La revolución contracultural que cambió España

Germán Labrador reivindica en la inauguración de FIASCO el proyecto democrático radical de los movimientos sociales y culturales del tardofranquismo y la Transición.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

“Hubo un tiempo en que vaciar las cárceles y los manicomios llegó a ser un sentido común”. Germán Labrador, profesor de la Universidad de Princenton, está convencido de que España vivió una auténtica revolución cultural, o mejor dicho contracultural, entre el final del franquismo y los primeros años de la democracia. Una revolución exitosa en algunos aspectos, inacaba en otros, y fallida y pervertida en muchos más. Ese fue el tema de su conferencia en Mieres para inaugurar la nueva edición de FIASCO: “Una revolución cultural. La contracultura en la larga transición española (1968-1986)”.

El investigador gallego reivindicó en el Mieres Centru Cultural la efervescencia social y cultural de aquellos años. Una creatividad y movilización que no aparece reflejada en un relato oficial de la Transición en el que todo el protagonismo recae en unos pocos “hombres de Estado” dotados de cualidades excepcionales. Apoyado en un buen número de imágenes de la época, Labrador repasó la historia de los movimientos sociales que en los años 70 y primeros 80 identificaron la democracia sobre todo con una práctica cotidiana de autoorganización y ocupación del espacio público, más que con el simple hecho de votar cada cuatro años y vivir al margen de la política el resto del tiempo. Desde el feminismo a la revuelta anticarcelaria de la Coordinadora de Presos en Lucha, que pedía a la democracia una amnistía total, que “pusiera los contadores a cero”. Tampoco faltaron en este repaso a la época el movimiento antipsiquiátrico, que logró el cierre de los manicomios, la emergencia de cientos de medios independientes y comunitarios, fanzines, revistas, periódicos y radios libres, la huelga de alquileres de los estudiantes de Santiago de Compostela contra los precios abusivos del mercado, o las festividades de barrio organizadas por el movimiento vecinal al margen de la autoridad, y que a veces acababan con intervención y disparos de la policía, como en las madrileñas fiestas del 2 de Mayo de 1977.

Foto: Iván G. Huerta
Foto: Iván G. Huerta
Foto: Iván G. Huerta
Foto: Iván G. Huerta

Para Labrador, esta contracultura opuesta tanto a la cultura oficial franquista como a una Transición sin ruptura, comienza a disolverse a principios de los años 80. Se produce entonces un doble fenómeno. Por un lado la autodestrucción de parte de la generación que la había impulsado, sobre todo con el boom de la heroína, y un cierto nihilismo de fin de época en unos años marcados por una explosiva tasa de mortalidad juvenil. Por otro, la integración de otra parte de los activistas y creadores de los años 70 y primeros 80 en la nueva cultura democrática institucional que comienza con UCD, pero llega a su esplendor con los gobiernos del PSOE. El término que ha pervivido en el imaginario popular, La Movida, haría referencia a los estertores de ese movimiento contracultural, y sobre todo a sus manifestaciones menos antagonistas y conflictivas, aquellas que más fácilmente podían ser asimiladas por las nueva cultura oficial postfranquista. “La Movida ha sido el complemento cultural perfecto del mito político de la Transición” resumió Labrador en su exposición.

El autor de “Culpables por la literatura. Imaginación política y contracultura en la transición española (1968-1986)” no quiso terminar su conferencia, de más de una hora, sin dejar constancia de los proyectos e ideas que fracasaron o quedaron a medias, como una reforma psiquiátrica que cambió el encierro en los manicomios por la medicalización masiva y “las camisas de fuerza químicas”, pero también de las profundas transformaciones que pese a todo esa revolución contracultural dejó en la sociedad española. Labrador destaca varias. Ahí van algunas. La supresión de la Ley de Peligrosidad Social y el fin de la penalización del adulterio, hasta entonces castigado con hasta seis años de cárcel. El desprestigio del nacionalismo español por su íntima identificación con la dictadura. La generalización de una conciencia pacifista y antimilitarista que ha venido emergiendo con motivo de cada guerra y en las campañas contra el servicio militar. Pero sobre todo, destacó Labrador, una secularización rápida, masiva e inesperada de una sociedad “dominada durante cuarenta años por la moral nacional-católica”. Otro relato pues de los orígenes de nuestra democracia, muy distinto al de las apologías de la Transición. Queda inaugurada la sexta edición del Festival Independiente Asturiano sobre Comunidad Cultural que seguirá dando vueltas a estos y otros temas a lo largo de la semana.

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