“El periodismo está en el peor momento de su vida, agonizando”

La carrera de José Ramón Patterson abarca cuatro décadas cuyos inicio y final —marcados, en su caso, por la experiencia de Asturias: diario regional y la corresponsalía en Bruselas de Televisión Española, respectivamente— se parecen en cierto modo

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en Historia. Ha sido colaborador en medios como La Voz de Asturias o Atlántica XXII y en la actualidad coordina la revista digital El Cuaderno y dirige A Quemarropa, el periódico de la Semana Negra de Gijón. Su último libro es "La virtud en la montaña. Vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista" (Trea Ensayos).

Contra lo que da a pensar su apellido, José Ramón Patterson (Gijón, 1958) es asturiano de pura cepa; un gijonés de origen humilde, nacido en La Calzada y criado en les Mil Quinientes de Pumarín en tiempo de urbanismos febriles y atolondrados, en que los grandes bloques de pisos se erguían, como obeliscos del desarrollismo, en medio de los praos y los descampados, espacio de juegos y trastadas para manadas de niños criados en la calle. Hoy, avecindado en Oviedo, es un jubilado inquieto cuyo tiempo llenan, entre otros hobbies, el saxo, la cocina y el esquí. Su carrera como periodista abarca cuatro décadas cuyos inicio y final —marcados, en su caso, por la experiencia de Asturias: diario regional y la corresponsalía en Bruselas de Televisión Española, respectivamente— se parecen en cierto modo. El inicio: la Transición, tiempo de libertades nuevas y anhelos de modernidad, que tuvieron también una expresión periodística; la de una proliferación de cabeceras nuevas que —a veces con mejores ideales que planes de viabilidad— nacían con el afán de dar sepultura al rancio periodismo franquista. Patterson conoció entonces —y en ambos, la precariedad— los dos lados: el periodismo emergente y el declinante. ¿El final? Este otro tiempo agitado, que vuelve a significar transformaciones abruptas para un cuarto poder en el que algo nuevo nace y solapa su amanecer con el crepúsculo de algo viejo. No es optimista Patterson con respecto al estado de la que ha sido su profesión. Sobre ello, sobre su infancia, sobre su trayectoria o las bambalinas de la radiotelevisión pública y los tejemanejes mediáticos del poder, versa esta conversación de dos horas y media en una cafetería del centro de Oviedo.

El periodista José Ramón Patterson FOTO: David Aguilar Sánchez

José Ramón, empiezo por preguntarte algo que supongo que te habrán preguntado muchísimas veces. Patterson: ¿cómo llega a un asturiano como tú ese apellido inglés?

Viene de la Fábrica de Mieres. Cuando se construyó la primera, hacia 1843 o 1844, antes de que se hicieran con ella los Guilhou, llegaron allí los ingleses, y entre ellos un ingeniero llamado George Patterson. Este hombre tuvo una relación con una mujer —vasca de origen, de Ermua— que vivía en el valle del Caudal, que por entonces imagino que fuera un valle idílico, antes de que empezaran a montar todo esto y a abrir las minas. De esa relación nació un hijo, José. Y este José se quedó con su madre cuando la Fábrica de Mieres cerró por primera vez, debido a una quiebra, y aquel británico se volvió para el Reino Unido. En todo caso, se volvió reconociendo a aquel hijo y dejando a esta mujer en una buena posición dentro de la fábrica. Parece que fue una cosa extraña en aquella época, porque este hombre, obviamente, era protestante, y en Mieres todos católicos, y los británicos nunca se mezclaban con los lugareños. Este José, después, tuvo varios hijos. Todos menos uno se marcharon para Argentina; el último lo hizo hacia 1907 o 1908, después de la güelgona de la Fábrica de Mieres, que los Guilhou, la patronal, aguantaron y ganaron y acabó con ochocientos despedidos, entre los cuales llegamos a la conclusión de que estaba él. El único nieto de George Patterson e hijo de José Patterson que se quedó aquí era Emilio, mi bisabuelo. Tuvo varios hijos, entre ellos mi abuelo, y mi abuelo tuvo a mi madre. De hecho, Patterson es el segundo apellido mío: mi nombre es José Ramón Lorenzo Patterson. Los Lorenzo eran de Gijón; de Poago y Veriña de toda la vida.

Tú naces en Gijón en 1958.

En Gijón, no sé dónde exactamente, porque hace poco solicité una partida de bautismo para hacer no sé qué y me fijé en que dice que yo nací en una de las antiguas casas de la Fábrica de Vidrio, en La Calzada; la casa de mis abuelos. La Fábrica de Vidrio tenía unas casas que eran propiedad suya y que se conocían como El Callejón; una construcción que aparece en fotos históricas y que era un edificio rectangular para obreros. A las casas de abajo se entraba por la calle y a las del primero por una escalera que daba a un patio corrido. Esa partida dice que nací ahí, pero yo nunca tuve constancia de eso; siempre pensé que había nacido en Jove.

¿En el hospital?

Sí, en lo que hubiera entonces, que no tengo ni idea de lo que era. Pues bueno, nazco, bien en Jove, bien en La Calzada, pero vivo el primer par de años en Poago, de donde era mi padre. Después, nos trasladamos, cuando se entregaron, a las Mil Quinientas, en Pumarín. Eran el gran proyecto arquitectónico de la ciudad: se vendían como una ciudad satélite saneada, edificios de viviendas sociales en los que todas las casas tenían vista para delante y para atrás, etcétera.

Una cosa como de Le Corbusier.

Sí. En aquel momento, las Mil Quinientas estaban en medio de la nada; alrededor había praos. Yo siempre digo que, para mí, les Mil Quinientes fueron un parque de atracciones maravilloso. Subías a los árboles, a las farolas, se vivía en la calle, jugabas a les chapes, a les boles, al roma con el palo espetándolo… Rompíamos las tacillas de la luz a pedradas en un parque chiquitín que todavía existe, al lado de lo que antes era la Ronda de Camiones y ahora se llama Gaspar García Laviana, donde había arbolinos, y jugábamos a les cuatro esquines. Un poco más abajo, había una pequeña pista, y jugábamos al baloncesto. En los praos de alrededor, a manaes.

Una infancia humilde pero feliz.

Sí, bueno, como la de todo el que vivía en les Mil Quinientes. Todos éramos hijos de obrero. No teníamos nada, pero no echábamos de menos nada. Lo que hoy te parecería vivir con necesidades, entonces no te lo parecía. Nunca fuimos de vacaciones, pero nadie iba: como mucho, había uno que la familia era de Riaño, en León, y se iba a pasar quince días al pueblo, u otro que la familia de su madre era de Plasencia, y lo mismo. Se iban al pueblo, pero a aquellas casas que tampoco son las de ahora, y en las que a veces no había ni baño. Mis vacaciones eran pasarme los tres meses de verano jugando con los amigos, bajar andando a la playa dándonos igual si hacía sol o no, hacer un palanquín con una tabla de estas que utilizaban para las obras de construcción en un pequeño muro que había delante de mi casa… Cuando algún vecino empezó a tener televisión, reunirse en su casa a ver Bonanza, El Virginiano… Coger mi padre y los vecinos el coche —que en el caso de mi padre siempre fue de segunda mano— e irnos una cuadrilla de cuatro o cinco coches a la playa a Xivares, sitios de estos, con la tortilla y demás… Nuestra vida era esa, una vida humilde, pero feliz; hambre nunca pasamos. Había alguna familia marginal, como en todos los sitios, pero pocas. Algún mes podía haber dificultades: me acuerdo de que mi madre me dijera «vete a la tienda y dile a la de la tienda que te dé esto y aquello y que le pago a fin de mes». Eso hubo que hacerlo muchas veces. Pero a fin de mes se pagaba; nunca quedaban pufos. Mi padre, que se llamaba Jaime, trabajó siempre.

El periodista José Ramón Patterson FOTO: David Aguilar Sánchez

¿De qué trabajaba?

Trabajó de todo. Trabajó en la Renfe, trabajó en la Policía Municipal… Hace poco descubrimos exhibida en el Reina Sofía una foto que un día le hizo, cuando era policía, un fotógrafo que se llamaba Gonzalo Juanes, y que fue uno de los pioneros en la fotografía en color en España. Sale mi padre en moto por la calle Instituto, con serpentinas por el suelo porque había sido el desfile del día grande de las fiestas. A mi padre no se le ponía nada por delante. Veía que no sé dónde necesitaban un soldador, se iba para allá sin saber nada y al día siguiente era el mejor soldador. Otro día era chapista; otro era no sé qué cosa. Su último trabajo fue de chófer del director de la fábrica de tubos que entonces había en Sama, la Cadet, Compañía Asturiana de Tubos, que acabó absorbiendo ENSIDESA. Un día, volviendo de trabajar, en febrero del setenta y nueve, tuvo un accidente de tráfico en la autopista y se mató. Mi padre iba por la izquierda, se le reventó una rueda, paró el coche, salió y uno que venía detrás a toda velocidad se lo llevó por delante. Yo estaba trabajando ya en Asturias: diario regional. Me llamó mi hermana: «Oye, que papá tuvo un accidente. Vente para acá si puedes. Yo voy a coger algo de ropa para llevarle al hospital». El director del Asturias, Graciano García, me cogió en el coche y me llevó. Según salimos de Silvota por Lugones para incorporarnos a la autopista, vimos un atasco descomunal y ya me dije: «Es esto». Graciano dio la vuelta, fuimos por la carretera vieja y, cuando llegamos al hospital, supe, y mi hermana también, que ya lo habían llevado muerto.

Jaime Lorenzo, fotografiado por Gonzalo Juanes en 1960

¿Qué hay de tu madre? ¿«Sus labores», como se decía entonces?

Aguantar a los hijos, que ya era bastante: tuvo cinco. Yo soy el cuarto. Sus labores, sí, y bueno: hacía alguna cosa más. Limpiaba en casa de algunos vecinos para sacarse un sobresueldo; ayudaba a otra vecina que tenía una máquina de tricotar y que hacía jerséis y cosas de estas… Ella se murió un par de años antes que mi padre, en marzo del setenta y siete.

Quedas huérfano bastante joven. ¿Qué significa eso para ti y tus cuatro hermanos en cuanto a manteneros?

Yo ya tenía veinte años, y estaba trabajando. Me fui a estudiar a Madrid en el año setenta y cinco, pero en el setenta y ocho ya empecé a trabajar en Asturias: diario regional. Mis tres hermanos también trabajaban ya; quizás fue mi hermana pequeña la que lo pasó peor, pero también encontró su sitio rápido. El único que estudió en la Universidad fui yo, aunque tuve el problema de que, habiendo estudiado todo el bachillerato con beca, cuando llegué a la Universidad me la quitaron por «suficiencia económica», aunque mi situación era peor y mis gastos mayores.

Tu entorno familiar, del barrio…, ¿estaba politizado, despolitizado…?

