De entrada, sí: la “modernización socialista”

Sin la tenacidad y resistencia del movimiento obrero, el resultado de las políticas del felipismo todavía habría generado más desigualdad social.

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Sergio Gálvez Biesca
Sergio Gálvez Bisca
Archivero e Historiador. Ha hecho un poco de casi todo. Autor de "La gran huelga general. El sindicalismo contra la modernización socialista" (Madrid, Siglo XXI, 2017).

Viene reguleras el momento brasas por el 40º Aniversario del 28 de octubre de 1982 y usted querido lector, ¡lo sabe! Un tipo de conmemoraciones bis del Régimen del 78 solo aptas para los muy cafeteros entre los que se incluye un servidor, algunos otros despistados, así como los militantes socialistas más acérrimos.  Los interesados no llegamos al centenar, sospecho. Casi mejor sería hacerse pasar por voyeur y dejarlo pasar.

Más allá del berrinche de Alfonso Guerra ‒ya les vale tratar así a sus mayores‒ y del consabido especial de El País con el refrito habitual y consiguiente peloteo de los intelectuales de turno a don Felipe González Márquez; el momento brasas nos ha dejado un remake del cartel de 1977 para conmemorar “40 años de democracia, 1982-2022. 40 años de progreso”. Cartel en el que han desaparecido obreros, ciudadanos, oficinistas y campesinas para dar paso al habitual culto a la personalidad tan propio del PSOE con José Luis Rodríguez Zapatero, Felipe González (FG) y Pedro Sánchez. Para hacérselo mirar.

Tampoco han faltado a la cita algunos tochos editoriales para hacer caja o, lo que resulta más terrorífico, para colar por novedad lo que no deja de ser una historia militante ‒mal camuflada‒ a mayor gloria del PSOE y de Felipe González.  Ahí están los casos del libro de Ignacio Varela, Por el Cambio. 1972-1982: cómo Felipe González refundó el PSOE y lo llevó al poder (Barcelona, Deusto, 2022); o el de Sergio del Molino, Un tal González. La biografía de un país en Transición (Barcelona, Alfaguara, 2022). Es abrirlos… y lo de siempre. 

No esperen encontrar en estas páginas una sola novedad, cotilleo o cualquier otra nimiedad que no se conociera desde hace un largo tiempo. Por descontado, lo de ir a los archivos y documentarse no entra en el guion ni en el contrato. Así pues, repetición de todos y cada uno de los clichés y en el caso de Sergio del Molino del argumentario completo que utilizó el PSOE y el Gobierno socialista sin la menor crítica, contrastación de fuentes o un mero vistazo a la generosa bibliográfica académica ya existente. Desde que Felipe González fue y es un ser de luz que vino a salvar la esencia del Sistema y sobre el que no cabe sospecha de duda excepto algún asuntillo mal resuelto; a la matraca de la promesa de “Por el cambio” de 1982 con la habitual cita del Programa Electoral del PSOE y, por descontado, el oportuno recordatorio de aquella misión histórica del socialismo español de cara que el país funcionara combinada con el tradicional toque de mesianismo que caracterizó el accionar de los ejecutivos socialistas.

En realidad, la única novedad apreciable es que los periodistas de derecha, a pesar de todo lo que se dijo, escribió y publicó sobre FG en los ochenta y noventa,  lo consideren uno de los suyos.  

La modernización socialista: enseñanzas desde la Historia

En una durísima reseña de la primera parte de las memorias de Alfonso Guerra Cuando el tiempo nos alcanza (1940-1982), Madrid, Espasa, 2004‒ Javier Tusell advirtió que el tiempo del Gobierno Socialista había entrado de pleno en el campo del estudio de la Historia. Así es. Pese a que este tiempo histórico no figure en la sección de la champion league de la agenda de la historiografía contemporánea, sí puede hablarse de un consolidado estado de la cuestión. Una normalidad historiográfica que, por cierto, ha permitido ir desterrando todo tipo de sospechas en torno a quien investiga no sobre el PSOE sino “contra” el PSOE ‒tal y como mantenían ilustres cátedros‒ sin que su carrera universitaria pudiera irse al garete.

Viene lo anterior al hilo de que el mejor secreto guardado de la primera “época socialista” son las claves interpretativas ‒y aquí la historia no va de relatos de buenos y malos sino de hechos históricos objetivos y contrastables‒ de las líneas centrales de su política macroeconómica.  Cuídense del habitual proceso de etiquetaje al respecto.

