El sueño del 82

En 1982 el país vivió la apoteosis de un hombre, en 1996 nos encontraremos a otro que había enterrado los sueños y encarnaba la melancolía.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

La actitud de quien ansía el poder es infinitamente más ensoñadora que la de aquel que lo defiende. Quien lo persigue es capaz de formular impunemente y con desparpajo los deseos de una conciencia colectiva sin el esfuerzo de sacrificarlos. Puede reducir su pensamiento a una sola idea y afirmar que todo es posible, que todo atiende a una razón geométrica, que todo es factible y esa cosmovisión del anhelo siempre es mucho más atractiva que la angustiosa e incierta obligación de resolver una sociedad, un país, plagado de contradicciones y diferencias. Felipe González, si es que no lo sabía, comenzó a saberlo en 1982.

España, hasta el 75, era una anomalía europea y hasta el 82, una anomalía democrática. Como diría el propio Felipe González, “para nosotros, la excepción, efectivamente, ha sido el juego dentro de unas instituciones democráticas y la regla el autoritarismo”. En la vocación del PSOE y de González, la Transición fue un proceso disruptivo, en el que el Estado era el agente de la ruptura, por más que la sociedad volcara sus anhelos democráticos ejerciendo el sufragio. Esto lo entendió muy bien Felipe González y, sólo así, desde el aparato del Estado, con el viejo y el nuevo Estado, llegaría a alcanzar la mayoría absoluta del año 82.

“La épica del poder había sustituido la pana de las primeras chaquetas por el traje gris marengo”

A España le sentaba bien el nuevo traje democrático. La épica del poder había sustituido la pana de las primeras chaquetas por el traje gris marengo. El 82 fue la recompensa a muchos sacrificios. Porque la Constitución del 78 se había construido sobre muchas piedras, pero la principal seguía estando bien encajada sobre el féretro de Franco y eso nadie debía de olvidarlo. Todos los partidos compartían una excepción, la de olvidar en buena medida sus propios idearios y coadyuvar a la gestación de un Estado democrático sumido en una crisis económica con una inflación disparada.

Entre lo que se debe y lo que se puede, entre lo que el hombre político debe hacer y ha dicho que hará y lo que puede hacer y ha hecho, está el drama, un drama que va desde la utilidad pública de su política hasta la conservación del poder. El 28 de octubre del 82, Felipe González fue un hombre eminentemente luminoso que casi vendría a decir que la tendencia de todos los hombres hacia la bondad convierte a la democracia en posible del mismo modo que la tendencia de todos los hombres hacia la maldad la hace indispensable.

En ese tránsito de lo posible a lo indispensable, iba germinando el social-felipismo, una manera de ir modernizando el país incorporando al Estado a Occidente desde las instituciones tanto como desde la traición. No era la OTAN ni la UE, era el futuro. Y alcanzar el futuro que otros llamarían la modernidad, implicaba tirar el crucifijo de Marx por la ventana en 1979, iniciar las reconversiones industriales, desencadenar las reformas laborales, dotar de legitimad las privatizaciones del sector público heredado del franquismo y la guerra sucia contra ETA. En 1982 el país vivió la apoteosis de un hombre que iba aprendiendo su propio ideario. En 1996 nos encontraremos a otro que había enterrado los sueños y se había convertido en la encarnación de la melancolía.

No mires a los ojos de la gente, me dan miedo, siempre mienten. A la España del 82 volvemos siempre con el trémulo afán de un amante que ha estado separado de aquello por lo que habría estado dispuesto a morir, incapaz de olvidarlo por mucho que lo haya intentado, atrapado en la nostalgia sublimante del pasado. Siempre regresamos con la misma pregunta a un tiempo del que no tenemos recuerdo. ¿Había cambiado la vida? ¿Había despertado el país y comenzado a vivir? Personalmente creo que sí. Caminamos bajo el cálido sol de otoño, comparándonos de tiempo en tiempo, no sin cierta complacencia, con el eufórico gran momento del 82 en el paisaje de la Historia. No mires a los ojos de la gente, me dan miedo, siempre mienten…

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