Apolitizado absolutamente. Mi abuelo vivió la guerra primero en un bando y luego en el otro, mi padre nació en el año treinta y uno. Para mucha gente, aquellos XXV Años de Paz de Franco, si no te metías en política y no tenías más aspiración de libertad que la libertad que tenías, fueron ciertos. Se dice aquello de que la época era gris, pero mi infancia no fue nada gris. Lo fue para mucha gente que lo pasó muy mal, claro, pero en mi entorno no hubo nada de eso. Mi padre, eso sí, en sus trabajos fue siempre bastante reivindicativo y follonero. De uno, creo que en los astilleros, lo echaron no recuerdo por qué: algo reclamaría, o se pegaría con un jefe, o habría una huelga, no sé. Yo era crío y no lo supe. Pero sí recuerdo ver llegar a casa, por la noche, a un señor que sacó un sobre de dinero y se lo puso a mi padre, pum, pum, pum, encima de la mesa, y luego se marchó. Era el dinero de Moscú… No sé lo que había hecho mi padre, pero sí que estoy seguro de que lo que hizo, no lo hizo por motivación política, sino meramente laboral. Habría una huelga, él se sumaría, probablemente la encabezara. El caso es que, cuando aquel señor se marchó, mi padre se acojonó, cogió el dinero y lo que hizo fue llevarlo a comisaría. Lo necesitaba para los cinco hijos, pero se acojonó pensando en que las consecuencias de aceptar aquel dinero fueran peores que la ganancia. En comisaría, le dijeron: «Venga, ahora coja usted el dinero y haga usted lo que quiera con él». Lo donaría a las Hermanitas de la Caridad, no sé. Fue la primera vez que yo tuve consciencia de que te vigilaban, de que unos se vigilaban a otros, de que vivías en un Estado policial. Pero, realmente, solo fue a partir del setenta y siete cuando empezamos a darnos cuenta de lo que había pasado en los cuarenta años anteriores. Lo habían sabido quienes estaban en el ajo, pero en nuestro entorno no había gente en el ajo. Si la había, te enterabas después: «Coño, pues resulta que fulanito estaba en el PCE».

¿Cómo fue tu educación? ¿A qué colegio, a qué instituto fuiste?

Mi primera escuela fue en casa de una mujer de las Mil Quinientas que era maestra y nos daba clase a cinco o seis en su casa. Entre ellos, mi hermano Miguel, el tercero. Empezamos allí con tres años; yo con seis ya sabía hacer una raíz cuadrada, cosa que nunca más en mi vida supe. Pero tuve que dejar esa escuela porque mi hermano siempre fue muy inquieto, por no decir muy rebelde, y aquella profesora siempre lo estaba riñendo, caneando, y un día que le fue a pegar, mi hermano, que tenía un lápiz en la mano, se lo puso en la cabeza y la mujer se lo clavó. Mi madre dijo «no puedo seguir ahí, porque esta mujer me los mata». Y nos sacó a los dos. Recuerdo que el marido de aquella mujer era minero de La Camocha, con lo cual, cuando estábamos allí, veíamos llegar a aquel hombre negro, negro, negro, con el mono azul, a meterse en la ducha. Pues bueno, de ahí, me voy a una academia que se llamaba Palacio Valdés y que también estaba en las Mil Quinientas, con dos o tres amigos del bloque; y de ahí, al instituto de Roces, al que iban los de Roces, los de Santa Bárbara y algunos de Pumarín, y que entonces dependía del Jovellanos, que en realidad era el único instituto masculino que había en Gijón: lo demás era lo que se llamaban filiales. La nuestra la llevaban los hermanos de La Salle, pero no era religioso; había solo tres hermanos de La Salle: el director, el secretario y otro que daba religión. El instituto femenino era el Doña Jimena, y también tenía una filial en Roces, que llevaban las monjas. Del mío, recuerdo que el primer año estaba repartido por los bloques de Roces, que eran parecidísimos a los de les Mil Quinientes. En una casa estaba 1ºA, en otra 1ºB, encima de un bar que todavía existe, enfrente del instituto femenino, había otro curso… Al año siguiente, se construyó ya un edificio y nos fuimos para allá. Yo hice ahí hasta sexto de bachillerato; no había COU. Muchos, entonces, se fueron al Jovellanos, pero otros nos fuimos al instituto femenino, donde por primera vez ponían un COU mixto. En mi cartilla, de hecho, pone: «La alumna José Ramón…».

¿Eras buen estudiante?

De matrícula de honor. En el primer curso de bachiller, con diez años, yo suspendía todas todos los meses. En junio dejé tres. Y entonces me dijo mi padre: «Las tres, en septiembre». Le dije que con una me valía, que con dos pasaba, y me dijo: «Las tres en septiembre, o a estudiar maestría industrial». Yo me veía de electricista, de fontanero… Me puse aquel verano como un loco y a partir de entonces siempre saqué matrículas de honor.

Estudias periodismo en Madrid. ¿Siempre tuviste claro que tu camino era ese?

No, para nada. Primero pensé en arquitectura; luego, en medicina. Pero un día se me ocurrió bajar a la plaza del Seis de Agosto a comprar un corazón de cerdo, o de cordero, no sé, y al abrirlo con una cuchilla no me morí de cagalera de misericordia. Me dio un síncope y dije: «Se acabó». Mi padre quería que fuera ingeniero de minas, y me lo llegué a plantear. Pero a una chica que estudiaba conmigo en aquel instituto femenino, y a la que yo tenía cierta admiración porque era un par de años mayor que yo y muy independiente, un día le pregunté: «¿Qué vas a estudiar?». Me respondió: «Periodismo en Madrid, ¿y tú?». Y le dije: «Pues también». Mis asignaturas optativas en COU habían sido matemáticas especiales, física y dibujo… Bien es verdad que yo escribía bastante bien; era de los que la profesora de literatura llamaba cuando había que redactar algo. Otros dos amigos, Mario Martín y Rubén Espiniella, también se subieron al carro, y nos fuimos los cuatro a Madrid. Un día de julio cogimos el expreso que iba por la noche, en segunda, que era lo más barato, y fuimos a la Facultad a echar la solicitud, volviendo la misma noche. Era la primera vez que pisaba Madrid; la ciudad se me cayó encima. Luego, pasaban las semanas y no recibíamos contestación, y me dije: «Pues nada, me matriculo en Minas». El último día de plazo para matricularme en Minas, salí de casa, miré el buzón y encontré la carta de admisión en Madrid. Con las mismas, me fui al banco; había que hacer una transferencia. Me acuerdo de que estuve dando vueltas para arriba y para abajo por el paseo de Begoña hasta que me dieron las dos menos cinco: «¿qué hago, qué hago?». Hasta que fui y pagué. Llegué a casa, lo conté y mi padre —que luego sí que me echó una mano— me dijo: «Pues yo no tengo un duro, así que arréglatelas como puedas». Y así me fui a Madrid en el año de la muerte de Franco.

El periodista José Ramón Patterson FOTO: David Aguilar Sánchez

¿Qué tal esa experiencia madrileña?

Nunca nos gustó Madrid. Entramos mal en la ciudad. No hicimos vida universitaria. El curso empezó a mediados de octubre, pero la facultad estaba cerrada porque había en marcha una huelga de lo que entonces se llamaba PNN, «profesores no numerarios». Ellos decían que eran PNNNN, «profesores no numerarios ni nada». Luego, murió Franco, y volvieron a cerrar todo. Los tres chicos que nos habíamos ido juntos vivíamos junto con otro más en una sola habitación con cuatro camas de una pensión de mala muerte, pero nombre rimbombante, que había en Atocha, el Hotel Estrella, que también ponía el nombre en inglés, Star, y en francés, Étoile. Allí vivíamos, estudiábamos y hacíamos de todo; pagábamos cincuenta pesetas por comer, cincuenta por cenar y cincuenta por dormir, ciento cincuenta en total. El desayuno, como no nos lo daban, compramos un brasero como el de las abuelas, de meter debajo de la mesa camilla, e igual que lo usábamos para calentarnos nosotros cuando estábamos estudiando, lo usábamos para calentar el colacao o lo que fuera. La chica con la que habíamos ido se había ido a vivir a casa de Pilar Urbano, la periodista de Abc, que tenía una bebé recién nacida a la que esta amiga cuidaba. Cuando cerraron por la muerte de Franco, pensamos en volver a Gijón, pero nos dijimos: «Si ahora nos vamos a Gijón, no volvemos». Y nos quedamos. Fue una época terrible. Me acuerdo de los policías entrando a caballo en la Universidad, subiendo por las escaleras enormes de la Facultad de Ciencias de la Información; las manifestaciones de Fuerza Nueva, las peleas por la calle…

Estás en Madrid poco tiempo, puesto que en 1978, antes de acabar la carrera, ya estás trabajando en Asturias: diario regional, ¿no es así?

Sí. Ya en segundo hice prácticas en La Nueva España, aquí en Oviedo, y en Radio Gijón, en la calle de los Moros, número 37. Por la mañana estaba en la radio y por la tarde venía a La Nueva España. En La Nueva España me pagaban a tanto el metro; y en la radio, una cantidad fija. Radio Gijón la acababa de comprar una empresa que se llamaba Protemas y que estaba vinculada a la gente de Alianza Popular. El presidente del Consejo de Administración era Claudio Fernández Junquera, que era también presidente de la Cámara de Comercio; y el gerente, José María Álvarez-Cascos, el padre de Cascos. Muy buena gente, siempre me llevé muy bien con él. Esa radio, después, estaba afiliada a la SER. No era propiedad de la SER, sino que estaba afiliada; es lo que ahora es Cope Gijón. Allí tomé mi primer contacto con la profesión. Éramos pocos los que hacíamos prácticas en aquel momento; la mayoría de la gente —los que podían, claro— prefería seguir estudiando hasta acabar la carrera y luego empezar a buscarse la vida.

Cuando las prácticas todavía se pagaban.

Sí, sí. En La Nueva España había cuatro que hacían prácticas oficiales que se pagaban a 18.000 pesetas. En aquel momento, eran Miguel Somovilla, Maxi Alberto Rodríguez, Antonio Palicio y José Luis Fernández. Y luego había otros cuatro o cinco cobrando a tanto el metro. En la radio sí me pagaban una cantidad fija.

¿Cómo «a tanto el metro»?

Era la expresión que usábamos para referirnos a que cobrábamos por colaboración. Lo decíamos así porque, en realidad, para medir lo que se mandaba a talleres, poco menos que lo hacían con una cuerda. Llegaba un teletipo, lo medían y decían: «Pum, venga, esto entra aquí». Yo, después, en tercero de carrera, colaboro también con la revista Sábado Gráfico, de la que era director un asturiano, Germán Álvarez Blanco —que era el novio de Victoria Vera—, y con la agencia Pyresa, la del Movimiento, de la que era redactor jefe otro asturiano: Lalo Azcona, que entonces tenía veintisiete o veintiocho años. No se me olvidará una cosa que me dijo nada más conocerme: «José Ramón, esta es una profesión para dejarla a tiempo». Yo creo que él no llegó a los treinta. Ahora es multimillonario; tiene una fundación y es mecenas artístico y estas cosas. En aquel momento, además de en Pyresa, trabajaba en Radio Nacional de España y presentaba el telediario. Yo, en Pyresa, hacía reportajes, y si un reportaje daba para cinco o seis folios, lo que hacías era ampliarlo para que te diera para nueve y así poder trocearlo en tres reportajes de tres folios, de tal manera de cobrar más. A veces, el propio Lalo nos animaba: «Escribe un poco más, hombre». Sabía cuál era nuestra situación. Mi tercer curso fue así y a la vuelta hice prácticas oficiales en La Nueva España: ya era de los que cobraba las dieciocho mil pesetas. También seguía haciéndolas en la radio. Por la mañana iba a la radio, por la tarde iba al periódico y algunas veces salía de la radio para hacer una cosa del periódico, sin saber los de la radio adónde iba, y al revés.