Cartel electoral de 1986

Les adelantamos: no fue la única política posible, ni se trató de una salida progresista a la crisis procedente de mediados de los setenta y ni mucho menos puede hablarse de una política socialdemócrata por más que algunos no cejen en el empeño intentado, de paso, reescribir su autobiografía. Por descontando, el trance y mito de la obligada europeización de la nación hay que revisarlo, más cuando se analiza con un mínimo grado de detalle las pobres condiciones de entrada en la ya desaparecida Comunidad Económica Europea. Cuatro puntos de apoyo que se mantienen inalterables para buena parte del núcleo intelectual cercano al PSOE ‒cada vez más reducido‒ e ilustres historiadores ‒reducidos al mínimo‒. Sin embargo, los más forofos de estas claves interpretativas lo constituyen el núcleo duro de los economistas que, como bien saben los lectores no forman, precisamente, el núcleo irradiador del rojerío patrio.

¿En qué consistió la glosada modernización socialista? ¿Fue la historia de un éxito incuestionable? Intentar contestar a estas preguntas permite ‒se lo aseguramos‒ entender lo que ahora mismo está pasando en una España terciarizada, precarizada y sometida a los dictámenes del Banco Central Europeo sin posibilidad de devaluación interna.

Cartel de la huelga general del 14D de 1988

Para acercarse a lo que aquí se quiere presentar se ha de partir del Plan Económico a Medio Plazo (PEMP) escrito personalmente por Miguel Boyer, Ministro de Economía, Hacienda y Comercio (1982-1985). Una 2ª parte de los Pactos de La Moncloa a la que se le ha prestado una escasa atención ‒como en su día señaló Joaquín Estefanía en La larga marcha (Barcelona, Península, 2014)‒ quizás porque meterse en las entrañas de la salida neoliberal o socio-liberal de los ejecutivos socialistas no luzca tanto como otras actuaciones. Si se agarra un bisturí para diseccionar las respuestas al problema de la inflación o el déficit público ‒auténticas obsesiones de Boyer y de Carlos Solchaga (Ministro de Industria y Energía, 1982-1985) y de sus respectivos equipos‒ nos encontramos con que lejos de ser novedosas, procedían en su mayor parte de la escuela clásica. Ni socialismo, ni socialdemocracia: apuesta por un régimen capitalista de mercado, a medias entre el modelo británico de Margaret Thatcher y el francés de François Mitterrand. Por intentar resumir.

“El Gobierno socialista fue especialmente rácano en la lenta formación del Estado del Bienestar”

En esta parte del relato, reconocerán los fans ‒son muy fans, se lo aseguramos‒ de Felipe González que quizás sí fue más o menos liberal el proyecto socialista ‒nunca neoliberal ya que siempre da un poco de yuyu el término‒ pero insistirán en que el Modelo Capitalista Español fue compatible con la consolidación del Estado del Bienestar con sus tres pilares centrales en educación, sanidad y pensiones (siempre con el ruido de fondo sobre su sostenibilidad y lo gravoso para el Estado ya en los ochenta). Partir casi desde 0 en siempre ayuda al habitual juego de la tortura de las estadísticas. En este sentido, el Gobierno socialista fue especialmente rácano en la lenta formación de ese Estado del Bienestar. Nunca fue una prioridad frente al cuidado y mimos del bien supremo: que el empresario creciera y, si eso, creara empleo, pero sin tampoco agobiarse mucho. Ahí están todos los Presupuestos Generales del Estado para evidenciarlo. Adenda: los grandes avances sociales se consiguieron tras presiones, movilizaciones y huelgas. No hubo concesiones gratuitas. Ni una.

La policía disuelve en Xixón un piquete de la huelga general del 27 de enero de 1994. Foto: Luis Sevilla.

Dentro de esta estrategia macroeconómica resultó determinante la ruptura del equilibro de la correlación de fuerzas Capital-Trabajo. La historia de la reforma laboral del Estatuto de los Trabajadores de 1984 (RE´84) junto con las negociaciones del Acuerdo Económico y Social (1984) ‒único gran acuerdo social en catorce años de gobiernos con la CEOE y UGT, en tanto, CCOO fue excluida‒ y sus resultados son concluyentes: ruptura del principio de causalidad, huida del Derecho del Trabajo, y nacimiento, consolidación y extensión de la “cultura empresarial de la temporalidad” que se llevó por delante a la generación del “baby boom” español y que nos puso en el top ten europeo y mundial de la precariedad. Un modelo laboral que  solo con Yolanda Díaz al frente del Ministerio de Trabajo y Economía Social se ha intentado atajar, lo que casi le cuesta el puesto tras las consabidas presiones del PSOE y de los poderes fácticos.

