía la diócesis en Guatemala, y a los que habían asesinado los escuadrones de la muerte. A mí, la visión de Alfredo me influyó mucho. Por otra parte, yo —que soy de los que inauguró el BUP— fui al Instituto de La Luz, que era el eje revolucionario de la izquierda avilesina. Y estando allí entro en la JEC, la Juventud Estudiantil Cristiana, donde tengo como compañeros a gente que hoy son destacados líderes socialistas asturianos.

Empiezas en la JEC, pero después no pasas a ninguno de los partidos de izquierda de la época, ¿no es así?

No. Cuando el consiliario se va, la JEC, decapitada, desaparece. Nos quedamos desamparados. Y cada cual busca adónde ir. En mi instituto, tenían una gran presencia las Juventudes Comunistas, y la mayoría de mis compañeros se van para allá, pero eso del Comité Central y del ordeno y mando nunca fue conmigo. Yo estaba más cercano a la gente del MCE y de la Liga, pero la tentación que pudiera haber tenido de militar en alguna de esas organizaciones quedó cortada cuando acabé COU y me fui a estudiar a Salamanca. En mi instituto llegó a haber cinco profesores del MCE.

En Salamanca, estudias Enfermería en la Universidad Pontificia. ¿Qué recuerdas de aquella etapa?

Recuerdo las pintadas que había en el portón de carruajes de la calle Compañía, por donde entrábamos a la Ponti: «Curas rojos al paredón». Y recuerdo vivir muy directamente la involución que se produjo con Juan Pablo II en la Iglesia: los vetos a profesores de teología como Xabier Pikaza, por ejemplo. Había profesores muy progresistas, e incluso muy radicales. La Ponti fue una de las primeras universidades en crear la especialidad de logopedia, y el fundador de esa facultad, Instituto Superior de Lenguaje se llamaba, era un profesor socialista: Jesús Málaga Guerrero, que era además el alcalde de la ciudad. Teníamos debates interesantísimos y muy plurales sobre el divorcio, el aborto… Me acuerdo mucho también de la clase de historia de María Teresa Aubach al día siguiente del 23-F, que viví allí, y sobre el que tengo una anécdota curiosa.

Cuéntame.

Estábamos estudiando para los exámenes semestrales y, de repente, me llama un compañero que vivía en las afueras, en Santa Marta del Tormes: «¡Está viniendo una cantidad de tanques impresionante!». Encima, teníamos un compañero de Valencia, que al llamar a Valencia se enteró de los tanques de Milans del Bosch. Nos montamos una película impresionante y yo llamo a mi abuelo, que era muy de derechas: un hombre que había hecho la guerra con la Falange y al que en las primeras generales, siendo yo un adolescente, recuerdo diciéndome: «No sé a quién votar. El cuerpo me pide votar a Blas Piñar, pero es tirar el voto. Creo que votaré a Fraga».

El fascismo sensato.

Eso es (risas). Pues bueno, yo llamo a mi abuelo, que tenía un amigo que era un mandamás de la Virgen del Camino, en León, donde los aviones. Y mi abuelo me dice: «Tranquilo: por desgracia, no es lo que tú piensas». Los tanques que mi amigo había visto en Salamanca eran simplemente unos que volvían de maniobras al cuartel de Torres Villarroel.

Me hablabas de una clase de Teresa Aubach al día siguiente del 23-F.

Sí. En aquel momento no lo valoras, pero yo creo que, si aquella conferencia se hubiese grabado, hoy sorprendería a mucha gente. Estaba toda la Pontificia metida en aquella aula de la Facultad de Psicología, adonde se había trasladado la clase de historia de María Teresa porque tenía aulas más grandes; parecía que había aumentado el alumnado. Todos queríamos oír a esta mujer y sus valoraciones de qué había pasado y por qué no había triunfado. Nos dijo: «No nos engañemos, el golpe no ha triunfado porque Estados Unidos no quería que triunfase, no interesaba». Los estatutos de la Universidad, por cierto, eran muy democráticos. Las cátedras se votaban, no se sacaban por oposición, y el voto del alumnado era un tercio. Cuál no sería mi sorpresa el día que me dicen: «Vamos a votar una cátedra».

En esto, llega Juan Pablo II y manda a parar.

Fue algo bestial. Ahora dicen mucho que Francisco no puede ir tan rápido, pero yo siempre recuerdo que Juan Pablo II fue rapidísimo. En el setenta y ocho lo nombran Papa y en el ochenta y dos, ochenta y tres, ya se empiezan a notar las consecuencias. La manera en que él fue cortando cabezas, en que fue dando marcha atrás y marcha atrás y marcha atrás, fue para no creérsela. Y lo peor fue la consecuencia de algo que decía mucho Tarancón (yo soy un  taranconista empedernido): que los obispos de España tenían tortícolis de mirar tanto a Roma. Muchos teólogos de la Pontificia a los que yo había conocido como muy revolucionarios, de repente pasaron a liderar el ala más conservadora de la Iglesia. Todo cambió de golpe.