Y en un momento dado, aparece el diario Asturias.

Ese mismo verano me llamó [Francisco] Carantoña, de El Comercio, y me ofreció entrar en el periódico. Llevaban años sin contratar a nadie y llamaron a varias personas, a mí entre ellas, pero lo rechacé. No me apetecía. Tenía veinte años y algunos sueños y sentía que El Comercio se me quedaba pequeño. Entonces fue cuando surgió la oportunidad del Asturias, adonde, de hecho, fui yo quien fue a pedir trabajo. Me contrataron por veinte mil pesetas al mes y me integré en la redacción de Gijón, que llevaba Daniel Serrano (que venía, de hecho, de El Comercio). Con nosotros estaban también Miguel Rosado y Ramón González, el fotógrafo, que también se mató hace años en coche, viniendo a Oviedo desde Gijón, de madrugada. Pero a los tres o cuatro meses de estar en Gijón, me dijeron que me querían en la redacción de Oviedo, que no estaba en Oviedo, sino en el polígono de Silvota. Y me vine para acá. Venía en ALSA hasta Lugones y, de ahí, caminando hasta Silvota. Lo cual me sirvió para conocer mejor a la que hoy es mi mujer, Pilar Rubiera. La conocí cuando estaba en Gijón, en Moros, 37: en el primer piso estaba la radio, y en el segundo El Noroeste, propiedad también de Protemas, y donde ella empezó a trabajar. Cuando salió el Asturias, ella también vino, y allí entablamos el roce que hizo el cariño y después la boda.

El periodista José Ramón Patterson en el Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo FOTO: David Aguilar Sánchez

Al Asturias se lo conocerá como El Paisín.

Así se le llamaba, sí. Estaba maquetado como El País, teníamos el servicio internacional de El País… De hecho, para el primer número vino a echarnos una mano un redactor jefe de El País, José Luis Martín Prieto, que se hizo famoso años más tarde porque una noche desapareció del periódico y apareció cinco días después; hasta pusieron una denuncia.

La del Asturias fue una experiencia curiosa: un periódico progresista, muy bien hecho, con buenos profesionales, un suplemento cultural fastuoso dirigido por Juan Cueto, etcétera, pero que apenas duró un año debido a un planteamiento financiero calamitoso.

La idea, inicialmente, era buena: suscribir acciones tanto populares como de fuerzas vivas de la región. Allí puso dinero desde el presidente Rafael Fernández hasta Nebot, el fotógrafo, que era del PCE, pasando por José Manuel Fernández Felgueroso, que en aquel momento era presidente de HUNOSA. Pero no hubo profesionales que gestionaran económicamente el periódico a posteriori, y eso hizo que no fuera rentable. Aquella suscripción y un primer préstamo de la Caja de Ahorros se gastaron en comprar maquinaria y pagar las primeras nóminas y, después, absolutamente nadie volvió a poner un duro, pero cierto grandonismo hizo que tampoco se atrajera publicidad. La idea era que éramos un periódico tan bueno que era la publicidad la que debía venir a nosotros. Nadie se reunió nunca con las agencias. Graciano García, el director, ponía la mano así, extendida, como haciendo un avión y decía: «¡No nos para ni Dios!». Esa frase se hizo famosa en el periódico. Nos llegaba la publicidad institucional cuando se repartía, pero nada más; y esa también quedó comprometida a medida que fuimos ofendiendo a todo el mundo: publicabas algo que el PSOE consideraba que iba en contra de sus intereses, caña; publicabas cosas en contra de la UCD, y Emilio García-Pumarino, que era el responsable del partido en aquel momento, te cantaba las cuarenta.

Miguel Somovilla hace referencia en su blog, en un post con recuerdos del periódico, a un reportaje sobre Ibias que generó problemas con UCD.

Lo recuerdo perfectamente. Fue un reportaje que provocó la ira del gobernador civil, que, por entonces, no recuerdo quien era. Había regalado a Ibias una pala, porque en Ibias pasaba algo, que era que el puerto del Connio, la única vía de comunicación entonces —la única carretera en la que yo me he mareado conduciendo; ahora puedes ir por el Pozo de las Mujeres Muertas—, quedaba bloqueada por la nieve con mucha facilidad. Yo recuerdo pasar esa carretera con dos metros de nieve a cada lado. Pues bueno, se les regaló esa pala justo antes de las elecciones, y nosotros hicimos un reportaje a toda pastilla, que creo recordar que hizo Pedro Pablo Alonso, cuyo titular era: «Ibias bien vale una pala». Por cosas así, nos daban caña por todas las esquinas. Y el periódico llegó a tener un único anuncio; un cuadratín que ponía «Pollitas Rojas». No tengo ni idea de lo que era, supongo que venderían pollos, pero nos hacía mucha gracia el nombre. Llegó un momento en el que cada mes cobrábamos de un banco. La administrativa que teníamos engañaba cada mes a uno para que adelantase nuestras nóminas, y así íbamos cobrando de uno y de otro. Estuvimos así cinco meses, hasta que dejamos de cobrar, momento en el que yo me fui a Región. Los que siguieron acabaron haciendo Nacional e Internacional, después de que les cortaran los teletipos, con la radio y la tele. Para muchos de nosotros, era el primer trabajo serio, con nómina, y obviamente le pusimos toda la ilusión del mundo. Como contrapartida, la decepción fue tremebunda con la clase política, económica y social asturiana, que nos dejaron absolutamente abandonados, y nos dejaron morir. Yo, desde ese día, soy muy escéptico con las clases dirigentes de todo tipo.

Eran años de nuevas libertades, también de prensa, claro; hubo una proliferación de nuevas cabeceras como aquella. Pero también llegaba en tromba la modernidad. Asturias también fue ejemplo de ello frente a los anquilosados periódicos provincianos con los que vino a competir. Una modernidad, en primer lugar, técnica.

Había un ansia tremenda de libertad y de modernidad, sí. Su primer síntoma fue paradójico: las revistas pornográficas que, cuando éramos pequeños, traía alguien de no sé dónde, de manera medio clandestina, y de repente empezamos a ver en los escaparates de los quioscos. Un síntoma de sumisión de la mujer era, a la vez, un síntoma de libertad. Nosotros, en el Asturias, quisimos hacer cosas frescas; tan frescas que, como decía, chocamos con todo el mundo. Los demás periódicos estaban, efectivamente, anquilosados. No te voy a decir que fueran malos: eran distintos. En El Comercio o La Nueva España se cogía el teletipo y, según salía, se mandaba directamente al taller. Yo aprendí en La Nueva España a hacer teletipo, como decíamos,que era ponerle mayúsculas y tildes a aquello que llegaba solo en minúsculas y, tal cual, mandarlo a talleres. Si aquella noticia se actualizaba cinco minutos después, pegabas los sucesivos teletipos uno detrás de otro poniendo la hora.

Control + C, Control + V.

Tal cual. No se rehacía el teletipo, que es lo que después haríamos en el Asturias: ir recogiendo las sucesivas informaciones y refundirlas. Recuerdo incluso enumerar, de una misma noticia, la versión de cada agencia. Ha muerto, yo qué sé, el papa Juan Pablo I: la crónica de Efe dice esto; la de Logos dice esto otro, etcétera. No se rehacía. Entonces, pues bueno: en el Asturias empezamos a intentar profesionalizar un poco más aquello. Empezamos a firmar arriba en vez de firmar abajo, a darle valor a las fotografías… Teníamos dos magníficos fotógrafos, que eran Ana Muller y Víctor Arrieta. En Gijón estaba Ramonín González; y en Avilés, Nardo Villaboy. Intentamos, también, profesionalizarnos nosotros mismos. En La Nueva España de entonces era típico trabajar, qué se yo, en la Caja de Ahorros por la mañana y por la tarde en el periódico. Manuel Avello, que había sido censor, por la mañana trabajaba en Delegación del Gobierno y por la tarde en el periódico. En Gijón, Chema Allongo por la mañana trabajaba en el juzgado, era oficial de juzgado o algo parecido, y por la tarde en El Comercio.

Asturias era un periódico hecho por periodistas y eso fue su grandeza y su debilidad. Hace falta un hombre del ábaco que haga eso que dicen que es la economía: asignar recursos escasos a necesidades ilimitadas.

Cuando yo estudié estructura económica de prensa en la Universidad, se calculaba que la publicidad debía suponer un sesenta por ciento de los ingresos, y la venta el cuarenta. Nosotros teníamos el cuarenta por ciento de venta, pero nada más. Y luego, el producto empezó a resentirse a medida que el dinero escaseaba. Hubo que empezar a adelgazar páginas, a imprimir menos, a abandonar aquel suplemento cultural… Teníamos también un suplemento dominical que fuimos los primeros en hacer en color. El color era más caro, claro: me acuerdo de los montadores haciendo casar las planchas de plástico de colores, rojo, amarillo, etcétera, para imprimirlo, como se hacía en la época. Utilizábamos ófset, que también hacía que fuéramos uno de los periódicos más modernos: los demás seguían siendo pura linotipia, aquellas líneas de plomo. Pero no había estructura financiera de ningún tipo. Y no había plan B: el plan A era vender como churros y que la publicidad llegase sola.

Durante tu etapa en el Asturias, entrevistas a Hauke Pattist, un nazi holandés que se había refugiado en España y había acabado dirigiendo una academia de idiomas en Oviedo. Holanda emitió sucesivas solicitudes de extradición que España siempre ignoró.

En el Asturias teníamos el servicio ampliado de Efe Internacional, otra cosa que nos salía cara, pero que significó que nos enteráramos de que Holanda reclamaba a este hombre. Aquí en Oviedo era un tipo muy popular. Tenía, sí, una academia de idiomas que todavía existe, que se llama IFA. No se ocultaba: andaba por los pubs de la zona antigua continuamente, y en cuanto se pasaba un poco de copas, se ponía a cantar canciones nazis. Faustino Álvarez, que lo conocía de estas correrías, y a quien Hauke siempre le hizo mucha gracia, lo jaleaba. En aquel momento, no hubo ninguna dificultad en llamarlo, preguntar por él y hacerle la entrevista.

En la que no tuvo ningún empacho en proclamar abiertamente: «Soy nacional-socialista».

En España había viviendo unos cuantos nazis y había grupos que se protegían entre ellos, a algunos de los cuales protegía la policía. Hauke —que tenía hasta cara de nazi, miraba raro—, de hecho, era traductor jurado; trabajaba para la policía en Oviedo cuando necesitaban un traductor de alemán. Después también trabajó de intérprete en el Mundial del ochenta y dos, uno de cuyos grupos, del que formaban parte Alemania y Austria, se jugó en Gijón y Oviedo. Poco después de aquello, volvieron a reclamarlo, y se hizo un reportaje en Interviú. Yo ya trabajaba en Región, e hice una información contando dónde estaba Hauke: sabía perfectamente dónde tomaba el café, dónde las copas, dónde vivía… Después me llamó el jefe superior de Policía, que me dijo: «¡Pero cómo publicáis esto!». Fui hasta allá —tenía veintitrés, veinticuatro años— y me dijo «¡mira!», y me enseñó una ristra de supuestos informes de policías que habían ido a buscarlo y que nunca lo encontraban. Le dije: «¡Te digo yo dónde está ahora mismo tomando el vermú!». A raíz de aquella información que hicimos en Región sí que lo detuvieron, y estuvo retenido (era febrero, marzo…) un par de semanas o tres en la cárcel de Oviedo. Lo soltaron mientras se resolvía la extradición, en mayo lo volvieron a detener cuando estaba a punto de resolverse, pasó otra semana en la cárcel a la espera de que se resolviera y, finalmente, la extradición no se concedió y salió libre. Argumentaron que el delito ya había prescrito y que, además, era español; se había nacionalizado.

