Felipe González, el mejor presidente de la derecha española

Con motivo de los 40 años del 28-O, Xuan Cándano analiza el felipismo, al que dedica un capítulo en “No hay país”, su nuevo libro, de próxima aparición, crónica sobre Asturias desde la muerte de Franco.

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Xuan Cándano
Xuan Cándano
San Esteban de Bocamar (1959). Periodista. Redactor en RTVE-Asturias. Fundador y exdirector de Atlántica XXII. Es autor de "El Pacto de Santoña" (Madrid, 2006)

Se atribuye a Zhou Enlai, primer ministro chino con Mao Tsé Tung, la frase “es demasiado pronto para saber” cuando fue preguntado en París por los periodistas sobre la revolución francesa de 1789, aunque parece comprobado que se trataba de una confusión en la traducción y el líder comunista se refería en realidad a Mayo del 68. Con el felipismo, de cuyos inicios se cumplen ahora 40 años, se podría decir algo parecido. No son muchos y ya tendrán oportunidad dentro de unos años historiadores y analistas, con la rigurosa perspectiva que da el tiempo, de exponer sus argumentos.

Lo que ya se puede vislumbrar es que el felipismo será sometido a una revisión crítica, como ahora lo es la Transición, a la que los gobiernos de Felipe González están tan vinculados, aunque haya quien sitúe su final justo cuando llegó al gobierno el sevillano tras arrollar en las elecciones generales del 28 de octubre de 1982. Otras opiniones dan por finalizada la Transición cuando perdió las de 1996.

De momento lo que abundan son loas, hagiografías y adhesiones entusiastas en libros y medios de comunicación, algo que recuerda a cierta unanimidad en el fervor por la Transición antes del 15-M de 2011 y que corrobora que ese revisionismo sobre el felipismo va a ser inevitable. Llama también la atención ahora el retroceso en las libertades, especialmente en la de expresión, en relación a lo que ocurría hace cuatro décadas, algo que no tiene relación con políticas o gobernantes, sino con la salud democrática de la sociedad. Cuarenta años atrás sería impensable que un libro crítico sobre el felipismo como el que finalizó hace muchos meses Gregorio Morán (“El jugador de billar”) no encuentre quien lo publique, tras rechazarlo la editorial que se lo había encargado.

El desmoronamiento por su derecha y por su izquierda de sus adversarios, UCD y PCE, dieron al PSOE, que también acertó con su propuesta de cambio y con la imagen pública de sus jóvenes dirigentes, la mayoría absoluta más holgada en la historia de la democracia española, incluyendo el periodo de la II República: 202 escaños. Era una extraordinaria muestra de confianza en el proyecto que encabezaban Felipe González y Alfonso Guerra y una generosa licencia que otorgaba el pueblo al PSOE, desaparecido en la lucha antifranquista, para abordar las reformas pendientes desde los años 30.

Un cierto relato canónico sostiene que esas reformas pendientes desde la guerra civil, sobre otros tantos asuntos de Estado que la provocaron, eran cuatro: la militar, la religiosa, la territorial y la política. El PSOE tenía una fuerza abrumadora y un consenso social impresionante para llevarlas a cabo. Los resultados serían dispares.

Tuvo éxito la democratización del Ejército, que venía a ser su sometimiendo al poder civil en un país donde prevalecía lo contrario desde el siglo XIX, con asonadas militares y golpes de Estado. El último había fracasado el año anterior, en febrero de 1981, la astracanada de Tejero, que favoreció muchísimo la gran mayoría absoluta de octubre de 1982. El Ejército intervencionista, que no ganaba guerras fuera de España pero sí lo hizo contra su propio pueblo en 1939, pasó a la historia y se integró en la OTAN tras un referéndum en 1986 donde el carisma de Felipe González y el control de los medios públicos de comunicación fue esencial para el triunfo del “sí”que defendían los socialistas, desdiciéndose del nada lejano “de entrada no”.

Con los privilegios de la Iglesia el PSOE se inhibió. La Constitución recoge una aconfesionalidad difícil de observar en la práctica y los gobiernos de Felipe González otorgaron a la Iglesia católica otro privilegio, que a la vez es un negocio, que acabó suponiendo un problema que llega hasta hoy: los conciertos educativos. La Iglesia sigue contando con el recurso de la educación en España, imprescindible para sus intereses ideológicos y económicos.

En la cuestión territorial, el choque entre el nacionalismo español y los periféricos, no se pueden pedir soluciones, ni al PSOE ni a partido de gobierno alguno, porque José Ortega y Gasset tenía razón: el problema catalán solo se puede conllevar. Felipe González se tuvo que enfrentar al terrorismo de ETA y en el caso de Cataluña pactó con Jordi Pujol, retrasando las pulsiones secesionistas, inevitables periódicamente, al menos una vez por siglo. Para ello miró para otro lado en el escándalo de Banca Catalana, el primero que salpicó a la familia Pujol.