Juan Pablo II me parece un cierto curioso pionero de la ultraderecha actual: un hombre ultraconservador, pero a la vez innovador con respecto a las formas clásicas de la reacción, que supo poner las herramientas más modernas al servicio de su contrarrevolución. No es el Papa fotofóbico que será Benedicto XVI —un hombre retraído, de biblioteca—, sino uno que viaja constantemente, que se da baños de masas, que las conquista con su carácter populachero y su telegenia. Viene de un país en el que el poder es socialista y la religión y las ideas reaccionarias, una fuerza disidente, perseguida; no ha vivido su religiosidad en la confortable burbuja nobiliaria de los cardenales italianos, y todo eso hace de él un hombre que sabe, digamos, bajar al barro.

Era un hombre muy inteligente. Tenía una formación universitaria importante. Y sí, claro: era polaco, y eso introduce una originalidad que es clave. Polonia es mucha Polonia. Recuerdo viajar a Roma en mi época de formación como hermano de San Juan de Dios y sorprenderme del control polaco que percibías por todas partes. Fue un cambio enorme desde la misma cúspide de la Iglesia. Wojtyła, efectivamente, había vivido una vida que no era la de sus antecesores. Pablo VI, por ejemplo, era buena gente, pero no dejaba de ser un curial más. El más original había sido Juan XXIII, que fue la gran sorpresa, pero duró lo que duró. Juan Pablo II tuvo treinta años para hacer y deshacer. Mencionabas a Benedicto XVI. Juan Pablo II siempre fue conservador, porque la propia Iglesia polaca lo era, pero fíjate: Ratzinger no lo había sido. Todo lo contrario: había sido uno de los teólogos más progres del Vaticano II. Creo que toda su radicalidad con el tema LGTB es una homofobia interiorizada.

¿En el sentido de que sea gay él mismo, y se autoodie por ello?

Podría ser. Él está terriblemente obsesionado con este tema. Fíjate: en el año ochenta y tres, se aprueba un nuevo Código de Derecho Canónico que modifica los impedimentos para el sacerdocio. Hasta entonces, no podían ser curas los hijos de madre soltera, no podían ser curas las personas con discapacidad… Pero nunca se recogió que no pudieran serlo las personas que hubieran manifestado su identidad como personas LGTB. Es Ratzinger el que, después del año 2000, cuando él empieza con esta fijación, logra un monitum —un documento interno del Vaticano; una directiva, por así decir— para que los seminarios no admitan candidatos LGTB. Pero el derecho nunca lo ha recogido como un impedimento.

Tú reivindicas la posibilidad de que la Iglesia se abra a las personas LGTB, así como a un papel más destacado de la mujer, recordando que, en dos mil años de historia, las directrices eclesiásticas sobre todas estas cuestiones han ido cambiando; nada ha estado nunca grabado en piedra.

Este año se ha cumplido el milenario de uno de los concilios más extraños que tiene la Iglesia, que es el Concilio de Pavía, del 1022. Lo presidieron el papa Benedicto VIII y el emperador Enrique y fue el que produjo la ruptura entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente después de que se aprobara introducir de forma definitiva en el credo niceno-constantinopolitano la procedencia del Espíritu Santo del Padre y del Hijo. Y también fue en el que se aprobó la prohibición de que los curas se pudieran casar. Pero la argumentación era económica: se trataba de que el patrimonio del cura que muriese siguiera en la Iglesia. También se decretó que los curas que ya tuvieran hijos los obligaran a hacerse sacerdotes, bajo pena de expulsión. Era una cuestión puramente economicista, pragmática; no había ninguna argumentación teológica sobre lo bueno que era el celibato. Cuando Francisco quiera revocarlo, lo puede revocar: es una disciplina eclesiástica, nada más.

Hay una película, Los dos papas, que pone en escena a un Benedicto XVI que dimite porque entiende que la Iglesia necesita cambios en un sentido progresista que él no puede liderar; que comprende de alguna manera la necesidad de un Francisco. ¿Crees que pudo ser así?

A mí, gente que ha tratado directamente a Benedicto, a quien Benedicto ha dirigido sus tesis, etcétera, me dice que es una persona muy inteligente. Con lo cual, pienso que en algún momento él ha tenido que ser consciente de que planteamientos que él tenía para la Iglesia, como la potenciación de los Legionarios de Cristo, la llevaban a la disolución. Pienso que se rodeó de una guardia de corps terriblemente ultraconservadora de la cual en algún momento vio que se le iban a acabar comiendo. Creo que se vio desbordado y que comprendió que hacía falta un relevo. Con los obispos jóvenes ultras ves mucho que acaban rompiendo mentalmente: mira lo que le pasó al de Solsona. Llega un momento en que te das cuenta de que has defendido cosas que intelectualmente no te acababas de creer, que no tenían un pase. Y yo creo que eso es lo que, a los noventa años, le ha pasado a Benedicto. Pero hay quien lo añora. En octubre, aquí en España, va a haber un encuentro organizado por los propagandistas católicos con motivo de su cumpleaños; una cosa del sector más ultracatólico de nuestra Iglesia. Uno de ellos dijo una vez que la masturbación producía lesiones físicas, y yo, en plan de coña, le contesté en Twitter: «Monseñor, la próxima vez, quítese el anillo».