No es precisamente ésta la historia de un éxito social aunque sí empresarial. Si tienen un ratito, no más, échenles un vistazo a los falsos pretextos con los que se justificó la RET´84 y las posteriores reformas laborales de 1992 y 1994 con el fin de desmontar los habituales canales de entrada, permanencia y salida del mercado de trabajo de la generación precedente: rigidez excesiva, gravísimos costes salariales, los eternos problemas para despedir. ¿Les suena?

“No se escatimó en dinero, chantajes, compra de voluntades y, por descontando, represión contra el movimiento obrero, a la hora de terciarizar la economía española”

Otro puntal fue la apuesta decidida por costear con fondos públicos nacionales o europeos el proceso de reconversión industrial del capital privado (en su mayor parte) ya iniciado en tiempos de la UCD en el sector textil con desastrosos resultados. No se escatimó en dinero, chantajes, compra de voluntades y, por descontando, represión contra el movimiento obrero y la clase trabajadora a la hora de terciarizar la economía española en casi todos sus sectores, hasta convertirla en un desierto industrial. Lo que explica en la actualidad nuestra debilidad estructural interna, la falta de productividad y el incremento continuado de la explotación del Capital frente al Trabajo. O, explicado en castellano: la precarización absoluta del trabajo, de la vida misma, sin olvidarnos de la política de cuidados.

El hilo rojo frente a la lógica neoliberal: la contraparte

La guerra sucia del Estado que aplicó con devoción Thatcher contra el movimiento obrero de clase en la primera mitad de la década de los ochenta y que ha sido brillantemente retratada por Selina Todd El Pueblo, Madrid, Akal, 2018‒  y Seumas MilneEl enemigo interior, Madrid, Alianza, 2018‒ y novelada por el gran David PeaceGB84, Gijón, Hoja de Lata, 2018‒ se reprodujo con enormes similitudes en la España de FG. El guion fue similar: romper, fracturar y derrotar al principal adversario del proyecto neoliberal, aunque fuera necesario emprender cualquier tipo de acción legal e ilegal (infiltración, espionaje, criminalización y judicialización del hecho sindical, represión sistemática…).

Sin la tenacidad y resistencia del movimiento obrero encabezado por CCOO, pero acompañado de otros tantos sindicatos de clase, asambleas y movimientos sociales, el resultado de las políticas neoliberales socialistas todavía hubiera sido mucho más gravoso en términos de fracturación y de desigualdad social. Un simple vistazo por lo sucedido en los miles de conflictos ‒fueran por la reconversión industrial, por la negociación colectiva, por los recortes de los derechos laborales…‒ transformados en movilizaciones, manifestaciones, paros, huelgas locales, provinciales y generales, nos muestra un hilo rojo que ha sido invisibilizado y denostado en los relatos mayoritarios de este tiempo. Desde Sagunto, pasando por la huelga general del 14 de diciembre de 1988 hasta la todavía más exitosa huelga general del 27 de enero de 1994, estos hechos históricos nos retratan un país harto diferente al de la modernización y del éxito socialista. Una historia protagonizada por los trabajadores y sus organizaciones que ha quedado en los márgenes de la Historia y que costó literalmente decenas de muertos y heridos, centenares de represaliados y encarcelados como ha contado Gonzalo Wilhelmi en Sobrevivir a la derrota (1975-2004) (Madrid, Akal, 2021).

Movilización en las cuencas mineras. Foto: Luis Sevilla

Pudiera sorprender al lector desprevenido lo siguiente: muy pronto los dirigentes socialistas demostraron un profundo desprecio de clase por más que vinieran muy teóricamente de una tradición socialista. Ahí están los ataques viscerales contra Marcelino Camacho como representante del mayor sindicato de clase ‒como también ha sabido contarnos Joan Gimeno en Lucha de clases en tiempos de cambio. Comisiones Obreras (1982-1991) (Madrid, Fundación 1º de Mayo / Libros de la Catarata, 2021)‒. Un desprecio y acoso que pudo comprobar de primera mano la UGT en el momento en que evidenció algo de autonomía y salió del chantaje del binomio partido-sindicato, del cual, en cualquier caso, obtuvo cuantiosas contraprestaciones y ventajas competitivas en el marco de la lucha intra-sindical.