En Región recalas en el momento en el que dejas de cobrar en el Asturias, cuyo final no vives.

Región era un periódico que había sido de ultraderecha, por decirlo de alguna manera; un diario vinculado a Medios de Comunicación Social del Estado, los periódicos del Movimiento, que eran sesenta o setenta cabeceras repartidas por toda España, entre ellas La Nueva España y, en Gijón, Voluntad, que había cerrado. Los primeros reportajes que yo publiqué en Pyresa, de hecho, aparecían en todos ellos, en toda la cadena. La cuestión es que, en un momento dado, UCD empezó a comprar algunos de aquellos periódicos en previsión de que, en un futuro no muy lejano, fuesen privatizados; y una de las que compraron fue Región, por medio de una empresa pantalla. Bueno, lo compraron aparentemente: nunca llegaron a hacer efectivo el cambio de acciones, ni a soltar la pasta. Allá nos fuimos cinco o seis que salimos pitando del Asturias cuando dejamos de cobrar, y que conviviríamos en Región con el, digamos, antiguo régimen, pero bien, con mucha cordialidad: Julio Puente, que era el redactor jefe en el Asturias, Miguel Rosado, Daniel Serrano, Fernando Marcos, que era el maquetista, Celso San Julián, que hacía Deportes, y yo. Me acuerdo de que Melchor Fernández, que fue el director que sustituyó a Graciano, me decía: «¡Cómo te vas a ir de este periódico, que tiene mucho futuro!». Yo le dije: «Melchor, llevo dos meses sin cobrar, y vivo de esto, lo siento mucho, pero me tengo que ir».

El periodista José Ramón Patterson FOTO: David Aguilar Sánchez

En Región, vives el 23-F.

Estábamos tomando un café en un bar al lado de Región, que estaba en la calle Fray Ceferino, y a las seis o seis y pico nos avisaron. Vamos al periódico a ver qué estaba pasando y preparar la edición y, a media tarde, a las nueve o diez de la noche, nos manda el gobernador civil de entonces, que no recuerdo quién era, a dos policías nacionales —que entonces ya debían de ir de marrón— a cuidarnos, por así decir. Recuerdo que se sentaron en medio de la redacción, donde había un sofá y una mesa baja llena de periódicos, vieron allá Diario 16, El País, etcétera, y uno preguntó: «¿No tenéis prensa más seria que esta? Prensa como, no sé, ¿El Alcázar, el Arriba…?».

Los periódicos que podemos presumir que leía Tejero. ¿Qué pasó después?

En torno a las doce de la noche, Juan de Lillo, el entonces director —que venía de La Nueva España y era un tipo de centro, centroderecha quizá, pero con el que convivimos muy bien— salió del despacho y dijo: «Acabo de escribir este editorial». Y nos lo leyó. A favor de la Constitución y en contra del golpe de Estado. «¿Qué os parece? ¿Lo publico?». Decimos: «Pues sí». Doce de la noche: aún no se había resuelto el golpe de Estado.

El Rey no habló hasta la una.

No. Región fue uno de los dos o tres periódicos en España, junto con El País, que publicó en ese momento un editorial a favor de la Constitución y en contra del golpe. Recuerdo que, en Región, los editoriales, según quién los había escrito, se firmaban con estrellas: si tenía tres estrellas, sabías que lo había escrito el director; si tenía dos, el subdirector; y si tenía una, el redactor jefe. Y De Lillo en aquel momento se la jugó, cuando no lo hizo ningún otro periódico asturiano. Los titulares del día siguiente en el resto de diarios eran del tipo: «Asaltado el Congreso», una cosa aséptica y light. No recuerdo cuál fue el nuestro, pero el editorial se publicó en primera página. Luego se comentó que la gente de Fuerza Nueva, el grupo de Blas Piñar —que en Oviedo tenían cerca de la Foncalada una sede a la que yo había ido una vez para una rueda de prensa, en la que me habían acogotado por algo que había publicado—, manejaba unas listas en las que por lo visto estaba, entre muchos otros, mi nombre.

¿Hasta cuándo permaneces en Región?

Mediados del ochenta y tres. El periódico empezó a tener dificultades cuando UCD entró en crisis. Aquel grupo lo había comprado utilizando dinero que no sabíamos muy bien de dónde venía, pero no venía de ningún sitio limpio. De hecho, cuando algún mes no se cobraba la nómina, el gerente y el director se iban a Madrid, pasaban por Moncloa y volvían con un maletín de dinero. En otra ocasión, nos enteramos de que el dinero llegó de una empresa subsidiaria de HUNOSA que se llamaba Desarrollo de Operaciones Mineras, DOMI. Nos compró cincuenta mil periódicos que no entregamos nunca y nos dio dinero para cobrar la nómina. ¿Qué pasa? Que ocurre la debacle de UCD, a la UCD la sustituye el CDS, con Adolfo Suárez al frente pero que ya es un partido pequeñito, y allí nadie sabía nada; nadie ponía un duro. Los antiguos propietarios decían que el periódico no era suyo, los nuevos que ellos no habían llegado a comprar nada, nadie se hacía responsable y empezamos a pasarlas canutas para cobrar. De hecho, los trabajadores tomamos el periódico, por decirlo de alguna manera, y todos los días, y hasta que se nos acabó el papel, dedicábamos la última página a darle caña a todo el mundo; a contar lo que estaba pasando. El director, que por entonces ya era Julio González García, conocido como Julio Ges (De Lillo había vuelto a La Nueva España, y por la mañana trabajaba de jefe de prensa de la Central Lechera), nos dejaba hacer lo que fuese, porque no dejaba de ser uno de los damnificados. La cosa coincidió con unas elecciones municipales, y Luis Riera Posada, el alcalde de Oviedo por la UCD, siempre dijo que la culpa de que perdiera la alcaldía había sido nuestra. No por darle palos, sino porque le hacíamos putaditas del tipo de, si daba un mitin, en lugar de fotografiarlo de frente, con las cabezas de cuatro o cinco personas viéndolo, fotografiarlo desde atrás, para que se viera que esas cuatro o cinco personas eran las únicas que había en un local de doscientas.

De Región a ¿dónde?

A Radio Asturias. Empecé a trabajar allí a media jornada: iba por la mañana a la radio y por la tarde al periódico. A los tres o cuatro meses, le dije a la directora: «Oye, esto de trabajar en un sitio y en otro al mismo tiempo no es lo mío. Si me contratarais a jornada completa…». Me dijo: «Ah, sí, sí ,por supuesto. Yo pensaba que querías seguir en el periódico». Le dije: «¡Pero si no cobro!». Hacía cuatro meses que no cobraba. En Radio Asturias estuve aproximadamente año y medio, quince meses, porque rápidamente salieron oposiciones para Radiocadena Española, que era la emisora comercial de Radiotelevisión Española, que se había fundado con las antiguas emisoras del Movimiento, el Frente de Juventudes y demás. Después de la guerra, en cada pueblo Falange hizo una emisora; las había en los sitios más insospechados. Y con todo aquello se había creado Radiocadena Española, que en 1978 se incorporó a RTVE. A todos los efectos, cobrabas como un redactor de Radio Nacional.

Pero no formaba parte de Radio Nacional.

No, no, era otra emisora. Radio Nacional estaba en Melquíades Álvarez, y Radiocadena, en la calle Asturias. Fue en 1989 cuando se fusionó con Radio Nacional, dando origen a Radio 5; en su día, Radio 4, que era una cosa un poco más alternativa, y solo se mantiene en Cataluña. Pues bueno, yo llegué allá y, a los pocos meses, me nombraron jefe de programas e informativos; el director era José Luis López del Valle.

En 1995, te vas a Bruselas.

Siendo Trevín presidente del Principado, se abre la primera oficina que tuvo Asturias allá. Trevín me dijo que si quería irme para allá y para allá nos fuimos tres personas: yo, otro que venía de la Oficina de Asuntos Europeos del Principado —Nacho Alvargonzález— y otro chico que venía del Instituto de Fomento Regional. Estuve allá unos meses, hasta que gana las elecciones Sergio Marqués, que lo primero que hizo fue desplazarse a Bruselas para una aparente reunión del Comité de las Regiones, a la que finalmente no fue porque todavía no estaba acreditado y no pudo entrar. Según se bajó del avión en el aeropuerto, adonde yo fui a buscarlo, me dijo: «¿Para qué coño un periodista en Bruselas?». Tuve que explicarle que, aparte de periodista, tengo un máster de politología en Unión Europea que había hecho los dos años anteriores, y no estaba allí como periodista, sino como técnico de asuntos europeos. Así y todo, no me renovó el contrato, y me volví para Radio Nacional. Esto fue en el noventa y cinco, y en el noventa y seis gana las elecciones el Partido Popular. Aznar, presidente del Gobierno; y Francisco Álvarez-Cascos, vicepresidente y secretario general del partido. De él dependía toda la televisión pública estatal, y cuando se puso a organizar aquello, preguntó: «¿A quién puedo poner en Asturias?». Su director de comunicación, amigo mío íntimo, Florentino Alonso Piñón, le puso tres nombres encima de la mesa, según supe después. Fulanito, menganito y José Ramón Patterson. Yo a Cascos lo conocía de cuando había estado trabajando en Gijón, en la emisora aquella con su padre; él era por entonces concejal del Ayuntamiento.

Y, en calidad de tal, azote de la ley del divorcio.