“Llega un momento en que te das cuenta de que has defendido cosas que intelectualmente no te acababas de creer”

¡Ja, ja, ja!

Como ves, un provocador nato.

Conocemos bien a otro de los obispos ultraconservadores españoles: Jesús Sanz Montes.

Este verano hubo una peregrinación a Covadonga desde aquí, desde Oviedo. Me mandaron el vídeo de la llegada y es impresionante: mil ultras con banderas requetés, cantando unos himnos que metían miedo. Un par de días después hubo otra cosa de la asociación de propagandistas católicos en la que el obispo Sanz Montes hizo un llamamiento a una reconquista. Lo adornó como reconquista pacífica, tranquila. Hay una deriva ultra tremenda de la que este hombre ha apostado por ser el líder. Ojo: en todo esto también tiene responsabilidad Osoro, su predecesor, que ya empezó a traer aquí todo lo más ultra de la Iglesia: Numen Dei, etcétera. Todo esto se solucionará el día que se rompan los acuerdos Iglesia-Estado y seamos un Estado laico de verdad, en lugar de un Estado de meapilas. Los acuerdos del setenta y ocho y el Concordato 1953 son prácticamente idénticos. Se cambiaron los nombres de cuatro cosas, pero todo se mantuvo básicamente igual. La Iglesia ha seguido siendo generosamente financiada por el Gobierno. La famosa crucecita, ellos se encargan de justificarla sacando imágenes de los hospitales y demás, pero ese dinero es única y exclusivamente para los gastos de mantenimiento de la jerarquía; pago de sueldos a curas, obispos y demás. En la otra casilla, la de organizaciones sociales, en algún momento las cinco primeras beneficiarias, salvando la Cruz Roja, han sido instituciones religiosas: Cáritas, Manos Unidas… Mis compañeras y compañeros de Utopía hemos hecho campañas de «no marques ninguna X». En conjunto, la X acaba siendo la heredera de la antigua contribución de culto y clero, que derogó la República. Luego está la cuestión del IBI: la diócesis tiene una cantidad enorme de pisos que le han llegado como donaciones particulares y que no están pagando el IBI. Todo eso se tiene que arreglar, pero va a costar mucho que el PSOE se comprometa a arreglarlo. Y el problema no es solo el PSOE. La izquierda, muchas veces, carece de un discurso serio y bien argumentado sobre estas cuestiones: funcionamos a base de lemas. Es muy fácil decir, por ejemplo: «¡Escuela pública, sí; concertada, no!». Pero ¿qué vamos a hacer con todas las plazas de la concertada? ¿Qué se hace con todos esos alumnos? Aquí hubo un intento de una congregación, no puedo decir el nombre, que quiso que uno de los primeros gobiernos de Tini [Areces] se hiciera cargo de sus colegios, y no hubo forma: fue más fácil asumir al personal del Hospital Severo Ochoa. Acabar con la concertada se puede hacer, y hay que hacerlo, pero hay que tener un plan; tenemos que poder decir: «Esto se puede hacer, y de esta manera».

Javier Andrade. Foto: David Aguilar Sánchez

Hay una cosa que dicen los sectores reaccionarios de la Iglesia que, se opine lo que se opine de ellos, parece incuestionable: el Concilio Vaticano II se justificó como la necesaria actualización de una Iglesia que decaía por no adaptarse al mundo moderno, pero, hecha esa adaptación, la Iglesia no dejó de decaer, y de hecho la decadencia se aceleró. Sin embargo, hay una excepción a ese declive generalizado: las congregaciones ultraconservadoras, que sí crecen. La Iglesia, ¿no resiste mejor si impugna frontalmente el mundo moderno que si se funde con él? Alberto Álvarez Peña, el etnógrafo, me contaba en una ocasión que una señora mayor de no recuerdo qué aldea asturiana le había dicho una vez que no le gustaban las misas modernas, porque, ahora, lo que hacía el cura también podía hacerlo ella. Se había perdido el misterio y, con él, la Iglesia había dejado de ser atractiva.