“La participaciòn ciudadana, oxígeno esencial en la democracia, languideció hasta hacerse ínfima”

En cuanto a la política, la primera demanda era la básica, la democracia, esa excepción en la historia de España. Ya había llegado con las elecciones de 1977 que dieron el triunfo a la UCD de Adolfo Súarez y a los socialistas les tocaba afianzarla y ampliarla. Su papel en esa tarea es muy discutible. La participaciòn ciudadana, oxígeno esencial en la democracia, languideció hasta hacerse ínfima, lo que se notó mucho en movimientos como el obrero o el vecinal, que habían tenido mucha fuerza desde el tardofranquismo.

El PSOE, que apenas tenía cuadros en comparación al vigoroso PCE del antifranquismo, abrió las puertas a todo el mundo y por ella se colaron oportunistas, trepas y vividores de lo público. El sistema se convirtió definitivamente en una democracia de partidos, transformados en grandes empresas de intereses e influencias, entre los que el socialista se convirtió en el más poderoso. El PSOE secuestró al Estado, puso a las instituciones al servicio de la partitocracia y anestesió a la sociedad civil, desde entonces débil e irrelevante. La mejor muestra fue lo que entonces denominó Alfonso Guerra “la muerte de Montesquieu”, la subordinación del poder judicial al ejecutivo y al legislativo con la reforma del Consejo General del Poder Judicial en 1985, que puso desde entonces todos sus nombramientos en manos de los partidos. Y sin separación de poderes no hay democracia.

Se suele identificar al felipismo con la modernización de la sociedad española, pero eso también merece una reflexión. España se llevaba modernizando desde el desarrollismo franquista de los años 60, con la industrialización, la emigración del campo a la ciudad y la aparición de una clase media en ascenso. Los socialistas no trajeron la modernidad a España, pero es cierto que le dieron un buen arreón con la entrada en la Unión Europea y la llegada de millonarios fondos comunitarios. Aunque hubiera sido inevitable con cualquier gobierno y con la luz con la que podemos contemplar hoy aquella época no parece que la negociación haya sido muy exitosa: el país de camareros y jóvenes licenciados emigrantes en el que se ha convertido España viene de ahí.

Inauguración de la exposición del PSOE sobre los gobiernos socialistas. Foto: PSOE

En mi opinión los dos grandes éxitos y las mejores aportaciones del felipismo al desarrollo y el progreso de la sociedad española fueron sus políticas en relación a las mujeres y la potenciación, cuando no la creación, de los servicios públicos. Los avances con la mujer, sociales, laborales y legislativos, con la primera ley del aborto de la restauración democrática, se deben sobre todo a socialistas feministas como Carlota Bustelo, que impregnaron con su ideario a todo el partido. La sanidad pública no llegó con el PSOE, pero amplió sus prestaciones y su red de hospitales. Y en otros servicios públicos, como la asistencia social, los socialistas fueron incluso vanguardia, una tarea que incluye a ayuntamientos y autonomías.

Pero modernizar España va más allá de lo material y lo económico, del aumento de las rentas y la riqueza. También tiene mucho que ver con lo moral, con el combate contra ancestrales vicios que lastran a la sociedad española desde el nacimiento de su Estado, algo que conoce mejor la antropología social que la política. Pero desde los gobiernos y con las leyes se puede y se debe actuar con eficacia contra ellos, aunque sea con objetivos a largo plazo. Y esa tarea moralizante, probablemente la más importante a acometer en 1982, facilitada por una mayoría parlamentaria socialista aplastante y una oposición conservadora diezmada, sigue pendiente en España y será muy difícil que otro ciclo histórico la favorezca. España es un país moderno en relación a sus leyes, sus infraestructuras o las nuevas tecnologías, pero no ha erradicado el caciquismo, el clientelismo y el enchufismo, enormes lastres paralizantes. Mariano José de Larra se quedaría muy sorprendido con la pervivencia del “vuelva usted mañana”.

Esa debilidad moral de la propia sociedad y la conversión del PSOE en una engrasada y eficaz maquinaria de poder, que se adaptó a los viejos vicios nacionales en vez de combatirlos, hizo inevitable la aparición de la corrupción en el felipismo. Es sorprendente que en los análisis y repasos benevolentes de estos días se incida siempre en el terrorismo de Estado de los GAL como el gran agujero negro de Felipe González, obviando la corrupción generalizada en sus últimos años en La Moncloa, que fue lo que provocó su derrota electoral ante José María Aznar en 1996. El llamado por los socialistas “Sindicato del crimen”, un grupo de periodistas críticos, la mayoría conservadores, no se inventó nada. El felipismo se ahogó en la charca de la corrupción, más que en los desagües del Estado, y aquella peste llegó a afectar a sus grandes pilares: el Banco de España, la Guardia Civil y la emisión de moneda.

Se dice que Felipe González es un gran hombre de Estado y de eso hay pocas dudas. Cuestión diferente es tenerlo por un gran presidente y un gobernante de izquierdas. Su época es la de la conversión de la socialdemocracia al neoliberalismo, algo que culminaría con éxito al frente del gobierno británico Tony Blair. Se entendió mucho mejor con banqueros, grandes empresarios e influyentes medios de comunicación que con la izquierda social, que le montó varias huelgas generales. Esas relaciones con los grandes poderes se estrecharon tras su salida de la política y hoy es uno más entre ellos, no ya solo un excelente portavoz. La derecha lo aprecia y lo añora. Normal: fue el mejor presidente conservador de la historia de España. 

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