Sí (risas). Bueno, Cascos me conocía a mí perfectamente. Y le dijo a Florentino: «De estos tres, José Ramón». Florentino hizo de abogado del diablo: «Que sepas que José Ramón es afiliado a Comisiones Obreras, próximo por ideas al PCE y a Izquierda Unida». Cascos insistió: «De todos los que veo ahí, José Ramón es el que mejor feeling me da periodísticamente hablando». Y así fue como me hicieron director de Radio Nacional en Asturias. Lo primero que hizo Florentino fue llamarme: «¿Quieres ser director de Radio Nacional?». Yo, en aquel momento, era miembro del comité de empresa por Comisiones Obreras, y muy peleón, algo que en la familia me dicen que me viene de mi padre. Y entonces pensé: «Hostia, ¡ser director de Radio Nacional con el Partido Popular…!». Pero también pensé: «Si digo que no, tengo que callarme la boca; no puedo protestar nunca más. Si tengo la posibilidad de cambiar lo que no me gusta, aquello por lo que estoy protestando continuamente, y la rechazo, tendré que callarme para siempre». Les dije que sí. Florentino me dijo entonces: «Vale, ya te llamarán de la radio». Me llama un señor y me dice: «Te va a llamar el director para ofrecerte esto, pero me tienes que decir si vas a decir que sí o que no. Si vas a decir que no, ya no te lo ofrecen…». El director de Radio Nacional era Javier González Ferrari, recién nombrado. Y me llama: «¡José Ramón! He pensado en ti. Me acuerdo de cuando estabas en Radio Asturias». Cuando yo estaba en Radio Asturias, doce o trece años atrás, él era el que hacía el informativo de la SER de las catorce horas. Pero yo, en aquel momento, fui consciente de que no se acordaba de mí para nada; que le habían pasado los datos y ya está. Cuando acabó de hablar, le dije: «Mira, Javier, tú y yo sabemos por qué voy a ser el director: porque lo ha dicho Francisco Álvarez-Cascos. Te lo ha dicho a ti y antes me lo ha dicho a mí. Ahora bien: si tú tienes otro candidato que te venga mucho mejor, me lo dices y lo que yo hago es decir “oye, mira, que me lo he pensado mejor, y que lo dejo”». Ferrari se quedó unos segundos pensando. Silencio al otro lado del teléfono. Y entonces usó una expresión que él tenía mucho en la boca: «Pues por hijoputa, ahora vas a ser tú el director, coño. A todos los directores territoriales a los que he llamado se les ha hinchado el pecho pensando “me llaman porque soy el mejor”, cuando saben positivamente que me han dao vuestros nombres, joder». Le dije: «Contigo a muerte». Y desde ese día tengo una relación fantástica con él.

El periodista José Ramón Patterson FOTO: David Aguilar Sánchez

Bien, y ¿cómo fue para un miembro de Comisiones Obreras, cercano al PCE y a IU, trabajar con Francisco Álvarez-Cascos?

Todo lo que pedía me lo daban, y nunca, nunca, nunca, nunca, nunca en la vida nadie del Partido Popular me llamó para decirme lo que tenía que hacer o que decir. Nadie. Ni siquiera mi amigo Florentino. Solo tuve un percance en una ocasión, que fue cuando Sergio Marqués rompió con Francisco Álvarez-Cascos. Hicimos un informativo y el redactor que hizo la información envió a Madrid una cosa con una grabación de Cascos y otra de Marqués; las dos versiones de lo que fuera. Cuando eso se emite en Madrid, sale sin las palabras de Sergio Marqués. Con buen criterio, el redactor, Pedro Alberto Marcos, monta en cólera y me lo dice. Yo rápidamente llamo a Madrid al director de informativos: «Ha pasado esto». Y entonces me dice: «Bueno, hombre, aquí a veces hay que hacer cosas que no nos gustan, porque ya sabes tú que Dios…». Siguió hablando y volvió a decir aquello un par de veces: «Ya sabes tú que Dios…». A la tercera vez, le pregunto: «Pero vamos a ver, ¿tú a quién llamas Dios?». Me dijo: «Obviamente, Dios está en Vicepresidencia del Gobierno».

Ja, ja, ja…

Cuelgo y llamo a Vicepresidencia del Gobierno. «Me ha pasado esto». Mi amigo Florentino me pasa con el vicepresidente. «Me ha pasado esto». Me dice: «José Ramón, ¿tú crees que yo soy idiota? Esa información, tal como sale, a mí no me favorece, ¡me perjudica! ¡No sale la versión del otro! Todo el mundo va a saber que está manipulado. Ahora mismo llamo a la radio». Le digo: «No te preocupes, que ya monto yo el pollo». Con las mismas, llamo otra vez al director de informativos de Radio Nacional y le digo: «Oye, mira, yo no interpreto a Dios, como haces tú: yo hablo con Dios directamente, y Dios me acaba de decir que eres gilipollas, porque lo que le has hecho es una putada para él».

¿A qué atribuyes la preferencia de Cascos por tu nombre? Cuesta creer que un hombre como él buscara exclusivamente profesionalidad periodística. ¿Tal vez transmitir una imagen de pluralidad en aquellos años en que el PP procuraba parecer centrista; ganarse a Izquierda Unida…?

Por motivos profesionales únicamente. Un día que le pregunté, me dijo: «A mí me dais lo mío y a los demás lo suyo. Yo no te voy a pedir más de lo que me corresponde, pero te voy a decir que tampoco des a los demás más de lo que les corresponde». En el PP tragaron sapos y culebras para votarme, porque saben que estoy tan alejado de ellos como se pueda imaginar.

¿Tu valedor fue exclusivamente Cascos, en contra de la opinión general del PP?

Sí, sí. En aquel momento, había en Asturias lo que se llamaba el Consejo Asesor de Radiotelevisión Española, del que formaban parte representantes de la Junta General del Principado de Asturias; un consejo creado por el Estatuto de Autonomía, que no tenía nada que ver orgánicamente con RTVE, pero cuya opinión sobre cualquier nombramiento había que preguntar. Para mi sorpresa, salí aprobado únicamente con los votos del Partido Popular. Pero fue porque les dijeron de arriba que lo hiciesen. Si hubieran votado en contra, no hubiera pasado nada, porque no era vinculante, pero votaron a favor. El PSOE se abstuvo e Izquierda Unida, también. De IU, me enteré después de que había uno de Avilés, que no sé quién era, que se abstuvo. Un día charlaba yo con Gaspar Llamazares, con quien tengo muy buena relación, y con Manuel García Fonseca, el Polesu, que en aquel momento debía de ser diputado en el Congreso, y dice Gaspar: «¡Qué bien que pongan ahí a alguien progresista!». Y dice el Pole: «Tan bien no estará cuando el nuestro se abstuvo». Dice Gaspar: «Se abstuvo porque no conocía a José Ramón, porque no sabía quién era. ¡Que pregunte!». En el caso del PSOE, quien estaba en el Consejo era Manuel Fernández de la Cera, amigo mío, excompañero del Asturias Diario, que había sido consejero de Cultura. Cuando montó la consejería, quiso llevarnos a todos para allá: a uno director de Deportes, al otro de no sé qué. Yo le dije: «No, macho, no nombres a los amigos, nombra a profesionales». Manolo me contó después que el PSOE tenía orden de abstenerse. Le dije: «Vamos a ver, Manolo, aquí se vota al paisano, no a quien lo nombra». Bueno. Pasó así, y ahí se quedó la historia, pero a los tres años, me ofrecen ser director de televisión. Ocurre lo mismo, y en ese momento, lo divertido es que me votan a favor el PP e IU.

La pinza (risas).

La pinza. Yo me divertía muchísimo. Aquello a muchos les resultaba incomprensible, pero es que los dos que estaban de Izquierda Unida eran amigos. Votas al paisano. Con quien tenía alguna complicación era con la gente que se desgajó del Partido Popular con Sergio Marqués y montó aquel nuevo partido, URAS. Esos me daban caña. Marqués me dijo un día: «¡Si hubiera sabido que te ibas a poner del otro lado…!». Interpretaba ponerse del otro lado no hacerle a él el caldo gordo.

Dices que con el PP nunca tuviste ningún problema en cuanto a directrices que te dieran, censura que te hicieran, etcétera. ¿Con el PSOE sí?

Tuve algún problema gobernando Tini Areces. Se empezó a practicar una mala costumbre que se ha perpetrado en el tiempo, y que en mi época no ocurrió nunca, ni en la radio, ni en la tele, que era que los jefes de prensa del sindicato o del partido te mandaran la grabación del mitin del líder ya hecha, ya cortada por donde a ellos les interesaba. Yo con aquello no tragué y me pusieron la proa. Tenía batallas continuas en el Consejo Asesor de Radiotelevisión Española. La obligación era presentar la programación una vez al año y reunirse con ellos dos veces al año: yo me reunía todos los meses, y era para darme caña. Pero caña-caña. Yo a veces me reía, porque era una caña que llegaba a ser absurda. Un día Ana Rosa Migoya me recriminó que la única información de un pleno de la Junta que habíamos dado era sobre un problema de la mujer de Tini, que trabajaba en un servicio de Administración del Principado y se decía que le habían dado el puesto por nepotismo. Me acabaron de odiar del todo cuando le dije: «Mira, te doy el teléfono del redactor que hizo la información y le preguntas si yo, o el jefe de informativos, le hemos dado alguna instrucción o si destacar eso fue cosa suya. Pero antes de llamarlo, piensa que la persona que hizo esa información que tú consideras mala o manipulada fue director del Centro Territorial durante años gobernando vosotros». La relación nunca fue fluida, pero, de todas formas, nunca llegó a mayores. De hecho, un par de veces, siendo también director de la tele, con quien tuve problemas fue con el PP.

¿Qué problemas?

En el PP no me querían. Me habían votado, pero no me querían, y Cascos ya no era secretario general, ni vicepresidente, sino ministro de Obras Públicas y Transportes, y ya no mandaba nada, por lo que se había abierto la veda contra mí, y se echaba mierda contra mí. Entonces se produce la inauguración de la Autovía Minera. Nosotros, en buena lógica, resaltamos en la información correspondiente al presidente del Principado, el delegado del Gobierno, el alcalde de Mieres, el de Siero, el de Oviedo y la de Gijón. Todos eran del PSOE, menos el alcalde de Oviedo y el delegado del Gobierno. Florentino me llama muy enfadado. Le cuelgo. Me vuelve a llamar pegando voces. Le cuelgo. A la tercera me dice: «Oye, no sé qué pasa, que se cuelga el teléfono». Le digo: «No se cuelga: lo cuelgo yo, porque me está llamando un energúmeno pegando voces, no sé de qué va». Se me queja de aquello: «Me dicen que…». Le digo: «Vamos a ver, Florentino, en una inauguración de una carretera, ¿quién habla? Los alcaldes de los ayuntamientos por los que pasa. ¿Yo qué culpa tengo de que la carretera pase por donde pase?».

Decías que aceptaste aquel cargo de director territorial porque lo veías como una oportunidad para llevar a cabo las cosas que, como sindicalista, llevabas años exigiendo. ¿Lo conseguiste? ¿De qué cuestiones te sientes orgulloso como director?

En la radio fue fácil. Cambiamos horarios para funcionar de otra manera, porque aquello era un desmadre y la gente estaba muy malagusto; arreglamos situaciones personales, organizamos un poco aquello. Y una vez lo hicimos, todo funcionó como la seda. De hecho, estuve tres años y pico, y cuando, entonces, me ofrecieron irme a la tele, acepté sin mayor problema porque ya todo estaba hecho; sentía que ya no tenía nada que hacer. Nunca se me subió el cargo a la cabeza. Mi hija, de hecho, se reía con los años acordándose de un día que, siendo pequeñita (diez, once años), llegó a casa y dijo: «Tengo una amiga que dice que su padre es director de no sé qué. ¿Puedo decirle que tú eres director de Radio Nacional?». Le dije: «Mira la nevera». Había jamón york y un yogur. Mi mujer y yo trabajábamos en prensa, parábamos poco en casa, ella comía en el colegio y en casa de los abuelos y en la nevera, al final, había lo justo para sobrevivir. Dijo entonces: «Bah, seguimos siendo tan pobres como siempre».

El periodista José Ramón Patterson FOTO: David Aguilar Sánchez

¿Qué hay de la tele? ¿De qué te sientes más orgulloso en lo que respecta a esa etapa?