Es verdad que las instituciones religiosas más conservadoras son las que tienen más vigor, más afiliaciones, pero eso no quiere decir nada. No creo que ni siquiera los votantes de Vox tragasen con esa Iglesia mistérica; no creo que deseen realmente un Estado católico. Me acuerdo de cuando recogía firmas contra la ley del divorcio cierto histórico diputado asturiano de Alianza Popular que después, si no me equivoco, se divorció tres veces. No, a mí me parece que el problema es que el Vaticano II quedó inconcluso, y que lo que hay que hacer es terminar lo que el Vaticano II quiso hacer. Juan XXIII tenía unos planteamientos avanzadísimos que siguen incumplidos y que se corresponden, por otra parte, con la esencia del Evangelio, que quedó enterrada bajo lo que a raíz de Constantino empezó a ser la Iglesia, con toda su estructura jerárquica copiada de la estructura administrativa del Imperio. Esas instituciones ultraconservadoras también crecen porque hay gobiernos ultraconservadores, como el de Polonia, que las financian y las ceban. Para ellos, como para Sanz Montes, la gran preocupación es que la gente no va a misa. Pero no se preguntan por qué no va a misa, ni si tiene algo que ver con que es la Iglesia la que no va a la gente, con que no escucha ni se compromete con sus problemas, como empezó a hacer León XIII con la Rerum novarum. Las nuevas generaciones de curas se preocupan de la misa, de llevar clergyman… Creen en una Iglesia montada única y exclusivamente en torno al culto, a lo formal. Hay un libro muy bueno de José Luis Cortés que se titula Tus amigos no te olvidan, y que es una recreación de los Hechos de los Apóstoles. Hay unas primeras páginas que son en formato cómic y luego un discurso teológico serio. Y lo que él plantea es que los Hechos de los Apóstoles nos hablan de grupos de personas que consideraron que el mensaje de Jesús era un mensaje rompedor: el de un tipo que decía que todos éramos iguales; que aquí no hay blancos, ni negros, ni esclavos, sino solo seres humanos. Esa es la Iglesia que hay que recuperar y no la de Sanz Montes. A la izquierda le faltan un conocimiento y un discurso serio sobre las cosas de la Iglesia y entonces pasa lo que pasa.

Recientemente ha surgido dentro de la Iglesia, sobre todo en Alemania, una corriente progresista de la que hay quien apunta que incluso puede acabar derivando en un cisma, en una escisión: el sinodalismo. Reivindican una estructura más asamblearia, menos jerárquica, y un acercamiento a todos esos anatemas de la Iglesia oficial: derechos LGTB, feminismo…

Ojalá tenga recorrido, y ojalá ese espíritu permee al resto de la Iglesia. Ahora resulta rompedor que Francisco plantee la posibilidad de que el Papa tenga un mandato limitado; que no tenga que ser hasta que se muera. Él viene de la Compañía de Jesús, donde el superior general, el prepósito, lo era de por vida hasta que el padre Arrupe rompió con eso. Se trataría, en el fondo, de que el Papa dejara de ser Papa y pasara a ser un obispo con cierta capacidad de…

Un primus inter pares.

Eso es. En la comunión anglicana es así: el primado de Canterbury es exactamente eso, y además tiene un mandato temporal; no lo es de por vida. El problema es que hay que admitir que el modelo jerárquico —en la Iglesia como en la izquierda— es muy operativo. La sinodalidad es pesada, es latosa. Delegar en el Comité Central, en el Consejo Ciudadano (quiero meterme con todos) es más fácil. Pero yo prefiero equivocarme con una decisión tomada asambleariamente que delegar siempre en el amado líder. En la izquierda, muy ateos, muy agnósticos, pero, ¡rediós!, la infalibilidad papal, ¿eh…? La gran asignatura pendiente de la izquierda es la gestión de la pluralidad y la discrepancia. Que discrepes con la mayoría del partido siempre se ve como que tú quieres estar aquí, como no ganaste, tocando las pelotas. En el momento en el que la izquierda se desprenda de ese fardo, la izquierda va a salir fortalecida. Si no, seguiremos viendo lo que estamos viendo: ruptura tras ruptura y chiringuito tras chiringuito. Veremos qué va a pasar dentro de un año con tanto amado líder. A la izquierda le está pasando un poco lo que les pasó a las iglesias de la Reforma con la libre interpretación: cada dos por tres, surgía una iglesia nueva. El amado líder se durmió, le vino a visitar un ángel y, ¡hala!, los Testigos de Jehová. A un testigo de Jehová se le aparecía otro ángel y, ¡hala!, los mormones. En la izquierda estamos igual, mientras que en la derecha la tendencia siempre es a la casa única.

Javier Andrade. Foto: David Aguilar Sánchez

Retomemos el relato de tu vida. A finales de los ochenta, tomas los hábitos. Te haces miembro de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Te preguntaré después qué caminos te llevaron a ella, pero, primero, háblame de la propia orden.

Esta orden la funda un señor que hoy es santo, san Juan de Dios, patrón de los enfermeros, pero que entonces era João Cidade Duarte. Era portugués, pero se había establecido en Granada, donde tenía una librería. Un día, se convierte, y esa conversión lo lleva a emprender acciones un poco radicales que hacen creer a la gente que está como las maracas de Machín, y lo encierran en el Hospital Real. Los hospitales, en aquelllos momentos, eran sitios donde había de todo; todo tipo de patologías, y sobre todo enfermos terriblemente pobres: el que tenía medios, el médico lo tenía en su casa. A él le llama la atención en concreto lo mal que se trataba a los enfermos con estados mentales. Hay una película sobre él que se titula El hombre que supo amar y que está muy bien, porque es muy realista, nada misticorra, protagonizada por Timothy Dalton. Pues bueno, san Juan de Dios lo primero que hace es crear un pequeño hospital para acoger a este tipo de enfermos. Dos de sus primeros compañeros son un asesino y el dueño de un prostíbulo. El dueño del prostíbulo es Antón Martín, un nombre que sonará a cualquiera que conozca Madrid.

Una parada del metro.