Un desprecio del hecho sindical ‒un repasito por el artículo 7ª de la CE no vendría mal a los muy constitucionalistas‒ que se agudizó hasta la náusea tras el gran éxito que supuso la convocatoria y el desarrollo de la huelga general del 14 de diciembre de 1988; y a partir del cual los Tezanos o Paramio de turno se pusieron manos a la obra para decretar el fin de la historia de los sindicatos como protagonistas de las sociedades posindustriales. Argumentaciones que pronto tuvieron el formato de tesis congresuales o larguísimas publicaciones a través de la editorial Sistema, la gran influencer de su tiempo en los círculos intelectuales, dentro y fuera de la universidad. Un festival anti-sindical al que  con inusitado entusiasmo se ha sumado el ya citado Sergio del Molino, demostrando sus fobias personales y desparramando contra los convocantes del 14-D de 1988.

¿El movimiento obrero  fue derrotado? Por lo menos resistió la embestida neoliberal y no sucumbió a los cantos de sirena del programado auto suicidio de clase que le pusieron en bandeja los adalides del proyecto socialista. Más todavía, debe ponerse en valor lo que fueron los últimos episodios de lucha de clase que tuvieron lugar en la España contemporánea del siglo XX, aunque con ellos también puede darse por concluida la historia heroica de la clase obrera como tal.

Un balance de mínimos

Si han resistido hasta aquí: agradecerles su atención. Les podemos asegurar que reconstruir la lógica de la estrategia de la modernización socialista conlleva internarse en un amplio conjunto de zonas grises ‒lejos del habitual blanco y negro al que nos suelen acostumbrar los periodistas en su formato más mercenario‒ y confrontar con las interpretaciones mayoritarias de este país. Interpretaciones en donde la Historia de los gobiernos socialistas entre 1982-1996 se “nos” representa como un periodo de desarrollo, paz social y crecimiento económico con algún que otro obstáculo. No esperen nunca encontrar una palabra que atente contra la lógica imperante de que se hizo lo que se tenía que hacer, tal y como sucedió en España durante más de tres décadas con la moribunda interpretación  oficial de la Transición.

Repensar ese mismo pasado desde otras lógicas y enfoques teóricos y metodológicos, a buen seguro, conllevará el sambenito de “historia militante”. El clásico de todos los clásicos del mundo universitario con el que se intenta desacreditar al que es considerado como un adversario. No se desanimen.

Frente a las líneas mayoritarias de la “agenda investigadora”, centrada hoy en los apasionantes retos que ha impuesto el posmodernismo más bestia (ya saben, no pocas emociones y lenguaje a tutiplén), conviene no dejar para más tarde algunas tareas pendientes. Junto a la de poner en valor los últimos episodios de luchas de clases en el núcleo de la época socialista, urge avanzar en la profundización del papel central de los dirigentes socialistas por convencimiento absoluto‒ en la reestructuración y consolidación del modelo capitalista español con la finalidad histórica de insertar la economía española, de forma definitiva, en el modelo de acumulación capitalista europeo-norteamericano.

Urge también revisar con las herramientas propias del historiador la figura de Felipe González. Ni una sola biografía contrastable y fiable en términos históricos a día de hoy se puede localizar. No es casual, en tanto, su figura sigue imponiendo muchísimo a propios y extraños y no está el patio para grandes desventuras editoriales. Un FG que representa la esencia misma de la modernización socialista en su faceta más terrible: bajo el pretexto de la misión histórica improrrogable de los socialistas, la justificación de los fines por los medios sin mayores contradicciones personales y menos políticas. Como ha señalado James Petras en más de una ocasión: los socialistas españoles estuvieron encantados de conocerse a sí mismos. Y FG el primero de ellos.

Ahí le ven: el eslabón final del régimen del 78. La representación misma de la clase dominante del país, dando lecciones de moralidad y conspirando como si no hubiera un mañana contra todo lo que atente contra “su” magna obra. Y con todavía tiempo para montar una Fundación con su nombre y apellidos con el objeto hagiográfico de realzar su trayectoria. Una fundación cuyo gran capital lo constituye su archivo. Un centro montado a partir del expolio de un amplísimo Patrimonio Documental público procedente del Palacio de La Moncloa. Su último gran acto de servicio como Presidente de Gobierno del Reino de España en 1996.

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