Creo que hice una buena labor. Pusimos en marcha un programa de naturaleza por el que nos dieron bastantes premios nacionales. Se llamaba El canto del urogallo y lo hacía Luis Mario Arce, un naturalista como la copa de un pino, con varios libros escritos. Yo había escrito con él una guía de Asturias para Ediciones Júcar, la de Silverio Cañada: él hacía la parte de naturaleza y yo la de monumentos y cosas de esas. En cuanto pude, me lo llevé para allá. Se iba al monte con una cámara a esperar a que pasase el urogallo por delante para hacer un documental maravilloso. El caso es que la tele acabó pesándome. Llegó un momento en el que hacía más labor de gestión que periodística. Tenía bajo mis órdenes a setenta personas de las que redactores eran quince, y luego tenía otra docena de reporteros y cuatro montadores, más personal de mantenimiento, de limpieza, de seguridad, técnicos, etcétera. Un día, me llaman y me ofrecen la dirección de informativos de Radio Nacional.

¿A nivel nacional?

Sí. Yo me resistía, decía: «Soy de pueblo, joder». Me decían: «Vendrías de fuera, y eso sería bueno, porque no estás maleado; no eres ni de unos, ni de otros». Acepté. Pero al poco me llamaron otra vez y me dijeron: «Oye, no hay ningún inconveniente con tu nombramiento, pero habla con Cascos». Digo: «¿Hablo con Cascos para qué?». Cascos seguía siendo el mandamás de facto en Asturias y decía que en Asturias yo lo estaba haciendo estupendamente, que no había conflictos, que estaba la gente muy apaciguada, y que no quería sacarme de aquí. «Pero si hablas con él, no hay ningún problema», me decían. Yo dije: mira, no. Si hablo con él, es como deberle algo, y yo no quiero deberle nada. Me eligió y cumplí el papel que tenía que cumplir, pero ahora no le iba a pedir el plácet para esto; no me iba a vender. Ahí se quedó la cosa. Pero Ferrari empezó a ofrecerme irme con él al staff directivo de Radiotelevisión Española. Yo no tenía interés en marcharme de Asturias y le dije que no. Pasa un mes, pasa otro y viene la Vuelta Ciclista, y él con ella. Lo suben al Angliru y en el coche desde el aeropuerto me insiste en que me vaya a Madrid. El director de televisión también me insistía: «¡Vente!». Pasaron las semanas y seguían insistiéndome. Al final, llamo a la directora de Radio Nacional, que era amiga mía, y le digo: «¿Qué pasa, joder? ¿Por qué tanta insistencia? Yo soy muy bieno, pero joder, no para tanto». Me dijo: «Habla con Javier y pregúntale tú». Al día siguiente, quedo a comer con él, voy a su despacho y le pido que me diga la verdad. Me dice: «Tengo a todo el PP de Asturias encima de Ángel Acebes, pidiéndole que te echen». Acebes era ahora el secretario general; había sustituido a Cascos. Ferrari me decía: «Yo no te voy a destituir, tú te vas a quedar ahí el tiempo que quieras o hasta que dure yo». Entonces le dije: «Mira, Javier, con los problemas que tiene en este momento Radiotelevisión Española, lo que no puede ser un problema es un director territorial. No tiene importancia: dimito». «¡No, no, no te la acepto!». Digo: «Me la vas a aceptar la semana que viene. Me voy a volver a Oviedo, no voy a aparecer por el despacho, dentro de una semana te estará breando todo el mundo porque el director ha desaparecido y me tendrás que cesar. Césame mañana mejor». Me dijo: «Vale, pero tú no te quedas ahí». Yo no tenía ningún inconveniente en quedarme aquí, pero me dijo: «Yo no te dejo con esa jauría». «Que no, hombre, que no; yo tengo la conciencia tranquila, he hecho lo que creía que tenía que hacer y, si pisé algún callo, mira, chico, no lo hice por fastidiar a nadie». «No, no, tú te vienes para acá. ¿Qué quieres hacer? ¿Quieres irte de corresponsal de Radio Nacional a Costa Rica?». En Costa Rica teníamos entonces las antenas de onda corta para toda Latinoamérica. Yo hubiera sido delegado y hubiera tenido secretaria, chófer, un ingeniero que se ocupaba de la antena… Un puesto guapo, pero el que estaba allí era un amigo que llevaba ocho meses. Dije que no. «¡Pero hombre, qué quieres hacer! Espera, voy a hablar con Alfredo Urdaci, que creo que tiene un puesto para ti». Le llama y me dice: «Efectivamente, tiene un puesto para ti: corresponsal diplomático».

¿Bruselas?

No, no, no. La corresponsalía diplomática consiste en ir a cumbres europeas, de la OTAN, hacer información de Exteriores, relaciones bilaterales y multilaterales de España con otros países, seguir al ministro, al presidente cuando viaja… Todo eso. Acepté y me fui a Madrid. Unas veces, viajábamos por nuestra cuenta; otras viajabas en el Falcon. Yo he viajado en el Falcon; tengo innumerables fotos en el Falcon. Viajé por medio mundo, primero con Josep Piqué y luego con Ana Palacio. Estuve unos años viendo países, que es lo que más me gusta en el mundo.

Me has hablado de las pequeñas llamadas del poder para pedir un trato de favor informativo en cuestiones concretas. Pero quería preguntarte también por las grandes cuestiones; por esos tabúes estructurales que, en España, el Estado ha impuesto a los medios públicos e incluso a los privados. Cosas que se saben en las redacciones, pero no se pueden contar. El Rey, estas cosas.

Todas las épocas en Radiotelevisión Española han sido iguales. Cuando en el Gobierno mandaba el PSOE, en RTVE había una camarilla del PSOE que tomaba el poder, y que estaba enfrentada a otra camarilla. Cuando tomaba el poder el Partido Popular, barría a todos esos, incluyendo directores territoriales, todo el equipo directivo, el editor del telediario, etcétera, y ponía a los suyos. ¿Las grandes cuestiones? Para los que no teníamos nada que ver ni con unos, ni con otros, a veces era una batalla sacar la información adelante, contra el sesgo que querían imponerte, sí. El mayor sesgo que yo viví estando en Madrid fueron los atentados del 11-M. Yo estoy absolutamente convencido de que Aznar creía realmente que los atentados los había cometido ETA; que, en aquel momento, cuando lo dijo, no tenía ninguna otra información. Si no lo crees, no te dedicas a llamar uno por uno a los directores de los medios de comunicación, porque, si no fue ETA, tres, cuatro, cinco, seis, siete días después te caes con todo el equipo. El caso es que de repente sale Arnaldo Otegi y dice: «No ha sido ETA». Ahí es cuando nosotros, en la redacción, decimos: «Huy, esto hay que tomarlo con mucha prudencia». Y entonces vamos a decírselo al director de informativos, que en aquel momento era Urdaci. Su reacción es: «¿Qué va a decir un asesino?». Pero bueno, ya te digo: el sesgo lo ha habido con Aznar, lo había habido con González y lo hubo en la época siguiente, con Zapatero.

Los informativos de la TVE de Zapatero han tenido fama de ser los más imparciales de la historia de España.

Rosa María Artal un día los definió como «equidistantes». Si salía uno del PP, tenía que salir otro del PSOE inmediatamente después, con el mismo tiempo. Si le dabas treinta segundos al uno, luego se los tenía que dar al otro. Pero el del PP podía ser Aznar y el del PSOE el concejal de Medio Ambiente de Cartagena, que acababa de subastar unos huertos urbanos para los jubilados de la comarca. Y se hicieron unos informativos anodinos, planos… Parecían Barrio Sésamo: arriba, abajo; esto es la izquierda, esto es la derecha. Una cosa como infantilizada. ¿Cuál fue la consecuencia de aquello? Pasamos de tener, con Alfredo Urdaci, una media de veinticinco o treinta por ciento de audiencia a tener el quince en seis meses. ¿Estaban menos manipulados los informativos de Fran Llorente? Sí. Pero eran unos informativos bastante regulares. El equipo directivo presumía de que nos habían dado el premio al mejor informativo del mundo. Pero ese premio era un señor en Suiza que tenía una sociedad en la que, si querías competir por ser el mejor informativo del mundo, enviabas una enumeración de cuánto tiempo se le dedicaba a sociedad, cuánto a cultura, cuánto a política internacional, etcétera; unos baremos que él había establecido y que si los cumplías recibías el premio. Lorenzo Milá, que estaba entonces en Washington, fue a Suiza a recoger ese premio, pero era una estupidez. Yo les decía: «En Villaviciosa se organiza un concurso mundial de tortillas. La tortilla que gana suele ser de Villaviciosa, de Gijón, a veces de Oviedo… No llegan tortillas de Corea, de Senegal…». Los informativos eran muy planos, y han seguido cayendo hasta convertirse en lo que son ahora; en prácticamente irrelevantes.

El problema de la pública, ¿no viene de más atrás; de la aparición de las televisiones privadas; de verse obligada a competir con empresas del entretenimiento que, con la tensión de la obligación de cuadrar balances, siempre van a seducir a las audiencias mejor que tú?

Eso ha pasado en los últimos años, en la época de Rosa María Mateo. En los noventa no se competía con las privadas. Telecinco no tenía ni informativos cuando empezaron: lo que salía a todas horas eran Las Mama Chicho. Y hombre, al aparecer las privadas, la audiencia bajó algo, claro: pasamos de tener veintidós, veintitrés millones de televidentes a quedarnos con bastantes menos. Pero seguíamos teniendo un treinta, treinta y cinco por ciento de audiencia. Radio Nacional, en Asturias, tenía ciento veinte mil oyentes siendo yo director. No porque yo lo fuera, sino porque eran las cifras que venían ya de mis predecesores. Hoy, la TPA, cuando hace un buen registro, te consigue cincuenta mil espectadores. Es verdad que todo se ha atomizado: hay muchísimos canales de televisión, hay mil plataformas, etcétera. Pero en aquel momento seguíamos siendo fuertes. Lo que mató realmente a la televisión fue la supresión de la publicidad con María Teresa Fernández de la Vega, la vicepresidenta de Zapatero. Las privadas pasaron a disponer de muchos más medios y posibilidades de invertir que nosotros, que ya no teníamos dinero para comprar la Fórmula 1 o los partidos de la Selección. El declive viene de ahí.

¿A qué se debió esa decisión?

Yo creo que a querer contentar un poco a las privadas, que siempre protestaban que competíamos en condiciones de dumping, por decirlo de alguna manera: mejores sueldos, tener la publicidad pero también los ingresos del Estado… Lo que está pasando ahora, desde hace siete u ocho años, es que sí se compite con las privadas; sí hay esa pretensión de hacer las mismas cosas que ellas. Se suprimieron Los desayunos de TVE para hacer un magazine al estilo del de Telecinco y Antena 3; se suprimieron programas de servicio público que teníamos, como Agrosfera, un programa del campo que tenía mucha audiencia; se intenta suprimir otro que hacíamos sobre Europa que habíamos creado durante la presidencia española de la Unión Europea en 2002 y había durado desde entonces… Y tratamos de adaptarnos a lo que nos marcaba la televisión privada: un magazine hasta la una, otro de uno a tres con Jesús Cintora para competir con el de LaSexta… Pero sin la flexibilidad de las privadas para hacer y contar lo que les dé la gana. Nosotros no podemos salir metiéndonos con la Casa Real. Si hay algo de la Casa Real, contamos lo que haya que contar, pero no nos ponemos a cotillear pijadas de las niñas, ni de su padre. Ahora se cargan el Corazón, corazón, que me parece bien, porque es un programa que ahora mismo no puede tener cabida en una televisión pública. En su día la tuvo, pero lo que se está haciendo ahora no tiene que ver con lo que se hacía hace veinte o treinta años.