Sí, una plaza muy concurrida. Pero poca gente sabe de quién se trataba: era un militar que había marchado a Granada a matar al asesino de su hermano, Pedro Velasco, que había matado al hermano de Antón Martín por rechazar casarse con su hermana. Juan de Dios consiguió reconciliarlos. Pues bueno, san Juan de Dios muere en 1550 sin haber organizado un tinglado ni de monjas, ni de frailes, ni de nada: solo aquel pequeño hospital. Pero hay una segunda generación de gente que sí decide darse una estructura jurídica, y entonces se constituye la Orden Hospitalaria, que va a ser una orden muy peculiar. Al revés que en los franciscanos o los dominicos, donde los cargos de gobierno, de poder, en la institución están reservados a los clérigos aunque haya hermanos legos, aquí son justamente los legos los privilegiados. Para ser superior provincial, te tienen que votar en el capítulo —el congreso del partido, para que nos entendamos (risas)—. Si eres lego, con la mitad más uno de los votos basta; pero si eres sacerdote, tienes que sacar dos tercios. A muchos obispos de la época, esto les resultaba impensable: ¿cómo unos señores que no están ordenados, que no han estudiado teología, van a ser los que dirijan una orden? Pero al ser una orden, estaba exenta de la autoridad de los obispos. Estos tuvieron que cabildear: hablar con Felipe II y que este a su vez hablara con el Papa para que la orden desapareciera. Lo consiguieron y la orden quedó reducida a lo que se llamaba una cofradía de piadosos hombres, con cada hospital dependiendo de su obispo. Pero los hermanos siguieron erre que erre y, después de unos años, retomaron la reivindicación de la restauración de la orden como tal orden. A mí, cuando dejé la orden en el año noventa y nueve, y empecé a militar en organizaciones de izquierda, me costó mucho adaptarme a esa vida jerárquica de los partidos, a esto del amado líder: yo venía de ser fraile en una orden en la que nunca me cuestionaron, valga la redundancia, que cuestionase. Las grandes órdenes religiosas nacidas antes de Trento solían ser terriblemente democráticas; en ellas se debatía todo. El sistema piramidal dentro de la Iglesia lo instituye la Compañía de Jesús, los jesuitas, y es con el que funcionan también los grandes partidos. Pero a mí me habían educado para ser un tocapelotas permanente y cuestionarlo todo. Y mi vena como izquierdista ha sido más bien trosca o anarcolibertaria.

¿Por qué escoges esa orden? ¿Qué te lleva a ella?

La enfermería, en principio. Yo la carrera la acabé en el año ochenta y cinco, haciendo la mayor parte de las prácticas en el Hospital de la Santísima Trinidad de Salamanca. Pero en aquel momento me apetecía vincularme al mundo de las cárceles; opositar a enfermero de Instituciones Penitenciarias. Tenía una vena muy social. Pero una de mis tías, que había sido mi profesora en el cole, en la EGB, y llevaba muchos años siendo miembro de tribunales de magisterio en Galicia, me recomendó presentarme antes a alguna otra oposición, para ver cómo era, y no llegar a esas que me interesaban sin haber hecho ninguna. Así que me presenté a una oposición del Principado para unas plazas en enfermería sin pensar en sacarla, solo por familiarizarme con el proceso. Y, cosas de la vida, saqué la plaza.

Llegar y besar el santo.

Exacto. Pues bueno, estoy un tiempo en la consejería antigua, en la calle General Elorza de Oviedo —donde luego va a estar La Madreña— y, después, me voy un año a un consultorio rural en Tormaleo, en Ibias, donde Cristo perdió las alpargatas (risas). Estando allí, en el ochenta y ocho, me presento a la oposición de Instituciones Penitenciarias y la saco, porque habíamos aprobado menos personas que plazas había en la cárcel.

Unas oposiciones del Estado, ¿no es así?

Sí. Tengo que ir a Madrid a tomar posesión de mi plaza. Pero, entre que lo preparo todo, un día que paso por mi casa de Avilés, mi madre me dice que me han estado llamando los hermanos de San Juan de Dios. Llamo de vuelta —tiendo a ser un poco obediente—, y me dicen que pase por Palencia, que tienen una actividad en el centro asistencial que tienen allí; unas fiestas para las familias de los enfermos. Voy. Y estando allí, me plantean cómo estaba yo en mi opción de ser hermano de San Juan de Dios, que yo ya había comentado alguna vez que me podía seducir. Y digo que sí. En lugar de seguir hacia Madrid, regreso a Asturias para formalizar mi renuncia a mi plaza e iniciar mi proceso de formación como hermano de San Juan de Dios. Cuando pasé por Tormaleo para recoger mis cosas, el médico del consultorio flipaba, y mi padre también acabó de asumir que su hijo era muy rarito (risas).

La orden, la abandonarás en 1999. ¿Cómo son para ti esos once años? Además de licenciarte en ciencias políticas y sociología, y hacer estudios de filosofía y teología, además de un par de másteres, ¿qué cosas haces?

Estuve por el centro asistencial de Palencia, un psiquiátrico enorme, con casi setecientas personas, y luego pasé a otro en Mondragón. También pasé por un centro de atención a niños con discapacidad y a personas mayores en Carabanchel, viví en un albergue de transeúntes… En conjunto, adquirí una buena experiencia profesional como gestor de una de las empresas sociosanitarias más grandes de España. Y todo ello teniendo claro, como lo tuve siempre, que el planteamiento del Evangelio y el del marxismo estaban muy cerca. Siempre me he sentido muy vinculado a la Teología de la Liberación, y, como hermano, me tocó vivir la muerte de los jesuitas de la UCLA, las grandes manifestaciones contra la primera guerra de Iraq, que me pillaron en Madrid…

“Siempre me he sentido muy vinculado a la Teología de la Liberación”

También fuiste, durante cinco años, director del Sanatorio Marítimo de Gijón.

Esa fue una fase muy importante en mi vida. Descubrí un ámbito de trabajo del que no venía: yo venía de la sanidad. Allí empecé a controlar del tema de servicios sociales, que era un mundo totalmente nuevo para mí. Yo no sabía lo que era una Administración pública, y tuve que aprender a relacionarme con ellas. Tuve mis primeros contactos con políticos, aprendí a negociar con ellos: una de las primeras cosas que me plantearon al llegar a esta casa era que tenía que renegociar los convenios que el Marítimo tenía con las administraciones, yo que venía de un hospital que tenía un acuerdo con el Insalud y punto. Tuve que discutir mucho con el consejero, y también con las administraciones de Cantabria, Euskadi y Valencia, por distintos motivos. Viví, por otro lado, algún cierto choque. Se arrastraba todavía una visión de los servicios sociales como algo graciable; no se había consolidado la concepción de esos servicios como un derecho de ciudadanía. Recuerdo a una jefa de servicio, viuda de un exalcalde y un expresidente, que no me entendía cuando yo le decía que esperaba que algún día el Sanatorio Marítimo no tuviera sentido. «¿Por qué?». Pues, primero, porque las administraciones tengan realmente cubiertas todas las especialidades de atención a las personas, y segundo, porque seamos capaces de articular redes de apoyo como aquellas de las que tenemos ejemplos en distintos países de Europa, donde el modelo se basa más en la comunidad.

En 1999, dejas la orden: ¿por qué?

Digamos que mi evolución personal me llevó a concluir aquel año que ser hermano de san Juan de Dios ya no casaba con mi modelo eclesiológico, con mi concepción de la Iglesia y de lo que la Iglesia debía ser. También me di cuenta de que para hacer muchas de las cosas por las que me había hecho hermano de San Juan de Dios, no era necesario hacerme hermano de San Juan de Dios. Se podía modificar el mundo desde fuera, sin renunciar a todas las cosas a las que había renunciado para entrar en la orden, y sin tragar todos los sapos que había que tragar para estar en la orden. Llegué a esa conclusión e hice lo que me pedía la Iglesia, lo que exigía el derecho de la Iglesia, que era un año de exclaustración que pasé en Santander. Al final de ese año, decides definitivamente si quieres seguir o lo dejas. Es una decisión difícil: si sigues, tu vida va a ser mucho más cómoda. Dejarlo significa tener que empezar de cero en muchas cosas. Pero mi sentido de la coherencia me decidió a dejarlo: no podía colaborar con una estructura que creía que no tenía sentido. Entonces, volví a Asturias.

¿Perdiste la fe; dejaste de creer?

No, no. Perdí la fe en la Iglesia. Hombre, con Francisco me siento más cerca. Pero no creo en la Iglesia. No creo que sea necesario que haya curas, ni obispos, ni Papa, ni monjas. Monjas y frailes que decidan juntarse, pues sí: que se junten. Pero no entiendo la necesidad de las parroquias. Me mantengo vinculado a las Redes Cristianas, donde hay colectivos que van desde gente que se opuso a la visita de Benedicto XVI a Madrid hasta los que están bregando contra el tema de las inmatriculaciones. Tengo muy buena relación con Teresa Forcades, esta monja catalana muy mediática.

Hoy por hoy, ¿eres creyente?

Tengo algún artículo, algún editorial, en la revista Utopía hablando de eso. Seguramente no lo sea atendiendo a los parámetros que tú puedas tener de lo que es ser creyente.

Después de abandonar la orden, te implicas en el movimiento LGTB, concretamente en la organización Xega. ¿Cómo fue, antes de eso, el proceso de descubrimiento de tu identidad sexual; cómo fue tu salida del armario?

Mi salida del armario va unida a mi vida religiosa. Para hacer un voto de castidad, tienes que saber a lo que renuncias.

Javier Andrade. Foto: David Aguilar Sánchez

¿Siempre tuviste claro que te gustaban los hombres, fue algo que descubrieras más o menos tardíamente, era una realidad que te ocultabas a ti mismo…?

Yo sabía que me gustaban los hombres desde los quince años, pero había nacido en 1961, en un momento en el que no había personas LGTB; no había maricones, bolleras, travestis… No había referentes. Yo insisto mucho en la importancia de la representación. Hace años, un sobrino mío al que había llevado a Parqueastur para comprarle un regalo me preguntó en el coche si quería tener novia. Le respondí: «No, Alejandro, yo no quiero tener novia, quiero tener novio». Se quedó pensativo. Pero cuando llegó a casa, le dijo a su madre: «¡Mami, mami! ¡Javi quiere tener novio, como Fernando y Mauri!».