Cuando TVE era la televisión, la única existente, tenía sentido que incluyera programas de entretenimiento banal; ahora ya no, ¿no es eso?

Pero era entretenimiento con cierta consistencia, no habladurías. Estoy harto de ver esa imagen de los redactores, normalmente de productoras, hablándole a un cristal con un señor dentro del coche. El señor no dice nada, pero el reportero sigue: «¿Nos puedes decir qué tal va tu relación con Menganita?». Eso, en una pública, no tiene un pase. No debería tenerlo ni en las privadas. Y es que encima estás hablando de gente irrelevante. En mi casa entra el ¡Hola! todas las semanas y tengo que preguntar a mi mujer quién es la gente que sale. «Oye, ¿quién es esta?». «Una influencer». ¡Joder! Pasamos de hablar de lo que hacían las casas reales a contar los cotilleos de las influencers. No, mire, para eso no pagamos una televisión pública. Televisión Española lleva agonizando mucho tiempo; yo creo que está condenada a la irrelevancia, y o mucho me equivoco o no pasarán muchos años hasta que empecemos a cuestionarnos la necesidad de que exista. Si vas a hacer lo mismo que las privadas en peores condiciones, compitiendo con algo que ellos hacen mejor que tú, duplicándote la audiencia… La gente va a decir: «Con mi dinero, no quiero pagar eso. No quiero pagar una caleya mal hecha».

Con Fran Llorente, sales de la corresponsalía diplomática.

Lo primero que hizo al llegar fue quitarme a mí. Le habían dicho que yo era próximo al PP. Así es como funcionaban. Si le das palos a unos, te crucifican los otros; si das palos a los otros, te crucifican los unos; y si no te escoras ni con un bando, ni con el otro, y en el mejor de los casos, cuando te metes en una batalla, es para defender que se trabaje con rigor, te caen por los dos lados. Yo eso lo he sufrido siempre. Pues bueno, con Fran Llorente paso a ser editor adjunto del telediario tercera edición, que entonces existía y se emitía a las doce de la noche. Tenía un complemento salarial importante como corresponsal diplomático, y lo que hizo Fran Llorente fue buscar otra función en la que yo pudiera seguir cobrando aquel dinero, probablemente para no disgustar a Carmen Caffarel, que es íntima amiga de una amiga íntima de mi mujer. En el telediario estuve un año, y luego fui editor adjunto del Canal 24 Horas, un trabajo que me gustó. No me movía de Madrid, lo cual me vino bien, porque estaba cansado después de cuatro años y pico viajando por todo el mundo, cogiendo aviones a las cinco de la mañana y esas cosas. En 2007, mi hija acabó la carrera y me dije: «Me vuelvo para casa». Volví a Asturias de redactor, y estuve aquí hasta 2015. Fui miembro del Consejo de Informativos.

Y en 2015, a Bruselas, ¿no es así?

Sí. Primero me ofrecieron ser director territorial en Asturias, pero les dije que ni hablar: ya lo había sido hacía años en mejores condiciones, y no lo iba a ser ahora. Tiempo después, vuelven a llamarme: «Contamos contigo, José Ramón». Les digo: «Ya dije que yo director de Asturias no voy a ser. Os estoy dando cañas continuamente —me refería al PP— y va a dar la sensación de que queréis comprar a un miembro del Consejo de Informativos». El Consejo de Informativos tiene que hacer un referéndum entre los trabajadores cada vez que nombran a un director de informativos, y yo estaba en se consejo cuando nombraron al primero, Julio Somoano. Le hicimos un referéndum y salió que no lo queríamos, y luego le hicimos otro al que era director en ese momento, José Antonio Gundín, y también salió que no lo queríamos. El caso es que me dicen: «No, no es Asturias lo que te vamos a ofrecer». Digo: «Pues Extremadura, menos». «No, no, para otro sitio». «En Madrid, en vuestro equipo directivo, no puedo estar». «Tampoco. En realidad, lo que te proponemos es una corresponsalía». Ahí ya digo: «Hey, quieto. Eso ya es un cargo, no directivo, no de confianza, sino profesional. A eso me apunto». «Pues pásate por aquí y lo hablamos». Yo calculé en ese momento que podía ser o Bruselas o Berlín, porque las dos personas que estaban en esos dos sitios ya llevaban siete años, y lo normal es estar uno cinco. A Berlín no iba a ir, porque no sé alemán y el inglés lo chapurreo: lo mío es el francés. A Bruselas, sí, porque, además, tengo un máster en Unión Europea. Y efectivamente, era Bruselas.

¿Cómo es el trabajo de corresponsal? Como televidentes, os vemos unos segundos cada día en el telediario, pero yo, al menos, no tengo ni idea de cómo es la labor que hay detrás. Imagino que esos segundos son la sublimación del trabajo de un equipo más o menos grande.

Yo, en la oficina de Bruselas, estaba con dos reporteros y un administrativo. A veces, cuando necesitábamos refuerzo, contratábamos otro reportero. Bruselas es una corresponsalía especial, atípica; no tiene que ver con ninguna otra. Allí pasa todo. Tú estás en Roma y tienes que estar pendiente de lo que dice el primer ministro, de lo que dice el Papa y de que haya un terremoto en la Toscana. En Bruselas, eres fundamentalmente el corresponsal de las instituciones europeas: Unión Europea, Consejo de Europa, también la OTAN… Pero también todo lo de Estrasburgo, que aunque esté en Francia no depende de la corresponsalía de París. El corresponsal tiene una agenda diaria de comités que se reúnen y actividad de los comisarios, sabe dónde está cada uno en cada momento. Hay también una rueda de prensa diaria, a las doce de la mañana, del portavoz de la Comisión Europea, con adjuntos: portavoz e Economía, Medio Ambiente… A lo mejor te sale con el de la comisión de Competencia a contar que le acaban de poner una multa a Google. Y tú tienes que estar en todo esto. Cuando se reparten las cuotas de pesca, en mayo, tienes que estar ahí hasta las siete de la mañana. Todos los meses hay un consejo de economía al cual va el ministro de cada país, lo mismo. Cultura, lo mismo. Y, claro, esas reuniones son consecuencia de toda una labor detrás: no llegan los ministros, se reúnen y aprueban un plan de tres pares de narices. Primero se han reunido los técnicos. En la Representación Permanente trabajan cerca de trescientas personas entre funcionarios, técnicos y diplomáticos. Ahí hay técnicos que saben de pesca y que se reúnen con los técnicos de los otros países para ir sacando estas cosas adelante. Cuando son temas gordos, tipo fronteras, se reúnen los embajadores. Tú tienes que ir siguiendo esos pasos día a día. De toda esta comitología, yo me sabía la letra, porque tengo ese máster, me conocía todas las políticas; pero lo que no conocía era la música, el ritmo de este día a día, de toda esta actividad, que tienes que seguir prácticamente tú solo. Y a todo esto súmale que haya elecciones en Bélgica, o un atentado, o llegue Puigdemont a tocarte las narices.

Te tocaron, además, unos años especialmente movidos.

Llegué y, al primer mes, estalló la crisis griega. Entonces se hablaba del Grexit, no del Brexit. Alemania estaba a punto de dejar caer a Grecia. Empezó también la crisis de los inmigrantes; a llegar inmigrantes subsaharianos y a plantarse en Calais. Ibas por la autopista y los veías deambulando por los prados, a los lados. Atentados de París: de repente, tienes que irte corriendo a reforzar París. Luego fueron los de Bruselas. Luego el referéndum del Brexit, el acuerdo con Turquía para contener allí a los inmigrantes a cambio de seis mil millones de euros… Todo eso me tocó a mí el primer año. Mi primer semestre valió por cincuenta másteres. Mi predecesor tenía que haber seguido hasta el día 30, pero adelantó la mudanza al 28, y el 28 estalló la crisis griega. Yo no tenía ni muebles; me los llevaban de Ikea el lunes, y cuando llegaron, estuvieron quince días embalados mientras yo dormía en un colchón hinchable, porque no tenía tiempo de desembalar. A lo mejor desembalaba y montaba una silla mientras cenaba. En mi época de corresponsal diplomático, en cuatro o cinco años a lo mejor había hecho ochenta directos: desde Siria, desde Argentina, desde Torrejón de Ardoz cuando nos llevaban a los muertos españoles de la guerra de Afganistán… Aquel primer mes en Bruselas hacía una media de quince diarios. En treinta días hice quinientos.

¡Uf!

Lo bueno es que, en Bruselas, todo está muy cerca. Nuestra oficina está en la plaza Schumann y ahí al lado tienes el Servicio Exterior, la Comisión Europea, el Consejo Europeo y el Parlamento Europeo. Además, la información fluye bastante bien. Yo me llevé muy bien con Margaritis Schinás, que había sido diputado popular por Grecia, ahora es vicepresidente de la Comisión Europea, y en aquel momento era su portavoz; y que está casado con Mercedes Alvargonzález, una de Gijón, prima de Rodrigo Rato. De hecho, Margaritis habla perfectamente español, porque estudió en Brujas con esta mujer y, para poder hablar con ella, tuvo que aprender su idioma. Pues bueno, en Internet estaba su teléfono. El acceso a los técnicos, a la gente que te enseña las cosas, es bastante fácil. Y bueno, es trabajo; Televisión Española necesitaría cinco corresponsales para cubrir eso bien, pero ¿cuál es realmente la mayor dificultad del corresponsal de una radio o una televisión en Bruselas? Contar lo que pasa en cuarenta segundos. No puedes simplificar tanto que desvirtúes el contenido, pero tienes que simplificarlo de tal manera que los televidentes te entiendan. Yo sé cuál es la media de edad de nuestros televidentes, y de dónde vienen. En esta profesión, lo habitual es llegar queriendo demostrar todo lo que sabes. «El Ecofin ha aprobado dar dos mil millones del MEDE a…». ¿De qué me estás hablando? El Ecofin son los ministros de Economía y el MEDE son los ministros de Economía. O sea que «los ministros de Economía han aprobado el rescate a Grecia», y se acabó la historia. Yo creo que hice una buena labor en Bruselas.

Hay otra cosa que me resulta llamativa e interesante de la figura del corresponsal que habla por la tele: a hablar por la tele también hay que aprender. Implica unas habilidades de síntesis, de vocalización, actorales casi, en las que no sé si te forman o tienes que formarte tú por tu cuenta.