La pareja homosexual de Aquí no hay quien viva.

Eso es. ¡Anda que la tele no educa!

Hace unas semanas, en Twitter, hubo un trending topic muy interesante a cuenta del éxito de la serie Heartstopper, una historia de amor adolescente entre dos chicos. Gais y lesbianas de todas las edades empezaron a compartir imágenes de series y películas que les habían marcado comentando: «Este fue mi Heartstopper». Mauri apareció muchas veces, y yo alguna vez he leído alguna reflexión explícita acerca de la importancia de aquella serie que tanto éxito tuvo y de aquel personaje. Y no solo para la gente LGTB, sino también para gente hetero a la que aquel personaje entrañable y apreciado hizo deshacer prejuicios sobre la homosexualidad. En cierto sentido —que, por supuesto, hay que tener cuidado de que no eclipse el reconocimiento de varias décadas de lucha durísima—, Mauri está detrás de 2005; de las leyes igualitarias de Zapatero; confirió el impulso sociológico final que las hizo posibles. Pero quería preguntarte otra cosa. ¿Cuál fue tu Heartstopper?

A mí, la película que me dejó muy claro lo que era ser LGTB y que el proceso era complicado fue una titulada Another country. Estaba yo en Salamanca; la fuimos a ver a los cines Van Dyck. Año ochenta y cuatro, creo recordar. Tú no estabas ni en los designios del Señor, como diría alguno (risas). La peli habla de dos hombres que se enamoran en un colegio inglés de clase alta; uno de ellos es comunista, y al final los dos acaban siendo espías de la URSS.

¿Sales del armario en Salamanca?

No, no, qué va. Pero en Salamanca sí que vivo cosas que me influye. En aquellos años, ya había locales de copas en los que paraba la progresía y donde de pronto, en el año ochenta y dos, ochenta y tres, podías ver a dos tíos cogido de la mano. Recuerdo, sobre todo, dos: el María Sangrienta y El Puerto de Chus, que creo que sigue existiendo: un sitio muy original, con decoración náutica. Aquello, en Oviedo, todavía era impensable, y verlo en Salamanca a mí me ayudó en mi proceso. Pero en aquel entonces no le comenté nada a nadie. Fue más tarde, siendo ya hermano de San Juan de Dios, cuando, al ver que el tema de la sexualidad se hablaba con total normalidad, un día lo solté.

¿Y qué tal se lo tomaron los hermanos?

Nadie me dijo nada, total normalidad.

Públicamente, sales del armario en 2001, habiendo ya dejado de ser hermano de San Juan de Dios. Das una conferencia en el Club de Prensa de La Nueva España que inicias así: «Hola, me llamo Javier, soy cristiano y soy gay». En aquel momento, todavía era una osadía. Poco más tarde, también te hace Jaime Poncela una entrevista en El Comercio, que tiene bastante impacto.

La entrevista con Jaime —que salió en El Comercio y también en La Voz de Avilés— salió un viernes y se publicó el sábado. Yo, ese sábado, apago el móvil. Cuando volví a encenderlo, tenía catorce mil llamadas. No era fácil, no. En aquel momento, había muy pocos gais visibles en Asturias, y muchos de los que había tenían a sus familias lejos, y en ese sentido les resultaba algo más fácil.

¿Qué tal se lo tomó la tuya?

Mi padre —que murió en 2002—, mejor que mi madre. Ella no lo lleva bien. Es lo de siempre: si yo fuera hetero, no tendría en problema en decir a los cuatro vientos «salí con mi mujer, o con mi pareja», pero al ser gay, tiene que quedar en el ámbito privado.

El don’t ask, don’t tell del Ejército estadounidense.

En 2006, el único partido político con gais y lesbianas visibles en Asturias era Izquierda Unida. En el PSOE no los había; era su vida privada.

Se hace énfasis a veces en el historial homófobo del PCE: la expulsión de Gil de Biedma, estas cosas. Pero no es justo recordar esa parte oscura si no se señala seguidamente que el ámbito PCE/IU pasó después a ser pionero en esta cuestión.

El tema LGTB se veía como decadencia burguesa, sí. Los troscos lo veían de otra manera. Pero sí: en el año setenta y siete, por ejemplo, el PCE crea su propio frente de liberación homosexual dentro del partido. Y no ya en 2006, sino en 2015, cuando yo todavía militaba en Izquierda Unida, intentamos organizar con gente de la TPA un debate a los diez años del matrimonio LGTB invitando a políticos LGTB, pero cierto productor de la TPA no encontró a nadie. Al final, fue una entrevista a mí solito. Nadie del PSOE quiso y uno del PP y otro de UPyD que sí podían querer, en aquel momento no estaban disponibles, no había manera de cuadrar fechas. Sigue siendo difícil. Yo, en mi cuenta de Twitter, pongo que soy «orgullosamente gay», y doy caña con este tema: el esfuerzo de visibilizarse sigue siendo imprescindible.

Últimamente, se percibe un aumento de las agresiones homófobas, pero se plantea una duda al respecto: ¿se incrementa el número de agresiones o, no incrementándose, e incluso menguando, lo que ha aumentado es su visibilidad, la atención que presta a una sociedad concienciada a estas denuncias, así como la voluntad de denunciar por parte de quienes sufren las agresiones, que en el pasado podrían habérselas callado, pero ahora se sienten respaldados para hacerlas? ¿Qué opinas tú?

Yo creo que aquí operan dos cosas. Por un lado, sí: puede que vaya desapareciendo ese miedo a decir que has sufrido una agresión porque no habías salido socialmente del armario. Pero, por otro lado, también es innegable que los agresores, ahora, se sienten más envalentonados. Hay gente como Giorgia Meloni que lidera las encuestas en Italia y a la que aquí, en la campaña electoral andaluza, aplaudían sus compañeros de Vox cuando clamaba contra el «matrimonio innatural». La persona LGTB que siga creyendo que todo está conseguido está terriblemente equivocada, porque los derechos se ganan y se pierden con una facilidad pasmosa. La Segunda República reconoció el aborto, el divorcio, etcétera, y luego esos derechos desaparecieron. Ahora vemos lo que está pasando en Estados Unidos con el tema del aborto: todos esos estados intentando blindar su prohibición. Nosotros tenemos una ultraderecha que forma parte de una red en contra de todos estos derechos civiles a nivel europeo. Oyendo lo que oigo muchas veces en esos discursos, tengo verdadero miedo de lo que puede llegar a pasar.

Tras tu salida de la orden, también entras a militar en Izquierda Unida.

Entro en 2006. En mis tiempos como director del Marítimo, me tocó pelearme tanto con el partido socialista como con el Partido Popular. La viuda de Tini me bautizó con el apelativo de el fraile rojo. Al mismo tiempo, trabé muy buena relación con gente de IU, sobre todo con aquellos más vinculados a los movimientos cristianos de base: El Pole, Gloria Fernández, que fue directora del Instituto de la Infancia… Y en el momento en que decido que quiero implicarme en política más allá de mi militancia en el movimiento LGTB, el cuerpo me pide algo más que IU, pero también ser pragmático, y tomo esa decisión.

En IU, llegas a presentarte como adversario de Roberto Sánchez Ramos, Rivi, para unas primarias en Oviedo. Pero acabas dejando la coalición.

Acabo chocando con ese ordeno y mando con el que yo nunca he tragado y que es el abecé de casi todos los partidos; con esa dificultad para tolerar la diversidad y la discrepancia. No en vano, si uno se fija, son los del ordeno y mando los pocos que han quedado en Izquierda Unida: todo lo demás se ha ido yendo. Cuando me fui, en 2018, tampoco me sentía muy respaldado por Alberto Garzón; sentía que el tema LGTB no estaba entre sus prioridades.

Ahora militas en Los Verdes.

Es un partido en el que me siento muy agusto por dos motivos: uno, la gestión de la pluralidad y la discrepancia. En Los Verdes creemos de verdad en el asamblearismo, y todas las decisiones las tomamos de esa manera. ¿Eso nos hace poco operativos? Pues quizá. Pero es en lo que creemos. Tampoco tenemos secretario general, ni coordinador general: solo portavoces. Nuestro grupo de dirección, si se le puede llamar así, es una mesa de coordinación. Y también tenemos coportavoces, todo es paritario: un hombre y una mujer. Yo soy coportavoz de la Red LGTB de Asturias, que es un ámbito al que en Los Verdes se da mucha importancia. Una histórica militante de Iniciativa per Catalunya definía muy buen lo que era el ecosocialismo, que era algo que ella había aprendido de Petra Kelly: cuidar de la casa y de los que estamos en la casa. Las dos cosas tienen que ir de la mano. Hay que hablar de la crisis climática y también de la justicia social. Yo esto lo discutía mucho en Izquierda Unida y lo sigo discutiendo en Los Verdes: si entramos en un Gobierno, yo no quiero la Consejería de Medio Ambiente, ni la de Servicios Sociales; yo quiero la de Economía, la de Hacienda. Quiero generar un modelo fiscal más justo, con una fiscalidad progresiva, que pague más quien más tenga; quiero controlar la banca, los sectores esenciales, las eléctricas, etcétera.

No quedar arredilados en una decorativa consejería verde, sino tomar las mismas riendas del poder.

Claro. Pero para eso hay que hacer mucha pedagogía. Y esa pedagogía tiene que hablarle a todo el mundo. A veces, como decía un cura, solo hablamos para los conversos. Es muy fácil para una Izquierda Unida, para un Los Verdes, venir a hablar con la gente de La Corredoria, pero ¿por qué no vamos a hablar con la gente de la calle Uría? Me dirás que estoy como una cabra (risas). Pero creo que tenemos que ir a la calle Uría a convencer a esa gente de que nuestro discurso también va para ellos. Es utópico, pero yo es que, a mis sesenta años, sigo creyendo en la utopía.

Una buena frase para cerrar, Javier. Ha sido un placer, muchas gracias.

A ti, Pablo.

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