Tienes varios trucos. Hay gente que tiene muchísima facilidad. Mavi Doñate tiene una facilidad tremenda. Almudena Ariza es otra que es un animal televisivo: se pone ahí delante de la cámara y te cuenta una historia sin ningún problema. A mí, contar, por ejemplo, un accidente de tráfico no me cuesta trabajo: «Dos personas han muerto en un accidente que ha ocurrido esta noche a la salida de Mieres. Un coche circulaba en dirección a León y el otro salía de…». Eso te sale sobre la marcha. El problema es cuando tienes que contar cosas complejas; eso ya es más complicado. ¿Qué truco tuve yo siempre? Yo vengo de la radio, y a mí ahora me dices que tengo que hacer un artículo de ochocientas palabras y te pregunto cuántas líneas son, que era como medíamos en la radio: sabías que cincuenta líneas ocupaban tanto tiempo. En un conteo de palabras, supercalifragilísticoespialidoso se cuenta como el aunque lleve quince veces más tiempo pronunciarla. Yo sabía que un minuto eran quince líneas a una velocidad normal; y cuarenta segundos, nueve, diez líneas. Así que, de corresponsal, lo que hacía era escribir tres párrafos de tres líneas con una idea en cada párrafo.

Y luego, ¿lo memorizas, o tienes un teleprompter?

No, qué va, para nada. Ojalá tuvieras un prompter. Intentas memorizarlo. Pero tienes muy claro qué idea es la del párrafo uno, cuál la del dos y cuál la del tres, de tal manera que si te pierdes en el uno cuando estás a mitad de párrafo, sabes de qué va el segundo, y retomas con él. Por si acaso, yo, además, esa hoja donde yo escribía lo que iba a decir la pegaba debajo de la cámara. No lo lees, estás muy lejos, pero viendo la hoja, yo sabía lo que iba en el primer párrafo, lo que iba en el segundo y lo que iba en el tercero. Y bueno, esa hoja la tienes en la mano también, y si en un momento determinado tienes que mirarla, la miras, no pasa nada. Cuando das cifras, por ejemplo. En la radio y en la tele hay que procurar no dar muchas cifras, porque la gente se pierde, pero alguna tienes que dar. Si cuentas que el PIB ha subido, tienes que decir cuánto ha subido y en cuánto está. Y aunque te lo sepas de memoria, viene bien que lo mires.

Imprime naturalidad.

Sí, no parecer un papagayo. Y bueno, obviamente pactas siempre con Madrid: «¿qué me vas a plantear? ¿Por dónde vas a tirar?».

Pero vaya, cada cual se busca sus propios trucos. No recibes formación.

A mí nunca me dio formación nadie ni en la radio, ni en la tele. Vas aprendiendo sobre la marcha. De hecho, uno de los grandes problemas de la televisión es que la gente hace tele como si hiciese prensa. No hay silencios, sino plano, off tuyo, declaración, off tuyo, declaración. La televisión necesita silencios: sonido ambiente, gente que grita en la calle, un cañón que se dispara… Todo eso es información también, como lo es que un señor al que estás entrevistando se te quede mirando con cara de asesino, o se levante y se vaya. La noticia del día puede ser esa y no lo que ha dicho. Pero cuando, como yo, vienes de la radio, mantienes esa inercia de que no puede haber silencios. Yo me fijaba en Anna Bosch, que ha sido mi gran maestra. Es de lo mejor que tenemos delante de una cámara en televisión y contando cosas. También Miguel Ángel García, corresponsal en Berlín, o, dándole otro tipo de frescura, Miguel Ángel Idígoras, que en aquel momento estaba en Londres. Me fijaba en ellos y aprendía: hay que ser más natural en esto, hay que poner cara de circunstancias aquí… La gente, cuando me veía fuera de cámara, solía decirme que parecía más joven; que en la tele parecía mayor al salir muy serio, con esas gafas, la corbata… ¡Tenía que salir así! Hombre, si te vas a un prado de Calais a ver a los inmigrantes que andan por ahí, no vas de corbata, pero, por lo demás, entras en casa de los demás y tienes que entrar con un aspecto relativamente decente; duchado, peinado y sin vestir harapos.

Idígoras y tú fuisteis polémicamente cesados a la vez por Enric Hernández, el nuevo director de informativos con Pedro Sánchez.

Delincuente habitual en el mundo periodístico. Lo habían echado de El Periódico de Catalunya y había recalado ahí por sus vínculos con el PSOE. A mí me tenían puesta la proa. Según llegaron, dijeron que iban a hacer «una gran remodelación», que ya supuse que me afectaría, pero llegó la pandemia y me mantuve unos meses más de lo que estaba previsto: estaban cerradas las fronteras y no se podía mandar sustitutos. ¿Cuál fue, finalmente, la gran remodelación? Cambiar al corresponsal de Londres y al de Bruselas; a Miguel Ángel Idígoras y a mí. Justamente los dos únicos que no debían haber cambiado en aquel momento con independencia de quiénes fuésemos: teníamos el Brexit que se cerraba el 31 de diciembre y teníamos el Plan de Recuperación. ¿Qué excusa pusieron? Que ya llevábamos más de cinco años. El de Berlín ha estado doce. Cuando quieren, no es vinculante. Yo podría perfectamente haber seguido un sexto.

¿Por qué vosotros dos?

Porque somos muy mayores.

¿Cuestión de dinero? ¿Cobrabais mucho por aquello de la antigüedad?

No, no. La diferencia entre lo que yo cobraba por antigüedad con uno que ingresa nuevo son ochocientos euros. No era por eso. El problema eran las llamadas de «tienes que decir esto». «¿Cómo que tengo que decir esto? Esto es así, no así». «No, es que ha publicado El País no sé qué». «¿Y a mí que coño me importa lo que publique El País? Yo estoy aquí y lo que he visto y lo que me han contado y he comprobado es esto. Eso de El País es de hace tres meses, y yo ya lo conté hace tres meses. El País lo ha actualizado por otro motivo y lo que ha hecho es un reportaje, pero yo no puedo hacer un reportaje, porque tengo cuarenta segundos y no los voy a dedicar a contar lo que ya conté hace tres meses. Los voy a dedicar a la noticia, y la noticia es lo que yo he visto y no lo que a no sé quién le interese que contemos». Esto era muy habitual y pasaba conmigo y con Londres. Los dos teníamos el colmillo retorcido. Yo llegué a Bruselas con cincuenta y siete años. Migue Ángel Idígoras había sido corresponsal seis o siete años en Rabat, director general en Euskal Telebista en la época en que se pusieron de acuerdo el PP y el PSOE, después se fue de Rabat a Londres, de ahí otra vez a ETB y de ahí otra vez a Londres. Llevaba en Londres siete años y, en la etapa anterior, otros cinco.

Termino pidiéndote una valoración de la situación general de la profesión periodística. Estamos en un momento parecido en cierto modo al de tus inicios: hay una modernidad que llega y un mundo viejo que decae. Ahora, no es ya que la televisión pública compita con las privadas, o unos periódicos o emisoras o canales de televisión con otros, sino que todos compiten contra las redes sociales y demás.

El periodismo ha cambiado y no ha cambiado. Yo soy de la vieja escuela: contar a la gente lo que le pasa a otra gente de manera objetiva, rigurosa, contrastando la información y contextualizándola. El buen periodismo es eso y lo seguirá siendo toda la vida. No el buen periodismo: el periodismo a secas. El mal periodismo no es periodismo. Arturo Arias, que fue redactor jefe de El Comercio, decía que un periodista es una portera con bachillerato. El periodista es una persona curiosa, con criterio y mala leche que sabe hilar sujeto, verbo y predicado. Lo era entonces y lo es ahora. El problema, ahora, no es que el periodismo cambie, sino que agoniza. Creo que está en el peor momento de su historia. Las empresas no respetan el trabajo de los periodistas; no contratan a los suficientes para hacer un buen trabajo; los periodistas están mal pagados y, encima, trabajan catorce horas diarias en los principales medios, excepto en Radio Nacional y Televisión Española o la Agencia Efe. Si tienes que escribir cinco páginas de un periódico todos los días, no te va a dar tiempo a hacer buena información. ¿Qué haces? Tirar de las notas que te dan ya hechas los gabinetes de prensa. Cuando yo empecé no había ruedas de prensa. Las ruedas de prensa eran un ministro que aparecía por aquí cada seis meses. Te buscabas tú la vida en el día a día. Ahora te llega todo y llega un momento en que el mayor problema que tienes es quitártelo de encima; desprenderte de la tentación de utilizar todo eso para llenar las páginas de lo que sea.

Para vestir el muñeco, como escuchaba yo decir en una redacción en la que trabajé.

Yo estoy harto de escuchar a sindicalistas y dirigentes políticos de los que sé que han mandado ellos la grabación. Eso es intolerable. En Radiotelevisión Española tenemos el principio —que no se cumple, pero bueno— de, cuando llega material que no es editado por ti, ponerlo: «Material enviado por el Partido Popular». Yo, en cuanto veo que hay un tiro de cámara aquí, otro allí y otro allá, sé que no es nuestro, porque, cuando grabamos nosotros, llevamos solo una cámara. Y cuando no puedes ponerla y tienes que hacerte con material que graben ellos, les dices: «Quiero esa cámara, la que está de frente, no quiero otra». O pongo mi cámara o me das lo que se llama señal institucional fija. Luego ya grabaré yo recursos para adornar. Ahora no se hace eso. Se emite lo que te mandan sin ningún criterio porque no hay tiempo para tener más criterios. Además, ahora la gente joven no tiene oportunidad de aprender de los mayores. Yo aprendí periodismo, no estudiándolo, sino trabajando; fijándome en Faustino Álvarez, en Melchor Fernández, en Julio Puente, en José Luis López del Valle… Gente que llevaba años haciendo lo que hacía y lo hacía bien; o yo pensaba que lo hacían bien y no lo hacían bien, pero lo hacían mejor que yo. El peor periodista cuando yo empecé era mucho mejor que yo. En mi empresa, en 2007 hicieron un ERE y se fueron los mayores, y ahora están echando obligatoriamente a los que cumplen sesenta y cinco. ¿De quién aprendes, a quién preguntas una duda? No tienes a nadie. A mí, cuando llegué a Madrid a hacer información diplomática, con cuarenta y dos años, me encargaron hacer un documental de dieciocho minutos para Informe Semanal sobre la entrada en vigor del euro.Sabía lo que quería hacer y cómo, pero no quería hacer una información larga, off mío, declaración, off mío, declaración. Quería silencios, ruidos, los fuegos artificiales de una verbena… ¿Qué hice? Pedirle a uno que había hecho decenas de informes semanales que me echara una mano. «¿Cómo harías tú esto?». «Pues mira, busca algo que agarre con fuerza el comienzo del reportaje, porque no es una información: en una información empiezas con la noticia, en un documental no. Aquí no vale lo de la pirámide invertida: lo más importante arriba, etcétera». Ahora no tienes a quien preguntar. Y si lo tienes, más vale que no le preguntes, porque será tu jefe, pero estará peor que tú; si tú trabajas diez horas, él trabajará catorce. Los medios de comunicación están cayendo en picado. Yo sí que creo que la calidad vende, pero hay que apostar por ella. Y los primeros que tendrían que apostar por ella son los medios públicos.

Ha sido un placer, José Ramón.

Muchas gracias, Pablo.

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1 COMENTARIO

  1. Debieran “avisar” en la entradilla que se trata de una biografía. Igualmente me ha gustado. El viejo periodismo cuyo espíritu las nuevas tecnologías no pueden capturar. Todavía es muy temprano para saber cuál será -en caso de que lo tenga- ese nuevo espítitu.

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